INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Universidad en época de COVID-19

¿Qué debemos esperar de la universidad durante la cuarentena? ¿Qué se espera de los estudiantes? Nietzsche sostenía que toda verdad es consenso en un espacio y tiempo determinado. No existen suficientes interpretaciones para agotar una situación, siempre alguien podrá ver algo diferente. Es hora de construir nuestra verdad, desde la perspectiva de un estudiante. Segunda entrega del especial #PandemiaEnJaque.


Por María Candela Ruano

El pasado 30 de enero del corriente año la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la emergencia de salud pública de preocupación internacional por la enfermedad causada por el coronavirus. Mes y medio después dicho organismo se vio obligado a caracterizar al COVID-19 como una pandemia.


Ahora bien, ¿qué significa caracterizarlo como pandemia? La Real Academia Española define a la pandemia como aquella enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.[1] Es decir, refiere a una cuestión de mera distribución geográfica de la enfermedad caracterizada por su número de brotes en múltiples países, y no a su gravedad.


El 19 de marzo del corriente año se dictó el Decreto de Necesidad y Urgencia N° 297/2020 que estableció el aislamiento social, preventivo y obligatorio para toda la población con la finalidad de proteger la salud pública estableciendo a la solidaridad y al compromiso de los ciudadanos y ciudadanas como decisivo para el logro de dicho fin, ya que está científicamente comprobado que el seguimiento de las recomendaciones de higiene y aislamiento impactan significativamente en el crecimiento o no de la cantidad de contagios. Sin embargo, en el DNU se recalcó que el coronavirus no es el único enemigo invisible al que nos enfrentamos; también nos abordan la desesperación, el miedo, la frustración, el enojo, la soledad, el desánimo, entre muchos otros. Enemigos a los que todos debemos atacar juntos.


Como sociedad lo único que se nos pide es solidaridad. La Real Academia Española la define como aquel compromiso ético o legal de atender situaciones de precariedad o necesidad.[2] Entonces, ¿de qué estamos hablando? De convicciones y actitudes. Por ello, no le otorguemos un destino declamatorio. Debemos aprenderla, desarrollarla, profundizarla, transmitirla y, sobre todo, ejercerla.


En consecuencia, ¿cómo nos enfrentamos a esto quienes nos encontramos en etapa universitaria? ¿Cuál es el mejor camino para seguir con nuestra formación? Quienes conformamos la comunidad educativa: estudiantes, graduados, docentes y no docentes tenemos un gran desafío. La suspensión de las clases presenciales no solo nos exige adaptarnos a las nuevas modalidades virtuales de aprendizaje y comunicación, sino también a ejercer esta solidaridad, llevar acabo actitudes que no deshumanicen nuestros vínculos, no olvidar que esta situación de aislamiento nos afecta a todos por igual y, por lo tanto, nos presenta las mismas dificultades.


¿Será una cuestión de valores, de falta de voluntad? ¿O será desconocimiento en el uso de estas nuevas plataformas? Independientemente de aquellos valores que motiven o desmotiven al docente o al estudiante, propongo tender puentes y no construir muros. Las dificultades y los problemas están aquí y ahora. Intentemos resolverlos.


No se trata de exigir a los docentes que den un 500% de sí, ni a los estudiantes que realicen 10 trabajos prácticos por semana, sino de concientizarnos entre todos de la realidad en la que hemos caído.


A mi entender, es necesario reorganizar la docencia en base a dos pilares, la necesidad y las posibilidades. Para ello, es clave analizar las necesidades sociales que nos impone esta pandemia, tanto como las herramientas reales que tenemos para afrontar la suspensión de las clases presenciales.


En este sentido, tenemos que repensar los recursos pedagógicos para afrontar las dificultades de interacción, roles y adoptar posibilidades pedagógicas flexibles en el marco de la sociedad de la información que permita superar obstáculos en el proceso de educación virtual y potenciar contenidos, recursos, materiales y actividades que faciliten el aprendizaje autónomo y colaborativo de los estudiantes. Por consiguiente, será relevante la formación permanente y la autoevaluación que lleve a cabo el docente de su praxis pedagógica.


Esto nos exige un nivel crítico y reflexivo mucho mayor sobre el componente didáctico para fortalecer las acciones de aprendizaje centradas en el estudiante, prestando mayor atención a la conciencia y sentido de la práctica educativa en función del contexto en el que se da el proceso de aprendizaje. Aun mayor es la necesidad de cumplir con estas exigencias cuando nos encontramos procesando la soledad y la angustia que nos genera este distanciamiento social que genera la falta de proximidad en el desarrollo de un proceso de aprendizaje, tanto como el hecho de que estas herramientas están asociadas a la necesidad de una conexión rápida y estable de internet, los problemas derivados de la seguridad de la información y la autoría de las producciones; incluso la falta de experiencia en la utilización de recursos tecnológicos que puede generar frustración o desarraigo por su uso.


De Benito y Salinas (2005)[3] mencionan dos tipos de interacción que puede realizar el estudiante; el primero, de orden individual, lo compromete a interactuar con el contexto, contenidos, materiales, actividades y objetivos de aprendizaje, por tanto para alcanzarlos necesita un grado de autonomía, responsabilidad y meta-cognición considerables; seguidamente se encuentra la interacción social, la cual se relaciona con el trabajo en equipo y el papel del docente para mediar, acompañar y orientar el proceso de aprendizaje del educando.


La educación, como fenómeno de orden social, implica ciertas posturas de orden político, económico y cultural, cuya expresión se traduce en la manera de concebir el papel de las instituciones educativas en la formación de sujetos con ciertas habilidades y formas de analizar su entorno. De este modo, las tecnologías pueden favorecer o ir en detrimento de la visión educativa de una sociedad. Ahora bien, como nos encontramos inmersos en un período de aislamiento obligatorio que nos impide llevar a cabo la educación presencial, tenemos el arduo trabajo de garantizar educación de calidad incorporando estas nuevas herramientas y sin dejar lugar a que el uso de las tecnologías pisotee la pedagogía.


Tanto el rol del docente como el del estudiante son fundamentales a la hora de superar los obstáculos o problemáticas subsecuentes de usar las TICs como mediación educativa. Debido a esto, ambos se encuentran en función reflexiva y crítica para complementar transitivamente sus roles; el docente hacia la tutoría y motivación; y el estudiante hacia un rol activo y participante, acorde con una acción emancipadora y propositiva en el proceso de aprendizaje. Como recalcan Padilla, García y González (2012)[4] una de las dificultades que debe asumir el docente que utiliza las TICs para la formación virtual tiene que ver con la deserción estudiantil, la cual debe contrarrestarse a partir de una motivación comprometida con la orientación, incluyendo al estudiante por medio de retos y expectativas inherentes al contexto de aprendizaje.


De igual forma, Siemens (2004)[5] sostiene que la virtualidad trae consigo la necesidad de diseñar pedagógicamente una propuesta coherente con los beneficios de una comunicación dialógica y pedagógica. Debemos utilizar las herramientas que nos brindan las TICs para reforzar el sentido humano y buscar mejorar nuestras condiciones de vida, sin caer en la deshumanización de la otredad. Es necesario ser consciente de la prioridad de establecer procesos formativos más allá de lo tecnológico y lo técnico, profundizando en cuestiones éticas y pedagógicas.


“Toda tecnología es básicamente neutra, puedes utilizarla en formas constructivas o dañinas. Las formas constructivas son reales, pero muy pocas.”[6]

Pongo en jaque nuestra realidad universitaria.


Como consecuencia de la imposibilidad de realizar clases presenciales, podemos observar con claridad la necesidad de replantear la formación en la universidad desde una perspectiva de los estudiantes, que planifique acciones tendientes a una mayor adaptabilidad con la realidad concreta en la que vivimos. Para ello, creo fundamental reconocer que para garantizar una real formación universitaria no podemos olvidar quienes integran el cuerpo estudiantil, cuáles son sus necesidades y en qué condiciones se encuentra.

[1] Real Academia Española. Disponible en: https://dle.rae.es/pandemia (Consultado el 24-03-2020) [2] Real Academia Española. Disponible en: https://dej.rae.es/lema/solidaridad (Consultado el 24-03-2020) [3] DE BENITO, Bárbara y SALINAS, Jesús. Situaciones didácticas en los entornos virtuales de enseñanza-aprendizaje (EVEA) en la enseñanza superior: elaboración de un instrumento de análisis. España, 2005. Disponible en: https://www.researchgate.net/publication/232242313_Analisis_de_situaciones_didacticas_en_entornos_virtuales_de_ensenanza-aprendizaje_EVEA_en_la_ensenanza_superior (Consultado el 24-03-2020) [4] PADILLA BELTRÁN, José Eduardo, GARCÍA GARCÍA, Liliana Judith y GONZÁLEZ QUIROGA, Martha Bibiana. Fundamentos en pedagogías contemporáneas para la educación a distancia y virtual. Bogotá: Universidad Militar Nueva Granada, 2012. http://www.scielo.org.co/pdf/entra/v10n1/v10n1a17.pdf (Consultado el 24-03-2020) [5] SIEMENS, G. Conectivismo: Una teoría de aprendizaje para la era digital. Madrid, 2004. Disponible en: http://www.fce.ues.edu.sv/uploads/pdf/siemens-2004-conectivismo.pdf (Consultado el 24-03-2020) [6] CHOMSKY, Noam. Entrevista con la BBC en relación a la desconfianza respecto de la tecnología. Perú, 2006. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/07/130702_chomsky_internet_digital_criticas_pmt (Consultado el 24-03-2020)

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