INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Unidad en la distancia

¿Cómo afecta la pandemia a la democracia y su desarrollo? Durante los últimos meses, los distintos gobiernos han intentado generar alternativas para continuar con el ejercicio de poder político sin poner en riesgo la salud de los ciudadanos. En este artículo, revisamos algunos de los casos, desde sesiones del Congreso hasta procesos electorales.


Por Paloma Alonso


La pandemia del nuevo coronavirus pone a prueba la capacidad de adaptación de las instituciones a tiempos de crisis e incertidumbre. Efectivamente, muchos ciudadanos han visto cerradas sus puertas. Quienes cuentan con los recursos suficientes, han comenzado a abrir ventanas (o cuentas online) recreándose en medio de la emergencia, poniendo en marcha diferentes dispositivos para seguir adelante y, al mismo tiempo, protegiendo su salud frente al avance del virus. Como consecuencia, vemos todo un despliegue de oportunidades e ideas innovadoras que permiten que la ciudadanía se mantenga activa. Ahora bien, ¿de qué manera se están amoldando las actividades de gobierno a estos drásticos cambios?


Como se ha puesto en evidencia en los últimos meses, los mecanismos de gobierno también se ven desafiados por la emergencia mundial. Así, teniendo en cuenta que todo representante es también un ser humano, podemos deducir que está expuesto a enfermarse como cualquiera de nosotros. Esto los obliga, al igual que todos los ciudadanos que los eligen, a modelar sus actividades en sentido de los protocolos de prevención del contagio. Las enfermedades epidémicas pueden saltearse las estructuras sociales; el peligro de la pandemia se puede pensar de manera horizontal, lo que desdibuja la diferencia entre gobernantes y gobernados: todos estamos expuestos si no tomamos las precauciones recomendadas. Esto no significa que el tiempo no siga corriendo y nos pida decisiones, como comunidad, hacia las distintas contingencias.


Entre todos los regímenes que se han desarrollado en la historia, la democracia presenta una serie de complicaciones particulares. Si bien la principal urgencia del Estado hoy es implementar medidas que permitan aliviar los impactos de la pandemia en la esfera de la salud y la economía, las reuniones y movimientos que realizan los políticos en los distintos poderes muchas veces ponen en riesgo la propia salud de los funcionarios. En efecto, distintos mecanismos de participación han sido considerados como actividades de riesgo dado que conllevan el agrupamiento y proximidad de personas en un mismo espacio. La exposición al contagio involucra tanto a los participantes como a sus familias.


Entre los distintos instrumentos democráticos que están “entorpecidos” por la pandemia del COVID-19 encontramos, en primer lugar, a las sesiones parlamentarias. Los legisladores se verían reunidos en un mismo recinto por horas, habiendo viajado desde sus hogares hasta el Congreso y complejizado la prevención del contagio a la hora de deliberar. El Poder Legislativo ha intentado adaptarse a las nuevas indicaciones, como sucedió en Brasil, Chile, Ecuador y Paraguay, que optaron por sesiones a distancia. En segundo lugar, encontramos al sufragio, que ha empujado el debate en torno a cómo llevar a cabo la votación de representantes en ciertos países en los que la emergencia por la pandemia coincidió con fechas electorales. En este contexto, queda en manos de los propios funcionarios conciliar la relación entre las dinámicas propuestas y la legitimidad de las decisiones que surjan en esos nuevos espacios y caminos de decisión.


Distanciamiento social y debates legislativos


Mientras la recomendación epidemiológica apunta hacia el distanciamiento social para la prevención del contagio en masa, los legisladores se encuentran en el delicado dilema de proteger su salud o reunirse en el Congreso para dar respuesta legal a la crisis en nombre de toda la comunidad política a la que representan. Las distintas alternativas tecnológicas parecen ser, a primera vista, un auxilio plausible para esta situación. Pero aprovechar su utilidad, sin sacrificar en el intento la eficiencia de los debates asamblearios, no surge como un acertijo sencillo de descifrar.


Como menciona la nota de Parlamentario.com previamente citada, Brasil ya está realizando sesiones plenarias virtuales y Chile aplica un sistema mixto en el que solo aquellos que tienen la posibilidad de asistir al Congreso deben sesionar de forma presencial, mientras que los demás contarán con medios virtuales para hacerlo. En el caso de Argentina, el Congreso se encontró en el apuro de redactar un reglamento que regulase la actividad legislativa en sesiones online, a modo de normalizar y legitimar las resoluciones derivadas de esta nueva propuesta. Componer nuevas pautas y medidas de debate no es una tarea sencilla en tanto conlleva consensuar algún método que resulte lo suficientemente eficiente, plural y representativo como para cumplir con los objetivos originales de las facultades delegadas al Poder Legislativo. Si bien, durante las pruebas iniciales, el Congreso argentino debió lidiar con los problemas de saturación de la conectividad, el procedimiento se siguió perfeccionando. Así, el Senado logró sesionar virtualmente por primera vez el 13 de mayo, una imagen que es sin dudas histórica.



A la luz de este panorama, vemos que los congresos tienen por delante dos objetivos: por un lado, lograr construir y/o aprovechar una plataforma segura y eficaz que permita sesionar con la misma dinámica y libertad deliberativa que concede el tradicional recinto asambleario. Pero, por otro lado, y no menos importante, la tarea de generar una asamblea virtual que no abandone los principios y virtudes democráticas, que consiga cumplir con los objetivos constitucionalmente establecidos para sus funciones y que garantice la legislación en nombre del bien común. Especialmente en tiempos de emergencia, es esencial el trabajo y cooperación de todos los representantes.


Las videoconferencias correctamente logradas podrían ser un nuevo camino para las discusiones legislativas de los Estados. Quizá, esta sea la oportunidad de rever cuáles son las vías más eficientes para desarrollar las actividades legislativas en tiempos ordinarios. En efecto, quizá la conectividad virtual, desde distintos puntos del país, podría reducir los costos económicos de reunir a todos los representantes en una misma ciudad al mismo tiempo. Como nos ha demostrado la revolución informática, la extensión territorial, gracias a Internet, queda reducida en un solo link, lo que podría agilizar las facultades de las asambleas, y no solo en tiempos de coronavirus.


¿Votar desde casa o votar con barbijo?


La otra rama de la democracia bajo la tormenta de la pandemia son las elecciones, el sufragio. Reunirse en las urnas puede convertirse en un verdadero caos si no se logran mantener las precauciones contra el contagio del coronavirus. En este 2020, uno de los países que debe discutir sobre el interrogante de cómo garantizar el derecho al voto es Estados Unidos. En noviembre, los ciudadanos estadounidenses deberían definir quién asumirá el poder en 2021, pero la organización del acto electoral se encuentra aún sobre la mesa de estudio. En los distintos estados se ha optado por diferentes alternativas respecto a las elecciones primarias. Algunos eligieron posponerlas, otros enviar su voto por mail, mientras hay también casos que permiten sistemas mixtos con personas que votan presencialmente y otras de forma remota. Aunque el voto por mail es visto por algunos como la solución ideal, opiniones opuestas parecen apuntar que, en realidad, no es la panacea, o al menos no sin los debidos cuidados a la hora de llevarlo a cabo. Algunos ciudadanos exigen la posibilidad de votar desde sus hogares sin arriesgarse en los puestos de votación, al mismo tiempo que otros resaltan que el vote-by-mail podría llevar a resultados deshonestos por cuestiones de ciberseguridad o de desigualdad en el acceso a Internet de algunos sectores de la sociedad. Las elecciones remotas se convierten en un nuevo rompecabezas que los especialistas deben lograr resolver.


Las elecciones fueron también un asunto de relevancia política en Corea del Sur. Allí se tomó la decisión de seguir adelante con las votaciones considerando una serie de protocolos de prevención. A pesar de que podríamos suponer cierto temor al contagio, según un artículo de El País, estas elecciones legislativas fueron las más concurridas desde 1992 en Corea del Sur.


Como explica Natalia Plazas en France 24:


[luego de haber desinfectado los colegios donde se ubicaron las urnas] los votantes estuvieron obligados a llevar mascarilla y a realizar un control de temperatura a su llegada a los puntos de votación. Cualquiera con más de 37.5 Cº en su cuerpo era llevado a una cabina especial. También tuvieron que usar guantes de plástico, desinfectante de manos y mantener una distancia de al menos un metro con los otros presentes. (2020)

Estas alternativas a las elecciones presenciales ponen en alerta a los funcionarios, quienes deben regular el buen ejercicio de cualquier medida para garantizar el derecho al voto de los ciudadanos. El desafío es desarrollar las elecciones sin desproteger a la población de un contagio masivo, ni perder de vista todos los gastos y posibles inconvenientes que pueden conllevar el proceso electoral con estas nuevas propuestas. No hay duda de que este asunto no es sencillo de resolver para los dirigentes políticos. Están en juego los históricos principios y derechos democráticos y la legitimidad de futuros gobiernos. Tomar decisiones en este terreno no suena nada fácil.


Unidos pero distanciados


El asunto es, como vemos, muy complejo. Los regímenes democráticos a los que nos hemos referido exigen y necesitan de la participación y cooperación de dos actores fundamentales: el pueblo y los representantes. En esencia, forman parte de un mismo sujeto: el ciudadano. Los gobernantes no solo deben usar su arsenal de ideas y propuestas para dar una respuesta a la emergencia que garantice el bien común, sino que deben encarnar la representación misma de la nación que los ha designado. Asimismo, los funcionarios deben cooperar y llegar a acuerdos que respondan a una realidad social multifacética con una amplia diversidad de demandas. Toda la tecnología democrática depende de la intercomunicación y participación entre personas en búsqueda de un fin beneficioso para todos, por lo tanto, ¿cómo mantener vivo el espíritu democrático desde el aislamiento social preventivo? ¿cómo cooperar sin tener contacto con el otro? ¿cómo ayudar al otro sin exponerlo al riesgo de la enfermedad?


Internet parece darnos una mano para remediar estos conflictos en emergencia, pero es fundamental considerar los efectos futuros del salvavidas virtual en el desarrollo político, social y económico de los distintos países. Sería un error descartar las herramientas de la web e ignorar las nuevas puertas que el avance tecnológico y científico abre cada día para explorar. Quizá, algunos planteos de los fundadores de las instituciones de gobierno aún permanezcan casi intachables a la hora de evaluar la actividad democrática. Pero eso no significa que hayamos alcanzado el ápice de lo que hace a la actividad de gobierno óptima para el bien social. Con un debido tratamiento y regulación, estas nuevas propuestas y opciones podrían sorprendernos y convertirse en herramientas que agilicen los mecanismos democráticos, y que permitan perseguir el camino más provechoso para todos.


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