INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Tensiones en el Sudeste Asiático

El mar de China Meridional es la segunda ruta comercial marítima más importante del mundo. Esta área posee un valor geoestratégico inconmensurable como vía de comunicación y como ruta de acceso comercial para las naciones que tienen costas sobre el mar en cuestión: por esta zona circulan cargas comerciales valuadas en más de cinco billones de dólares al año. Por otro lado, los recursos pesqueros presentes en la región poseen un enorme valor para los países cercanos, ya que la pesca es uno de los medios de alimentación más importantes en este sector del planeta y un recurso fundamental para lograr la soberanía alimentaria. Por último, si bien las disputas de soberanía actuales impiden realizar una exploración y explotación exhaustiva del subsuelo marino, se estima que Este puede contener amplias reservas de hidrocarburos.

Por Brenda Gamba


La cuestión de la delimitación entre los países que presentan reclamos soberanos en la región es una de tantas que los acuerdos de paz firmados al finalizar la Segunda Guerra mundial no han esclarecido, y que con el correr del siglo XX comenzaron (al igual que las islas contenidas en el espacio) a “salir a la superficie”, generando nuevas tensiones aún no resueltas en el siglo XXI. El conflicto por establecer límites soberanos unánimemente aceptados en la región se remonta a mediados del siglo XX, y la militarización progresiva del espacio ha hecho aún más incierto el devenir de las tensiones a futuro.

En el presente ensayo se analizarán dos actores fundamentales en el devenir del conflicto: China y el organismo supranacional ASEAN.

Un Estado-civilización

Las Islas Paracelso y Spratly han salido a la superficie ya hace tiempo y este hecho ha habilitado a que las naciones aledañas pudieran presentar reclamos de soberanía sobre las mismas, su subsuelo marino y aguas circundantes.


Actualmente existen reclamos de soberanía en la región por parte de países pertenecientes a la ASEAN (Vietnam, Malasia, Brunei Y Filipinas) y por parte de China (única nación que reclama como propio el 90% del espacio). Estas naciones han ocupado arbitrariamente ciertos islotes con el correr de los años, aunque ninguna ocupación puede compararse con la omnipresente posición de China, que ha construido en el lugar islas artificiales con intención de transformarlas en bases terrestres y portuarias que legitimen su reclamo, y además ha instalado bases militares. Los barcos de dragado y la infraestructura allí montada por Beijing han despertado la alarma no solo de los países reclamantes, sino también de Estados Unidos, que ha dispuesto en la zona una flota militar cuya pieza clave de asentamiento es la isla japonesa Okinawa.

Los miembros de la ASEAN han reclamado que se apliquen los principios de derecho internacional a la solución de la controversia. La CONVEMAR establece que un Estado puede ejercer “soberanía” sobre su mar territorial en un límite máximo de 12 millas marinas desde la línea costera; y que su zona económica exclusiva le permite ejercer “jurisdicción” hasta 200 millas desde sus costas, con obligación de respetar el derecho a la libre navegación en esta última zona. En caso de que dos Estados se encuentren separados por una distancia menor a 400 millas marinas, deberán llegar a un acuerdo sobre la delimitación. Este conflicto podría someterse a la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia, pero el gobierno chino se rehúsa a reconocer cualquier instancia multilateral sobre la controversia, del mismo modo que ha rechazado el fallo de julio de 2016 de la Corte Permanente de Arbitraje que desconoce su reclamo soberano. China ha alegado “derechos históricos” para reclamar la zona y ha declarado ambiguamente un “ejercicio de soberanía y jurisdicción” sobre el mar de China Meridional. De este modo, Beijing cuestiona los principios establecidos de Derecho Internacional, ya que “soberanía” y “jurisdicción”, como hemos mencionado, hacen referencia a distintas facultades del Estado; y que no existe ninguna figura de derecho denominada “derecho histórico” que avale tal reclamo.

El rechazo de China a instituciones supranacionales y convenciones de Derecho Internacional no es una novedad. En este sentido, es interesante la tesis de algunos autores que plantean que este comportamiento reaccionario se debe en parte a su particular condición de “Estado-civilización”. Los analistas sostienen que este factor es clave para superar la barrera cultural con el país asiático: China presenta una autopercepción como civilización milenaria más que como una nación, ya que a diferencia de los países occidentales que han forjado su identidad como producto de la era de los Estados-nación y su territorialización, China presenta una historia civilizatoria milenaria. Esta identidad milenaria moldea la identidad, las redes familiares, los valores y la relación entre el Estado y la comunidad. De este modo, es imperioso que occidente empiece a comprender a China desde esta perspectiva si se busca avanzar en las relaciones, ya que su rechazo a las normas y convenciones internacionales probablemente provenga de una divergencia de concepciones además del interés estratégico por la región. En este sentido, es alentador observar que no se trata de una barrera insalvable: en la última década el esfuerzo en las negociaciones multilaterales ha logrado que Beijing no solo dejara de ignorar el problema medioambiental, sino que haya convertido a la protección del medio ambiente en una política de Estado. Por otro lado, China ha realizado esfuerzos de integración que van desde las relaciones bilaterales hasta el proyecto de integración global de la Nueva Ruta de la Seda. Con respecto al conflicto por el mar de China Meridional, es improbable que dado el valor estratégico de la región China retire sus reclamos o estructuras instaladas, pero un camino de solución posible es apuntar a la negociación de una fórmula de creación de zonas conjuntas de desarrollo. De este modo podría salvarse la controversia permitiendo la explotación conjunta del suelo y subsuelo marino entre las partes en conflicto y asumir una protección común de los recursos (solución a la que Beijing se ha mostrado favorable).

El ejemplo de la ASEAN

La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático presenta un ejemplo notable en cuanto a la consolidación de procesos de integración regional que resultan dificultosos. El proceso de integración de las naciones que la conforman ha constituido un considerable desafío que implica aglutinar Estados con fuertes diferencias a nivel económico, cultural, religioso y hasta lingüístico. Esta característica intrínseca de heterogeneidad requiere flexibilidad y adaptabilidad para que las reglamentaciones conjuntas tengan éxito.

Los países miembros de la ASEAN no solo han logrado salvar esta dificultad y posicionarse en el mundo como una región en constante desarrollo, sino que han generado mecanismos tendientes a superar estas barreras. El organismo ha diseñado un proceso de integración “a dos velocidades” que respeta el menor desarrollo económico de los últimos países en incorporarse a la zona de libre comercio, y evita una irrupción dañina en sus economías estableciendo plazos para la adaptación. Los miembros asisten a reuniones ministeriales de la ASEAN Socio-Cultural Community para trabajar en la igualación de índices de desarrollo, salud, educación, ciencia y tecnología y lograr el acercamiento cultural. Por último, la organización ha acordado la búsqueda de una solución pacifica con respecto a la controversia en el mar de China Meridional y han acordado un código de conducta para la cuestión. China ha sido invitada a participar del diseño de un código que integre a todas las naciones en disputa, aunque su negociación ha sido abandonada y luego retomada en varias oportunidades por Beijing. De todos modos, el gran logro en cuanto a la superación de barreras culturales y de toda índole que ha conseguido la ASEAN presenta un ejemplo valioso, que demuestra que es posible salvar diferencias viscerales si existe voluntad de cooperación.

Seguridad y comercio: vías para una posible resolución

A pesar del característico accionar unilateral y provocador que ha llevado a cabo China en la región en disputa y de la desconfianza que ha suscitado en los miembros de la ASEAN, es de suma relevancia identificar los posibles puntos de convergencia entre todas estas naciones para arribar a una solución pacífica del conflicto. Y se considera sumamente relevante arribar a un acuerdo pacífico porque la escalada de tensiones solo puede conducir a una militarización total de la región y al mayor involucramiento de otras potencias fuera del conflicto, como EEUU e India, que pueden ser instadas a intervenir por los países más débiles que se oponen a la ocupación que China ejerce.

En primer lugar, todos los países de la región se enfrentan a nuevos dilemas de seguridad internacional no convencionales. El más significativo es el accionar de la piratería marina, sobre todo en el estrecho de Malaca, que afecta fuertemente al comercio y abastecimiento de recursos de los que todos los países en cuestión son dependientes. El segundo factor aglutinante tiene que ver con la liberalización comercial: el retiro de EEUU del TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) ha generado que los países asiáticos pierdan la posibilidad de tener acceso preferente al mercado e inversión estadounidenses.

En este rediseño de las agendas comerciales, la principal alternativa para los países de Asia es profundizar la integración con China, quien a su vez depende de socios estratégicos para abastecerse de recursos esenciales en el sostenimiento de su crecimiento económico. De este modo, la interdependencia económica puede ser un camino más que efectivo para relajar las tensiones en la región y evitar un enfrentamiento abierto. En este sentido, el acuerdo RCEP (Asociación Económica Integral Regional) puede constituir un primer paso, siempre y cuando se logre profundizar la integración en áreas como el desarrollo, cuestiones medioambientales, y ciencia y tecnología, ya que por lo pronto el acuerdo trata únicamente cuestiones arancelarias. Sin duda los nuevos dilemas de seguridad que plantea el corriente siglo y el consenso generalizado en la región sobre los beneficios de la apertura comercial pueden ser las llaves hacia la pacificación del Sudeste Asiático.


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