INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Lautaro Garcia Alonso

“Solo se puede hacer filosofía si hay incertidumbre”: entrevista a Diego Singer

En medio de la incesante crisis global desatada por el coronavirus, nos detuvimos a reflexionar un poco acerca de los tiempos que estamos viviendo. Para ello, conversamos con el filósofo Diego Singer (@tallerdefilo), profesor universitario (UNSAM/UNLZ), autor del libro Políticas del discurso: intervenciones filosóficas en la escuela (Ediciones Nido de Vacas, 2019) y organizador de los encuentros “Filosofía a la gorra”. Quinta entrega del especial #PandemiaEnJaque.


Por Lautaro Garcia Alonso

Diego Singer, en uno de los encuentros de su popular ciclo “Filosofía a la Gorra”. Crédito: Juan Dias.

Hace algunos días atrás, comenzaste un ciclo de encuentros virtuales denominado "Filosofía urgente", con el objetivo de reflexionar críticamente acerca de los sucesos que estamos viviendo en medio de una emergencia global. ¿Cómo es hacer filosofía en un contexto de tanta incertidumbre? ¿Por qué es importante pensar filosóficamente sobre el presente inmediato?


Por un lado, solo se puede hacer filosofía si hay incertidumbre. Aún quienes buscaban una certeza indubitable, como Descartes, lo hacían porque entendían que la incertidumbre era lo que primaba. Nosotros ya no buscamos ese tipo de certezas, pero sí formas de orientarnos en el mundo. Hay que entender que existen distintas temporalidades y que la filosofía, tal como yo la entiendo, es siempre intempestiva: está de uno u otro modo más allá de la actualidad. En relación con una tradición de miles de años y, a la vez, con un ojo puesto en un porvenir que no sea simple reproducción de lo que somos. Si la filosofía puede cumplir algún papel en la comprensión del presente inmediato es justamente porque no vive solamente en la inmediatez, por esta visión estrábica, por su carácter histórico y porque siempre está incómoda en la simpleza con la que se presenta todo presente.


Por otra parte, no creo que los análisis filosóficos sean más importantes o esenciales que los pensamientos y las acciones de otro tipo. Pero sí me parece que el pensamiento filosófico no tiene por qué esconderse por temor a equivocarse. Un error mayor sería, a mi juicio, aceptar que la filosofía trabaja seriamente hasta que nos encontramos con una situación en la que se nos juega la vida, como ahora, y entonces prudentemente se retira para dejar paso a otros saberes. Eso sería el desastre y la confesión de que si se saca a algunos filósofos del juego de las referencias internas e infinitas a la propia historia de la filosofía, ya no tienen nada que hacer. Al contrario, hay que saber utilizar todo lo pensado y ponerlo al servicio de la vida.


A mediados de la década del setenta, Foucault introducía el concepto de "biopolítica" para advertir acerca del modo en el que los dispositivos de poder estatales controlan a la población a través de la subyugación y el monitoreo de los cuerpos. Durante las últimas semanas, gobiernos de todo el mundo han comenzado a adoptar medidas cada vez más severas de vigilancia sobre el conjunto de la sociedad, a fin de identificar posibles infectados y prevenir futuros contagios. ¿Considerás que este tipo de medidas son, tal como sostiene Agamben, un modo de ejercicio del biopoder por parte del Estado, que podría conllevar la adopción de medidas excepcionales sin ningún tipo de límites?


Creo que la lectura de Agamben tuerce de algún modo lo que Foucault había afirmado sobre la "biopolítica". Nunca se trató simplemente de "controlar" y "subyugar", sino primordialmente de producir. Por supuesto, para producir una población sana es necesario contar con herramientas para administrar esa producción. Pero eso no implica que toda biopolítica se constituya en una maquinaria de vigilancia absoluta y modos de instaurar "estados de excepción" cada vez mayores. Creo que es necesario rescatar la distinción foucaultiana entre un tipo de poder negativo (jurídico) y dos tipos de poder positivos: disciplina y biopolítica. Agamben, de alguna manera, introduce terminología jurídica allí donde Foucault se había esforzado por ponerla en segundo término y así el "biopoder" parece entenderse otra vez de modo represivo. Justamente la originalidad de la propuesta foucaultiana había sido intentar dejar de pensar al poder desde la perspectiva del soberano y de la represión soberana. Con ese modelo de poder negativo, siempre se puede pensar que cualquier medida gubernamental es una forma de "subyugar" y "reprimir", cuando bien puede ser que sea un esfuerzo por producir salud colectiva. Está claro que hay que pensar muy bien bajo qué condiciones y términos se defina esa "salud" de la población y hay que estar atentos al tipo de biopolítica que se instaura.


Siguiendo en esta línea, muchos países han empezado a observar las estrategias implementadas en China como un modelo exitoso en términos de aplanamiento de la curva de casos de infecciones. Estas estrategias se basan en técnicas que implican una vigilancia total de los individuos: las empresas de telefonía móvil comparten todos los datos de sus clientes con las autoridades estatales, no existe la privacidad en Internet dado que toda interacción digital es registrada, el gobierno conoce todos los movimientos de los ciudadanos a través de una amplísima red de cámaras de seguridad y de dispositivos de reconocimiento facial, e incluso existen aplicaciones móviles que advierten a los usuarios si se encuentran cerca de una persona que podría estar infectada. ¿Crees que, a partir de esta crisis sanitaria, hemos llegado a un "punto de inflexión entre la salud y la privacidad" –al decir de Harari– y que, de ahora en más, habrá una mayor tendencia a adoptar este tipo de estrategias de vigilancia social, incluso en países de tradición liberal?


El avance de la vigilancia y el control con la ayuda de las nuevas tecnologías digitales es algo que antecede, sin dudas, a esta pandemia. Estamos yendo en esa dirección con muy pocas resistencias. Por supuesto, cada vez que la seguridad se ve amenazada –y esto no es algo que se restrinja a la seguridad de los cuerpos biológicos– se abre una etapa de profundización en esa dirección, tal como sucedió en Estados Unidos después del atentado a las Torres Gemelas en 2001. El problema de la mayoría de los enfoques es que parecen plantear dos sujetos con posiciones opuestas: por un lado "el poder", ya sea el gobierno de los Estados-nación, o el de las corporaciones económico-financieras, etc. y por otro lado "los ciudadanos", que ven sus derechos –por ejemplo, a la privacidad– avasallados. El esquema es mucho más complejo e implica a los propios ciudadanos, demandando esa seguridad a prueba de todo: de extranjeros, de terroristas, de incertidumbres de todo tipo. En muchos sentidos, es verdad que cuanta mayor información se pueda procesar y cotejar, más certezas hay respecto a fenómenos como los producidos por esta pandemia. En última instancia, el sueño de la "seguridad total" es un sueño compartido por un tipo de gobernantes y un tipo de gobernados.


​En un reciente artículo, Byung-Chul Han afirmaba que "el virus nos aísla e individualiza, no genera ningún sentimiento colectivo fuerte". ¿Estás de acuerdo con esta afirmación? En otras palabras, ¿escenarios de emergencia como el actual promueven comportamientos individualistas o más bien estimulan la solidaridad e incentivan nuevas formas de acción colectiva?


Sin dudas, ambas respuestas son verdaderas. La afirmación de Han tiene una lógica irrefutable en dos sentidos. Primero en un sentido histórico: casi todas las crónicas que conservamos de pestes graves, desde la que asoló a Atenas en plena batalla contra Esparta en el siglo V a.c., hasta la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires en 1871, dan cuenta de escenas de abandono entre familiares, de ruptura de lazos sociales primarios, como si en esas situaciones extremas se reivindicara una vuelta a un primer derecho natural, que es el de la propia supervivencia. En este sentido, hay que decir que los individualismos que atestiguamos en estos días no son, de ningún modo, un producto exclusivo de nuestra época neoliberal. Se pueden atestiguar en otras etapas del capitalismo y en épocas previas al capitalismo. En todo caso, hay que ver la forma en la que nuestro presente individualista exacerba o legitima esos comportamientos. Pero, a la vez, hay que comprender el uso del término "guerra" para la situación que estamos viviendo, justamente en tanto la guerra genera, sin dudas, un entramado afectivo colectivo muy fuerte, se identifica contra un enemigo común y teje lazos de otro tipo. No estoy diciendo que toda forma de lazo social y cuidado común tenga que acomodarse a las categorías bélicas, sino solo mostrando cómo en las metáforas que usamos para dar cuenta de lo que pasa asoman categorías de lo común. Por lo pronto, es esperable que muchos lazos sociales se vean interrumpidos, porque los que se tejen en el contacto y el encuentro de los cuerpos son los mismos que permiten la proliferación de la pandemia. Pero, sin dudas, no hay que subvalorar los modos de cuidado, protección y de estar en común que se generan como respuesta al aislamiento.


Desde que se decretó el aislamiento social preventivo y obligatorio en todo el país, estamos siendo testigos del viraje hacia una digitalización total de la vida: clases virtuales en colegios y universidades, nuevos hábitos de teletrabajo, relaciones de pareja a través de videollamadas, artistas que brindan conciertos en lives de Instagram e incluso compañías de teatro que suben sus obras a plataformas web de acceso libre y gratuito. ¿Cuánto de todo esto creés que persistirá cuando la cuarentena termine? ¿La consolidación de estos modos de relacionamiento a distancia podría atentar contra nuestros lazos de comunidad o, por el contrario, la construcción de vínculos digitales de esta naturaleza no necesariamente implica un menor grado de profundidad en nuestros vínculos?


Creo que los paraísos perdidos son ficciones tristes. Y la dicotomía entre la virtualidad-digitalizada y la presencia común de los cuerpos ha operado en este sentido en las últimas décadas: una nostalgia por un pasado de presencia corporal del que parecen borrarse todas las mediaciones existentes. Como si los cuerpos estuvieran naturalmente presentes unos a otros, sin códigos, vestimentas, rituales, normas, etc. A ese paraíso perdido se contrapone un mundo frío y despersonalizado de la imagen y la información sin cuerpo. Otra vez, hay que entender que estamos en una situación de excepción y que esto no es una inducción acelerada en el mundo de la tele-pantalla. Vamos a volver a los parques, al teatro, al amor, a las manifestaciones públicas, a tomar las plazas, a las asambleas, a los picaditos. Creo que otro problema sería intentar reemplazar lo que pasa en un aula o en una sala de teatro, mediante plataformas de videoconferencia o streaming. Mientras entendamos que no se trata de un reemplazo, sino que es otro tipo de tecnología con sus posibilidades y sus imposibilidades, podremos hacer un mejor uso de ellas. Pero tenemos una concepción un poco simplista, que viene sin dudas del mundo de la comunicación, que piensa en información, códigos y canales. Eso es lo que hay que desterrar para todo tipo de comprensión de las tecnologías en las que estamos involucrados.


Otro de los debates que se abrieron a partir de esta crisis mundial tiene que ver con la ineficacia del sector privado para hacer frente a los efectos de la propagación del virus y, junto con ello, el resurgir de la confianza en el Estado de bienestar como solución a los problemas a los que la situación actual nos enfrenta. Sumado a ello, la enorme caída de los mercados y la paralización de muchas de las principales actividades económicas dan cuenta de una inminente recesión global. En una columna publicada hace un par de semanas, Zizek opinaba que el COVID-19 le ha dado "un golpe letal al capitalismo, a lo Kill Bill" y que, en consecuencia, la única salida posible es el retorno a formas de vida comunitarias, a partir de las cuales habría un resurgir del comunismo. ¿Coincidís con el pronóstico de Zizek? ¿Hay posibilidades de que con el fin de la pandemia pueda llegar también el fin del capitalismo como paradigma del sistema económico dominante?


Con cada crisis del capitalismo se habla de su final. Aún del final del neoliberalismo, como apresurdamente algunos pregonaban con la crisis del 2008. Sabemos muy bien que el capitalismo vive de sus propias crisis y parece sobreponerse a ellas saliendo fortalecido. Hacer futurología de ese calibre es complicado, no conocemos aún la profundidad de la crisis en sus niveles económico, social y político; es un fenómeno en el que aún estamos entrando. Yo tiendo a pensar que Zizek no es tan ingenuo como para afirmar que ese golpe letal "a lo Kill Bill" sea algo que efectivamente está sucediendo. Más bien supongo que, afirmando eso, Zizek pretende desviar el curso de los acontecimientos hacia esa situación lo más posible. Eso es hacer política: no se trata de ver quién acierta con el pronóstico de lo que va a suceder, sino lograr abrir un horizonte de posibilidades que permita que puedan realizarse acciones que, de otro modo, quizás no podrían madurar ni organizarse. Siendo así, creo que otra vez se abre la posibilidad de pensar a nivel global en fenómenos colectivos: desde el rol del Estado, hasta el entramado socioafectivo.


Para finalizar, quisiera retomar un punto que se relaciona con la primera pregunta. Estamos viviendo tiempos de mucha ansiedad y falta de respuestas, en los que las noticias falsas y las teorías conspirativas circulan cada vez con más frecuencia. Sin embargo, del otro lado, pareciera haber una suerte de confianza ciega en el conocimiento científico de aquellos a quienes consideramos "expertos". A la vez, las medidas de distanciamiento social y confinamiento implican un enorme despliegue de fuerzas de seguridad en las calles, y un crecimiento significativo de la actividad punitiva del Estado. Frente a este escenario, ¿cuál es el rol que cumple o debe cumplir el filósofo? ¿Qué responsabilidad tiene frente a los tiempos que corren?


No creo que haya un rol especialmente importante para la filosofía. Pero sí que tiene que intervenir con las herramientas de las que dispone –y eso incluye, por supuesto, crear otras nuevas– en el mundo del que participa. Siempre ha habido respuestas fáciles para las situaciones en las que nos encontramos: supersticiosas, dogmáticas, conspirativas. A la vez, creo que hay signos de salud en que muchas personas quieran informarse y discutir sobre los diferentes consejos y visiones de los expertos. El saber está abierto y eso creo que es bueno y necesario para cualquier tipo de politicidad que querramos denominar "democrática". El trabajo por hacer es incesante y no se trata de algo que la filosofía –u otro tipo de "saber"– pueda solucionar con una palabra mágica. Si hay un tipo de práctica en la que la filosofía ha insistido a lo largo de su historia es en la revisión critica de lo que se cree que se conoce y en un intento de repensar lo pensado. En todo caso, esa disposición que permita una distancia respecto a las certezas que se ofrecen, sigue siendo hoy de un enorme valor.


Nota del editor: muchos de los artículos y columnas de opinión citadas en esta entrevista han sido recientemente compiladas en una edición digital de acceso libre y gratuito. Puede descargarse el libro en el siguiente link.




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