INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Sobrevivir a Auschwitz (III): Un canto a la vida

En esta tercera y última entrega, relatamos la partida de Lea Zajac del campo de concentración de Auschwitz, su larga travesía en las "marchas de la muerte", su liberación, su llegada a la Argentina, y su incansable lucha a lo largo de toda su vida en contra de la discriminación y el negacionismo de la Shoá. Recomendamos leer antes las dos primeras entregas de esta serie, disponibles acá.


Por Melanie Ghertner

Foto: Poli Martínez Kaplun

El último círculo del infierno: las marchas de la muerte

“Si yo sobreviví no fue por ser más fuerte o más inteligente, sino por haber logrado conservar mi humanidad. Esa era nuestra lucha: no perder la humanidad. (Lea Zajac)

Se avecinaba el final de la guerra. El 18 de enero de 1945, los nazis anunciaron a las/os prisioneras/os del campo de concentración y exterminio de Auschwitz que iban a evacuarlo. Como no querían que el mundo supiera de las atrocidades humanas que estaban cometiendo, decidieron que iban a dinamitar el campo. Pero no lo lograron.


“Los rusos llegaron un día antes de lo que los nazis calcularon” [1], le contó Mira a Lea. Mira era la mejor amiga de Lea, y se salvó de las “marchas de la muerte” ya que se había quedado en el campo junto a su madre que no podía caminar. Estaba decidida a morir junto a ella.


Hasta aquí, Lea, con tan solo 18 años, había transitado el camino del infierno: desde el ghetto de Pruzhany hasta sus años en Auschwitz. Desde el canto para olvidar el hambre hasta la última mirada de su madre antes de ser enviada con sus hermanitos a la cámara de gas. Pero eso no era todo, aún faltaba descender al último círculo del infierno: las marchas de la muerte, que Lea debió soportar junto a su tía Sara durante cuatro interminables meses.


Días antes de partir, Sara se había reencontrado a través del alambrado que separaba el campo de mujeres con el de los hombres con un tío de Lea, quien había sobrevivido ya que era diseñador de zapatos, y los nazis lo empleaban para confeccionar sus botas. Cuando el tío se enteró que Lea estaba viva, hizo unas botas acordonadas para ella que arrojó sobre el alambrado. “Esas botitas me ayudaron a caminar en la nieve, en el frío, en el lodo. Me ayudaron a sobrevivir.” Él no tuvo la misma suerte. Murió de inanición durante las marchas de la muerte, dos semanas antes de la liberación.

“Una fuerza sobrehumana”

Era pleno invierno cuando salieron de Auschwitz. Cruzaron aquel portón que las conducía al mundo exterior, tan indiferente como desolado. Lea jamás imaginó, ni siquiera remotamente, que algún día iba a poder salir de allí. “Una fantaseaba solamente con una cosa: un pedacito de pan. Sobrevivir un día más era una victoria.” Aquel día no llegaron a agarrar el pedazo de pan que les correspondía. Salieron así, con la dignidad en una mano; y la otra, vacía.


Luego de meses caminando, cansada de sostenerse en pie, cayó de cara en la nieve, resignada. “No valía la pena luchar. Sentía la muerte a tres pasos”. Sara, llorando, le rogaba que se levantara mientras se escuchaba el sonido de las botas del nazi con la metralleta aproximándose. “Un tiro y ya está, no puedo más”, pensaba Lea. No veía más que oscuridad. “De repente, él me tocó con el hierro frío de su arma, me dio vuelta la cabeza y me dijo -¡Levántate, sos tan joven! ¡Ya viene la liberación!. Cuando yo escuché esas palabras de quien me tenía que matar, me entró una fuerza sobrehumana. Yo no sé cómo pude levantarme, pero con la ayuda de mi tía lo hice y seguí caminando”.

Lea conserva en su casa algunas piedras de lugares que han marcado el destino de su vida. Foto de la autora

Lea, la vengadora

Caminaban día y noche. No tenían comida, pero al menos podían beber el agua de la nieve. Solo se alimentaban cuando llegaban a algún pueblo y los nazis ordenaban a los intendentes o a quienes residían allí que trajeran algunas papas. Cierta vez, Lea recuerda que cayeron “medio muertas” en el descampado de un pueblo, cercado por unas rejas bajas. Ella escuchó a una mujer que caminaba por allí preguntándole horrorizada a su acompañante quienes eran aquellas personas si es que se las podía seguir llamando así. A lo que esta le contestó: “son los judíos, los culpables de la guerra”.


Lea, al igual que las demás, recibió una papa recién hervida. “Todavía la siento en las manos.” Hasta que, de pronto, comenzaron los bombardeos de los aviones rusos. Los nazis gritaban "¡todos al suelo!", pero Lea no quería obedecer. De repente, un sentimiento de poder y venganza se había apoderado de ella: "quiero morir junto con los nazis". Desde el piso le gritaban que se tirara pero ella se resistía. “¡No, yo quiero morir junto con ellos!", gritaba con la papa en la mano. Hasta que la culata del arma de uno de los oficiales la convenció con un golpe en la cabeza para que se tirara. “Ví a los nazis temblando de miedo en el piso junto a nosotras. Durante esos minutos, me sentí una vengadora.” Sin embargo, las bombas cayeron más lejos y, al cabo de unos largos minutos, se levantaron y continuaron su camino.

Foto: Poli Martínez Kaplun

El ansiado día de la liberación: "¿Y ahora qué?"

Cada día que pasaba, había una compañera menos. Así transcurrieron los primeros cuatro meses de 1945, durante los cuales marcharon por diversas ciudades, pueblos e incluso ingresaron a otro campo de concentración aunque ya no podían ser explotadas para trabajar. Una noche, la del 22 al 23 de abril de aquel año, llegaron a un pueblo. Allí, los nazis encerraron en un galpón a las aproximadamente treinta mujeres que habían sobrevivido a tan brutales condiciones. “A la madrugada, de repente, nos despertamos. Sentimos que había una batalla ocurriendo allá afuera”. Los rusos cuando entraban a una ciudad pegaban un grito: "¡HURRA!". Cuando lo escucharon, las mujeres supieron que eran ellos. Despacio, abrieron el portón y salieron al exterior. Miraron para todos lados y no vieron ni un solo nazi alrededor. Eran libres. “Nos miramos con mi tía y las otras chicas y nos preguntamos ¿y ahora qué?. Solas en el mundo, sin nadie, sin nada. ¿De qué sirvió tanta lucha? Era el día más desdichado de mi vida”.


A lo lejos, vieron un tanque ruso y corrieron “como locas” a su encuentro. La tapa se levantó y salió un “soldadito” con la cara negra, embadurnada de grasa. El resto de este episodio ya es conocido.

El Ejército Rojo (URSS) cumplió un rol clave en la liberación de las/os judías/os que todavía se encontraban cautivos en campos de concentración o, como en el caso de Lea, bajo el control de soldados nazis en diferentes regiones del territorio alemán. Foto: RT

Un largo camino a casa

Antes de partir de Auschwitz, Sara y Lea habían acordado con su tío que, si sobrevivían, se encontrarían en su casa. Al abandonar el campo de concentración y emprender las “marchas de la muerte”, los nazis habían conducido a las prisioneras hasta Alemania. Regresar a Polonia desde allí fue una odisea indescriptible. No solo todavía quedaban nazis recorriendo la región, sino que además muchos soldados rusos violaban a las mujeres que encontraban por el camino. Afortunadamente, hubo oficiales rusos que las ayudaron durante aquella “epopeya”, que duró un mes. “Cuando llegamos allá, yo no pude dar la vuelta para acercarme a la puerta de mi casa. Había gente ajena viviendo. Teníamos miedo de que nos mataran.”


Abandonar el estado psicológico de una esclava fue otra batalla. “No se es libre de un día para el otro”. ¿Qué habían hecho con aquella niña a la que le arrebataron su adolescencia y, con ella, sus ganas de soñar?


Llegaron a una ciudad completamente vacía. Golpearon la puerta de una casa y, como nadie contestaba, entraron. “No habíamos visto en nuestra vida un baño con retrete”. Sara entró primera a bañarse, y salió asombrada: “¡hay jabón perfumado y una bañera!”. Después entró Lea. Se miró en el espejo, después de mucho tiempo sin ver su reflejo. “Miré para atrás, pero no había nadie. Levanté una mano para confirmar que la chica que veía delante mío hacía lo mismo”. No se reconocía.


Ambas se vistieron con ropa que encontraron en uno de los armarios de la casa. Después de tantos años, volvieron a usar ropa interior, una pollera y una blusa. Era mayo de 1945 y se acercaba el verano.

"No olviden lo que yo les conté. Comprométanse y prométanme que van a divulgar lo que escucharon." Foto: Poli Martínez Kaplun

Un nuevo comienzo, al otro lado del océano

“De a poco comenzamos a entrar en la normalidad, a levantar la cabeza sin miedo”. Como la gran mayoría de las/os sobrevivientes, Lea quería huir de Polonia. En 1948, consiguió llegar a la Argentina, de manera clandestina, a través de Uruguay. Fue en aquel entonces cuando se separó de Sara, quien se quedó en Polonia rehaciendo su vida junto a su nuevo esposo: un vecino suyo que también había perdido a su pareja y a su hijo en Auschwitz. Luego, Sara y su nueva familia emigraron a Israel (Lea recién pudo reencontrarse con ella algunas décadas después, cuando viajó a visitarla).


Al llegar a la Argentina, Lea debió ser operada de su pierna derecha, lo que resultó para ella “otra guerra, psicológicamente hablando”. Cuando logró recuperarse, ingresó como bibliotecaria en un club de Villa Lynch llamado Peretz. “Lo que yo he leído durante esos años, no te imaginás”, me cuenta entusiasmada.


“Yo decía que no me iba a casar ni traer hijos al mundo”. Hasta que, un día, lo conoció a Marcos Novera, también sobreviviente de la Shoá. Él saltó del tren que se dirigía a Treblinka, un campo de exterminio del cual nadie salvo contadas excepciones salía con vida. Logró escabullirse e ingresar al ghetto de Bialystok, donde estaba viviendo un tío suyo. Cuando decidieron liquidar definitivamente el ghetto, en agosto de 1943, Marcos logró escapar nuevamente. Sobrevivió escondiéndose en los bosques, junto a un grupo de partisanos. Pero su historia merece un capítulo aparte.


Lea y Marcos se casaron y tuvieron dos hijos: Jorge y Héctor. Lea volvió a tener una familia, que se fue agrandando cada vez más. Hoy tiene cinco nietas/os y un bisnieto (de sangre) y, desde hace algunos años, una nieta del corazón.

Portada de dos de los documentales en los que participó Lea relatando su testimonio. Foto: PEJ

"Es mi obligación moral contar lo que yo viví"

“Contar mi historia me ayudó y me sigue ayudando a vivir”, confiesa Lea. Desde que recuperó su libertad, ha dedicado toda su vida a brindar testimonio, de manera incansable. Para Lea, relatar lo que vivió es su obligación moral. Sobrevivir para contar, y, con ello, atenuar la culpa que aún siente por haber sobrevivido sin su familia.


“Si hubiese tenido una vida normal, hubiera sido profesora de historia. Te haría amar la materia.” Lamentablemente, el destino no quiso que Lea estudiara historia. Sin embargo, la convirtió en parte de uno de sus capítulos más imborrables.


De los relatos que escribió en el taller literario para sobrevivientes de la Shoá, al que asiste desde hace años, surgió su libro “Historias de mi mochila”[2]. Además, participó e incluso protagonizó numerosos documentales, entre ellos: “Aquellos niños” (Kononovich, 2002), “Algunos que vivieron” (Puenzo, 2002)[3], “Lea y Mira dejan su huella” (Martínez Kaplun, 2016), "Los últimos testigos” (Kononovich, 2017) y un corto documental sobre nuestro encuentro en esta vida llamado “Asumir tu voz - Lea & Meli” (2018). También participó de la serie documental argentina “#Marcha” (Gorban, 2018).


Como si fuera poco, Lea aún sigue brindando su testimonio en innumerables actos públicos, charlas en colegios y universidades, organizaciones civiles, y también en notas periodísticas, televisivas y radiales. A su vez, realizó cinco veces el Proyecto Aprendiz (siendo yo su última aprendiza) y continúa participando activamente en el Museo del Holocausto de Buenos Aires, en el que el año pasado instalaron una propuesta sumamente innovadora: un holograma de Lea al que se le puede hacer preguntas y ella responde. Una novedosa manera de eternizar su historia.

Mi historia con Lea: un legado para siempre

Conocer a Lea en el viaje de Marcha por la Vida me transformó. Reencontrarnos cuatro años después, en el marco del Proyecto Aprendiz, fue obra del destino. Ambas coincidimos en que nos une una conexión especial. “Te adopto como mi nieta del corazón”, me dijo una de las tantas tardes que pasamos en su casa merendando, cantando y conversando durante horas interminables, después de ver algún documental sobre la Shoá.


Lea me enseñó, entre tantas cosas, que “la vida siempre es más fuerte que la muerte”. Y compartiendo juntas estos años aprendí que, si existe una persona como ella, la humanidad aún tiene esperanzas.


Asumí el compromiso de seguir contando su historia, transmitir su legado y continuar con su incansable lucha en contra de la discriminación y el negacionismo de la Shoá. Interpelada por sus relatos y sus emociones, su historia se convirtió en parte de la mía, y pretendo que su voz jamás se acalle.


Mi admiración y amor hacia quien hoy se ha convertido en mi abuela es inconmensurable. Una tarde en su casa, entre lágrimas de emoción, le confesé que si algún día decido ser madre y tengo una hija, voy a llamarla Lea, como ella. Lea simboliza para mí un canto a la vida.


Queridas/os lectoras/es: ahora ustedes también se convirtieron en testigos de su historia.


Lea y Meli. Foto de la autora

[1] N. del E.: todas las frases que figuran entre comillas son textuales de entrevistas y conversaciones que tuvo la autora con Lea.


[2] Zajac de Novera, L. (2010). “Historias de mi mochila”. Buenos Aires, Argentina: Memoria y Trascendencia Ediciones.


[3] Este documental, dirigido por el cineasta argentino Luis Puenzo (ganador del primer Óscar a Mejor Película Extranjera en 1986 por su película “La historia oficial”), formó parte de un extenso largometraje llamado “Broken Silence”, producido por Steven Spielberg a través de su Shoah Foundation. En aquel documental, dirigido por diferentes cineastas del mundo (además de Argentina, participaron de Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Rusia), se narran las atrocidades causadas por el nazismo, a través de entrevistas a sobrevivientes y testigos de la barbarie.

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