INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Sobrevivir a Auschwitz (II): El ocaso de toda humanidad

Lea Zajac es sobreviviente de la Shoá y reside en Argentina desde hace más de cincuenta años. En esta segunda entrega, compartimos su testimonio, en primera persona, acerca de los años que estuvo como prisionera en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Para comprender mejor su historia, antes de continuar recomendamos leer la primera entrega de esta serie.


Por Melanie Ghertner


Foto: Bernardo Kononovich

Primer día en Auschwitz: de Lea a “33.502”

Lea, con tan solo 16 años, se escabulló. En un momento así solo trabaja el instinto de conservación y ella no quería morir. Logró pararse al lado de su tía Sara sin que los nazis se dieran cuenta. “Nosotras sabíamos que llegar a ese lugar significaba la muerte”[1].


El tren partió de vuelta como si nada hubiera sucedido. Su madre y sus hermanitos se convirtieron en cenizas en pocos minutos. De las 2.000 personas que habían salido del ghetto, tan solo unas 150 mujeres habían sido seleccionadas para seguir viviendo, al menos durante un tiempo más. Se dirigieron a unos galpones, donde unos hombres nazis las obligaron a desnudarse apuntadas por una metralleta. "No sentía pudor, no sentía nada. Para nosotras ellos no eran seres humanos, eran monstruos." Les raparon el pelo y, con ello, les arrancaron su dignidad (lo poco que conservaban). Lea pasó a ser un número tatuado en el brazo: el 33.502. Desnudas, peladas, tatuadas y deshumanizadas por completo, las hicieron correr por la nieve dos cuadras hasta las duchas. Mientras lo hacían, los nazis se reían a carcajadas. “En ese momento yo no podía llorar, era una autómata."


Lea cuenta que su tía Sara se volvió canosa en una sola noche. Su pequeña hija había sido enviada a morir en la cámara de gas. Tal era su dolor que Sara lo somatizó. Sin embargo, no enloqueció como otras madres, ya que la tenía a Lea, su hija de la guerra. Se salvaron mutuamente. “Con mi tía nunca hablé de este tema, nunca quise tocarlo. Yo sé lo que ella sufrió por dentro."


Para vestirse, les dieron la ropa de los prisioneros rusos que habían mandado a las cámaras de gas para que ellas pudieran ocupar sus barracas. “A partir de ahí, yo no usé ni un corpiño ni una bombacha por mucho, mucho tiempo." Estando allí tampoco menstruaba: la desnutrición lo impedía y, además, a los nazis no les convenía. Despojar a una mujer de su sexualidad en plena adolescencia también era una forma de destruir su humanidad. “Después de la liberación me volvió sola. Hay cosas que ni me acuerdo...”

El día a día en el campo: “Todo para denigrar al ser humano”

En el camastro de su barraca, Lea dormía apretujada con otras tres mujeres. Sara estaba en otra barraca: las separaron a propósito porque ellas habían dicho que eran hermanas. Una vez le pregunté si soñaba durante las noches. Su primera respuesta fue que no. Claro, en el infierno no hay lugar para los sueños. Hasta que recordó que sí, que de vez en cuando tenía un sueño: un árbol de panes. “Yo me acercaba y comía tantos panes como podía hasta que me despertaba.” Y, junto con ello, otro recuerdo: la sensación de sentir “el estómago pegado a la espalda.” El hambre era una tortura.


Todas las madrugadas, con el cielo aún oscuro, sin importar que lloviera, nevara o se cayera el mundo abajo, las despertaban a gritos. Debían salir a la intemperie, luego de ordenar primero la barraca para el recuento. “Cada salida recibía un golpe en la cabeza. Yo no sabía esquivar los golpes.” Tenían que ponerse en filas de a diez y las contaban. Si una caía, la sacaban enseguida y debían rehacer la fila. “Si te caías, no te levantabas. Horas pasábamos así. Horas enteras.”


Una vez por semana, realizaban la selección para el envío a las cámaras de gas. Debían desnudarse. “Una tenía miedo, las selecciones eran la muerte. Las judías tenían un triángulo tatuado para que no se pudieran confundir con las no judías. A estas últimas las dejaban morir sin ir a la cámara de gas. No las seleccionaban, esa era la diferencia. Hasta en momentos así, las judías eran consideradas las peores.”


Hablar de los baños en Auschwitz le sigue resultando aterrador. “El baño, un gran pozo enorme en un lugar cerrado, de varios metros de diámetro, con un asiento largo de cemento. Todas juntas, una al lado de la otra, defecábamos. Todo era para denigrar al ser humano. Para hacer del ser humano una cosa de nada.


Al mediodía les daban de comer una especie de sopa en una lata roja. No siempre le tocaban las pocas verduras que había en la olla. “¿Sabes cómo comías? Como un perro, cuchara no. Todo para denigrarte.” Para recibir una cuchara, una vez regaló el único pedacito de pan que recibía cada 24 horas. El único alimento del día a cambio de mantener una pizca de humanidad.

"Cargué sobre mis hombros el cadáver de mi mejor amiga"

En Auschwitz había que pagar derecho de piso. Lea sobrevivió allí a las más crueles torturas y humillaciones durante dos insufribles años. Los primeros meses eran los peores. ¿Cuándo se acostumbra un ser humano a dejar de ser? Comenzó realizando trabajos forzados, ya que en aquel entonces los nazis estaban agrandando el campo. “Había que llevar los escombros colgando dos cuadras, volver por otro camino, y hacer lo mismo. Esto se hacía todo el día. La que trastabillaba y se caía en el lodo ya no se levantaba. La fusilaban ahí mismo. Así perdí a mi mejor amiga, Malka.”


Malka era una amiga de su pueblo, con quien dormía en la barraca. Se cuidaban la una a la otra. Un día, Malka trastabilló en el lodo y se cayó. “Enseguida apareció el esbirro con la metralleta y los perros. Le puso la bota sobre la garganta. Mi amiga Malka quedó con los ojos abiertos. Como si preguntara ¿por qué?. Ahí quedó mi amiga.”


A Lea y a otra compañera las obligaron a llevar el cuerpo de Malka de vuelta. Los nazis controlaban que nadie escapara: debían volver todas, vivas o muertas. “La cabeza de Malka la tenía sobre mi hombro. El brazo de ella, a medida que caminábamos, me golpeaba en la pierna. Tac, tac. La otra parte del cuerpo la llevaba mi otra compañera.” Lea no podía llorar ni hablar, sentía que estaba enloqueciendo. Tal fue el trauma que pasó casi una semana sin comer. “Dejé de reaccionar por completo. Pensé que ese iba a ser el final.”


Llegó el viernes: día de selección. Lea era una de las principales candidatas. De todos modos, ya se sentía muerta por dentro. Su tía Sara, desesperada, se subió a su camastro y la empezó a sacudir y a gritar a más no poder. “¡¿Querés que te maten en la cámara de gas?!” Lea reaccionó. “Ahí yo abrí los ojos. La miré y me largué a llorar. Volví en mí de vuelta.”

"Aquel día, confirmé que Dios había muerto"

Lea comenzó a sufrir un dolor insoportable en la pierna derecha. Quienes entraban al hospital, no regresaban. Sin embargo, se arriesgó. Allí conoció a la doctora Lubov, quien si bien no pudo salvarle la pierna, le salvó la vida. Le puso una venda alrededor de la rodilla hinchada y la dejó allí internada durante un par de semanas. “La doctora se enteraba un día antes que iba a haber una selección. Entonces me sacaba rápidamente la venda y me mandaba al campo de trabajo. Me presentaba en mi block y me daban un espacio para dormir. Al día siguiente, cuando ya pasaba la selección, volvía despacito al hospital cuando anochecía. Gracias a ella me salvé."


Lea pudo conseguir otro trabajo en el cual se mantenía sentada y bajo techo: hacer paquetes con la ropa de las personas que al llegar a Auschwitz eran enviadas directamente a morir en las cámaras de gas. Hasta de eso los nazis hicieron una industria. Si tenía suerte, podía encontrar una rodaja de budín, un pedazo de pan o una galleta en algún bolsillo. “¿Vos sabés, nena, lo que era tener de repente una galleta en las manos?” El recuerdo le ilumina los ojos mientras me lo dice.


Un día, encontró en un bolsillo algo aún más valioso que una galleta. De pronto, entre la pila inmensa de ropa, reconoció un saco idéntico al de su madre. “Lo agarre y metí las manos en los bolsillos. Lo recuerdo hasta hoy en día. Adentro todavía quedaba un sandwichito envuelto, que ella había preparado antes de salir y que seguro estaría guardando para más tarde alimentar a mis hermanitos. Y también había un pañuelito. Un pañuelito que yo misma le había bordado con mis iniciales: L.Z.” Para Lea, aquel momento representó la despedida con su madre.


Como el dolor en la pierna le impedía caminar, algunas semanas Lea se quedaba encerrada en la barraca, escondida entre los camastros mientras las demás mujeres salían a trabajar. Un día, la puerta quedó entreabierta, lo que le permitía ver por la rendija. “En un momento, veo que un grupo de niños, pequeños, hermosos, inocentes, atemorizados, caminaban todos juntos. Caminaban en dirección a las cámaras de gas. Yo no podía creer lo que estaba viendo. Necesitaba hacer algo, necesitaba que pasara algo." Pidió desesperadamente a Dios que le diera una señal, lo que sea. “Pero nada pasó. Nada. Unos minutos más tarde, ese grupo de niños se había convertido en cenizas. En ese momento, yo terminé de confirmar que, para mí, Dios había muerto."

El movimiento de resistencia y el principio del fin

“Resistió quien se rebeló en los campos de exterminio” (Jaim Guri, La Resistencia) 

Eran muy pocas las personas en el campo que sabían sobre el movimiento de resistencia. Lea era una de ellas. Una noche escuchó a tres mujeres belgas hablando en francés sobre un movimiento de resistencia clandestino, y de cierto contacto que tenían con el campo de los hombres. Lea, que entendía francés, se acercó a decirles que tuvieran cuidado porque otra persona, en su lugar, las podría delatar a cambio de un pedazo de pan. “Entonces ellas me tomaron bajo su ala”, me confiesa. Prometió no contarle a nadie –ni siquiera a su tía Sara– y cumplió su palabra. De aquel grupo de mujeres aprendió lo que era la solidaridad.


Una mañana, Lea debió regresar al hospital porque le dolía la pierna. Ese día, la doctora Lubov, no se encontraba. “Era día de selección y yo tuve que bajar de la cama desnuda junto a todas las demás. Me anotaron en el listado para ir a la cámara de gas directamente." Sin embargo, la vida tenía previsto otro destino para Lea.


Las mujeres del movimiento tenían contacto con una oficial de las SS llamada Herta, la supervisora del hospital. Ellas le contaron que se iban a llevar a una de ellas. Al anochecer, Herta borró el número de Lea de la lista y anotó el de una polaca que había muerto de tifus hacía pocas horas. Hasta hoy en día les agradece por haberla salvado.


Una de las tres mujeres belgas era la prima de Mala Zimetbaum, la valiente mujer que asombrosamente logró escapar de Auschwitz junto a su novio (un prisionero del campo de los hombres) en junio de 1944, para contarle al mundo lo que estaba pasando allí. Sin embargo, dos semanas después, los nazis los recapturaron y los llevaron de vuelta al campo. A Mala, luego de ser brutalmente torturada, la ejecutaron en la ahorca que habían colocado en el campo de mujeres. “La dejaron colgando y a nosotras nos obligaron a marchar durante horas a su alrededor."

Unos meses después, el 7 de octubre de 1944, hubo una explosión en el campo de los hombres: habían dinamitado el crematorio número IV con municiones que habían conseguido de la fábrica ubicada en el campo de las mujeres. Quienes integraban el movimiento de resistencia seguían luchando, por más que les costara sus vidas (que ya les habían arrebatado). Lea recuerda que, una vez más, debieron marchar todo el día alrededor de los cuerpos colgando de las mujeres que habían confesado su complicidad de haber entregado las municiones. “Ya no teníamos lágrimas para llorar."


A finales de 1944, la derrota del nazismo se avecinaba. Los Aliados venían avanzando a paso cada vez más firme y los alemanes temían que el mundo se enterara de las atrocidades que habían cometido. En noviembre de aquel año, para no dejar rastros, decidieron dinamitar las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau. Pocas semanas después evacuaron del campo a la mayoría de las/os prisioneras/os (entre ellas/os, a Lea).


Pero la tortura no terminó allí. Aún faltaba descender al último círculo del infierno: las marchas de la muerte.


Foto: Bernardo Kononovich

[1] N. del E.: todas las frases que figuran entre comillas son textuales de entrevistas y conversaciones que tuvo la autora con Lea.

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