INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Sobrevivir a Auschwitz (I): "La última mirada de mi madre"

Con motivo de contribuir a la memoria del pueblo judío, en el marco de la Semana de la Shoá, compartimos el estremecedor testimonio de Lea Zajac, sobreviviente del campo de concentración y exterminio de Auschwitz. La historia es narrada por una participante de Proyecto Aprendiz, una iniciativa del Museo del Holocausto. Allí, se reúnen sobrevivientes de la Shoá que viven en la Argentina con jóvenes voluntarios que escuchan sus relatos. El objetivo es transmitirlos y así mantener vivo el legado de uno de los momentos más siniestros y oscuros en la historia de la humanidad. Primera entrega de la serie.


Por Melanie Ghertner


Crédito: Bernardo Kononovich

Un viaje inolvidable y un encuentro transformador

"Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro"[1], repite incansablemente Lea Zajac, de 93 años, sobreviviente del Holocausto (“Shoá”, en hebreo) y mi abuela del corazón. Lea es, como me gusta llamarla, una militante de la Shoá y, también, un ser de luz. Ha dedicado su vida entera a contar su historia: desde la noche misma de su liberación, del 22 al 23 de abril de 1945, hasta ahora. Hoy se cumplen exactamente 75 años desde aquella noche.


Esa madrugada inolvidable, Lea corrió junto a las otras mujeres sobrevivientes al encuentro de un tanque ruso, desde donde salió un "soldadito" con la cara embadurnada de carbón. La cara quedó marcada por el recorrido de las lágrimas que caían por su mejilla al escuchar la historia de Lea: había estado prisionera dos años en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, donde asesinaron en la cámara de gas a toda su familia. En aquel momento, Lea, con tan solo 18 años de edad, recuperó su libertad. De su familia de más de 80 personas, solo ella y su tía Sara sobrevivieron. "¿Y ahora qué?", se preguntaban. Era el peor día de sus vidas. Solas en el mundo, deshumanizadas por completo, arrebatadas de su nombre y su cuerpo, despojadas hasta de su propia identidad.


Desde aquel entonces, Lea se ha convertido en embajadora de la memoria del Holocausto. Sobrevivir para contar. Revive su historia en cada relato. Cada vez que brinda testimonio, siente que se libera un poco más de aquella culpa que la atosiga: haber sobrevivido sin su familia. "Es mi obligación moral contar lo que yo viví, y juré que lo voy a seguir haciendo hasta el último día de mi vida".


Soy testigo de una testigo en primera persona de aquel horror y asumí el compromiso de contar su historia en el marco del Proyecto Aprendiz, en 2017. Se trata de un proyecto único, organizado actualmente por el Museo del Holocausto de Buenos Aires, que tiene como objetivo reunir a sobrevivientes de la Shoá que viven en la Argentina (los/as maestros/as) con jóvenes que escuchan sus relatos (los/las aprendices) en distintos encuentros, quienes se comprometen a transmitir su historia y legado a las futuras generaciones. Los encuentros son mano a mano, mirada a mirada, corazón a corazón. El vínculo que se genera entre ambos/as es extraordinario. En palabras de Diana Wang, una de las creadoras del proyecto: “un maestro entrega su historia a un testigo que la recibe e incorpora a su propia vida”.

Evento de cierre de la edición 2017 del Proyecto Aprendiz. En la foto, los sobrevivientes que participaron del programa, junto a sus aprendices y los/as coordinadores de la actividad. Foto de la autora

Sin embargo, mi encuentro con Lea se remonta a unos años más atrás. En 2013, Lea acompañó a un grupo de jóvenes adolescentes o más bien, nosotros/as la acompañamos a ellaen un viaje educativo mundial llamado Marcha Por La Vida. Un recorrido que une Polonia e Israel, con el objetivo de luchar contra el neonazismo y rememorar a las víctimas, enseñando el Holocausto desde los lugares donde se cometieron muchas de las peores atrocidades de la historia de la humanidad. Lea volvió, por primera vez después de la guerra, a su país natal, Polonia, donde vivió una feliz infancia hasta que llegaron los nazis. Jamás olvidaré las palabras de Lea al cruzar el portón de entrada a Auschwitz, rodeada del cariño de cientos de jóvenes: "yo cruce esta puerta con 16 años para no salir nunca más, y pude hacerlo". La imagen de Lea parada frente a la barraca donde dormía cuando era prisionera en 1944 quedará como una huella indeleble en mi memoria.


Apasionada por las plantas y la música clásica, Lea habla cinco idiomas a la perfección (polaco, ruso, alemán, yiddish y español) y me animo a decir que leyó casi tantos libros como Borges lo cual sigue haciendo desde su libro electrónico. Su palabra favorita del diccionario es libertad. Siempre deseó ser profesora de historia, "pero el destino no quiso". El 1 de septiembre de 1939, el día que debía empezar la escuela secundaria, luego de haber rendido un excelente examen de ingreso, cayeron las primeras bombas en Polonia. Dieron comienzo a la Segunda Guerra Mundial y destruyeron uno por uno todos sus sueños.

Antes de continuar, preciso hacer esta aclaración. La historia de Lea interpela a cualquiera que la conozca. Así y todo, ella siempre me recuerda que "es imposible narrar lo inenarrable". Dimensionar la agonía, el dolor, el miedo, el frío y el hambre, sin haberlo vivido, resulta utópico. Aun así, cada tarde que nos juntábamos té y sandwichitos de por medio, agarradas de la mano, Lea intentaba con todas sus fuerzas sumergirme en su historia, narrando cada detalle, cada gesto, cada sentimiento. Lea me transformó. Su historia ya es parte de la mía, y aquí se las comparto.


Cantar para matar el hambre: los años en el guetto

Lea nació en Michalowo, una pequeña ciudad de Polonia, el 31 de diciembre de 1926. Con una familia numerosa, de clase media baja, vivía feliz y rodeada del amor de los suyos, del bosque de pinos donde vivían sus entrañables abuelos maternos y de sus libros. Era la más grande de tres hermanos: la seguía su hermanita Henia, un año menor que ella, y su hermanito Moti, que tenía dos años cuando comenzó la guerra. La comunidad judía de su ciudad sintió alivio al enterarse que, con la firma del Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión Soviética (conocido como Pacto Ribbentrop-Mólotov, por los apellidos de los diplomáticos de ambos países que lo firmaron, respectivamente), Michalowo quedaría bajo dominio de la URSS. Lea podría seguir estudiando y jugando con sus amigas. La familia estaba unida y a salvo. Sin embargo, la aparente paz no duraría mucho tiempo.


El 22 de junio de 1941, Hitler rompió el tratado. Cayeron las primeras bombas alemanas en Michalowo y ahí "se terminó el paraíso". Los alemanes invadieron la Unión Soviética, más precisamente la región oriental de Polonia. Unas semanas más tarde llegaron a su ciudad. Anotaron todos los nombres judíos y les ordenaron entregar sus pertenencias de valor. Comenzó la persecución. En octubre de ese mismo año, informaron a todas las familias judías que las iban a trasladar. ¿A dónde? ¿Por qué? Debían preparar un paquete pequeño.

Lea (a la izquierda) junto a su pequeña hermana Henia. Crédito: Bernardo Kononovich

"Una madrugada llegaron. Al frente de cada casa se acercó un camión. Nazis con metralletas cuidando. Hicieron salir de cada casa a todas las familias judías. Una vez todos afuera, dijeron que se presenten los notables: médicos, rabinos, un escritor, dos abogados. Eran aproximadamente unas diez o doce personas. Se apersonaron, salieron al frente. Directamente los llevaron a la plaza a una cuadra. Los ametrallaron a todos. Ida y vuelta. Quedaron todos muertos. Todos nosotros mirando. Temblando, abrazados en el camión".


Después de varias horas de tortuosa incertidumbre, llegaron a una ciudad llamada Pruzhany. "A partir de ahí empieza la terrible, inolvidable, nefasta hambre que yo empiezo a sufrir durante cuatro largos años... ese es el primer peldaño del infierno", recuerda Lea con indescriptible dolor en su mirada. Encerraron a todas las personas judías en un ghetto, cercado por varias filas de alambre de púas, un portón y cabinas con nazis armados alrededor que vigilaban que nadie escapara. Las familias judías que residían allí debían otorgar una habitación a las provenientes de otras ciudades. Lea y su familia se refugiaron en una pieza diminuta de una casa. Dormían apretujados en el piso. Cuando uno se daba vuelta, todos debían darse vuelta. Pero aún tenían una mínima esperanza: estaban unidos. Lea se escapaba para que el glorioso pedacito de pan que le tocaba por día lo comiera su hermanito. Se juntaba con unas amigas a cantar. Cantaban para matar el hambre. La deshumanización se manifestaba en cada suspiro, la muerte se hacía presente en cada esquina. "La cantidad de niños que murieron... uno se volvía tan indiferente ante la muerte; ver a un niño muerto era como si nada", me cuenta con lágrimas en los ojos. Mientras tanto, ellas cantaban para sobrevivir.

Un tren con destino al infierno: la llegada a Auschwitz

Corría el año 1943, cuando les informaron que iban a liquidar el ghetto. Eran aproximadamente unas 8000 personas judías allí, que pronto serían trasladadas en trenes, encerradas en vagones para ganado, hacia su fin. En el segundo tren, partieron Lea y su familia. Tres días y dos noches hacinadas, sin aire, ni agua, ni comida, con un baldecito en una esquina para hacer sus necesidades (que nadie llegaba a alcanzar), con frío y, sobre todo, con miedo. Mucho miedo. Todo el tiempo se oían gritos y llantos, la gente pisándose unas a otras, algunas personas desmayadas (entre ellas, la tía de Lea). Al detenerse el tren en un tramo, su tío sacó el brazo por la única pequeña ventanita que había y gritó "¡agua, agua!". El nazi se acercó y le disparó en la sien. "La taza quedo saltando y él cayó muerto en el vagón".


En la madrugada del tercer día, el tren se detuvo y las puertas corredizas se abrieron. Cayó al suelo "una masa hedionda", como la llama Lea, "porque en aquel momento ya no éramos seres humanos". Rápidamente, apareció un grupo de las SS con las botas lustradas, junto con sus perros y cachiporras, acompañados de un grupo de prisioneros vestidos a rayas. Habían llegado al campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau, la mayor fábrica de muertes del nazismo. Desesperados, preguntaban a los prisioneros dónde estaban, hacia dónde iban. Uno de ellos, sin mediar palabra, señaló el cielo gris escondido tras la niebla: allá iban. "Desde lejos se veían como ardían las chimeneas de los crematorios. Día y noche, salía humo de las chimeneas".

Vista del campo de Birkenau o Auschwitz II, desde las vías del ferrocarril a través de las cuales llegaban los trenes cargados de personas destinadas a trabajos forzados. Sin embargo, el objetivo principal de este campo era el exterminio; en las cuatro cámaras de gas instaladas allí murieron más de un millón de personas, en su gran mayoría, de origen judío. Crédito: Markus Schreiber

Al llegar, se llevaron a los hombres a otro campo y nunca más supieron de ellos. Luego, comenzó la primera selección en el campo, aquella tortura que se repetiría todas las madrugadas por el resto de sus días allí: izquierda, derecha, izquierda, derecha. Las ancianas, las mamás jóvenes y los niños a la izquierda; las mujeres jóvenes y fuertes –muy pocas– a la derecha. La madre de Lea, Ester, con Moti en brazos desde arriba del camión, que partiría en pocos minutos a las cámaras de gas, vio a lo lejos que a su hermana menor, la tía Sara, la habían enviado a la derecha.


"Mi mamá me miró a mí y me pegó un grito: ¡LEA, CORRÉ!. Yo me escabullí, a mí no me habían elegido. En un momento así solo trabaja el instinto de conservación. Yo solo no quería morir. Mi hermanita corrió detrás mío... a ella la divisaron. La agarraron, la apalearon y la tiraron al camión con mi mamá. Los camiones se pusieron en marcha. La última mirada de mi madre jamás la olvidaré".


La última mirada de su madre se refleja hasta hoy en día en sus ojos cada vez que la recuerda. Sin embargo, aquel momento recién era el comienzo de una estadía interminable en aquel infierno terrenal llamado Auschwitz.


[1] N. del E.: todas las frases que figuran entre comillas son textuales de entrevistas y conversaciones que tuvo la autora con Lea.

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