INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Repensar la participación política en tiempos de aislamiento social

¿Cuántas veces escuchamos el descontento de los y las votantes hacia las políticas impulsadas por el gobierno de turno? Seguramente, demasiadas. Es oportuno comenzar a considerar una nueva forma de intervenir en la actividad política para nuestro beneficio, aprovechando las nuevas modalidades de interacción que surgen a partir del aislamiento social obligatorio.


Por Gabriel Bazán Pawluc


Como tantos y tantas de ustedes, me acuerdo de todo lo que podía hacer antes de la pandemia. Recuerdo con cariño momentos con mi familia, amigos y amigas, junto aquellos que hoy están lejos. Pensando en ello, una cuestión hizo eco en mí: las discusiones políticas que teníamos y tenemos habitualmente, y cómo cada día nos sentimos menos representados.


Gran parte de mi vida me cuestioné a mí mismo el por qué de nuestro sistema de representación política. La respuesta que siempre me daban mis allegados y allegadas era que todos y todas no podríamos ir a un mismo lugar físico a debatir y promulgar leyes. Primero, porque es físicamente imposible: no existe un lugar con la capacidad suficiente para tantas personas. Segundo, porque no podríamos ponernos de acuerdo ni siquiera escucharnos. Debido a todo esto, elegimos cada cierto tiempo a intermediarios para que nos representen. Así, votamos a legisladores y legisladoras, diputados y diputadas, senadores y senadoras, presidentes y presidentas, etc.


La pandemia ha planteado múltiples desafíos para todos y todas en distintas escalas. Uno de estos desafíos era la necesidad de legislar de algún modo compatible con el aislamiento social. Y digo “era” porque se han hecho presentes a lo largo del continente, incluyendo a Argentina, donde podemos observar a los parlamentos de la región sesionando de forma virtual.


Hace algunas semanas, el Congreso argentino tuvo su primera sesión virtual, un hecho inédito en la historia de nuestro país. Esto no solo supone el éxito del Poder Legislativo para desempeñar su función, sino también la apertura a una política más inclusiva.


Pero claro, aquí está mi dilema. ¿Acaso no vimos cómo 257 personas hacían uso de un espacio no físico para debatir y lograr un consenso? Este cuento de que no podemos ser nosotros quienes nos representemos se derrumba cada día más. La sociedad avanza a pasos agigantados, pero el sistema político parece estar en una suerte de estancamiento en el que se excluye al ciudadano de la toma de decisiones. Yo les pregunto: ¿alguna vez sintieron que los representantes no los representan? Ya sea porque el o la representante no sigue el programa político enunciado, o bien porque sigue sus propios intereses. No es extraño que gran parte de la ciudadanía quiera tener una participación que vaya más allá de un simple voto cada dos o cuatro años. Entonces, ¿qué papel juega la pandemia en esta problemática?


En los últimos años y hasta el día de hoy, se ha convertido en un hecho empíricamente comprobable que debatimos en redes sociales cualquier tópico con desconocidos, cursamos carreras en universidades a miles de kilómetros de nosotros, realizamos compras online en supermercados que antes no conocíamos y trabajamos en la comodidad de nuestras casas. Todo lo hacemos sin nuestra presencia física, pero la actividad política no avanza. Con esto quiero ser franco: no significa nada rodear un recinto de monitores para mostrar una videollamada entre los mismos actores políticos cuando no representan nuestro pensar.


Muchos y muchas pensaron en la posibilidad de que la tecnología ayude a cambiar la política. Podemos encontrar plataformas en la web como “Asuntos del Sur”, que se reconoce como “una organización centrada en el diseño e implementación de innovaciones políticas”. También partidos políticos como el "Partido de la Red”, fue fundando en 2013 en nuestro país, que como dice en su cuenta de Twitter son “un partido político que propone usar Internet para mejorar la democracia”.


Estas organizaciones existen hace mucho tiempo, pero tienen poca difusión. La idea no llega a la mayoría de la población por dos razones: la falta de educación reflexiva para pensar la política, y las instituciones oxidadas firmes en mantener su estatus.

Crédito: Asuntos del Sur

El poder está en nuestras manos: el ciberespacio ya no es algo extraño como en el pasado. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) determinó en un informe que en el cuarto trimestre del 2019 el 82,9% de los hogares tuvieron acceso a internet.


El aislamiento social nos enseñó que podemos edificar más sistemas de participación, amigarnos con la virtualidad, instalar en nuestro ideario el hecho de que puede existir una política más abierta. Y que las únicas herramientas que necesitamos para ello son aquellas de las que ya disponemos, que están siempre con nosotros, en nuestro bolsillo, en nuestro escritorio.


Hemos redescubierto la virtualidad, y encontramos en ella el poder de transformar nuestra democracia en una más directa capaz de resolver los problemas que se presentan en nuestra cotidianidad (desde el bache que está enfrente de nuestra casa hasta los problemas de la inseguridad). Podemos cambiar cómo vemos la pandemia que estamos transitando, dejarla de percibir como un desafío, y asumirla como una oportunidad.


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