INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Rendirse, jamás

¿Cómo puede creerse que un movimiento histórico como el feminismo y una campaña que lleva presentado por séptima vez un proyecto de ley va a rendirse tras años de lucha? ¿Cómo se puede apelar a una luz verde “que se apaga”? No nos apagamos nada; NOS ENCENDIMOS y no es posible hacernos volver atrás.


Por Aldana Giovagnola



Tras el resultado de la sesión del 8A, con discursos olvidables y repudiables por parte de lxs senadorxs y pocxs destacadxs entre quienes se encontraban a favor de la legalización del aborto, el verdadero balance positivo somos las pibas. Por más que se haya intentado presentar la cuestión como un partido de fútbol, con ganadorxs y perdedorxs “de un lado y del otro”, las únicas ganadoras y perdedoras somos las pibas. ¿Qué quiero decir con esto?


Que perdimos, claro está, porque lo único que dejó el olvidable paso del proyecto de ley por el Senado fue la perpetuación de la opresión y la clandestinidad que recae y ha recaído durante más de 100 años sobre nuestros hombros, nuestros ovarios y nuestros úteros. Seguirán practicándose abortos, seguiremos sufriendo las secuelas de la clandestinidad y seguirán muriendo las más pobres porque el Estado se calló la boca. Mejor dicho, y retractándome completamente, nos gritó. Un grito fuerte, claro, repleto de crueldad, a favor de la clandestinidad, de la muerte y de la maternidad forzada. El Estado tomó posición y nos abandonó, como lo viene haciendo desde los orígenes de este país. Seguimos siendo ciudadanas de segunda o tercera categoría. Nuestro grito para ellxs no vale. Nuestra libertad colectiva tampoco.


Sin embargo, y aunque para el Estado y para gran parte de la clase política no importemos, sí importamos para nosotras. Nos tenemos. Aprendimos a desatarnos muchos nudos de la cultura patriarcal y atamos nuevos despatriarcalizados. Nos unimos, nos hermanamos. Aprendimos el significado de la sororidad y aprendimos a ejercerla. Juntas rechazamos los mandatos machistas que nos quieren enfrentadas, sumisas, fragmentadas y compitiendo entre nosotras. Juntas supimos crear redes de contención. Juntas nos dimos apoyo, aliento y fuerza. Nos deconstruimos.


Muchas ingresaron en la política por primera vez y se movilizaron. Otras tuvimos el orgullo de ver a esas muchas amigas, madres, hermanas, tías, primas y abuelas marchar por primera vez. Salir a la calle a reclamar lo que supieron reconocer como propio y de las otras. Se nos llenó el pecho cuando nuestras madres nos pidieron que les consiguiéramos el pañuelo verde, cuando las vimos compartir en sus redes posteos a favor del derecho al aborto legal, seguro y gratuito, y defenderlo en las cenas familiares. Cuando nuestras amigas de años se llenaron de glitter y se proclamaron feministas.


Una repolitización que brinda frescura en un contexto de atrasos en los derechos económicos y sociales, de intento de despolitización y criminalización de la movilización popular. Una búsqueda de identidad política que es inmensamente celebrable. Primero feministas, después todo lo demás. Encontrarnos en esta identidad nos ha brindado tantas alegrías: más amigas, más unión, más encuentro. Encuentro con las otras y con una misma, con nuestros propios cuerpos, con nuestra sexualidad, con nuestros pensamientos más profundos. Encuentro con un marco teórico también, con intelectuales feministas que por suerte proliferan, y que con sus palabras nos brindan un poco de luz en este camino tan difícil de derrumbe del patriarcado.


Entonces, en este contexto, ¿cómo es posible hablar de rendición, de derrota, de “luces apagadas”? Nada de eso. Acá no se rinde nadie. Estamos más juntas que nunca, más unidas que nunca, más fuertes y enojadas que nunca. Hemos encendido una llama que no les recomiendo que siquiera intenten apagar, porque se van a quemar. Nuestras luces están prendidas, sumamente brillantes. No vamos a retroceder en la organización y en nuestra apropiación del espacio público. Vamos a seguir de acá en adelante luchando todo lo que haga falta para conquistar más y más derechos. No fue ley, pero lo será. Todavía no se cayó el patriarcado, pero lo estamos tirando a patadas. Porque nos pertenece la calle, nos pertenece el futuro. El futuro es de las pibas, de lxs jóvenes que deseamos y trabajamos por una sociedad feminista, inclusiva. Por un Estado que provea derechos, calidad de vida e igualdad de oportunidades. No nos apagamos nada, no nos rendimos. ¿Rendirse? ¿Qué es eso? Rendirse, jamás.


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