INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

El santo derecho a elegir

El día previo al 8A sacó a relucir la (¿contradictoria?) diversidad del campo popular. Para estos tiempos de pañuelos verdes y naranjas, brillantes manifestaciones y apostasías colectivas; un pequeño puñado de reflexiones y polémicas –y polémicas reflexiones- en torno a la relación entre política y religión.


Por Agustín Raggio


Martes siete de agosto. En medio de un clima de efervescencia colectiva en este mes de debates acalorados, las redes sociales son caldo de cultivo para los más apasionantes intercambios de opiniones, posiciones y convicciones. El "forobardo facebookero" de cada día nos mantuvo entretenidos con las especulaciones más diversas y los enfrentamientos más espectaculares en torno al proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, el cual fue puesto a votación en la Cámara de Senadores durante la histórica jornada del 8A.

A lo largo del desfile de publicaciones que al scrollear saltan a la vista, sobresale una imagen cuya ironía suscita una enfervorecida discusión entre militantes de un partido trotskista y sus pares de una agrupación de la izquierda popular. El photoshop permitió vestir en ella a San Cayetano con el ya popularmente reconocido pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. No hizo falta más para que surgieran rechazos y adhesiones, los cuales versaron algo así:

-¡El enemigo es la Iglesia!

-¡La ironía es una forma de disputar sentido!

-¡Al mismo santo le rezan los curas pedófilos!

-¡No sean antipopulares y pisen los barrios!


Es que nos encontramos en el día de la veneración al Santo Patrono de los trabajadores, cita anual obligada para miles de fieles que se acercan al santuario del barrio de Liniers en aras de renovar sus promesas a Cayetano y rogarle por paz, pan y trabajo. El condimento especial de esta festividad católica no es únicamente su carácter masivo, sino la centralidad que la fecha recibe en la agenda de los movimientos sociales, actores fundamentales en la política argentina del siglo XXI. Como aditivo, en esta ocasión, el calendario ubicó al tradicional siete de agosto en la víspera de la ya mencionada histórica sesión en el Congreso por la IVE, que reunió en las calles a dos millones de gritos bañados en glitter que buscaban poner en el cielo el reclamo por el aborto legal –hasta hacer resonar las paredes del Palacio con el estruendo de la marea verde.


Una vez pasada la votación en el Senado, manteniéndose el status quo en materia de abortos clandestinos –pero encendida más que nunca la llama de un movimiento que no se amedrenta-, podemos tomarnos un momento para reflexionar sobre la imagen ofrecida por la singular conjunción de estos dos días fríos de agosto, reflejo de las múltiples filiaciones de los sectores movilizados del campo popular. Una excelente excusa para analizar el escenario en el que se desarrolla la renovada disputa colectiva que ahora levanta un pañuelo-bandera (esta vez, naranja) con el lema “Iglesia y Estado, asuntos separados”.


De ocupados y desocupados, de Liniers a Plaza de Mayo


La celebración de San Cayetano es una festividad católica que encuentra los inicios de su derrotero en 1547, año en que muere Cayetano de Thiene, austero italiano fundador de la Orden de Clérigos Regulares Teatinos.


Como fenómeno popular argentino, ha tomado vital trascendencia en las últimas cuatro décadas, durante las cuales recurrentemente la convocatoria en torno a la figura del santo ha sido utilizada por los medios de comunicación como un “barómetro” del clima social y económico de la Argentina, definido de esta forma por la Dra. Edna Muleras. Su masividad ha llevado a la construcción del mito del millón de fieles que cada año se congregan en las inmediaciones del santuario para poder tocar o ver la imagen, a lo largo de una jornada que se extiende por más de 24 horas. Este número ha sido puesto en discusión, cerrando con un recuento aproximado de 70.000 personas acercándose al barrio de Liniers. Esta afrenta no perjudica lo profuso de la convocatoria ni la significatividad del fenómeno, simplemente matiza las fantasías que proponen los ilusionistas.


El peso específico de la celebración deriva de su profunda raigambre popular y reivindicativa en la historia nacional. Hallamos un hito particularmente relevante en la jornada del 7 de noviembre de 1981. Sí, leyeron bien y no hubo error de tipeo: esta movilización se realizó en el mes de noviembre. Nos referimos a la primera marcha bajo la consigna Paz, Pan y Trabajo liderada por el dirigente sindical Saúl Ubaldini que, aprovechando el misticismo generado el día 7 de cada mes en la iglesia de San Cayetano, supuso una de las huelgas generales convocadas por el sector antidialoguista de la CGT durante la última dictadura cívico-militar. La misma consigna fue repetida el 30 de marzo de 1982 con un paro nacional con movilización en diversos puntos del país, expresión palpable de la decadencia del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional: en esa ocasión, 50 mil trabajadores y estudiantes coparon las inmediaciones de una Plaza de Mayo totalmente sitiada por las fuerzas represivas del régimen dictatorial y desataron una marcada crisis política al interior del gobierno militar.


Este lema acompaña los reclamos anuales de los peregrinos cayetanos desde los duros albores de la década del 80. Es aquel bendito legado el que recuperan hoy en día los movimientos sociales, grandes artífices de la organización de una gigantesca movilización anual de Liniers a Plaza de Mayo cada 7 de agosto. El “triunvirato piquetero” –así denominado por los medios de comunicación- conformado por la Corriente Clasista Combativa, Barrios de Pie y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular –integrada por el Movimiento Evita y el MP La Dignidad, entre otras organizaciones- tiene la cita máxima de su confluencia en esta festividad.


Según el testimonio de los dirigentes de estas organizaciones, el 7A nace como una necesidad de unidad nucleada alrededor de la religiosidad popular. La agenda pública posa entonces el foco sobre las demandas de estas agrupaciones que, nacidas al calor del 2001 como decantación necesaria de la debacle del régimen de la Convertibilidad, estructuran en sus filas a los trabajadores de la economía popular – esos que no solo fueron el “descarte” del neoliberalismo y el “polo marginal” del “neocorporativismo segmentado” que no pudo resolver el kirchnerismo, sino que a su vez han conformado el “otro movimiento obrero”. “Otro” respecto de la CGT, que –a través del secretario general Juan Carlos Schmid- supo abrazar sus luchas y reconocer su fortaleza en la gigantesca movilización del 7 de agosto de 2016. Allí, y en adelante, levantaron el grito de Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo.


La histórica consigna enarbolada por los seguidores de Ubaldini confluye ahora con premisas más ligadas al santoral convocante: son las dos “T” de Tierra y Techo, que en conjunto con “Trabajo” resultan los “derechos sagrados” que el Papa Francisco sentenció en su encuentro con los movimientos populares en Bolivia en julio del 2015.


La brújula católica de la política argentina


La inclusión de preceptos papales entre los reclamos históricos de los sectores trabajadores, así como la utilización de la festividad de San Cayetano como acontecimiento central de las organizaciones sociales, responden a una atadura histórica entre movilización política y religión en nuestro país. El peronismo es la más clara manifestación de este solapamiento entre esferas religiosa y política: la impronta humanista y cristiana que los valores supremos de la justicia social y la solidaridad poseen dentro de la ideología peronista lo enlazan directamente con la Doctrina Social de la Iglesia.


Desde la asunción de Francisco I como el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, esta ascendencia se ha revitalizado. Nos cuenta el sociólogo Juan Cruz Esquivel en un trabajo publicado en la Revista Sociedad y Religión, N° 48, vol. XXVII (2017), pp. 12-37: “La designación de un Papa nacido en estas latitudes no haría más que potenciar un conjunto de dispositivos arraigados en la cultura política hegemónica. Nos estamos refiriendo a las representaciones, imaginarios y a un modus operandi presente en la dirigencia política que contempla a la Iglesia Católica -a sus líderes, sus íconos, símbolos y discursos- como parte de sus herramientas cotidianas para la construcción política”.


La influencia papal se expresa en las movilizaciones del día de San Cayetano, como ya mencionamos, con las tres T de Tierra, Techo y Trabajo. De la misma forma, estas proclamas se incluyen en un tratado de gestión gubernamental firmado por distintos intendentes peronistas del conurbano bonaerense en el año 2016 denominado “el Pacto de Padua”. A través de él, dirigentes políticos, sociales y sindicales apuntan a desarrollar programas de gobierno que enarbolen las premisas vaticanas que fueron consignadas en la encíclica Laudato si. Esta resulta otra expresión más de cómo la Iglesia Católica busca permear la praxis política diseminando su repertorio de valores por encima del arco partidario.


El dificultoso camino hacia un Estado verdaderamente laico


Durante este último mes la consultora Ipsos emitió un informe coyuntural sobre las percepciones a nivel nacional de la relación entre la Iglesia y el Estado. Los resultados arrojaron cifras contundentes: dos de cada tres argentinos están de acuerdo en que el Estado debe dejar de financiar a la Iglesia. Además, los obispos y sacerdotes, según esta pesquisa, son uno de los dos sectores percibidos como los que menos contribuyen para el país -¡junto con los políticos! El escenario pareciera alentador para todo intento de remoción de las responsabilidades estatales frente a la curia apostólico-romana. Sin embargo, nuestra breve descripción de los enlazamientos entre religión y política en Argentina y las articulaciones Iglesia-Estado institucionalizadas, no solo en programas sino en intervenciones concretas en el territorio, ponen piedras en el camino hacia la secularización nunca definitivamente alcanzada.


Durante la misa que encabezó la celebración de San Cayetano este año, el arzobispo de Buenos Aires Mario Poli realizó un llamado a las conciencias de los senadores que, horas después, debatirían el proyecto de ley por un aborto legal, seguro y gratuito: "Hoy vivimos en nuestra Nación serios desafíos. Pero ninguno es tan serio y grave como el que tienen en sus manos los legisladores del honorable Senado de la Argentina. Todos sabemos que se juega la aventura de niños y niñas concebidos y que esperan nacer en el vientre de sus madres. El proyecto de ley que abona la interrupción voluntaria del embarazo, de aprobarse, pone a los indefensos y vulnerables seres humanos que se están gestando en un camino sin salida. Excluidos de la legítima defensa, sin juicio, ni proceso. Solo les corresponderá el deber de aceptar morir sin más”. Diario Clarín, 07/08/2018.


Desde el discurso, se interpela a los senadores. El resultado es historia conocida. La coacción no es directa; no necesariamente hablamos de presiones o intimidaciones puntuales. Es un universo de significaciones compartido por una importante parte de la dirigencia política; pero no se reduce a ellos, pues atraviesa a vastos sectores de la población. La crónica de aquella ceremonia relata las lágrimas en los ojos de unos oyentes que, según Muleras (1994), se caracterizan por estar mayoritariamente relacionados con el mercado de trabajo, que trabajan o buscan trabajo; no son los sectores conservadores enquistados en el poder que pueden venir a la mente en una asociación rápida de ideas. Es el campo popular que se sensibiliza ante la prédica pastoral y que, también, se encolumna en organizaciones sociales y políticas que poseen afinidad electiva con este imaginario.


El futuro cercano se avizora sombrío para un plan de total ruptura entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo, el brillo del movimiento reivindicativo que ya comenzó a echar luz sobre tantos asuntos antes ninguneados, desoídos e ignorados puede torcer toda una historia de rígidas interconexiones entre el mundo católico y el juego político nacional. Bien lo expresa una referente del MP La Dignidad: “(…) el 7A en la marcha de San Cayetano politizamos la religiosidad popular, para decir junto al resto de lxs trabajadorxs de la economía popular que al FMI no volvemos. Esta lucha por la soberanía es en todos los aspectos de nuestras vidas. Por eso desde el MP La Dignidad el 7A marchamos en una gran columna verde, todes les trabajadores de la economía popular con nuestros pañuelos anticipando que estaremos siempre donde nuestro pueblo esté dispuesto a dar pelea contra cualquier tipo de despojo y expropiación. Y nuestros cuerpos no pueden quedar fuera de nuestras reivindicaciones. Reforzamos así nuestra convicción de apostar a una CTEP laica, clasista y feminista”, diario La Nación Trabajadora, 14/08/2018.


Lo popular y lo político, subvirtiendo un mundo frecuentemente percibido en clave religiosa, pueden resignificar eventos, festividades, espacios y momentos, transformando toda una cosmovisión que admita descomponer los vetustos entramados ya arcaicos de las viejas instituciones argentinas.


No va a ser fácil, pero podemos afirmar que será ley y habrá asunto separado.


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