INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Racismo en agenda: relaciones entre colonialismo e invisibilización

El 25 de mayo de 2020 ocurrió un hecho que disparó un profundo repudio dentro de la sociedad, que causó un cambio en la agenda mediática y acaparó una opinión colectiva que revitalizó un eterno pedido de los afroamericanos en los EE. UU. ¿Qué pasa cuando estos cambios de agenda mediática refuerzan la invisibilización de los problemas del territorio local? Para comprenderlo mejor, es necesario traer a un viejo espectro interiorizado en Latinoamérica: el colonialismo.


Por Octavio Nicolás Piccolomini


Colonialismo de pura raza: un acercamiento conceptual

El asesinato de George Floyd generó un fuerte repudio hacia los criterios que guían las instituciones policiales. Esta reacción fue necesaria para reclamar un freno de la violencia y el encubrimiento, que como bien sabemos, también ocurren a la vuelta de la esquina. Lo escrito a continuación intenta apelar a la reflexión para atender lo que pasa dentro de nuestro país y no contradecir ni romantizar este tipo de hechos. Basado en una conjetura propia y de impronta sociológica, entiendo que el racismo resulta de una caracterización, un atributo seleccionado que se usa para identificar y encasillar a otro en un grupo de manera étnica, intelectual o moral. Esto lleva hacia una exclusión o inclusión del sujeto gracias al prejuicio formado por construcciones sociales, basadas no solo en la cultura del sujeto, sino también en su fenotipo.


Para conceptualizar al colonialismo latinoamericano, primero debemos identificarlo dentro de un contexto histórico. Esto data del siglo XV y tiene a España y a Portugal como protagonistas, cuando ambas naciones propusieron la conquista de territorios ajenos a los límites europeos en busca de desarrollo económico y expansión territorial. Este acercamiento básico nos permite identificar un velo colonialista en la idiosincrasia local, que implicó un modo de ejecutar un régimen económico, cultural y político. Este velo trajo consigo una connotación totalmente racista como lo es el deber de civilizar, que produce un quiebre entre las llamadas "raza superior" y "raza inferior", en el que esta última debe evolucionar de manera natural e ideológica para responder de una manera más eficiente a su metrópolis.


Basado en la interpretación realizada por Meriño Guzmán, otro de sus atributos consistió en el poder de revestirse en lo cotidiano y reproducirse cómodamente por medio de las tramas ideológicas y culturales que organizaron y distribuyeron discursos al sujeto colonizado. Aquí es donde realmente actuó y debilitó el razonamiento cultural propio. Latinoamérica se encuentra como periferia de los países centrales que comandan las fuentes ideológicas, culturales o políticas a nivel global, ya sean los Estados Unidos de Norteamérica, Europa continental o Gran Bretaña. Formar nuestras sociedades bajo doctrinas que están pensadas para funcionar dentro del contexto de los países centrales es un error muy común dentro de los países que históricamente han sido colonizados. Este error nos lleva a repensar nuestra postura bajo ideales descontextualizados, que refuerzan interpretaciones erradas y aspiraciones inalcanzables. Junto con esto, existe otro tipo de colonización ejecutada dentro de los medios de comunicación y de los recursos económico-financieros, lo que torna aún más difícil un progreso lineal.


El colonialismo encontró su doctrina en el spencerianismo biologicista (Zaffaroni, 2011) de acepción positivista. Esto nos permite entender cómo y por qué en nuestro territorio se legitimó la explotación y el racismo proveniente del extranjero y enraizado en las oligarquías, que encontraron fundamentos para preservar su hegemonía. Intentando mudar el concepto de selección natural de Charles Darwin a la sociología, Herbert Spencer planteó que los avances en una sociedad eran generados a causa de ciertos conflictos, a partir de los cuales sobrevivirían los más aptos y sucumbirían los más débiles. A partir de ello, esta postura argumentó que los sobrevivientes de los conflictos eran quienes estaban dotados de mayor superioridad. Basados en estas premisas, distintos sectores académicos propusieron métodos para una efectiva exclusión o rectificación de los débiles dentro del sistema, dándole una fuerte importancia a los fenotipos. Estos métodos planteados y ejecutados repetitivamente por instituciones estatales durante el siglo XIX interiorizaron en la población un racismo sistemático dentro de la mecánica social y económica.


La matriz clasificatoria de civilización o barbarie (Sarmiento, 1874) en ocasiones malinterpretada por el oportunismo político, pero aun así con una connotación realista del pensamiento liberal de la época formó un binomio que sintetiza este racismo muchas veces esotérico, involucrándose fuertemente en el pragma institucional local. La “Conquista del Desierto” (1878-85), así como también el empleo de ciertos apelativos como “negro”, “villero” o el icónico término “cabecita negra” ideado para denominar a un sector político reforzaron el racismo nacional.


Todo lo anterior generó en nuestro país una explotación impiadosa de las clases subalternas del sistema, que no encontraron un lugar dentro de esta mecánica. En sus orígenes, tal explotación se dirigió principalmente hacia la población indígena, mulata, inmigrante y afroargentina, pero en la actualidad también está destinada a quienes provienen de barrios carenciados, permitiéndonos ver que el racismo no solo se refiere a características relacionadas con la piel. Esto ha generado prejuicios, falsas generalizaciones y denigraciones, que sirvieron como herramienta política gracias al poder punitivo estatal y a los medios de comunicación.

La colonia mediática

Es un hecho que los medios de comunicación y sus avances tecnológicos están mutando en el modo de formar opinión y discursos. Con la tecnología digital actual, recibimos un impacto de información masiva, ya sea de contenido periodístico, académico o de entretenimiento, que se encuentra reforzada por herramientas de difusión como las redes sociales. Estas herramientas sirven como canales de expresión, formación ideológica o de estatus y comercio, entre tantas otras funciones dentro de la matriz digital actual. Aquí debemos detenernos en el caso concreto que recientemente tuvo lugar en EE.UU. para reconocer cómo esta cultura colonizada es ejecutada. La solidarización hacia Floyd y el colectivo afroamericano impulsada por los medios periodísticos y la ética generalizada de la sociedad fue sucedida por un desembarco de la temática en las redes sociales a través del término #BlackLivesMatter”. Esta frase no solo interpeló a la sociedad norteamericana, sino también a toda la población mundial. Para entender mejor este punto, es necesario analizar cómo operan los distintos medios de comunicación.


Partiendo de una postura crítica, la “bestia mediática” valora y filtra la información obtenida usando criterios intrínsecos a la gravedad del suceso, tales como, por ejemplo, el grupo étnico de la víctima o la identidad del perpetrador. Esta valoración viene acompañada por pautas políticas y culturales, que crean una realidad determinada. En función de estas pautas, se decide si la noticia es admisible para la difusión o no, ya que debe llamar la atención del espectador e interiorizar ciertos lineamientos en él. Con el asesinato de Floyd no fue difícil sensibilizar y captar la atención del espectador, porque visto explícitamenteel hecho generó un gran repudio hacia la pérdida de una vida.


Como bien afirmó Stanley Cohen (2004) al referirse a los países periféricos del poder central, como latinoamericanos nos vemos dentro de la llamada Regla de Chad. De acuerdo a ella, existen áreas tercermundistas en las cuales la cobertura internacional muy pocas veces genera una eficiente difusión de los distintos hechos de violencia ocurridos en ellas. Esto obedece a que tales acontecimientos no despiertan tanto interés general y, además, estos hechos son normalizados por la prensa mediante el uso de connotaciones biologicistas o culturales. Esta regla resume lo anterior en la siguiente premisa: a nadie le interesa lo que ocurre en Chad, ya que ocurre en el tercer mundo. Estos sucesos serán comunicados solo si adquieren una escala gravísima y sirven como nexo mediático para que la prensa pueda vender su marca ideológica. De más está aclarar que esto tiene un matiz totalmente político diseñado para elegir qué hechos mostrar y cuáles no.


Un ejemplo claro de que este matiz político es el que determina la repercusión e importancia de los eventos lo podemos ver en las consecuencias jurídicas que tuvo el holocausto judío perpetrado por el régimen del Tercer Reich. Esta atrocidad realizada con la mayor crueldad hacia la comunidad judía (aunque hoy sabemos que también otros colectivos fueron afectados) nos encuentra frente a un factor relevante: se ejecutó dentro de algunos países centrales. Anteriormente ya habían existido otros genocidios, como lo fue el del Imperio Belga en África o el del Imperio Otomano en Armenia, pero ninguno de ellos tuvo una repercusión jurídico-política y mediática tan fuerte, ya que ocurrieron dentro del tercer mundo. Al haber sido ejecutado dentro de algunos países centrales, el holocausto judío generó un temor que necesitaba ser resuelto no solo por la comunidad política internacional, sino particularmente por las distintas doctrinas jurídicas.


En palabras de Frantz Fanon (1973), “todo pueblo colonizado en cuyo seno haya nacido un complejo de inferioridad a consecuencia del enterramiento de la originalidad cultural local, se sitúa, se encara, en relación con la lengua de la nación civilizadora, es decir, de la cultura metropolitana” (p. 15). Al encontrarnos con una idiosincrasia local colonizada, los medios de comunicación acomodan su difusión a partir de ella. La aspiración a una realidad ajena nos predispone simbólica y psicológicamente dentro de ella. Por tal motivo, vernos dentro de este contexto ajeno limita ciertas reflexiones referidas al contexto local. Siguiendo los lineamientos de otra cultura, perdemos identificación y sensibilización frente a los problemas que hacen a la realidad de nuestro territorio.


La mayoría de los medios periodísticos en los que se divulgan este tipo de noticias no están exentos de esta colonización sistemática, por lo cual contribuyen a reforzar el ideal del sujeto colonizado. Se origina un intercambio estructurado por este matiz ideológico, que es aprovechado por los medios de comunicación para retroalimentarse con los espectadores y llevarlos implícitamente a perseguir aspiraciones ajenas, que como consecuencia determinan varios grados de invisibilización.

Invisibilizar y excluir

Una explicación para la invisibilización se puede encontrar en los imaginarios sociales e ideales ajenos a los cuales se aspira. Al seguir y repensar nuestra ideología sobre la coyuntura extranjera, se produce una identificación con los hechos que repercuten allí. Esto nos interpela como si esos hechos nos afectasen de igual manera que a ellos, lo cual nos conduce a manifestarnos para poder ser parte de la repercusión mediática y social que se genera a partir de estos sucesos. Así, esta solidaridad se declara artificial, ya que no pertenece a una interpelación que busque erradicar realmente conceptos racistas arraigados en nuestro razonamiento, sino que en cierto modo romantiza una situación que nos lleva a solidarizarnos con un contexto que no es el nuestro.


Sin dudas, caemos en una contradicción porque buscamos ser parte de un suceso ocurrido en otro país, cuando en realidad este no dista mucho del racismo sistematizado que ocurre en el ámbito local. El racismo local no genera el mismo remordimiento y respuesta debido a que no ocurre bajo las mismas pautas culturales. Esta falta de razonamiento es lo que permite invisibilizar el hecho racista local y traer aparejada su normalización, que se ve reforzada por una perspectiva “primermundista” sobre cómo funcionan las cosas dentro de nuestro propio territorio.


Este matiz conquistador impuesto por los países centrales nos propone una sociedad de consumo local diezmada por la cultura extranjera. Los medios aquí nos han presentado el caso de Floyd de una manera muy sensibilizadora, no solo por la atrocidad del hecho en sí, sino a causa de la imposición cultural ajena. En su difusión, este caso tuvo más repercusión que un hecho de discriminación local, ya que produce una identificación mayor. A causa de esta invisibilización y falta de sensibilidad se propicia una crítica menor hacia el poder punitivo cuando ejecuta criterios racistas a nivel nacional.


Es importante tener en cuenta que el sistema capitalista es el que impulsa este fenómeno, aunque de manera implícita. En verdad, este modelo económico genera un estímulo de competencia y acumulación hacia un infinito temporal, lo que produce una gestación de tensiones sociales que desembocan en una violencia colectiva y falta de ética generalizada. Un ejemplo de esto podemos encontrarlo en los casos en los que la criminología mediática genera un chivo expiatorio dentro de la sociedad (Zaffaroni, 2011), que pertenece a una minoría discriminada a la que se atribuye responsabilidad como modo de apaciguar los problemas.


Al no poseer la misma organización defensiva de quienes pertenecen a grupos aceptados por el sistema resulta más fácil atacarlos. Estas minorías son usadas como objeto y se las concibe como un enemigo frente a la sociedad, excluyéndolas del mismo trato que reciben quienes pertenecen a la cultura hegemónica. Todo ello estigmatiza y generaliza conceptos peligrosos, que son fervientemente agravados para promover el pánico moral. El rol mediático es importante, ya que constituye el conector ideal para las distintas construcciones del imaginario social, que le permite jugar con imágenes y datos que puedan fomentar aquel estereotipo peligroso.


Al no encontrarse identificados con el sujeto que sufre esta exclusión, la solidarización y reflexión no encuentran sus lugares en el razonamiento. Por último, no puede ignorarse que esta deficiente capacidad reflexiva no solo es ocasionada por los factores previamente mencionados, sino también por una invisibilización mediática de la violencia hacia estos sectores excluidos, que se basa en usar siempre a personas que son parte de la cultura hegemónica como víctimas. La sociedad deja de reflexionar sobre esta discriminación, no porque a su entender el hecho esté bien, sino porque el propio sistema busca frenar ese razonamiento profundo y crítico. Esto es generado por la invisibilización mediática, los discursos racistas y el sesgo colonizador, entre otros.


Todas estas decisiones tienen su correlato en las distintas pujas de poder político dentro de las instituciones públicas y los medios de comunicación, que dependiendo el contexto histórico se originan en distintos debates. Todo el marco argumentativo anteriormente expuesto nos permite afirmar que muchas veces los castigos se encuentran más orientados hacia las personas que hacia los supuestos delitos cometidos. Siguiendo lo aportado por Alagia y Codino (2019), nos encontramos frente a una violencia institucional que no es más que la expresión de un sistema generalizado de represión policial, producto de la explotación capitalista y mercantil del sistema de dominación colonial imperante.

Engendrar un razonamiento solidario y localista

El racismo es un amplio fenómeno que envuelve a gran parte de los sectores que ni el sistema ni la sociedad quieren escuchar. En consecuencia, la visibilización masiva de este tipo de hechos sirve para madurar un razonamiento crítico hacia la violencia institucional. Sin embargo, este mensaje puede frustrarse en nuestro contexto cuando es tergiversado y romantizado como un icono cultural que solo intensifica el factor colonizador. Esto genera que el medio termine debilitando el mensaje. La masividad de manifestaciones escritas en las redes sociales frente a estos hechos demuestra la contradicción en que incurren ciertos sectores sociales al solidarizarse con algunos hechos, pero no con otros.


Creo que este tipo de difusiones deben ser interpretadas para formar una decisión política que sirva como puntapié de un pedido de solidaridad más profundo y menos efímero. Se debe buscar que el derecho a la igualdad proponga un trato político igualitario también en nuestro país y que se aplique a cualquier tipo de discriminación. Al igual que en el caso de George Floyd, podemos encontrar en nuestro territorio crímenes como el de Walter Bulacio, Camila Arjona o, más recientemente, el de Walter Nadal, quien falleció por asfixia a causa del accionar policial (de un modo muy similar al de Floyd). Todas estas víctimas han sufrido violencia no solo por el abuso de la autoridad, sino por la estigmatización y discriminación que padecieron por su condición social.


A partir de lo expresado anteriormente, busco promover otro enfoque ante hechos que generan una masividad de opiniones y visibilizan contradicciones junto con una falta de criterios uniformes a la hora de abordar un tema tan sensible. Creo que es importante, en este caso, reforzar lineamientos culturales autóctonos que resulten en una soberanía e independencia psicológica, ya que por medio de ellos podríamos analizar mejor ciertos hechos locales sin contradecirnos.


Al igual que postularon algunos protagonistas históricos en la formación de la identidad argentina contemporánea, entiendo que no solo tenemos que hacer hincapié en una redistribución material del sistema para ver cambios a largo plazo, sino que también debemos afrontar algo más profundo y difícil: una distribución equitativa de nuestra moralidad y espiritualidad.

Bibliografía consultada:

  • Alagia, A. y Codino, R. (2019). La descolonización de la criminología en América. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina: Ediar.

  • Cohen, S. (2005). Estados de negación: ensayo sobre atrocidades y sufrimientos. Buenos Aires, Argentina: Departamento de Publicaciones, Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires.

  • Fanon, F. (1973). Piel negra, máscaras blancas. Buenos Aires, Argentina: Abraxas.

  • Sarmiento, D. F. (1874). Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas. París, Francia: Librería Haachette y cía.

  • Zaffaroni, E. R. (2011). La palabra de los muertos: Conferencias sobre criminología cautelar. Buenos Aires, Argentina: Ediar.


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