INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Abel y Caín: problemáticas de la migración intrarregional en América Latina

La hermandad latinoamericana es un concepto que alude a la época de la liberación colonial y se utiliza desde el intento de Unión Latinoamericana de Simón Bolívar. Deriva del origen común de los países de la región, con un pasado muy parecido al haber sido colonias, experimentar las guerras de independencia en Hispanoamérica continental prácticamente al mismo tiempo y por muchas otras cosas más. Actualmente un rasgo fundamental que los caracteriza es la emigración, pero, aunque los Estados de América Latina sean como hermanos mellizos, ¿es algo que los hermana o los separa?


Por Renato A. Lopez

No es secreto para nadie que Latinoamérica es una región, un subcontinente de emigrantes. La migración internacional ha tenido una presencia constante en la historia de los países de la región. Por su vinculación con el continente europeo desde los períodos colonial y de la independencia hasta mediados del siglo XX la región recibió migrantes de ultramar. Ese carácter receptor dejó huellas aún palpables en la cultura y la sociedad latinoamericanas.


La recuperación económica de Europa, el mantenimiento de vínculos con las antiguas metrópolis y el establecimiento de vínculos con los centros políticos y culturales llevaron al establecimiento de fuertes relaciones políticas, comerciales y económicas con los Estados Unidos y la Unión Europea, que generó que en las últimas décadas del siglo XX la región Latinoamericana aportara una gran fuente de emigración a dichas regiones. Ya transcurridas la última década del siglo pasado y la primera década del siglo XXI dicho flujo migratorio se transformó en un rasgo característico de la región, generando que, si bien el gran destino para los migrantes latinoamericanos siga siendo Estados Unidos, se han diversificado las posibilidades para abandonar su país de origen.


Sin embargo, en el último decenio se tiene que destacar que la migración contemporánea ha adquirido nuevas facetas y una dinámica sin precedentes. Aún con todos los riesgos que conlleva el hecho de migrar, las oportunidades de desarrollo que existen fuera de las fronteras del país de nacimiento siempre generan una gran expectativa para las poblaciones menos favorecidas. Este flujo migratorio puedo significar una base para el desarrollo de los países de destino y además representa pérdidas de capital humano y social a los países de nacimiento de dichas personas, que es una faceta de la migración latinoamericana que se tiene que tener siempre en cuenta.


Según datos provistos por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en un estudio llamado “Dinámicas Migratorias en América Latina y el Caribe (ALC), y entre ALC y la Unión Europea (UE) – mayo 2015” se analiza que existe un punto de inflexión, que se produjo en el período 2010-2012, en el cuál hubo más personas que salieron de la UE con destino a ALC, que las que salieron de ALC hacia la UE. Tal fenómeno se produce por el retorno de migrantes latinoamericanos y caribeños a la región. A dicho flujo migratorio se le suma el creciente número de personas que son deportadas de Estados Unidos desde la administración de Barack Obama y que ha continuado con la de Donald Trump. Ambos flujos representan una gran problemática para la región ya que no se ha podido sintetizar ese flujo que retorna y se han agravado en el caso de varios países latinoamericanos los problemas económicos y sociales al no tener planes migratorios lo suficientemente sólidos.


Ante la imposibilidad de tener oportunidades para desarrollo en sus países de origen y no poder encontrarlas tampoco en los destinos tradicionales de migración se ha producido un aumento en la migración regional. Si bien dicho tipo de migración dentro de América Latina y el Caribe ha mantenido continuidades de largo plazo y muestra cambios en los volúmenes y direcciones de los flujos, algunos más recientes, significan cada vez más un flujo mayor, como se puede observar en el flujo migratorio de países como El Salvador, Honduras, Guatemala, Haití, Nicaragua o Venezuela.


Por ello la migración intrarregional está cobrando mayor relevancia y merece que se le dé mayor atención para enfrentar situaciones de irregularidad, trata de personas y flujos migratorios mezclados, es decir, de las personas solicitantes de asilo, refugiados, migrantes económicos, entre otros. Como se dijo anteriormente las personas que comprenden el flujo intrarregional latinoamericano son en su mayoría personas que están mucho más expuestas a estas problemáticas y, lastimosamente, existe aún mucho trabajo que tiene que ser hecho para mejorar las condiciones de dichas personas en el contexto de América Latina.


En la región se destaca el Acuerdo sobre Residencia para Nacionales de los Estados Partes del Mercado Común del Sur (MERCOSUR, 2002), con el que se busca facilitar la movilidad y la residencia de las personas en el espacio geográfico del sur del continente americano. Sin embargo, la intensificación de la migración intrarregional ha obligado que aún en una subregión en la que ya existe dicho acuerdo se generen nuevas iniciativas dirigidas a proveer asistencia técnica y coordinar actividades de capacitación, gestión de albergues y regularización. Sin embargo, aunque se han generado avances en materia migratoria, existen tensiones y nuevas restricciones, y, en el marco de la vulnerabilidad de las personas migrantes afecta a muchos de ellos en sus viajes, inserción o hasta en un probable retorno a sus países de origen.


DIFICULTADES EN LA MIGRACIÓN INTRARREGIONAL


Es innegable que todos los países de la región de América Latina y el Caribe (LAC) son países que son o han sido foco de grandes emigraciones, sin embargo, aún con el conocimiento y la experiencia de tal situación existe una problemática de vital importancia que se tiene que abordar: los migrantes latinoamericanos no son bien recibidos en América Latina en muchos casos. Ante este escenario se esperaría que el apoyo dentro de la región fuese incondicional a los migrantes, el problema es que no lo es.


En los últimos años han destacado actitudes que distan de dar apoyo a los migrantes intrarregionales tanto de parte de la sociedad civil como de los Gobiernos. Por recordar algunos episodios el cierre de los puentes que conectan Colombia con Venezuela para evitar la migración de estos últimos, manifestantes costarricenses que agredieron con cocteles molotov y bates de béisbol un parque que se utiliza como centro de reunión para los emigrantes nicaragüenses en el 2018 o más recientemente la triplicación de deportaciones de migrantes centroamericanos bajo la administración de López Obrador según datos del Instituto Nacional de Migración de México. Este tipo de actitudes en una región tan marcada por la migración pone sobre la mesa las contradicciones con las que se ha desarrollado este fenómeno en la región.


Por ello surge la siguiente pregunta: ¿Cómo puede ser que los países de América Latina se posicionen en contra de la migración? Si la población migrante latinoamericana y del Caribe representa cerca de 28,5 millones de personas, 70 % de ellos en Estados Unidos, según revela un nuevo estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). ¿De verdad se está en contra? Y de ser así, ¿por qué lo estaríamos?


Muchas de las escenas que fueron ejemplificadas anteriormente si bien son fuertes muchas veces son justificadas por la “seguridad nacional” y por ello se han convertido en un horror cotidiano para los migrantes y se ha llegado a normalizar, a pesar del escándalo que pueda generar entre algunos sectores y del esfuerzo de ONGs y de particulares. Los Gobiernos de países latinoamericanos se escudan detrás de la doctrina de la seguridad nacional para justificar el pedir visas a países de la región, deportar migrantes o hasta cerrar sus fronteras, lo que claramente va en contra de la política que intentan generar estos mismos países para sus connacionales en países de migración tradicional.


Otra posible explicación para este fenómeno es la escalada de una ola de política antimigrante en Occidente, que tiene caras visibles en Donald Trump, en el italiano Matteo Salvini, el partido político VOX en España o la AFD de Alemania. El discurso que ellos utilizan al parecer ha permeado también en la sociedad latinoamericana: los migrantes explotan las ayudas sociales que proveen los países receptores (como caso reciente a inicios de este año hubo mucha polémica en este apartado entre los Gobiernos de Bolivia y Argentina), también se dice que los migrantes le “ganan” los trabajos a los ciudadanos de los países receptores o que en su “mayoría” los migrantes latinoamericanos son delincuentes y que generan violencia en el país anfitrión.


Estos argumentos sin embargo no se pueden sostener por sí mismos, y mucho menos en esta región. Según el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE), que es la división de población de la CEPAL, la proporción de la población migrante de personas de 15 años y más nacidas en países fronterizos con nueve años y más de estudios aprobados son relativamente altos en la mayoría de casos, significando que es una migración que tiene una cualificación alta para poder insertarse en el mercado laboral de sus países receptores.




Es por ello que no es de extrañarse al ver dentro de la misma investigación que la tasa de participación económica de la población de 15 años y más residente en países fronterizos se encuentra en la mayoría de casos encima del 50%. Y dado una tasa tan alta de participación económica se esperaría que las tasas de empleo en los países latinoamericanos se vieran afectadas de forma negativa, sin embargo, según un estudio de la OIT llamado “Panorama Laboral de América Latina y el Caribe 2018” se puede observar que la tasa promedio de desempleo laboral bajó por primera vez desde el proceso de desaceleración económica del 2014. Lo que parece indicar que el flujo migratorio no ha tenido el efecto negativo del que han hablado los sectores antimigrantes.


Esto se debe a que la migración suele beneficiar el dinamismo económico de las naciones al brindarles la oportunidad de desarrollar más y mejor capital humano, enriquecer y diversificar el suministro de mano de obra y genera incentivos para la competencia y contribuyen al bono demográfico gracias a la edad de las personas que suelen migrar.




CONCLUSIONES


Es entonces, luego de la lectura de datos estadísticos que se puede declarar que las teorías que se expusieron anteriormente caen por su peso propio y están llenas de prejuicios más que de información fáctica. Y al utilizar varias estadísticas económicas se puede concluir que los beneficios de recibir migrantes exceden con creces el costo de recibirles. Es por ello que en la región es necesario que además de avanzar en planos de gobernanza migratoria se tiene la obligación de trabajar los temas más puntuales relacionados con la desestigmatización de los migrantes latinoamericanos dentro de América Latina.


Además, más allá del posible éxito de grupos migrantes dentro de la región latinoamericana no hay que apartar la vista de los problemas que aquejan al gran sector de los migrantes que no pueden insertarse de manera exitosa, intentando que las soluciones sean lo más efectivas posibles para beneficio tanto de ellos como del país que les recibe.


El reto en América Latina consiste entonces en aprovechar las ventajas que ofrece el captar flujos migrantes con planes a futuro y no hacerles su migración más difícil de lo que ya es. La frase de la “hermandad latinoamericana” parece cada vez más una utopía y los hermanos más aparentan ser como Abel y Caín.


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