INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Ojalá me pueda ir pronto


“¿Qué mundos tengo dentro del alma que hace tiempo vengo pidiendo medios para volar?” Alfonsina Storni. ¿Cómo se puede ser libre en el encierro? ¿Cómo se puede gozar de los derechos en un neuropsiquiátrico? ¿Dónde queda la subjetividad humana cuando se es reducido a un objeto desechable? ¿Dónde están las voces de todxs aquellxs que hace años no disfrutan de su libertad?


Por Lucila Koch

Esas voces están y existen, pero son voces encerradas y acalladas en la oscuridad. Limitadas por el encierro y por tratamientos medicamentosos. Son voces que habitan un cuerpo y una subjetividad, al fin y al cabo son voces de personas que sufrieron las consecuencias de las prácticas en salud mental. Prácticas que recaen sobre los sujetos generando estigmatización y vulnerabilización o, ¿acaso hay forma alguna de llevar una vida sana dentro de un hospital monovalente? Sin ir más lejos: ¿cómo es posible que se plantee el desarrollo de una vida dentro de una institución de encierro? Una vez más hay que poner en el centro el modo en cómo se pensó, se piensa y se seguirá pensando la salud mental en sociedades como la nuestra. En por qué la respuesta hacia determinadas patologías que incluyen el sufrimiento psíquico de las personas vuelve a ser una y otra vez el encierro y el enfoque paternalista de la medicina, donde el paciente es pasivo y no un sujeto de derecho.

Ya han ocurrido todo tipo de atrocidades y se han vulnerabilizado todo tipo de derechos dentro de las instituciones de encierro, por lo tanto no nos queda otra que creer que son personas abandonadas por la sociedad y por el sistema capitalista. El/la que no produce no sirve. Y no es una cuestión únicamente de adultxs y de neuropsiquiátricos, hay toda una estructura social preparada para lxs que triunfan y lxs que fracasan, quedando estos últimos como el sector oprimido por aquellos que pudieron cumplir con los ideales inalcanzables. Si durante la escolarización no llegás a obtener los conocimientos básicos de cada ciclo escolar, un diagnóstico te va a estar esperando. Si no te adaptás a las reglas del contexto, otra etiqueta te va a estar definiendo. Y así va transcurriendo nuestra vida cotidiana, regida por las reglas y el poder de aquellxs que pudieron cumplir con los requisitos para tener una supuesta “vida saludable y exitosa”. Entonces, ¿cómo es posible que para algunos sufrimientos psíquicos la respuesta sea tratamientos cortos y para otros el encierro de por vida? Pues la medicalización hoy en día se encuentra en la mayoría de los tratamientos.


Pero lo que queda velado detrás de todas estas concepciones sobre la salud mental y la salud en general es que hay sujetos de derecho detrás de un diagnóstico. Por lo tanto, el tipo de tratamiento que se lleva a cabo puede generar más sufrimiento que el diagnóstico en sí. Como bien dice Freud en El malestar en la cultura: “Desde tres lados amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que, destinado a la ruina y la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras; por fin, desde los vínculos con otros seres humanos. Al padecer que viene de esta fuente lo sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro” (p. 76, tomo XXI, 1927). Por ende, si consideramos estas tres fuentes de sufrimientos como las principales en la vida de las personas, habría que dejar de poner en el centro el sufrimiento que proviene desde el cuerpo propio ya que, a esta altura, nada que surja de las personas puede considerarse un acto totalmente individual y ajeno a los vínculos que se generan tanto en el seno familiar como en el seno social. Asimismo, hace falta aclarar que ante las circunstancias del mundo externo cada unx, con su estructura y mecanismos de defensa, da la mejor respuesta posible, buscando calmar aquel sufrimiento que lx invade en su totalidad. Es así como el delirio muchas veces es una forma de apaciguar el padecimiento.


Ahora bien, ante el sufrimiento que proviene del cuerpo mismo, el sistema de salud mental no hace otra cosa más que acrecentar el padecimiento en relación al mundo exterior y a los vínculos con otros seres humanos. Por lo tanto, el usuario de la salud mental se encuentra doblemente vulneradx al encontrar una estructura que básicamente está preparada para excluirlx nuevamente y hacer de él/ella un mero objeto sin derechos ni voz. Pues es aquí y en este contexto en donde surge una nueva visión de la salud mental, un paradigma que incluye todas las voces y baja del pedestal al pensamiento médico-científico. Siendo lo más importante, la visión comunitaria, interdisciplinaria y las voces de los sujetos que sufrieron las consecuencias de un sistema de salud paternalista, patriarcal y misógino. Como bien lo expresa nuestra Ley Nacional de Salud Mental, sancionada en el 2010: “En ningún caso puede hacerse diagnóstico en el campo de la salud mental sobre la base exclusiva de: status político, socio-económico, pertenencia a un grupo cultural, racial o religioso; demandas familiares, laborales, falta de conformidad o adecuación con valores morales, sociales, culturales, políticos o creencias religiosas prevalecientes en la comunidad donde vive la persona; elección o identidad sexual (…)”. Cabe destacar que si se lo explicita en una ley es porque durante años se realizaron diagnósticos y tratamientos bajo alguna de estas condiciones. Pues sin ir más lejos, en 1990 la OMS deja de considerar a la homosexualidad como una enfermedad mental y recién en junio del presente año excluye a la transexualidad también de las enfermedades mentales, sin embargo queda dentro de la sección de “disfunciones sexuales”. Una vez más, los sectores más vulnerabilizados quedan sometidos a relaciones de poder asimétricas basadas en la diferencia de géneros, identidades y sexualidades.


A modo de cierre, me es imprescindible retomar una de las preguntas que se plantearon al principio: ¿dónde están las voces de todxs aquellxs que hace años no disfrutan de su libertad?, ya que las instituciones de encierro son una de las tantas herramientas que se utilizan para oprimir. Sin embargo, no se pueden desconocer los efectos de opresión que genera la sociedad machista y patriarcal que provocan desigualdades sociales y determinados sufrimientos psíquicos a aquellas personas que no cumplen con la regla de ser hombre y heterosexual. No obstante a ello, esas voces están, están en las calles luchando por sus derechos. Esas voces se hicieron oír a través del matrimonio igualitario, sus luchas se vieron reflejadas en la Ley de Identidad de Género, sus conquistas se manifestaron en la Ley Nacional de Salud Mental y su empoderamiento se vio en la media sanción de diputadxs por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Pues sus libertades se encuentran en una sociedad inclusiva y anti-patriarcal. En consecuencia, son todas estas victorias (y muchas más) las que reclaman una salud mental a la altura de las circunstancias y para ello es necesario que la salud mental sea comunitaria, latinoamericana y feminista.


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