INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Mujeres y Política Partidaria

Como bien sabemos quienes nos consideramos feministas, la política partidaria es uno de los tantos ámbitos en los que se reproduce la opresión del hombre hacia la mujer. Históricamente, “lo público” y las decisiones políticas han sido un terreno de hombres y para hombres. Sólo hace falta mirar la historia del mundo para darse cuenta que el 95% de los personajes más destacados y renombrados son hombres. Sólo hace falta ver quiénes ocupan los puestos de poder más importantes del mundo en la actualidad para notar que son el 95% hombres.


Por Aldana Giovagnola

Créditos: Economía Feminista

Esta clara desigualdad se encuentra relacionada con múltiples factores. Uno de ellos son los conocidos “estereotipos de género”. Las características ligadas a hombres y mujeres son diametralmente opuestas: mientras que las mujeres estamos históricamente asociadas a la bondad, la entrega y la devoción, a los hombres se los asocia con la idea de liderazgo, rudeza y frialdad calculadora. Parecería que existen características intrínsecas relacionadas a nuestros sexos (representadas en lo que conocemos como “género”) que determinan qué podemos ser, a dónde podemos aspirar, y dónde vamos a desempeñarnos mejor. Las mujeres a dedicarse a la casa y la familia, los hombres a los negocios y la toma de decisiones políticas.


La política siempre fue vista desde esta óptica: la estrategia, la frialdad, la negociación, la extorsión, ser capaces de aplastar a otros para llegar a la meta… Todas estas son concepciones que se encuentran ligadas a la idea de política que tenemos actualmente y que viene gestándose durante siglos. La guerra, la conquista, la invasión, el poder político como opresión. En este sentido, esta visión de la política enmarcada en la violencia y el avasallamiento se encuentra fuertemente asociada al quehacer de los hombres.


Las mujeres pareciéramos no tener lo que realmente hace falta para desenvolvernos en la política como se debe. Mejor dicho, en esta forma de política violenta e individualista. No somos suficientemente calculadoras, frías, desapegadas de nuestros sentimientos y subjetividades como para desempeñarnos en la política tan de hombres. Esta es la visión que predominó (y aún predomina, en muchos casos) respecto de nuestro (no) espacio en la política.


Son muy pocas las mujeres que en la historia oficial se recuerdan como significativas, y el rol de las mujeres en las luchas colectivas y en los hitos revolucionarios de la historia queda siempre relegado a un segundo plano. Los que han cambiado la historia parecieran ser los hombres.


Esta construcción histórica desencadena en las situaciones que vivimos en la actualidad. En nuestro país, por ejemplo, sólo existió una presidenta electa popularmente de forma directa (Cristina Fernández de Kirchner). Los países de la región no se alejan de esta realidad: los casos de Dilma Rousseff en Brasil y Michelle Bachelet en Chile son los más destacados por ser sumamente excepcionales.


El gabinete de ministrxs en Argentina, reducido hace sólo algunos meses y compuesto actualmente por 10 ministerios más la jefatura de gabinete, contiene solo dos ministras mujeres (Patricia Bullrich en Seguridad, y Carolina Stanley en Salud y Desarrollo Social). De las gobernaciones de las provincias argentinas, 4 de las 24 se encuentran ocupadas por mujeres. En el Congreso la situación mejora un poco pero no deja de estar alejada de lo ideal: La Cámara de Diputadxs de la Nación está compuesta actualmente por un 39% de mujeres y un 61% de hombres; el Senado, por su lado, posee un 41% de mujeres, frente a un 59% de hombres.


Si bien la ley de cupo sancionada en los años ‘90 mejoró la participación de mujeres en el Congreso, es conocido que esta medida de discriminación positiva no es suficiente. Con la paridad que empieza a regir en las listas legislativas a partir de las elecciones de este año a nivel nacional. esta situación puede comenzar a equilibrarse. Pero es necesario un real compromiso y cumplimiento para que se logre efectivamente la paridad. Y también entender que el sistema electoral actual puede desfavorecer una tendencia en pos de la equidad.


¿El hecho de necesitar políticas específicas para la participación política quiere decir que las mujeres no tenemos la capacidad y por eso no llegamos? Creo que todxs (o casi todxs) sabemos la respuesta rotunda a eso: NO. Quiere decir que el camino de las mujeres suele estar plagado de obstáculos.


Los anteriomente mencionados estereotipos de género; tareas de cuidado que ocupan gran parte del tiempo libre y no son reconocidas como trabajo (aún menos remunerado); maternidad impuesta; salarios más bajos que los de los hombres por los mismos cargos; violencia física y verbal; acceso restringido a la propiedad y a derechos sexuales y reproductivos.


Entre estas barreras también se encuentra lo que se llama “acoso político”, que involucra maltrato hacia las mujeres por parte de las autoridades de los partidos y de las instituciones políticas, así como discriminación de parte de los medios de comunicación, amenazas o violencia física. También implica denigrar el trabajo de las mujeres al interior de un partido, brindándoseles cargos de poca importancia (en distritos “poco relevantes” o áreas de trabajo percibidas como “secundarias”), entre otros. En este sentido, como ha sido establecido previamente, medidas como la paridad de género no resuelven todos los problemas de fondo, pero sí pueden facilitar este camino y hacerlo menos inequitativo.


De todas formas, quienes no nos conformamos con el individualismo ni creemos en la teoría liberal del “derrame”, sabemos que poblar los puestos jerárquicos de mujeres no es una solución para todas aquellas que se quedan en el camino y se encuentran en las bases. El desafío está en entender que tenemos que trabajar en pos de mejorar las condiciones de vida del 99%, y no sólo del 1% que llega a los puestos de poder. Lo que no quiere decir que no sea importante entender por qué ese 1% de mujeres también representa sólo un 20 o 30% en relación con los hombres anclados en el poder.


La clave se encuentra en entender el sistema como un todo articulado e interrelacionado, y no en pensar sólo los casos individuales. Es importante entender el rol de las mujeres en la política partidaria. No porque necesariamente toda mujer que se encuentre involucrada en ella o posea un cargo vaya a trabajar por los derechos de las mujeres. Sino porque es importante tener en mente que la opresión sobre el sexo femenino se ejerce en todos los ámbitos de la vida social, y en todas las clases sociales, si bien se hace de maneras diferentes, tiene implicancias distintas y se entrecruzan disímiles tipos de opresión.

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