INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Morir en cuarentena

En este contexto, de incertidumbre generalizada, nos vemos obligadxs a encerrarnos, quienes podemos, dentro de nuestras casas. Tras la declaración del aislamiento social obligatorio el 20 de marzo de 2020, nuestra rutina cambio radicalmente; pero no solo la vida misma, sino también la muerte.


Por Denise Sanviti



El encierro ha modificado completamente nuestra estructura de vida, nuestra rutina, nuestra forma de relacionarnos, nuestra forma de comunicarnos. La vida social que conocíamos se reduce en la interacción a través de las redes sociales y otras herramientas digitales que permiten comunicarnos de forma remota. El contacto físico no está permitido. Ni un beso, ni un abrazo. Si salimos, debemos utilizar barbijo y estar a dos metros de distancia del resto de personas. Podría decirse que, implícitamente, hay una prohibición del contacto e, incluso, juzgamos cuando otrx no lo respecta. De eso dependemos todxs como parte de esta sociedad para contrarrestar este enemigo invisible, omnipresente e impredecible.


Este virus nos ha quitado mucho de lo que teníamos, ha separado familias enteras, amigxs, parejas y más. Pero hay algo que nos ha quitado y que, sin embargo, no nos dimos cuenta hasta que nos tocó de cerca: morir con dignidad.


Claro está, la muerte es parte de la vida. Es el destino inevitable que todxs debemos enfrentar. Podría decirse que, de alguna manera, es un estado potencial de los cuerpos vivos. Pero, en este contexto, la muerte es otra cosa. Si despedir un ser querido en tiempos “normales” no es fácil, mucho menos en contextos de emergencia sanitaria. Y lo digo por experiencia propia.


El viernes 17 de abril, a las 14.15, el teléfono sonó. Nos miramos y, en el fondo, sabíamos de qué se trataba. Mi abuelo había fallecido hacia pocos minutos: “se quedó dormido”, nos dijeron. Así, como si nada. Simplemente, se fue y dejó este mundo en paz. Sin embargo, lo peor vino después.


Desde hacía cuatro meses mi abuelo se encontraba en un geriátrico. Sin poder caminar, una salud súperdeteriorada, con dolores extremos y solo. Nuestro acercamiento a él se reducía a la puerta del geriátrico, del lado de afuera. Íbamos y veníamos para acercar los medicamentos y antojos que pudiera tener, un chocolate, galletitas, dulces, para hacer de su estancia más apacible.


Si bien era cuidado por enfermeras las 24 horas del día y los siete días de la semana, nosotrxs no podíamos ingresar, eso lo termino por destrozar. Sin ningún ser querido cerca que le haga compañía, aunque sea pocas horas al día, lo hizo caer en una depresión aguda y se dejó morir. Dejó de comer, de enviar mensajes y de llamarnos…hasta su fatídico final. Pero no pudimos estar con él.


Si hay algún consuelo en todo esto, es que mi abuelo dejó de sufrir y se fue a través de un sueño profundo. Sin embargo, no haber estado en ese momento, acompañándolo y brindándole contención es un peso de culpa difícil de quitar, aunque inevitable.


Morir en cuarentena no es fácil, insisto. Entre medio del dolor y el duelo, tuvimos que enfrentarnos a la burocracia y el papeleo. Entre llamados de conocidos y familiares para dar su pésame, buscábamos casas de velatorios que no nos cobraran una fortuna para darle una despedida digna. Porque en este mundo capitalista, hasta la muerte es un negocio.


Al día siguiente, nos acercamos a la funeraria, pero solo hasta la puerta. No nos permitían ingresar a despedirlo. Nuestra participación se redujo a firmar papeles y acompañar la ambulancia desde la funeraria hasta la sala de crematorio. Y, desde la vereda, con la puerta de la ambulancia abierta, despedimos a mi abuelo. Incluso, tuvimos que consultar cuál de los dos féretros era él porque eran dos cajones cerrados, prácticamente de cartón, sin insignia o nombre que los diferenciara.


Así fue la despedida, el último adiós, desde una vereda, todos a dos metros de distancia. Sin abrazos, sin consuelo en compañía. Morir en cuarentena es una muerte solitaria, sin importar la causa. El protocolo prohíbe velatorios y entierros tradicionales. Todo aquel que muere en cuarentena debe ser cremado, sin objeciones, sin importar las costumbres ni las tradiciones familiares.


Y mientras todo esto pasaba, el mundo seguía en su movimiento.


Por eso, la muerte en cuarentena es una muerte distinta. Se muere en soledad, se llora en soledad. Sin el contacto que tanto buscamos en estos momentos de duelo, solo miradas piadosas y a la distancia. Porque no podés ver a tu ser querido, no hay entierro y no podés ver ni reconocer el cuerpo.


Hoy, quienes nos quedamos de este lado del plano, tratamos de seguir como podemos. Con una pérdida que solo cicatrizará con el tiempo, pero que nunca se irá. Mientras tanto, convivimos entre trámites para dar de baja servicios a su nombre. Porque es así, porque se debe hacer y todo está colapsado. Horas al teléfono esperando que una persona te atienda y solucione tu inquietud, para que te diga que solo debes esperar a que se den de baja a los servicios. Y así, sin más, quien muere desaparece de cualquier registro que tuvo en vida.


Por medio de estas palabras espero compartir una experiencia personal que no debe ser la única. Estoy segura que muchas personas están pasando por esta misma situación. No solo aquellxs cuyos familiares han muerto por COVID-19 u otras causas, el proceso es casi el mismo. La soledad como rasgo característico. Tal vez, en esta experiencia compartida, nos damos cuenta que no estamos tan solxs en estos momentos difíciles y que, en el duelo, a la distancia, nos podemos abrazar.


Los geriátricos son escenarios especiales para tratar, porque son los individuos con mayor riesgo de vida a la hora de contraer esta enfermedad. Pero, además, no solo se deben tomar las precauciones necesarias para evitar el contagio en los adultos mayores, sino también crear espacios de contención y acompañamiento. Si para nosotrxs no es fácil sobrellevar el aislamiento y el encierro, para ellos es mucho peor. Caer en una depresión es más probable al no estar en contacto con sus familias, que son su único consuelo y compañía. En este sentido, nos enfrentamos a una situación potencialmente critica donde, además del riesgo de contagio de esta nueva cepa del coronavirus, también observamos los efectos psicológicos gravísimos que afecta a este grupo social.


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