INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Crónica de un debate en el que pusimos la Masculinidad en Jaque

Envalentonadas y envalentonados por una semana de movilización en la que las pibas pararon el mundo por 24 horas (y un poco-bastante más), nos subimos a la ola que todo lo destruye y lo deconstruye para pararnos de mano con altura contra la masculinidad que supimos construir.


Por Agustín Raggio

Fotografía: Franco Audiovisual

Era sábado por la noche y el resonar de los bombos de la tarde del viernes aún recorría las callecitas de Buenos Aires. Ya el viento que trajo la tormenta del jueves nos había avisado que la calma se haría esperar. Y así fue: la tormenta devino en ríos de gente que coparon todo el largo de la emblemática Avenida de Mayo en defensa y reivindicación de los derechos de las mujeres. Esos ríos inundaron las calles, y las lagunas formadas se desperdigaron por toda la ciudad; el barrio de Palermo no fue excepción, siendo uno de los epicentros de este fenómeno la calle Aráoz a pasos de la avenida Córdoba.


Shanghai Dragon Bar era el lugar –como ya se hizo costumbre, hogar de encendidos debates y profundas reflexiones- detalladamente dispuesto y predispuesto para una nueva jornada en la que tanta agua junta no calmaría sino avivaría tanto fuego contenido, poniendo nuevamente en jaque lo establecido. Los carteles en la calle y dentro del bar nos invitaban a pasar al subsuelo. La escalera nos advertía a cada escalón que bajábamos que el problema que nos reunía tenía varias aristas a considerar y que no podía pensarse aislado. Algún solitario distraído, no atento a la múltiple señalética, miró el entorno y preguntó:


-¿Esta es una charla de varones antipatriarcales?

-Mmm… No necesariamente –contestaron algunxs de lxs organizadorxs-. Acá estamos todos y todas para poner a la Masculinidad en Jaque.


Desde temprano los flashes del fotógrafo coparon la escena, retratando un ambiente bien preparado para la ocasión, y una audiencia que calentaba motores leyendo algunas de las quotes desplegadas por las paredes del recinto a suerte de estímulos para la reflexión, o tomando una fresca pinta de cerveza artesanal.


Alrededor de 40 personas fueron lentamente tomando sus ubicaciones en la típica ronda de Política en Jaque para presenciar, en primera instancia, la presentación de lxs nuevxs integrantes de la organización. Se describieron las nuevas áreas de trabajo y se siguió soñando con grandes proyectos para este promisorio año.


Cumplimentadas las cuestiones formales, se abrió el juego. La primera pieza que los organizadores movieron fue un vídeo que nos trajo el testimonio de la gran antropóloga Rita Segato, definiendo lo que ella conceptualiza como mandato de masculinidad. Este fue el puntapié necesario para que nuestras respuestas a la pregunta “¿Qué es la masculinidad?” comenzaran a girar por el aire del lugar.


Las primeras voces se centraron en el carácter de construcción social de la masculinidad, como un atributo del varón cisgénero que es estereotipado. Se acusó a la publicidad de generar distintas imágenes de género, construyendo posiciones desiguales en la distribución del poder simbólico y condenando al desviado (“si el nene usa rosa, es puto” enjuició una participante).


Una intervención de uno de lxs moderadores buscó reorientar la discusión hacia el plano sentimental: “Masculinidad es represión” sentenció, y las cabezas de algunos de los varones asintieron. No contento con esto, uno de los integrantes masculinos del debate retrucó “se puede ser mujer y ser varonil y se puede ser varón y ser femenino”. Una voz femenina se hizo sentir: “Llorar es de mujer, le decía mi tío a mis hermanos”.


Este hilo de la conversación no tuvo aguja que lo cosiera a un paño más extenso; preponderó la disertación sobre las desigualdades de poder entre géneros. Alguien ensayó una suerte de genealogía de las posiciones diferenciales de hombres sobre mujeres en el patriarcado, vestigio actual de desigualdades pasadas que se han reproducido a lo largo de la historia, manteniendo privilegios arcaicos.


Los recortes temporales fueron desde el advenimiento del capitalismo hasta uno más acotado, referido a las generaciones inmediatamente predecesoras a la nuestra. La sentencia de uno de los participantes pareció sintetizar estas aproximaciones: “La masculinidad son patrones, parámetros esperables, que están fuertemente institucionalizados”. Esta institucionalización fue abordada más tarde como una forma no sólo de represión sino de opresión, considerándose al hombre como una herramienta de control social: “La separación entre femenino y masculino es un divide y conquistarás”. Otra de las participantes atribuyó esto al círculo vicioso-virtuoso del capitalismo, a la vez que uno de los moderadores traía el ejemplo del Poder Judicial como un ámbito marcado por sesgos patriarcales.


A la secuencia de exhortaciones apelando a la opresión sistemática de la mujer en un sistema patriarcal, se la interpeló desde la mirada de dos de los participantes, quienes pusieron en duda el precepto de que la masculinidad fuera beneficiosa para el opresor: “La posición de las mujeres es mucho mejor que hace 100 años; la del capitalismo, también”. Las reacciones no se hicieron esperar, llegando desde todas las direcciones los argumentos en torno a la utilidad de los roles de género, el trabajo reproductivo no remunerado (“eso que llaman amor es trabajo no pago”), la brecha de género en términos de salarios y de exigencias a la hora de conseguir un empleo –no sólo en el mundo empresarial, sino también en el ámbito periodístico y, enfáticamente, en el deportivo.


Estos ejes dominaron la primera parte del debate. Sin embargo, varias ideas quedaron flotando en el micromundo de Shanghai: si las categorías nos oprimen, ¿cómo podemos construir identidades? ¿La masculinidad necesariamente es negativa y la feminidad positiva? ¿Hay más de una masculinidad? La demanda que surgió fue: pongámosle sujetos a este orden que oprime.


El pequeño intervalo fue una buena excusa para poder pasar a picar algo por la barra del bar, recargar los vasos vacíos y continuar con las discusiones, ahora en reducidos grupos.


Ya para el segundo bloque, se propuso traer a colación experiencias personales de construcción de masculinidad en nuestras trayectorias biográficas: esos momentos en los que los varones nos sentimos cómplices y, tal vez, víctimas de aquel mandato del cual habláramos en la primera mitad. Nuevamente, el estímulo audiovisual: extractos de una conferencia del psicoterapeuta Luis Bonino resultaron la excusa perfecta para adentrarnos en la subjetividad masculina.


La arista de la mercantilización de los cuerpos fue la primera en ser abordada: el dominio de la publicidad que avanzó intempestivamente sobre lo femenino y que, hoy en día, se acuerda de lo masculino construyendo productos y experiencias comerciales “sólo para varones”, en ámbitos que resguardan la masculinidad a pesar de ser prácticas que no responden a su mandato –como es el caso del cuidado de sí. La categoría de “metrosexualidad” fue discutida, y se la ligó a una no problematización de la masculinidad hegemónica: fue asociado el cuidado de la estética masculina a una reapropiación del mercado, a un “marker” económico.


Ahora bien: el pico del debate vino de la mano de los relatos de experiencias traumáticas en las que se sintió el yugo del mandato de masculinidad. El bullying apareció como un componente fundamental en la edificación de un modelo de masculinidad durante los años de la adolescencia. A su vez, las presiones familiares resultaron un eje central en la represión de expresiones disidentes a este mandato. Las dificultades a exponer la orientación sexual frente a la mirada de los padres, las elecciones estéticas que no se condicen con la opinión de la mesa de los domingos, o el “me va a salir maricón” de papá al encontrarte vestido con ropa "de mujer" o mirando una telenovela: todas situaciones que se vivieron como condicionamientos de una masculinidad impuesta.


Incluso un caso de abuso intrafamiliar nos condujo a un mecanismo naturalizado y perverso: el de los “códigos” varoniles, el “queda entre nosotros” que hace que entre varones nos cubramos. Los ámbitos eminentemente masculinos aparecieron reiteradamente como moldes en los que la subjetividad infantil y adolescente ha intentado encajar; la calle también resultó un espacio agresivo, que no permite vestirse o expresarse como se le dé la gana al varón (ni a la mujer).


La sexualidad y el erotismo fueron las estrellas del final de nuestro debate. Un mandato que nos inculcaron los mayores (un padre que le dice a su hijo en el auto “en el baile, vos tenés que tocarle todo a la piba que te chapes”); la industria pornográfica que centra la imagen de “placer” en la exposición del cuerpo femenino y sólo el femenino, como si el varón “fuera un pito nada más, como si el pito solucionara todo”.


Todo derivó en relatos de cómo, constantemente, se ha concebido un consenso no consensuado de una presión por el liderazgo sexual masculino, en la que la mujer se espera que sea débil frente a la iniciativa varonil: sentimientos de desconexión entre la pareja y de incomodidad ante la impotencia masculina afloraron a lo largo de los relatos. La sexualidad femenina vio dificultada su libertad a causa de estas cuestiones, según los testimonios. Ante la sensación de castración del hombre frente al deseo de la mujer, incluso ellas han reproducido masculinidad al callar, o al aceptar no dar instrucciones que pudieran ser rechazadas en el acto sexual.


Estos preceptos en la erotización de las relaciones llevaron a una marcada irresponsabilidad afectiva de los varones, que fue comentada en la ronda y sustentada en distintos ejemplos. Y se cerró el debate con una gran anécdota que nos demostró que ese papel dominante y manipulador también es reproducido por algunas mujeres, “que se comportan como pibes” a la mirada de los y las demás.


Las visiones fueron muchas; los replanteos, variados. Quedaron puntos por analizar de un debate que se extendió por más de tres horas, con entusiastas disertantes y con una gran planificación previa. La oportunidad fue clave para que las mujeres enjuicien y los varones se cuestionen. Los acuerdos resultaron múltiples, pero dos sentencias pusieron el grito en alto para sintetizar el deseo y la convicción de este grupo de jóvenes: No Nos Callamos Más y Educación Sexual Integral ya.


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