INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Yohi Solis

Marchando sin marchar

El camino al feminismo está sembrado de silencios: de las víctimas, del miedo, de las que ya no están. Hoy, 3 de junio de 2020, el silencio nos encuentra en casa, marchando sin marchar. Hoy decido darle voz a aquellos silencios que queman por dentro, que ya no pueden callar y que ni el aislamiento social preventivo y obligatorio callará.


Por Yohana Solís

La violencia de género no es solo una estadística abrumadora que sale en las noticias. Muchxs todavía se sorprenden al descubrir la cantidad de hermanas, amigas, madres, mujeres que conviven con un entorno de violencia y de abusos generados por el simple detalle de ser eso: MUJERES. La coyuntura actual de aislamiento solo logró invisibilizar aún más los abusos sufridos en el ámbito familiar. No hablo únicamente de los (al menos) 57 femicidios que ocurrieron durante la cuarentena en todo el país; la violencia a la que me refiero comienza mucho antes de llegar a la muerte.


Hoy me pongo en la piel de una de las miles de sobrevivientes a esta violencia, para poder gritar por ellas. Gritar que se haga justicia por las que ya no están; gritar que prevengamos la falta de una más; pero, también, gritar que como sociedad entendamos que los femicidios van a acabar cuando terminemos de voltear el patriarcado. Cuando cerrás los ojos y te pensás en la piel del colectivo de mujeres víctimas de este patriarcado aparecen algunas de las frases más comunes.


¿Eso te vas a poner?

¿Tanta plata necesitás para hacer estos fideos de m****?

¿Tan revolucionaria te creés?

¿Dónde están tus amiguitas feminazis ahora?


Pero un femicidio no sucede de un día para el otro, ni por emoción violenta. Un femicidio se gesta en los celos, en el control económico, en la desacreditación de las ideas y/o en el aislamiento de las víctimas y aquellxs que podrían rescatarlas. La opinión pública suele comentar después de un hecho de violencia, en busca de justificaciones y culpando a la víctima. Aun así, los argumentos de la ignorancia y de la culpa se desarticulan con cada caso de mujeres “inteligentes, fuertes y avasallantes” que han sobrevivido abusos y violencias. No necesitamos hablar de cadáveres para hablar de violencia de género. No es una problemática que le sucede a otras, de otros sectores sociales o de otros lugares, lejanos a nuestra realidad.


Si, desde el primer momento, la violencia se viera transparentada en el accionar del perpetrador, ninguna de nosotras generaría vínculos. Un femicidio se gesta con premeditación, se prepara a la víctima, se la somete y aisla; el asesinato es solo la consecuencia de su constante vulneración. Sentir los golpes en el cuerpo aunque pasen años, creer que no tenés nada bueno para dar o que debés conformarte con la mediocridad de ser y estar agradecida de estar “viva” son parte de las secuelas de este patriarcado violento.


Para poder prevenir los femicidios, debemos visibilizar estas secuelas. Debemos hablar, denunciar, contar aunque sea a una amiga, aunque sea de manera anónima en Política en Jaque. Debemos ponerle palabras a la violencia, darle un nombre. Si no constituímos a nuestro enemigo, jamás vamos a poder enfrentarlo. Solo podremos enfrentar el patriarcado a través de reconocer las marcas que dejó, y deja, día a día, en nosotras. Podremos alzar nuestra voz por aquellas que no pueden, podremos marchar aun sin hacerlo, podremos levantar una bandera que duele en el cuerpo para que nuestra consigna no quede en un hashtag del 3 de junio; para que un día podamos realmente encontrarnos, abrazarnos, acompañarnos todas juntas, sin que haya #NIUNAMENOS.

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