INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Los días después de nuestro día

El alarmante número de despidos y la precariedad de la prensa invitan a pensar, ya no solo a los periodistas, sino al público en general ante este dramático momento de los medios. El derecho a la información, cagado a palos hace tiempo por intereses públicos y privados, hoy está en terapia intensiva. Un Día del Periodista sin mucho para festejar. Para nadie.


Por Francisco Stefanoff

Periodista y sociólogo. Movilero de Canal 26.

Pasado el humo de tanta proclama por la libertad de expresión y después de agradecer saludos, los periodistas transitamos una nueva semana con la agria certeza de que nada ha cambiado después de “nuestro” día. Despidos, precarización, cierre de medios y pluriempleo, tal como señala un valioso informe del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (Sipreba), son moneda corriente desde hace años en el oficio y el futuro se avizora aún peor.


Sabemos que cualquier despido es más que una cifra: es una familia que queda en la calle, es el riesgo de caer y no volver a reinsertarse, es una vida que cambia abruptamente y quizás para siempre. En el caso de la prensa y sus trabajadores, además de, obviamente, todo eso, hay otras cuestiones a reflexionar, que trascienden la propia figura del periodista y tienen una especial repercusión social.


Porque claro que hay un reclamo gremial, corporativo: esta situación nos afecta directamente a nosotros, como masa trabajadora, en nuestras fuentes de laburo y desarrollo profesional. Pero la precarización también es precariedad para vos, para la audiencia.


Menos periodistas es que te informes cada vez más a través de notas a cargo de colegas sobrecargados, que tienen que redactar quizás de a decenas por día. Como sea.


Menos periodistas es que los que quedan trabajen atravesados por el drama latente de quedarse afuera sin poder reinsertarse. Y ese especial cuidado en lo que se hace (y, principalmente, lo que se dice) puede traducirse en autocensura.


Menos periodistas es que haya canales donde quien ayer se encargaba de un caso judicial, hoy tenga que explicar la relación comercial entre Brasil y Argentina. Y mañana, el dibujo táctico de la Selección en el Mundial de fútbol femenino. Porque "ya no hay presupuesto para tantos columnistas".


Menos periodistas es que escuches una sola versión de los hechos: por ejemplo, que un ministro de Seguridad brinde un parte policial sin recibir preguntas o que canales reproduzcan material gubernamental o comercial sin mediación, así como viene. Así como esos funcionarios o empresarios quieren que se vea todo.


Menos periodistas es que te enteres de un conflicto social en Siria o Venezuela solo a través de notas pegadas tal cual salieron de agencias de prensa estadounidenses o francesas, con sus propios intereses en juego. Porque en los medios de acá "no hay guita para mandar a nadie a cubrir allá" o porque directamente acaban de rajar al que, al menos, cubría desde acá.


Menos periodistas es que te encuentres constantemente con notas sin firma. Eso significa, entre otras cosas, que nadie en particular se hará cargo de nada menos que una información puesta en circulación ante miles o quizás millones de lectores.


Los vicios aquí enumerados, resumidos por cierto, no fueron todos inaugurados hace tres años y medio. Más bien se trata de una lógica de funcionamiento inherente al sistema capitalista y de la que la industria mediática, aún con sus particulares intereses y formas, no se encuentra exenta: producir más al menor costo posible. Si para eso hay que llevarse puestos trabajadores y condiciones laborales obstaculizadores de ese fin, y si no hay sindicatos fuertes para detenerlo ni un Estado fuerte para arbitrar, ¿por qué no hacerlo?


El problema, al menos en parte, es el costo que una sociedad pretendidamente democrática paga al convivir con un funcionamiento mediático de estas características. Pero hay algo más y es lo que motiva, por cierto, estas líneas: hasta qué punto un contexto como el actual empeora el ya vapuleado cuadro de situación.


Si bien se la reconoce como un bien especialmente sensible en una sociedad, la información, las condiciones en las que es generada periodísticamente, no resultan tratadas como tal. Me pregunto a quién le parecería sano vivir consumiendo alimentos sin rotulado ni autorización oficial. O pasar por una obra en construcción que no cuenta con el aval de ningún arquitecto ni inspector. O hacer un largo viaje con un chofer que viene de manejar 16 horas.


Qué lástima que para consumir información no solemos tener este tipo de dilemas. Y resulta especialmente grave cuando un gobierno nacional como el actual, que increíblemente ha mostrado como logro los despidos de periodistas en medios públicos, no ve esto como una problemática a abordar con políticas concretas.


Se podría continuar con miles de ejemplos. Cotidianos, acerca de lo que en realidad subyace a esa nota que clickeaste para "informarte mejor" sobre un tema o a ese programa en el que te detuviste para intentar "entender" algún hecho. Esa particular contribución que tenés o esperás del periodismo, al menos como un insumo más para tu lectura de la realidad, hoy lamentablemente no goza de buena salud.


No se trata de sobredimensionar la figura del periodista en una sociedad ni idealizar su rol como fiscal del pueblo o custodio del interés común. Eso no existió ni existirá jamás. Los periodistas hacemos los que podemos, cometemos miles de errores no forzados y hay entre nosotros, como en cualquier comunidad, diferentes formas de ver y contar el mundo. Pero eso no tiene nada que ver con todo esto: ante este panorama, la calidad, el espacio y la autonomía de eso que conocemos como periodismo están seriamente amenazados. Y eso es menos democracia.


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