INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Las Universidades Nacionales en la pandemia

En el contexto actual, la Ciencia y Tecnología toma un rol fundamental a nivel global, demostrando la importancia que poseen las Universidades en la lucha contra el COVID-19. Ante este panorama, Argentina es un caso particular a destacar, gracias a la educación superior no arancelada y la gran cantidad de científicos y profesionales con los que cuenta.


Por Sofía Luz Rozen



“Los recursos naturales, energéticos, son importantes en el desarrollo de un país, pero tomen como principio que todo recurso por más importante que sea, el petróleo, los minerales o lo que fuere, son recursos finitos. Se acaban con el tiempo. Necesitamos entonces recurrir a un recurso que no se acaba porque es infinito: y es el conocimiento. Es la inteligencia de los hombres y las mujeres que hoy debe constituir el principal patrimonio de la Patria.”
Cristina Fernández de Kirchner, 7 de agosto de 2019.

Las universidades históricamente han sido lugar de refugio de las elites y algunas clases medias. En la Argentina, particularmente, podemos identificar tres modelos históricos de universidad, desde Córdoba hasta la reforma. La primera universidad fue la de Córdoba, la cual nació en 1613 para formar a quienes en la época colonial ocupaban nuestro actual territorio. Fue producto de la política de colonización española, siendo su finalidad garantizar la efectiva ocupación territorial y administrativa de los territorios para formar gobiernos estables. La necesidad de abrir universidades aparece para educar a un conjunto de individuos capaces de apuntalar la administración institucional y aplicar la política española en América.


Durante la época independentista, en 1821 se funda la Universidad de Buenos Aires (UBA). Esta tomó un caracter más secular —diferenciandose de Córdoba—, guiada por los conceptos liberales de la época, formando en derecho a las elites porteñas que gobernarían la república naciente. La UBA respondió a un modelo de pedagogía liberal oligárquico, relacionado con el concepto Jauretchiano de Patria Chica, modelo caracterizado por promover la fragmentación del Virreinato en varios países, la promoción de políticas de apertura económica y de importación de manufacturas enfrentando a productores locales, vinculando su perfil profesional al programa económico agroexportador impulsado por la elite gobernante de ese entonces. La currícula de la UBA fue modificada únicamente dos veces en la historia: con Rosas, donde fue reorganizada para poder costear los gastos de la guerra y la defensas territorial, se implementó un impuesto a los estudiantes y se llevó adelante un registro de suscriptores de altos recursos que destinaron a sostenerla educación superior. La segunda ocasión fue en 1973, cuando pasó a llamarse Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires, siendo Puigross su rector y afectando de fondo su currícula para hacerla más inclusiva y afines a las necesidades del gobierno peronista de Cámpora.


Un tercer modelo fue el reformista de 1918, el cual bajo el auge democrático de la Ley Sáenz Peña y la presidencia de Hipólito Yrigoyen busco abrir más la universidad. El manifiesto liminar de la reforma nombra tres finalidades: la juventud tiene el deber histórico de ser un factor de transformación política y cultural, la necesidad de renovar la producción de cultura en la cual la universidad deben ser vanguardia y retomar la dimensión americana de las producciones culturales. Sin embargo, como explica Jauretche, este manifiesto tuvo más incidencia en las universidades de la región, y en Argentina el modelo quedó trunco, ya que la universidad se amplió solo a los sectores medios que eran reformistas, lo cual terminó reforzando los programas antidemocráticos en lo político y extranjeras en lo económico, tomando distancia de los postulados y no pudiendo integrar la universidad al país.


Podemos ver en estos tres modelos que aquel que asistía a la universidad creía tener el derecho de pararse por encima del resto, llegando incluso a sentirse universitario antes que argentino, desligandose así de cualquier responsabilidad con su suelo. No perdamos el foco que en estos periodos la universidad siempre fue arancelada y privilegiando el ingreso de varones.


Sin embargo, Argentina vivió una verdadera revolución universitaria cuando en 1949 mediante Decreto de Necesidad y Urgencia el General Juan Domingo Perón quito los aranceles universitarios y así el obrero e hijo de obrero pudieron entrar a la universidad. Gracias a este hecho bisagra muchos de nosotros hoy tuvimos y tenemos la posibilidad de estudiar en Universidades Públicas de calidad. Es a partir de ese 22 de noviembre que el modelo universitario comienza a cambiar, llegando a ser más inclusiva.


Años más tarde, en el año del bicentenario de la Revolución de Mayo, vimos nacer muchas universidades que se basaron en el modelo peronista de universidad —con las referencias de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires y la Universidad Obrera—, manteniéndose fiel en sus principios y que se formaron con los mismos valores de la gratuidad: inclusión y avance científico soberano.


Como universitarios, nos debemos a nuestro pueblo porque, como bien sabemos, nuestros estudios no son gratuitos sino no arancelados, esto quiere decir que no pagamos una cuota o algo similar. Las Universidades Nacionales se sostienen en buena parte por el presupuesto que les asigna el Estado, y este presupuesto se conforma en gran medida con los impuestos que pagan millones de argentinos, desde los que acceden a posgrados hasta quienes quizá no tengan la posibilidad de terminar la secundaria. En muchas universidades —especialmente las del Bicentenario y algunas del conurbano bonaerense— nos han enseñado desde nuestros primeros días que, como estudiantes universitarios nuestra responsabilidad es entonces devolverle a nuestra Patria un poco de la oportunidad de estudiar que nos ofrece y poder ser, en un futuro, profesionales comprometidos con los destinos de nuestro suelo.


En este contexto de pandemia y crisis —económica, social, sanitaria— mundial contar con este antecedente no es poca cosa: es gracias a esto, en buena parte, que contamos con una gran cantidad de científicos argentinos y estudiantes que colaboran en la lucha contra el COVID-19 y brindan sus conocimientos; un gran ejemplo es desarrollo del test de anticuerpos contra el COVID-19.


Tener un Estado que invierta en ciencia y tecnología y que aporte mayores recursos a las Universidades Nacionales es una cuestión clave en esta causa, ya que sin presupuesto en estas áreas conservar a nuestros científicos y brindar estudios de grado y posgrado de calidad sería una tarea casi imposible. Además el rol de las universidades per se, aportando sus tecnologías y estudios en todo nuestro territorio es de vital importancia. Nos detendremos entonces a ver algunos ejemplos claros de esto.


La tarea de las universidades nacionales


Algunas instituciones se sumaron a la tarea que realiza el Instituto ANLIS-Malbrán de realizar pruebas de diagnóstico posible de COVID-19, como es el caso de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata mediante sus laboratorios (recordemos que ambas cuentan con la carrera de biotecnología, que resulta clave en este contexto).


Por su parte, un grupo de médicos y científicos de la Universidad de Buenos Aires, que trabaja en los hospitales Dr. A. Eurnekian de Ezeiza y Dr. Francisco Javier Muñiz, iniciará las pruebas para evaluar un spray nasal que desarrollaron con drogas ya aprobadas por la ANMAT el cual impediría que el virus ingrese al organismo a través de la nariz,que es la principal vía de infección. La Universidad de Rosario ha fabricado respiradores artificiales, impulsado desde su facultad de ingeniería junto a empresas locales. Este proyecto fue diseñado con código abierto para pueda replicarse y ensamblarse en cualquier parte de nuestro país.

En la Universidad del Litoral fabrican máscaras con impresoras 3D y cortadoras láser. Foto: UNL

En lo que es la fabricación de insumos claves como máscaras y barbijos, varias Universidades pusieron su tecnología a disposición, como la Universidad del Litoral que comenzaron a fabricar máscaras con impresoras 3D y cortadoras láser. Otras universidades que se sumaron a esta tarea son la Universidad Nacional de La Matanza y la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, generando insumos que fueron entregados a los hospitales aledaños. Un caso más es la Universidad Nacional de Lanús que entregó más de 200 máscaras a hospitales locales, además en abril donó más de 300 mil pesos al Hospital Dr. Arturo Melo, a partir de la realización un fondo solidario compuesto por aportes voluntarios de docentes, no docentes y autoridades de la institución.


En lo que es la producción de insumos se agregó la necesidad del alcohol en gel, en la cual se destaca el trabajo realizado por distintas Universidades Nacionales como la Universidad Nacional de San Luis, la Universidad Nacional de Rosario, la Universidad Nacional del Sur, la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y Universidad Nacional de Tucumán —universidad que además produjo paracetamol y repelente de mosquitos—.

Por otro lado, en la tarea de garantizar el cumplimiento de la cuarentena, la Universidad Nacional del Nordeste desarrolló una plataforma digital para que el gobierno provincial pueda controlar el aislamiento, concentrando la información de los casos para poder estar comunicados en caso de necesitar atención médica y también hacer un seguimiento de quienes están exceptuados.


Varias universidades también realizaron voluntariados para asistir a la comunidad de la que son parte, como es el caso de la Universidad Nacional Lomas de Zamora, la Universidad Nacional Almirante Brown o la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, donde se hicieron relevamientos para mejorar la situación de estudiantes con becas e incluso se entregaron computadoras para poder sostener la virtualidad.


Universitarios y universidades comprometidos con la realidad social


Como vemos, nuestras universidades tienen un rol no solamente académico y científico, sino también social, el cual no siempre es visible y resulta fundamental. Como parte de la comunidad universitaria, sea en el claustro que sea, no podemos ser ajenos a esto y mirar hacia otro lado. Venimos de tiempos donde nuestras universidades han sido vilipendiadas, sobre todo aquellas donde la mayor población es primera generación de estudiantes universitarios, y que hoy sean valoradas y que el Estado articule con ellas para cubrir todas las demandas es causa de orgullo.


Muchas veces nos plantean la contradicción entre lo popular y lo universitario, como dos mundos distintos y hasta opuestos. Esto ha sido reforzado por intelectuales que plantean discusiones imposibles y alejadas de la realidad, y también por el mismo pueblo que más de una vez se ha sentido ajeno a nuestras casas de altos estudios, pero hoy la coyuntura nos demuestra, una vez más, que esta contradicción es falsa, porque no hay nada más propio de un pueblo que su educación y sus profesionales.


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