INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

La virtud del conflicto

Afirmaba el maestro Pablo González Casanova (1981) que el moralismo implica la reducción de la complejidad de los problemas sociales a un burdo problema ético: es bueno o es malo. Yo invito a no reducir la realidad a ese antagonismo encarnizado de dos frentes en pugna. De forma tal que, en consonancia con lo antes dicho, habremos de entender la virtud de nuestras diferencias.


Por Octavio Jiménez Anguiano [1]

Crédito: Derecha. Izquierda. Por Eneko en 20Minutos.es 20 Mayo 2014

La historia demuestra que los reduccionismos tienden a ser instrumentalizados: se los dota de un telos y se los lanza a la batalla. Por ejemplo, cuando se llama a la unión contra un contrincante en común. Apelar a la unidad no es un recurso nuevo; siempre reaparece cuando en política se torna al conflicto. Sin embargo, hay que manejarse con mesura al dotar dicho discurso de un sentido positivo. Si se abusa de él, se pueden exacerbar semejanzas y, a su vez, deformar en homogeneidad. Así, con vileza, se pueden atacar las diferencias que nos dotan de identidad.


Propongo acotar la discusión a la fragmentación histórica de la izquierda, que siempre ha estado dispersa y en tensión mutua. De ahí que no sea novedoso aprovecharse del uso discursivo de la unión desde este espacio; más bien, se torna obligado: siempre colándose entre palabras y arengas estridentes del orador para con la masa. No obstante, yo no estoy de acuerdo con el discurso de la unión en las circunstancias específicas de la izquierda a largo plazo. Esta acción discursiva parte de la presuposición de que el conflicto –parte endémica de la fragmentación– es un limitante para la unión y progreso. He ahí el reduccionismo, el cual me propongo explicar a continuación.


Antes que nada, considero, existe una divergencia conceptual de la palabra conflicto. Es recurrente la tendencia a otorgarle una connotación negativa. Pero ¿si no fuese así?, ¿si fuese, por el contrario, positivo? El concepto requiere, pues, un replanteamiento semántico. Primeramente, es requisito situarse en el terreno de las ideas y las opiniones. Posteriormente, habrá que partir del presupuesto de que la pluralidad, en cualquier circunstancia, es deseable. Resta definir al conflicto, de forma causal, preguntándose qué lo genera. La respuesta es sencilla: una discrepancia; y si existe, es básicamente porque en terreno de las ideas convergen una pluralidad de opiniones, no una opinión absoluta. Pese a la sencillez del argumento, no está de más recordarlo.


Sin embargo, si el concepto procede de una proposición deseable ¿a qué se debe que el tenga una connotación negativa? El argumento lo desarrolla Chantal Mouffe (2003) cuando reivindica el conflicto, indicando que no puede erradicarse y, por el contrario, es preciso exaltar la valoración de la diferencia. No obstante, la filósofa considera que dicha disparidad de pensamiento pone en entredicho el orden y estabilidad de un sistema. Yo agregaría, ¿con qué fin tendríamos que tomarle la palabra al discurso de la unión si lo deseable es la pluralidad que se desenvuelve en conflicto?


Detengámonos, brevemente, en otro concepto que aviva la pluralidad y, en consecuencia, incentiva el conflicto: la crítica, el motor primordial del pensamiento. Digo motor porque esta hace a la cualidad cambiante del mundo de las ideas; no estático, sino de continúa reconversión y reafirmación de sí mismo. Podría afirmar que el conflicto es tan solo un efecto de la acción crítica. Es decir, no hay una sola perspectiva de izquierda que se valga por sí misma sino que las múltiples perspectivas conviven, sufren reconversiones, se reafirman: son inestáticas.


Finalmente, el último elemento a tener en cuenta surge cuando se habla del discurso de la unidad y cohesión. Se parte de la premisa fundamental de tener un ideario en común, pero la pregunta obligada es ¿en función de qué debemos unirnos? Por un lado, si los objetivos son prescriptivos, es relativamente sencillo encontrar puntos de conciliación en los cuales pueden coincidir los fines: la izquierda se estaría uniendo en función de llevar a cabo sus grandes proyectos e idearios (una acción contemplativa). Por otro lado, si la unión está en función de objetivos empíricos, habremos de dar cuenta de los medios para realizar determinados fines (la praxis). Este es el principal obstáculo que merma toda intención de cohesión. Yo pregunto ¿acaso hay coincidencias en los medios para realizar dichos idearios? Más aún, ¿en función de qué se quiere conciliar a la izquierda en estos discursos de unión? ¿Para ganar elecciones?, ¿aniquilar un sistema político?, ¿darle continuidad a un sistema económico? Nótese la falta de claridad.


Es arduo el trabajo de la izquierda: debe aprender a hacer de la disidencia, la crítica constante, la pelea mutua y el conflicto su virtud más grande; no un óbice que merme el ánimo transformador. Debe aprender a catalizar la correlación de fuerzas que buscan romper el status quo. Para esto, se debe aprender a catalizar la correlación de fuerzas que buscan romper el statu quo, y, no reducir la amalgama de idearios a instrumentos como medios para consecución de determinados fines, sino, como ideales en sí mismos para encauzar la acción política. Habremos de aceptar nuestras diferencias a flor de piel.

[1] Estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Guanajuato; columnista y colaborador en Punto & Seguido; articulista en Política en Jaque Buenos Aires, Argentina.


Referencias:

Casanova, P. (1981). El Estado y los partidos políticos en México. Editorial Era, México. Pp. 22.

Mouffe, C. (2003). La paradoja democrática. Editorial Gedisa, España. Pp. 33-72.


Crédito: Derecha. Izquierda. Por Eneko en 20Minutos.es 20 Mayo 2014.


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