INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Yohi Solis

La violencia electoral no es ajena a la violencia de género

La violencia de género en la esfera privada se ha vuelto una constante en la realidad no sólo de Argentina sino también del mundo. Ahora bien, ¿por qué nos cuesta tanto identificar la violencia de género en la esfera pública? Desde el acceso a la carrera pública por los “suelos pegajosos” y “techos de cristal” hasta la violencia ejercida en las campañas electorales, podemos identificar características de violencia de género que no se circunscriben sólo a la esfera privada.

Por Yohana Solis

La violencia de género es aquella ejercida contra las mujeres, sean cis o trans. Debe entenderse por violencia contra la mujer cualquier acción o conducta basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado.


Tradicionalmente a nivel público, las mujeres fueron excluidas del poder, asignándoles un papel en lo privado, tanto de reproducción y cuidado, como de objeto sexual. En cambio, los varones se constituyeron como depositarios del conocimiento, el poder y de lo público. Se impuso una heteronorma con mandatos y pautas de conducta para cada grupo. Dicha norma aún se alimenta y reproduce a través de estereotipos, costumbres, normas, coerción estatal y social. La desigualdad supuestamente natural deviene de esta manera en desigualdad política.


Podemos decir entonces que la violencia política durante elecciones, o violencia electoral que Fischer define como “un acto para dañar física o psicológicamente a un actor político con el propósito de influir un proceso electoral” no es ajena a la violencia de género cuando el objeto de dicha violencia es una mujer como sujeta política. Voy a basarme en la perspectiva de DeKeseredy quien sostiene que la violencia es multidimensional, y como tal, debemos definirla en términos de un continuo de actos violentos.


En los procesos de construcción de liderazgo político en mujeres, podemos distinguir dos tipos de factores que constituyen limitaciones y dificultades: sustantivos y materiales. En cuanto a los primeros, responden a factores socioculturales - estereotipados sobre lo que es un líder y/o una lideresa. Lo cual responde a roles de género, una opinión o un prejuicio generalizado acerca de atributos o características que hombres y mujeres poseen o deberían poseer, o de las funciones sociales que ambos desempeñan o deberían desempeñar. Respecto a los segundos, corresponden a aquellas dificultades para acceder a recursos, por ejemplo, dificultades para financiar las campañas políticas, desigualdades en el acceso educativo y recursos para la carrera política, entre otros.


En el proceso de construcción de liderazgo, se justifican las campañas políticas bajo la descripción de Gerstlé. Estas campañas incluyen fases que, si bien no se acuerdan previamente, si hay patrones de uso. Estas campañas se originan en la presentación del/la candidata/a, para darse a conocer. Luego se presentan las propuestas generales acerca de las posturas de la elección. Estos temas pueden ser tratados de manera fáctica o emocional. Aquí surge una etapa a la que nos hemos referido previamente como violencia electoral, que es la campaña negativa, donde los/las candidatos/as recurren a descalificar al rival a través de alusiones, comparaciones o ataques frontales, lo que implica dar un giro más agresivo a la comunicación. Finalmente, las campañas llegan a su fin, hay una vuelta a la calma y un clima de confianza.

En este caso, decidí analizar los desafíos enfrentados en la campaña negativa de tres lideresas contemporáneas: Jacinda Kate Laurell Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda; Angela Merkel, canciller de Alemania y Michelle Bachelet, expresidenta de Chile. Para analizar los factores materiales deberíamos analizar sus recursos, y si seguimos a McCombs, no podemos reducirnos al financiamiento y las leyes que lo regulan, sino también la organización y el acceso a los medios de comunicación que son el foro en que se desarrolla la campaña. Esto nos llevaría a un análisis de política comparada que excede la incumbencia de esta nota. Es por esto que en estas páginas me centro en los límites y desafíos sustantivos, que es donde se basó la campaña negativa de la oposición en los tres casos seleccionados.


En el caso de Jacinda Kate Laurell Ardern, ella llega a la elección a los 37 años con un perfil “rockstar” similar al del primer ministro de Canadá Justin Trudeau. Hago hincapié en la similitud, porque fue foco de la violencia de los medios al cuestionar la capacidad y preparación de Arden por su perfil, cuando no fue este el caso de Trudeau. A su vez, tanto Ardern como su mayor opositora Nikki Kaye, fueron ampliamente criticadas por la opinión pública en lo que llamaron “Batalla de las bebés”. Finalmente, un factor clave fue su agenda, ya que al haber sido criada en una familia de religión mormona, planteó una serie de cuestiones sociales que fueron eje de las campañas negativas: la gratuidad de la universidad, la despenalización del aborto y la reducción de la pobreza infantil.


Angela Merkel entra en la arena política a un año de la reunificación alemana, donde la construcción del liderazgo femenino enfrenta mayores desafíos que en la actualidad, convirtiéndose en la primera mujer en liderar el partido. Su religión fue también objetivo de la campaña negativa, ya que como luterana se cuestionaba su capacidad de liderar el partido demócrata cristiano. Siendo la candidata más joven en la historia de su país llega a canciller a los 51 años. La campaña negativa en su contra se focalizó en su relación con su mentor Kohl, incluso la llamaron la “nena de Kohl”. Los ataques perduraron hasta que públicamente se separó de la imagen de Kohl, quien estaba implicado en un caso de fondos ilegales en su campaña.


Finalmente, el caso de Michelle Bachelet, enfrenta una campaña negativa al ser la primera mujer en llegar a la presidencia de Chile, con sólo 55 años. Su perfil de agnóstica, divorciada con hijos, fue centro de críticas de parte de la campaña de la oposición. Sin duda, el mayor desafío que Bachelet enfrentó al construir su liderazgo, fue hacerlo en el exilio ya que fue perseguida políticamente durante la dictadura de Pinochet. Basó su construcción política en una agenda que desafiaría a la clase conservadora de su país: impuestos a las corporaciones, derechos LGTIBQ+, legalización del aborto terapéutico y la reforma educativa.


La violencia política y electoral nos demuestra claros sesgos patriarcales. Segato nos sugiere que para romper con esas lógicas con las que crecimos en los procesos de socialización y para transformar una cultura patriarcal debemos empezar desde lo cotidiano. Los estudios feministas constituyen una herramienta de compresión crítica en el estudio de la construcción social del conocimiento que permite construir lideresas protagonistas de la transformación. El punto de partida tiene que ser el concepto de igualdad, el cual constituye el horizonte normativo y ético del feminismo.


Bibliografía

  • Beltrán, E y Maquieira, V (eds.), Álvarez, S y Sánchez, C, (2001) Feminismos. Debates teóricos contemporáneos. Madrid. Alianza editorial.

  • Gerstlé, J. (2005). La comunicación política. Santiago de Chile: LOM Ediciones.

  • McCombs, M. & Shaw, D. (1972). The agenda-setting function of mass media. The public opinion quarterly, 36(2), 176-187.

  • Segato, R. (2010). La Argamasa Jerárquica: Violencia moral, reproducción del mundo y la eficacia simbólica del Derecho en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos” (2da ed.). Buenos Aires: Prometeo.

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