INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

La "Noche de los Bastones Largos": matar las ideas a garrotazos

Hace poco más de 50 años, los inicios de la dictadura militar autoproclamada como "Revolución Argentina" trajeron consigo una ola de represiones y censuras. Dentro de estas persecusiones, uno de los actores sociales más afectados fueron las universidades, constituidas como espacios de discusión política y en pleno auge de producción libre de conocimiento. Un repaso por una de las noches más oscuras de nuestra historia contemporánea: cuando las ideas fueron atacadas —literalmente— a garrotazos.


Por David Bocero Ferreira

Plena Guerra Fría. En Latinoamérica, los militares se embarcan, con armas y fuerza bruta, en la quijotesca empresa de declararle la guerra a las ideas. Las corporizan en la tan temida “subversión”, a la que persiguen (aunque fueron sus propias acciones la que le dieron origen). En 1966, el gobierno de facto argentino da un paso más allá en su Iliada autoproclamada y ataca directamente a las casas de las ideas: las universidades. A base de golpes, consiguen su objetivo: nos dejan sin ideas ni pensadorxs. Sin embargo, sin dejar de mantener viva la memoria, hoy celebramos un año más la libertad de pensamiento.


La “Noche de los Bastones Largos” es uno de los episodios más representativos de la Guerra Fría en Argentina y del odio de los sectores más conservadores, canalizado a través de las Fuerzas Armadas, contra lxs estudiantes y docentes universitarixs, a quienes convirtieron en la imagen de la subversión. Pero, ¿qué tenían las universidades latinoamericanas, en general, y las argentinas, en particular, que a ojos de los militares eran “asilos de agitadores profesionales” (término acuñado por Lincoln Gordon, Subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos de Estados Unidos)?


La principal característica que compartían estas universidades era su autonomía respecto al Estado, pudiendo elegir de manera democrática sus autoridades y las cátedras encargadas de impartir los conocimientos. Por este motivo fueron intervenidas en un numerosas ocasiones por los militares, con el objetivo de controlarlas. En línea con esta autonomía, las facultades que integran la UBA firmaron en 1957 el Estatuto Universitario que daba comienzo al cogobierno, una forma de gobernabilidad universitaria basada en una representación igualitaria de los tres claustros (docentes, estudiantes y graduadxs) en las asambleas. Esto hizo realidad uno de los mayores miedos de los sectores conservadores: aumentó enormemente la representación estudiantil y, por ende, el rol de los movimientos estudiantiles (que, en su mayoría, se alinearon con ideas de izquierda o al entonces prospcripto peronismo. De esta manera, las facultades se habían convertido en centros de encuentro político, en medio de una época marcada por la opresión de las dictaduras y el extremismo ideológico. Esta politización universitaria alcanzó a todas las facultades, incluso a algunas que no se considerarían tan vinculadas a la discusión política (por ejemplo, las de Ciencias Exactas o Medicina).


Un mes antes de aquella trágica noche, el 28 de junio de 1966, un golpe de Estado, encabezado por el general Juan Carlos Onganía, había puesto fin al gobierno democrático del entonces presidente radical, Dr. Arturo Illia. ¿Las razones en las que se excusaron para llevar adelante este golpe? Seguridad nacional y lucha frente al avance del comunismo. Desde aquel día, la intervención universitaria parecía inminente.

La Universidad de Buenos Aires es una de las casas de estudio más importantes de Iberoamérica. Entre las décadas del 50’ y del 60’, se encontraba en un exponencial crecimiento académico y de infraestructura: producía numerosas investigaciones, recibía científicxs de reconocimiento internacional e invertía en la expansión de sus aulas y laboratorios. “Pero a pesar de todo, conseguimos seguir creciendo. Se armaron los grupos de investigación. Se consiguió el dinero para equipo. Se inauguró el primer edificio de la ciudad universitaria en Núñez, para matemáticas y física. Nuestro prestigio fue creciendo. Volver al país era una cuestión de honor. La producción científica aumenta. Aumenta casi demasiado. El clima comienza a ser de gran competencia” relata Rodolfo Busch, director del Departamento de Química Física, Inorgánica y Analítica de la Facultad de Ciencias durante ese período, recordando aquellos años[1].


El 29 de julio de 1966, al decretar el fin de la autonomía de las universidades y mandar a que los rectores ejercieran inmediatamente como interventores, el nuevo gobierno de facto dejó en claro en dónde creía que se hallaba el “enemigo”. “Por un momento, pienso en un accidente, pero en seguida se aclara que ha sido intervenida la Universidad. Nadie sabe bien qué ocurre. Parece que los interventores serán los propios Decanos. Esto resulta tan ridículo que la sola idea es rechazada”, cuenta Busch sobre el momento en el que recibió la noticia. Esa misma tarde, las autoridades de cinco de las ocho universidades nacionales existentes hasta ese momento decidieron inmediatamente emitir comunicados en los que renunciaban a este nuevo cargo. Por su parte, la UBA llamó a asambleas con representación de los claustros para adherir a la decisión de los decanos en señal de protesta. La reacción del gobierno no se hizo esperar. “Durante los últimos minutos de la sesión, entraron varias veces las secretarias para informar al Dr. Romero [Secretario de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEN) en aquel momento] de algo que lo inquietó, pero no se resolvió a interrumpir a García [Decano de la FCEN]. Llegó a poner una mano sobre su brazo, pero el Decano no reaccionó y Romero no llegó a decir nada. Probablemente fuera la noticia de que la Facultad estaba siendo rodeada por fuerzas de la policía.”


Las autoridades universitarias, imaginándose lo que estaba por suceder, invitaron a lxs alumnxs a que se retiraran del recinto. Sin embargo, muchxs de ellxs se quedaron junto a lxs docentes y graduados, y cerraron las puertas de las facultades. “Cinco carros de asalto, dos coches patrulleros, dos celulares y un carro del cuerpo de bomberos, con alrededor de un centenar de policías, rodearon poco después de las 23 la Facultad de Ciencias Exactas en Perú y Diagonal Sur. Las fuerzas policiales instaron a los estudiantes que se hallaban dentro de la Casa de Estudios a abandonarla. En cinco minutos cumplido el plazo, cargó una dotación del cuerpo de guardia de infantería contra el acceso ubicado en Perú 222 y tras vencer los obstáculos que cerraban las puertas de esa dirección, arrojaron bombas de gases lacrimógenos.” se podía leer en periódicos del día siguiente, según nos cuenta la investigación de Busch. Más allá de las barricadas en las puertas, no hubo ninguna otra forma de resistencia por parte de quienes se encontraban recluidos dentro de la universidad. Sin embargo, ello no detuvo a los policías para que decidieran sacar del establecimiento a todo el mundo a base de golpes e insultos.



La peor parte del escarmiento sucedió en los pasillos del edificio, donde una doble fila de policías, preparados con sus bastones y protegidos por efectivos armados, golpearon una por una a las personas que intentaban salir del recinto. “Hay una doble fila de policías con garrotes, con sus espaldas guardadas por otros armados de metralletas. No sé dónde andará García. Van sacando a la gente de la pared, de a cinco o seis. Parece que hay que pasar entre la doble fila de bestias con palos. Me toca a mí. Un empujón. Vos debés tener experiencias en esto. Una patada. ¿Se creerán que somos alumnos crónicos? Otra patada. Un garrotazo, esta vez por la espalda. Adelante. Otro garrotazo. Por ahora no lo siento. Cacheo. Buscan armas. No las hay. Tantean el encendedor. ¿Esto qué es? Epa. Me lo devuelven. Sigue el juego. Les gusta patear. Les gusta insultar. La cosa es no caerse. Pasamos por el aula magna. Siguen los golpes. Llego a la otra puerta. Sigue habiendo de estos hijos de puta en la Bedelía. Al pasillo de entrada. El último garrotazo. En la calle. Respiro. Policía de azul. Parece que aquí no pegan.” Luego, fueron subidxs a camiones y derivados a comisarías en las que fueron retenidxs, aunque no durante muchas horas. A fin de que no quedaran registros del amedrentamiento por parte de las fuerzas de seguridad, no se imputó a ninguna de las personas detenidas. “No se nos tomó declaración, no se nos procesó por nada, nunca estuvimos presos, nunca hemos sido apaleados. De acuerdo al comunicado del gobierno, solo se trató de ciertos alumnos, los activistas de siempre, que obligaron a la policía a intervenir.”


Desde entonces, se inauguró un largo periodo de la historia argentina marcado por la violencia y el extremismo, que derivaría años más tarde en el terrorismo de Estado. En su afán de intervenir las mentes de lxs estudiantes, el gobierno de facto consiguió que cientos de científicxs emigraran del país y otros tantos ni siquiera se plantearan la posibilidad de regresar. Todo el progreso científico y democrático de las universidades se esfumó en una sola noche, a causa de golpes y bastonazos.

Con el retorno de la democracia y el fin de la Guerra Fría, uno puede pensar que este tipo de persecuciones han desaparecido en la actualidad. Sin embargo, la autonomía de las universidades, su gratuidad y su sistema de cogobierno todavía siguen siendo objeto de miradas reaccionarias. Si bien son voces que actualmente tienen poca repercusión, nada nos dice que su alcance no pueda aumentar inesperadamente. Los cambios sociales son impredecibles, y dudo que las personas que estuvieron presentes aquella noche del 29 de julio hubieran sido capaces de imaginar el período que estaba por comenzar.


Por este motivo, mantener viva la memoria de la Noche de los Bastones Largos no solo es un modo de decirle “Nunca Más” a la violencia estatal y al autoritarismo, sino que también nos obliga a tener presente que los derechos que hoy damos por sentado pueden sernos arrebatados de un día para el otro. Las ideas se esparcen como la pólvora y logran crear llamas solamente en lugares donde ya hay cúmulos de pólvora preexistentes. Es por ello que debemos aferrarnos constantemente a nuestra voluntad de defender la democracia y a la libertad política que consagra nuestra Constitución.


La democracia ha de defenderse practicándola, con sus beneficios y con sus falencias. En este sentido, las universidades juegan un rol fundamental, ya que precisamente son casas de formación de cultura democrática, en las que sus estudiantes se preparan para llevar adelante sus disciplinas respetando el valor de las instituciones. Su autonomía las hace libres de los designios de los gobiernos de turno, su gratuidad las hace alcanzables para todxs por igual y su cogobierno busca el consenso entre todos los actores sociales que las componen.


Siempre he pensado que la universidad pública es un país aparte, extremadamente rico en recursos que están al alcance de todxs y en donde todxs podemos aportar nuestro conocimiento. En efecto, se trata de una versión miniatura (aunque no tan pequeña) de un modelo de país que, lejos de ser lo que ciertas personas buscan imponer, nos incluye a todxs con verdadera libertad. Es nuestro deber aprender de lo golpes que recibieron nuestrxs predecesorxs para defender empleando los medios de la democracia aquello que tanto nos ha costado conseguir.

Mafalda. Crédito: Quino

[1] Busch, R.; Ambrose, W.; Aloyz, R.; Fangman, A.; Gellon, G.; Kohen, D.; Liuboschit, P.(1986). La Noche de los Bastones Largos. Buenos Aires, Argentina: Secretaría de Cultura del Centro de Estudiantes, Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.


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