INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Lautaro Garcia Alonso

La huida hacia Boedo

¿Qué sucede cuando un reclamo popular es, a la vez, violatorio de derechos económicos, sociales y ambientales? Una de las noticias más difundidas de la semana pasada fue, sin dudas, la vuelta definitiva de San Lorenzo al barrio de Boedo, celebrada y alentada por dirigentes políticos, periodistas y personalidades públicas (debo pluralizar en masculino porque –sin ignorar casos como el de Macarena Sánchez– quienes ocupan todas las primeras planas de esta historia son varones).


Por Lautaro García Alonso

En particular, me llama la atención la postura del ciertos medios de prensa autopercibidos como progresistas, que parecieran olvidar que la venta del estadio en 1979, en plena dictadura militar, tuvo la complicidad de la entonces dirigencia del club; o que, desde hace más de 30 años, se ha instalado allí un comercio que cuenta con alrededor de 170 puestos de trabajo que hoy se están perdiendo a causa de la expropiación del terreno (en la versión políticamente correcta, “restitución histórica”).


En nombre del mito de “la vuelta a la Tierra Prometida” –casualidad o no, el éxodo del Ciclón lleva precisamente 40 años–, se han invisibilizado por completo los derechos de quienes habitan uno de los dos barrios que conforman la Comuna 5. No todos los vecinos del Viejo Gasómetro son socios refundadores; de hecho, muchos de ellos forman parte de una generación que creció cuando el estadio ya se había reubicado en Nueva Pompeya. Lo ocurrido la noche del 1ero fue solo una muestra de lo que viene: el sábado pasado fue la última noche de sueño tranquilo en uno de los barrios con mayor densidad poblacional de la Ciudad (que, lejos de ser residencial al estilo Barrio Norte, está integrado, en buena parte, por asalariados/as o comerciantes de clase trabajadora). Hago mención a la cuestión de la composición demográfica porque la vuelta a Boedo se ha instalado en el imaginario colectivo como un símbolo de la “lucha del pueblo”, y toda crítica dirigida a este acontecimiento seguramente será tildada de burguesa o antipopular. Ello se debe a que, de acuerdo a tal imaginario, esta hazaña ha sido el resultado de una masa multitudinaria de hinchas que se han organizado y se levantaron –en nombre de los intereses del pueblo– contra una corporación internacional que ha invadido injustamente sus tierras y que, al lograr expulsarla de allí, pusieron fin a décadas interminables de destierro.


En la épica azulgrana, la sede de Perito Moreno y Varela representa eso: el destierro, el ostracismo, la exclusión. Como sucede con todo mito, detrás de sus bambalinas se esconden motivaciones cuya revelación poco aportaría a la causa. El Nuevo Gasómetro está a metros del barrio 1-11-14, y al hincha porteño no le gusta cruzarse cada domingo con rostros que reflejan la pobreza estructural creciente en nuestro país, ni a las autoridades del club no poder organizar recitales o enfrentar dificultades en la concurrencia a los partidos nocturnos. La historia reciente del Bajo Flores da cuenta de un club que no ha dejado de sentirse ajeno desde su llegada al barrio. Este hecho contrasta con el recuerdo de haber sido un club fundado a comienzos del siglo pasado por un sacerdote salesiano cuya principal motivación era promover la inclusión social a través del deporte.


La contracara de celebrar la vuelta a Boedo es festejar la huida de la marginalidad. Los millones de dólares que serán invertidos en la “rezonificación” de lo que hoy todavía es el predio de un supermercado bien podrían haber sido destinados a contribuir a la urbanización de cientos de viviendas construidas de manera precaria, en las que hoy se aglutinan el hacinamiento, la falta de redes cloacales y, en estos últimos días, una penetrante ola de frío polar a la que no hay garrafa que se le pueda resistir.


Más allá de los negociados y los acuerdos millonarios que hoy se montan sobre la industria del fútbol, los clubes continúan siendo espacios de contención de niños, niñas y adolescentes a quienes el azar de la distribución de oportunidades les ha dado la espalda desde su nacimiento. Hay una vocación por el servicio y por la transformación social que es intrínseca a los clubes deportivos, y ello debiera ser lo que guiara las acciones de quienes dirigen estas entidades; lamentablemente, esta visión está cada vez más lejos de las mesas de toma de decisión.


El discurso profético de la vuelta a Boedo no interpela solamente a señores de más de 50 años que rememoran las tardes de domingo de su infancia, en las que iban al estadio acompañados de sus padres. Las lágrimas de emoción también fluyen entre millennials y centennials inundados de nostalgia por un pasado que no vivieron. Allí reside el poder del mito: es capaz de trascender generaciones a partir de una narrativa que ha sido sacralizada, y quien se atreva a cuestionarla, seguramente será repudiado por el conjunto del grupo[i]. Es cierto que el mito genera lazos profundos de comunidad; pero también condena, y anula toda posibilidad de pensamiento crítico. ¿Cuántos hinchas de San Lorenzo se oponen a la vuelta a Boedo? ¿Alguno de ellos se atrevería a manifestar su oposición públicamente? El fanatismo justamente se caracteriza por no entender de razones; por el contrario, reivindica la lógica del sentimiento. La discusión sobre si es conveniente o no ser fanático corresponde a un plano filosófico, y excede esta discusión[ii]. Sin embargo, un problema que sí es relevante aquí es aquel que surge cuando las decisiones políticas se toman influenciadas por sentimientos: no olvidemos que la Ley 4.384 de Restitución Histórica y su prórroga fueron aprobadas, en ambos casos, por unanimidad de los legisladores porteños presentes en el recinto (50 y 46 votos, respectivamente).


No hay dudas de que hechos como este son el resultado de movilizaciones masivas en pos de una causa (considerada justa por quienes la defienden, en su mayoría, de buena fe). De hecho, no hay que olvidar que miles de personas contribuyeron con aportes de sus bolsillos a que el sueño de la vuelta a Boedo fuera posible. Pero no se puede negar que, más allá de los fuegos artificiales y de los emotivos abrazos de decenas de dirigentes –varones– arriba del escenario montado en Avenida La Plata, se trata de una decisión política que traerá consecuencias negativas notables. Más allá de las oportunidades de retiro voluntario e indemnizaciones con “un plus adicional” que ofrece Carrefour a sus empleados, habrá cientos de trabajadores que, a partir de este mes, deberán salir a buscar otro empleo (en un contexto económico donde es vox populi que las empresas no dejan de intensificar los recortes de personal, y que están cada vez más reacias a la creación de nuevos puestos de trabajo no calificados).


Junto con ello, los precios de las propiedades que circundan al nuevo estadio –no solo lindantes, sino también a varias cuadras a la redonda– caerán significativamente. A ello se suma la aguda contaminación ambiental y sonora que implica la localización de un estadio en zonas con niveles tan altos de concentración poblacional (una problemática que ha motivado, a lo largo de los años, numerosas acciones de amparo y demandas judiciales). Y, el colmo de todo ello, la carga ideológica que subyace al regreso a la sede original, aquella sede de la que “nunca se deberían haber ido”: un club social dejando de lado todas sus aspiraciones benéficas fundacionales, y alimentando una narrativa vestida de popular que, sin desnudarla demasiado, deja entrever rasgos discriminatorios propios de una cultura que quedó estancada a medio camino de la justicia social.


Quedará para más adelante el análisis sobre los usos que se harán de esta gesta durante la campaña electoral.

[i] Sobre las funciones y efectos de los mitos en la construcción de la identidad cultural de la sociedad, véase Mito y realidad, de Mircea Eliade (2003, Barcelona, España: Editorial Kairós).

[ii] El antropólogo social Manuel Mandianes propone un interesante análisis acerca de los paralelismos entre religión y fútbol en el siglo XXI. Para profundizar sobre este tema, se puede consultar su libro El fútbol no es así (2015; La Coruña, España: Sotelo Ediciones).



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