INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

La corrupción que no duele

Podría afirmar, y sin miedo a equivocarme, que existe un acuerdo tácito en los ciudadanos argentinos en que la corrupción es una de las causas por las cuales el país nunca ha podido despegar hacia el desarrollo socio-económico y la estabilidad política. A pesar de ello, este pacto parece estar viciado por la lógica del “amigo-enemigo” ya que no se advierte la existencia de una definición que abarque a la totalidad de los casos: MI corrupción no es como TU corrupción.


Por Francisco Caporiccio



La corrupción es una problemática que ha convivido con los gobiernos en Argentina desde sus inicios. Ya desde los años revolucionarios, varios de los considerados próceres nacionales, se vieron obligados a abandonar el suelo al que le dedicaron años de lucha y/o se vieron condenados a morir en el olvido de sus contemporáneos como consecuencia de los arreglos de aquellos políticos -que llevaban las riendas del naciente futuro país- con potencias extranjeras o con sectores de la élite criolla. 200 años después, esta realidad se ha profundizado como consecuencia de ciertas variables que entraron al juego: los avances tecnológicos, los medios de comunicación, la grieta y las dudas en el accionar de la justicia.


Tecnología y corrupción

La inestabilidad política en Argentina durante los últimos 50 años no se debe a una única causa. Pero realizando un rápido análisis comparativo entre cada uno de los gobiernos de este período, el concepto de corrupción se encuentra presente en todos ellos. A pesar de que la historia del país y esta problemática tienen muchos capítulos en común, en los años comprendidos entre el 2003 y la actualidad parece estar llegándose a un punto sin precedentes de hechos de corrupción comprobados. Esto se debe, en gran parte, a la implementación de nuevas tecnologías en las investigaciones.


¿En qué influirá la tecnología en los hallazgos de casos de corrupción?, se preguntarán. Bueno, el caso de los famosos “Bolsos de López” salió a la luz como consecuencia de la presencia de cámaras de seguridad en la vía pública; los famosos WikiLeaks y los Panamá Papers generaron gran revuelo internacional; la utilización en procesos judiciales de escuchas telefónicas, aplicaciones como Whatsapp y redes sociales también son una herramienta clásica en estos tiempos. Todos ellos son claros ejemplos de cómo el desarrollo del área ha revelado ciertos datos que, previos a su uso no hubiesen salido a la luz.


Los avances tecnológicos son una pieza fundamental para la lucha contra la corrupción pero, por otro lado, también lo son para la creación de fake news (noticias falsas). Esto lleva a la divulgación de información que, sin ser chequeada o investigada previamente, brinda un sinfín de historias que se encuentran vacías de contenido comprobable y que son compradas por una vasta porción de la sociedad. Esto parece no importarle a los consumidores que las utilizan con el fin de darle fundamento a sus pensamientos.


Los medios y la información seleccionada


Los responsables de este proceso son los medios de comunicación. Los ciudadanos seleccionan la información que desean consumir -y de donde lo desean- como cuando se selecciona un caramelo de una bolsa. De esta manera poseen la información que cada uno de los medios que seleccionaron les proporciona.


En estos últimos años en la Argentina se ha profundizado la división ideológica de los medios de comunicación que, junto a la ya existente en la sociedad, desarrolló un nuevo tipo de diferenciación: a pesar de la gran oferta existente, los individuos reciben información parcial. Es decir, mientras que el medio “A” te muestra las denuncias y hechos de corrupción del gobierno, el medio “B” te muestra -únicamente- los hechos o denuncias de corrupción de la oposición. ¿Qué efecto genera? En una futura discusión entre un consumidor del medio “A” y otro del medio “B”, ambas partes se sentirán con todas las herramientas y fundamentos para defender su postura y como la corrupción es -por un acuerdo tácito- un mal para la sociedad, al enfrentarse con un contrincante que no ve algo “tan claro” para ellos mismos, se incrementa el rechazo a la otra parte y se la tilda de ignorante o ciega -en el mejor de los casos-.


La grieta


Como consecuencia de esta selección de información, se profundiza la fractura ideológica existente en la sociedad, imposibilitando el encuentro de ideas. Los medios de comunicación nombraron a esta profundización, la grieta. El ADN argentino nos lleva a la confrontación constante, a no dar el brazo a torcer y esto no es ajeno a la discusión política. Para gran parte del país, la defensa de una postura puede llevar a justificar todas las acciones de los referentes y representantes de una fuerza política -por más ilegales que sean- y, a la vez, criticar constantemente las del contrincante o enemigo.


El doctor en Ciencia Política Anibal Perez Liñan, en su exposición de cierre de jornada del 9no Congreso Latinoamericano de Ciencia Política realizado en Montevideo, Uruguay, explicó de forma magistral esta realidad. Nos encontramos inmersos en una lógica de justificar y/o minimizar errores propios y, al mismo tiempo, agrandar y/o remarcar los ajenos. La cuestión de los cuadernos K sirve como ejemplo.


No es algo descabellado que ante una pregunta acerca de casos de corrupción dentro de un partido, los militantes o votantes de esta fuerza política, posean alguna respuesta parecida a: afanaron, pero al menos dejaron algo o roban, pero los de antes eran peores y que, paralelamente, ante la misma consulta pero referida a su fuerza opositora la respuesta sea: cárcel a los corruptos. Es clara la justificación del crimen propio y el realce del crimen o error ajeno.


Justicia: ¿Coraje o síndrome del “todos están comprados”?


Esta situación no es solo una forma de enfrentarse al otro que representa lo contrario a una forma de concebir la política. La justificación del crimen propio y el realce del crimen ajeno se encuentra totalmente internalizada en cada individuo ya que no solo exterioriza estas ideas, sino que lo hace convencido de que su postura es la absoluta verdad y la posible existencia de una prueba que la contradiga es totalmente negada sin siquiera dudarlo.


Cuando se empieza a hablar de la participación de la justicia, esta diferenciación que realiza un individuo sobre una acción se vuelve a observar. En caso de que se esté enjuiciando a un dirigente propio, se cree -automáticamente- que el juez está comprado por la fuerza contraria y que la justicia no existe. Pero al mismo tiempo, si el resultado del juicio es favorable al líder político, sus seguidores creerán -con total seguridad- que ese mismo juez es independiente y posee muchísimo coraje.


¿Qué cambió? El resultado, no los hechos. Las pruebas pueden estar a la vista, el debido proceso pudo haber sido respetado, pero nada de eso importa a fin de cuentas, ya que como sociedad medimos con diferente vara las acciones de los propios y los ajenos.


Los políticos explotan esto en cada una de sus apariciones públicas. Ante la pregunta sobre un posible caso de corrupción que tiene como protagonista a un funcionario de su partido, suelen contestar con fuertes acusaciones a los dirigentes de fuerzas opositoras o aseguran que existe una persecución política sobre ellos. De esta manera se sigue desviando a la sociedad civil de la verdadera cuestión importante: ¿Qué pasó realmente?


Al llevarse estas acusaciones de corrupción hacia el plano de la confrontación política, se incrementa la división social existente ya que cuando se advierte que un individuo justifica un hecho de corrupción, se genera un rechazo inmediato a su forma de pensar porque, como se afirmó anteriormente, todos sabemos que la corrupción es un mal que hay que eliminar. Pero al encontrarse en un ambiente -como el actual- que genera una fuerza centrífuga que lleva a posicionarse en un lado o en el otro del espectro político, se termina defendiendo -irremediablemente- los actos de los propios, aumentando de esta manera, la ruptura o diferenciación social.


¿Cómo lo solucionamos?


Modificar esta tendencia a justificar la corrupción de los propios y realzar la de los ajenos no será tarea fácil. Las fuerzas políticas la vienen profundizando desde hace tiempo y los resultados se pueden ver a simple vista: se eliminó, casi por completo, la posibilidad de una alternativa política que sea distinta a las dos ya existentes.


¿Seguiremos siendo cómplices de modelos divisorios y generadores de polos opuestos que no permiten el consenso ciudadano? ¿Continuaremos con la tendencia a justificar lo injustificable? La motivación al diálogo, al debate y al intercambio de ideas es ser rebelde en la actualidad. Generar puntos de encuentro en los que la sociedad civil pueda hacerse escuchar -en un ambiente respetuoso- rompe esta lógica de “amigo-enemigo” para crear puntos de encuentro y consenso. Desarrollarlos es la responsabilidad de todos los que queremos un futuro mejor, con una sociedad más activa y compuesta por ciudadanos con mayor capacidad crítica.


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