INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

La cornisa de la OMS, ¿es nuestra cornisa?

Es tiempo de pensar más allá del método con el que protegemos a la población del COVID-19. Es tiempo de reflexionar sobre los intereses que influyen las decisiones de la Organización Mundial de la Salud. Debemos utilizar este nuevo foco para repensar la forma en la cual gestionamos la pandemia, en Argentina y en el mundo.


Por Marco Gammaro


La 73a Asamblea Mundial de la Salud tuvo lugar en Mayo 2020 de forma virtual, debido a la pandemia de COVID-19. Fuente: OMS

¿Quién gestiona la pandemia? ¿Quién establece cómo debemos llevarla adelante? Antes de este escenario quizá no nos hubiésemos fijado, pero por estos días es uno de los principales focos de atención. Cuando pensamos en la Organización Mundial de la Salud (OMS) nos imaginamos un organismo técnico, especializado y objetivo, abocado a la salud pública a nivel global. Es uno de los organismos que cumple con los principales requisitos para ser parte del sueño de todo liberal que ve en la organización global de los asuntos públicos un buen aspecto de la modernidad. Hoy, esto no solo se debe defender sino que debe ser potenciado. Ahora, si queremos cuidar a la OMS, mejor atender a lo que sucede en ella.


La pandemia del COVID-19 ha arrojado a los estados hacia una fuerte dependencia de la OMS. Por esto, debemos preguntarnos quién o quiénes son los que toman las decisiones en ese organismo y a qué presiones se ve expuesta. Estas cuestiones revisten especial importancia dado que es aquí donde se concentra, en primer lugar, la autoridad para declarar una pandemia; luego para recetar, recomendar e identificar las “buenas prácticas” y, por último, la capacidad de coordinar los actores y recursos para dar con una solución. Develar estos interrogantes requiere revisar un poco el historial reciente de la OMS.


El 11 de junio de 2009, con poco menos de 500 infectados por gripe porcina, la OMS elevó la alerta pandémica a nivel 6: “pandemia en curso”. Para ese momento se pronosticaba que, al cabo de unos meses, el 50% de la población mundial sería alcanzada por el virus y habría cientos de miles de muertos. La situación fue muy diferente de lo que se anunció: hubo aproximadamente 200.000 víctimas en todo el mundo por gripe porcina, la mitad de las que causa año a año la gripe estacional. Sin embargo, el costo económico y político ya había sido asumido.


Descartado el peligro, comenzaron las investigaciones sobre las actuaciones de la OMS y los laboratorios. El informe del Comité de Salud Social y Asuntos de Familia de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa afirmaba por ese entonces que “la forma en que se ha manejado la pandemia de gripe H1N1 (…) provoca alarma”. El informe criticó fuertemente las decisiones y recomendaciones proporcionadas por la OMS por ser problemáticas para las prioridades de los sistemas de salud de Europa, lo que dilapidó grandes sumas de fondos públicos y provocó temores injustificados sobre los riesgos para la salud. Se apuntaba principalmente a las graves fallas con relación a la transparencia de los procesos de toma de decisiones, con sospechas explícitas de la posible influencia de la industria farmacéutica.


El caso más significativo del escándalo que resultó de aquella experiencia fue la compra masiva de vacunas por parte del gobierno francés. Este adquirió 94 millones de dosis para atender a una población de 63 millones de habitantes, de los cuales solo cinco millones fueron vacunados. Se generaron fuertes sospechas en todo el arco político francés que advertían la existencia de vínculos entre el gobierno, la OMS y los laboratorios.


Esta experiencia retrata una parte de la delicada situación política que atraviesa la OMS hoy en día, ya que debe procurar una gestión que no reavive sospechas que pongan en juego su credibilidad. Por el momento, nos encontramos con un viraje en cuanto a los laboratorios sobre los que se apoya el organismo. Se dejó fuera de la carrera por el desarrollo de tratamientos para paliar el COVID-19 a laboratorios como Baxter y Novartis, entre otros involucrados en la pandemia del 2009. Estos proponen la hidroxicloroquina, droga que al comienzo de la pandemia se descartó por no mostrar resultados positivos, aunque por estos días quienes concluyeron en ese sentido debieron retractarse.


Algunos celebran como una buena señal de cambio que estos laboratorios fueran excluidos del apoyo financiero de la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI, por sus siglas en inglés), el Foro Económico Mundial y la OMS propiamente. Sin embargo, si indagamos un poco en la financiación del organismo, podemos volver a preocuparnos. Según las últimas cifras publicadas por la OMS referidas al financiamiento del período 2018-2019, Estados Unidos es el principal aportante con una suma aproximada de 960 millones de dólares (la rendición de cuentas no establece importes exactos). Le siguen muy de cerca la Fundación Bill y Melinda Gates, con 600 millones de dólares, el Reino Unido y la Alianza Gavi para las Vacunas, con 350 y 210 millones de dólares respectivamente. Estos aportantes alcanzan poco menos de la mitad de los fondos disponibles totales del organismo. De allí en más, el resto de contribuciones se ven distribuidas no equitativamente entre los restantes 194 Estados Miembro, otras fundaciones filantrópicas y alianzas, organizaciones no gubernamentales, las Naciones Unidas, otras organizaciones intergubernamentales y bancos de desarrollo.


Es explícita la extrema concentración del origen de los fondos de la OMS. A esto se suma la acelerada disminución, a lo largo de los últimos 15 años, de las contribuciones de los Estados Miembro respecto del total de aportes, llegando a representar solo un 28% de los fondos disponibles totales. Se genera así una compleja situación de dependencia del organismo a los intereses particulares de los donantes, lo cual es incluso denunciado constantemente por el propio directorio en sus informes anuales. Esto reviste especial importancia al recordar la misión de la OMS: responder favorablemente a las prioridades y los objetivos acordados por los Estados Miembro.


Reflejo de estos conflictos es la postura adoptada por Estados Unidos en estas últimas semanas, que tomó la decisión de poner fin a la relación de con la OMS. Quizá sea un capítulo más de las tensiones entre este y China. Por su parte, es de destacar la influencia política que mantiene China sobre la OMS a pesar de no ser voluminosas las contribuciones que efectúa al organismo. Vale aclarar que fue su voto el que destrabó las discusiones en torno al nombramiento de Tedros Adhanom Ghebreyesus como Director General de la institución.


Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS. Fuente: Fabrice Coffrini/AFP

La crisis que atraviesa el mundo ha configurado un escenario de suma gravedad para cada uno de los elementos sobre los que hemos basado nuestra vida en comunidad. Se han puesto en jaque nuestras costumbres más triviales, así como el funcionamiento de las instituciones que dan vida al régimen en el que acordamos vivir. Es por esto que debemos contemplar los asuntos aquí esbozados para garantizar una buena gestión integral de la pandemia. Los líderes mundiales deben decidir en consecuencia si deben o no quedar al margen de las tensiones que hoy se concentran en la órbita de la OMS y que impactan directamente en la realidad del mundo todo.


La política debe prestar atención al rol de los laboratorios, actores que protagonizan esta crisis sanitaria, si bien no desde la arena pública (aunque allí también tienen sus representantes). Debemos asumir una postura crítica que contemple y, llegado el caso, exponga con fines preventivos la influencia de esta industria que no siempre funcionó bajo la tenue luz de lo legal o incluso de lo éticamente aceptable. Poner la lupa en estos es una responsabilidad asumida por nuestros representantes y parte del debido ejercicio de la representación. Proteger la salud de la ciudadanía debe implicar protegernos de quienes dicen hacerlo.


Por otro lado, también debemos contribuir a potenciar y proteger a la OMS, un organismo cuya existencia es deseable. Para esto debemos formular propuestas que tiendan a su democratización y a la consolidación de mecanismos efectivos de control sobre las decisiones que se toman en su órbita.


Salirse de lo estrictamente propio de la cuestión sanitaria para pensar en otras aristas puede resultar difícil e incluso incómodo. Pero es necesario asumir el riesgo de pensar más allá del método con el que protegemos a la población del COVID-19 para poner atención en la fuerza de determinados intereses en la arena internacional. Esta cuestión no entró en cuarentena y sigue vigente con especial relevancia. Todavía estamos a tiempo.


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