INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

La consagración del flan

Reflexiones sobre el discurso del presidente. La mala comunicación que agravó los problemas del gobierno. Cambiemos y la crisis política. Otra forma del gabinete, los mismos nombres. El comienzo de la campaña y los desafíos para el 2019.

Por Robertino Sánchez Flecha

Tras la última corrida cambiaria y devaluación del jueves pasado, Mauricio Macri dio ayer el discurso más importante desde que es presidente de la Nación. Macri habló más de 25 minutos siguiendo un guion que buscó corregir los errores de anteriores discursos, sobre todo el del miércoles 29 de agosto. El presidente explicó la situación económica, a la que calificó de “emergencia”, anunció cambios en el gabinete y medidas para contener la crisis de la economía.

El discurso estaba anunciado para las 8:30 h. Finalmente comenzó a hablar a las 9:45 h. Macri no reconoció errores, trató de victimizarse y se mostró afligido: “Los últimos cinco meses fueron los peores de mi vida, después de mi secuestro”, lanzó el presidente.

A diferencia de la semana pasada, el presidente cambió de interlocutor: pasó de hablarle a los mercados a dirigirse a “los argentinos”. No fue un discurso extraordinario, pero sí marcó el comienzo de una nueva etapa en el gobierno. Apelando a las emociones positivas, Macri buscó empatizar con el público y pidió “alegría, convicción y esperanza” para “sacar esto adelante”.

El hilo conductor del discurso fue el equilibrio fiscal. Párrafo de por medio el presidente insistía con que “gastamos más de lo que generamos” y que ese “es un problema de hace 70 años”. Iba preparando el terreno discursivo para anunciar con eufemismos la profundización del ajuste y el nuevo esquema impositivo para el campo: “Vamos a pedir a quienes tienen más capacidad de contribuir”, dijo el presidente en relación a las retenciones al sector agroexportador.

Otro tema importante del discurso fue la corrupción. Macri puso énfasis en “terminar con la corrupción” y lanzó: “Los argentinos queremos que nuestro país sea más que una colección de cuadernos escandalosa”, en relación a los “cuadernos de las coimas”. La semana pasada, el mandatario habló un minuto y medio en una locución grabada en Olivos, poco clara, en donde sólo se dirigió a los mercados para anunciarles el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Al día siguiente, la “mano invisible del mercado” hizo que la cotización del dólar trepara a los $40, generando un desconcierto en el gobierno. El paroxismo de la crisis económica golpeaba duro al presidente.

Hay algo que está claro y es que Macri es un pésimo orador y tiene profundas dificultades para comunicar: Solo habla con frases cortas, no sabe expresarse con subordinadas ni hilvanar grandes ideas o comparar datos estadísticos. Ayer se vio otro Macri. Parecía más un discurso de inicio de sesiones legislativas que uno para comunicar medidas económicas. Se notó que el presidente estaba muy coucheado, al punto tal de que utilizó muchos silencios inusuales en su oratoria, algunos hasta de siete segundos. Con mal acting, se animó a largar un suspiro (nada espontáneo) que acompañó una frase al final del discurso. Pese al esfuerzo por reconocer la situación y admitir que “la devaluación va a generar más pobreza”, aunque pida “confianza” y “esperanza”, todo indica que la “tormenta” no es pasajera.

LA TORMENTA, LA PRIMAVERA Y EL FLAN

El solo de fagot en la apertura es sublime. De a poco se incorporan sonidos nuevos que nacen desde el viento madera. No hay repeticiones, no hay fugas ni variaciones. Nada del romanticismo, ni vestigios de la 9na o Tocata y fuga. Parece algo indescifrable, distinto, pero suena bien. De pronto, ‘todo lo suave se desvanece en el aire’. Las cuerdas irrumpen con una violencia inusitada, ásperas, casi como instrumentos de percusión. Los oídos se inundan de acordes disonantes, con una armonía que acaricia la atonalidad. Despunta la aurora del siglo XX y Stravinsky rompe los moldes para darle al mundo La consagración de la primavera.

¡Sí, se puede! ¡Sí, se puede! Tal vez fue ese comienzo alegre, con globos que caían desde el balcón de la Casa Rosada, o quizás por Macri y Michetti cantando Gilda o por Vidal, la mujer que le ganó la provincia de Buenos Aires a Aníbal y los barones del Conurbano. Cuesta encontrar la razón, es que posiblemente no la haya, pero hay algo en Cambiemos que permite recordar a La consagración de la primavera del compositor ruso Ígor Stravinsy. Claramente, esa reminiscencia no tiene que ver con la genialidad, virtud que desborda en Stravinsky y está ausente en Macri. Lo similar es ese comienzo innovador, con el solo de fagot en el ballet y con la “revolución de la alegría” en Cambiemos. Es que era atípico escuchar algo así en 1913, tan disruptivo y transgresor, como fue tan atípica la llegada de un grupo de CEOS renuentes a la política a gobernar la Argentina. El compositor ruso empieza su ballet con suavidad, Macri arranca su gobierno con alegría, prometiendo guiar al país por la “senda del crecimiento” para llegar a la “pobreza cero”. De pronto, en la composición hay sonidos estrepitosos que llenan de violencia el ambiente. En la Argentina de Macri, la revolución de la alegría amainó con la corrida cambiara de abril y se pialó en seco con la de agosto.

Fue Alfredo Casero quien instaló la idea del “flan” para criticar al kirchnerismo, en una entrevista con Alejandro Fantino. Después las personas que marcharon al Congreso a pedir el desafuero de la expresidenta Cristina Kirchner empezaron a gritar “queremos flan”. Si el choripán es un símbolo del folklore peronista, el flan parece ser el de Cambiemos. (Una cuestión de paladar)

Las similitudes, si se quiere, son algo forzadas. Lo que está más claro son las diferencias. El compositor ruso sabía dirigir la batuta, Macri no. Stravisnky es La consagración de la primavera, una obra de arte innovadora y revolucionaria para la música. Macri es La consagración del flan, un gobierno color amarillo que promete “pobreza cero” pero apenas sí podrá lograr el “déficit cero” para cumplir con el FMI.

GOBERNAR ES COMUNICAR BIEN

El viernes 31 de agosto el economista, político y académico chileno Ricardo Solari dio una charla sobre comunicación política en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Solari contó sus experiencias durante la famosa campaña por el No, en el plebiscito que terminó con la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. Luego habló de su etapa de consultor y asesor en la primera campaña electoral de Michel Bachelet. Como síntesis de su ponencia, el académico chileno dejó una frase que podría serle útil al presidente Macri en este momento: “Gobernar es comunicar bien”.

La comunicación política es un arte que funciona como una herramienta clave en la gestión de un gobierno. Siempre el discurso fue algo que interesó a la política. Ya en la Grecia antigua, los sofistas cobraban para entrenar en la oratoria a aquellos que querían ser protagonistas en el ágora.

La comunicación gubernamental es fundamental para generar seguridad en la ciudadanía, mantener la legitimidad del gobierno, desarrollar una cultura política, buscar consensos y conformidad, así también como lograr el sostenimiento de las ideas de un proyecto político. En Cambiemos esto lo saben perfecto, pero lo disimulan muy bien.

Así como en La consagración de la primavera, la comunicación política del gobierno nacional tiene acordes disonantes que denotan desorden e imprevisión. Por momentos, el presidente dice A, pero al rato un ministro dice B y al día siguiente, por ejemplo, sale Lilita Carrió a decir que no, que en realidad es C. Un caso increíble de mala comunicación fue el Ara San Juan. Con la desaparición del submarino, el gobierno transmitió sensación de incertidumbre y se generaron incoherencias entre lo que decía el presidente, el ministro de Defensa, Oscar Aguad, y el jefe de la Armada, Marcelo Srur.

En los cinco meses que van desde la primera corrida cambiaria en abril, el gobierno no pudo explicar claramente qué sucedió hasta ayer con el discurso de Macri, que fue un intento por esclarecer la situación. Desde el Banco Central, fuentes cercanas a Sturzenegger decían una cosa, mientras que el presidente decía otra, en el Ministerio de Hacienda manifestaban algo distinto. Las rispideces en el gobierno y la falta de coherencia oscurecían más la crisis económica. Algo importante de la buena comunicación política es el establecer procedimientos para situaciones de crisis que permitan coordinar un mensaje con coherencia y consistencia, así como también para identificar a los públicos a los que se les quiere hablar. El discurso que dio Macri el miércoles pasado, de un minuto y medio, fue confuso y se dirigió a los mercados, excluyendo a “la gente” y a la ciudadanía en general. La respuesta a ese mensaje inconsistente fue el sacudón cambiario del jueves, que llevó el dólar a $ 40.

Para lograr esos “tres consensos básicos” a los que apeló ayer en su nuevo discurso, deberá intensificar su coucheo o, tal vez, mejorarlo. El duránbarbismo se ha mostrado eficiente para ganar elecciones. De hecho, Cambiemos está invicto electoralmente. El problema es que en esa lógica de la campaña permanente el gobierno comunica todo con un tono electoral que a veces se disocia de los hechos concretos del día a día. De esta forma, no se enfoca en comunicar de forma simple a las personas más golpeadas por la crisis económica y por las medidas de ajuste que se piensan realizar. Parece que el equipo de asesores de Macri ya ha tomado nota sobre esto, porque en el discurso de ayer el presidente habló todo el tiempo en un nosotros inclusivo que aludía siempre a “los argentinos”.

LA ROSCA POLÍTICA EN CAMBIEMOS

Dentro de los anuncios que hizo Macri en su discurso, uno muy esperado fue el que confirmó la reducción de la estructura ministerial. A partir de esto, durante el fin de semana hubo rumores de todo tipo sobre posibles nombres para sumar al nuevo gabinete.

Los medios nacionales publicaron que Alfonso Prat Gay sería designado Canciller, en lugar de Jorge Faurie. A su vez, volvió a sonar el nombre de Ernesto Sanz para varios ministerios: Defensa, Educación y también Interior, de hecho, Rogelio Frigerio dijo que estaba dispuesto a dar “un paso al costado” para dar paso al radical. Otra versión era la que postulaba al líder de ECO, Martín Lousteau, como flamante ministro de Educación, por Alejandro Finocchiaro.

Fieles a la época de las fake news, ninguno de los rumores fue verdad. Ayer se confirmó la modificación en la estructura del gabinete de Macri, pero los nombres son los mismos. Esto permite sostener que el presidente decidió otra vez no incorporar al radicalismo en la “mesa chica”, cerrando el círculo de asesores con cuadros más técnicos que políticos. Salvo Oscar Aguad, Patricia Bullrich y quizás Frigerio y Marcos Peña, que son dirigentes que tienen años en la rosca o, como en el caso de Frigerio y Peña, tienen un rol más político que técnico.

Marcos Peña, el hombre de más confianza de Macri, parece intocable. Al jefe de Gabinete lo critican por izquierda y por derecha, propios y ajenos. El miércoles por la mañana Peña había dicho en el Council of the Americas que “no” había un “fracaso económico”. Mientras decía eso, el dólar pasó de $35 a $40. Por esas declaraciones, sumado a considerarlo responsable del mal momento del gobierno, la opinión pública fustigó a Peña, pidiendo su renuncia. Sin embargo, el presidente le dijo a una periodista que “no hay chances” de sacar a Peña del gabinete.

Quienes sí dejaron sus puestos son Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. Al tanto de la salida de los ex vicejefes de Gabinete, el fin de semana Carrió tiró leña al fuego por Twitter: “Los mejores funcionarios son Quintana y Lopetegui. Yo los apoyo”. Antes, la líder de la Coalición Cívica ya se había anticipado al anuncio sobre los impuestos a la soja: “No se toca el programa del campo de disminución de retenciones”, lanzó desde la red del pajarito. Fuentes cercanas a la presidencia contaron que a Macri no le gustaron las chicanas de Carrió. Para calmar las rispideces en Cambiemos y apoyar el crítico momento del gobierno, ayer Carrió estuvo en CAME y se defendió de los “golpistas”, a quienes les dijo que “Si quieren hacer el golpe, me van a tener que sacar muerta de Casa Rosada, porque viva no salgo y Macri tampoco”.

Aunque se habla de que habrá 10 ministerios, aún no se dio la confirmación oficial. Antes de mencionar el futuro esquema ministerial, es necesario hacer un breve repaso histórico desde el comienzo de los ministerios hasta la actualidad. Con la sanción de la primera Constitución del estado argentino, en 1853, se estableció que el país tendría cinco ministerios secretarias. Después de la reforma constitucional de 1989, Argentina tuvo históricamente ocho ministerios. Tras la última modificación de la Carta Magna en 1994, se introdujo el artículo 100, que agregó la figura de Jefe de Gabinete y además permitió variar la cantidad de ministerios. Desde entonces, durante la presidencia de Fernando De La Rúa hubo nueve ministerios, Eduardo Duhalde llegó a 10, en tanto que Cristina Fernández de Kirchner elevó esa cantidad a quince. Con la asunción de Mauricio Macri en 2015 la argentina alcanzó el record de 19 ministerios más el Jefe de Gabinete y sus dos vicejefes de gabinete.

Ahora, con las últimas modificaciones que decidió Macri la Nación tendrá 10 ministerios, más similar a la estructura originaria del Estado argentino, al menos en cantidad (sin contar las secretarias). Con la intención de reducir la cantidad de ministerios, Macri sostuvo que busca “compactar el equipo, para sí poder dar una respuesta más focalizada en la agenda que se viene”. Así, pasará de 20 ministros a dejar la jefatura de Gabinete y 10 ministerios.

Con rango ministerial quedarán Economía, Interior y Obras Públicas, Relaciones Exteriores y Culto, Defensa, Seguridad, Justicia, Transporte, Desarrollo Social, Educación y Producción. Luego habrá siete secretarías: Energía, Salud, Ciencia y Tecnología, Cultura, Trabajo y Agroindustria. Las tareas de Andrés Ibarra seguirán en el interior de la jefatura de Gabinete, ya que el exministro de Modernización pasará a ser segundo de Marcos Peña. Ibarra también tendrá bajo su ala a Medioambiente y Medios. La Secretaría de Energía estará bajo la órbita de Economía, la de Salud será parte de Desarrollo Social; mientras que Ciencia, Tecnología y Cultura pertenecerán al Ministerio de Educación, Producción incorporará las Secretarías de Trabajo y de Agroindustria.

CUANDO PASE EL TEMBLOR

En marzo de este año, cuando abrió el año legislativo el presidente dijo que “lo peor ya pasó”. Tal vez se equivocó y quiso decir: “Lo peor está por pasar”. Ayer admitió que el país está en situación de emergencia y sentenció: “Esta crisis tiene que ser la última”.

El discurso de ayer del presidente abre dos cosas: una nueva etapa de su gobierno, reencaminada a lograr el “déficit cero” en las cuentas públicas, reducir la inflación y retomar a crecer, como ocurrió en los primeros siete meses de la presidencia de Macri. La segunda es que marca el comienzo de la campaña electoral. La situación económica y los cambios en el gabinete (aunque sigan los mismos nombres) dan cuenta de que el gobierno busca reestablecer la confianza y fortalecer la legitimidad que creyó tener luego del triunfo en las legislativas del 2017. La oposición sabe esto y también entiende que si no arriban a un acuerdo para generar una candidatura potable, las chances de llegar al gobierno serán pocas. La economía argentina no es un potro fácil de domar. Se vienen tiempos difíciles y, como dijo ayer Carrió, no será momento de “tibios”. Para paliar la situación económica, aprobar un presupuesto prudente para el 2019 y sostener la gobernabilidad, Macri deberá pensar en afinar la comunicación política. El presidente necesita arribar a consensos políticos. De lo contrario, será muy difícil navegar el barco en medio de la tempestad hasta La consagración del flan.


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