INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

La bandera que me duele en el cuerpo... y en el alma

El 14 de junio de 2018 mi corazón se detuvo en el tiempo por unos segundos. Una marea verde contuvo la respiración y se unió en un grito de gozo cuando la HCDN otorgaba media sanción al proyecto de Ley de Interrupción voluntaria del embarazo, después de meses de debate público tuve que escuchar que se dijeran cosas tan aberrantes de todas, tan aberrantes de mí. ¿Por qué? Por esperar que un gobierno democrático legisle en favor de aquellas que hemos sido olvidadas, de aquellas a las que se nos culpa por decisiones que no siempre estuvieron en nuestro poder. El 8 de agosto, con toda la fe en la democracia, mi país volvió a dolerme en el cuerpo. El senado rechazaba el proyecto y habría que esperar un nuevo año para su presentación. Hoy 28 de mayo de 2019, conservo la fe en la democracia, conservo la fe en mi país y espero que esta vez no me duelan. Te preguntarás por qué digo que me duelen en el cuerpo, pues simplemente porque eso sentimos todas aquellas que realmente sabemos de lo que se habla.


¿Qué significa la Ley de IVE?


21 años tenía, hacía poco que vivía en la gran ciudad, trabajaba 12 horas, ganaba escasamente para mantenerme, tenía la ilusión de seguir estudiando, y me enamoré de un “chico” 10 años mayor que yo. Podría victimizarme y decir que haber “atraído” a los hombres mayores desde los 8 años de edad era el motivo para mis elecciones de vida, o que la primera vez que tuve relaciones lo hice con un cuchillo en la garganta porque el chico que besé a los 15 años en un boliche estaba drogado, pero no, no es mi intención victimizarme. Esta vez salía con un “chico” que me quería, pero que en la crisis del 2001 se había quedado sin trabajo y vivía con sus padres.


Yo tomaba pastillas anticonceptivas, de esas con el 99% de efectividad, y aún así, ese maldito 1% me tocó a mí. Yo, niña de clase media, trabajadora y estudiante universitaria. Ansiedad, angustia, miedo, pánico, no se me ocurren más palabras para expresar lo que sentí en ese momento. Alguien que conocía me dio una alternativa “usá estas pastillas, a mí me fue bien con eso, pero asegurarte de después que pase, ir al médico con una buena excusa” No sabía que esa era la frase de graduación como mentirosa oficial.


Aún recuerdo la bañera ensangrentada, el dolor, los desmayos… el miedo… más miedo… Los detalles no los necesitan para saber que son imágenes que, como les decía, duelen en el cuerpo. Pero lo más trágico no fue el dolor físico, o las secuelas emocionales, fue el miedo al llegar a la clínica, al borde de desangrarme, con mi excusa planeada. ¿Sólo yo pienso que a los 21 años no estás capacitada para mentir a este nivel? Ahí llegué a la guardia, sola, con una hemorragia que no me permitía esperar de pie. Me revisaron, me sacaron sangre y me dieron la noticia: “Querida, estabas embarazada, pero lo perdiste. Lo siento mucho.” Yo no sabía si celebrar que mi excusa no había sido descubierta o pensar en cómo justificar la inasistencia al trabajo, porque claro no me daban una epicrisis de una cirugía.

Todo esto, junto con otras tantas experiencias oscuras de mi vida, habían quedado olvidadas en un lugar de la memoria, si es que tal cosa como el olvido existe. Y aquella madrugada fría de agosto, volvieron a doler. Pero igual lo sentí como un triunfo, un triunfo de ver a millones de mujeres en las calles con su pañuelo verde, muchas que les dolía en el cuerpo como a mí y muchas otras, como mi amiga que me abrazaba y caminaba a mi lado por Callao, en silencio, con su pañuelo verde. Para mi la marea verde no es una causa feminista más, y no quiero con esto decir que hay causas más o menos importantes, pero para mí es la bandera que me duele en el cuerpo … y en el alma.


Llevo varios párrafos y aún no expliqué qué es la Ley de IVE, o qué significa para mí. Para un intento de análisis científico-legal de la ley existente, les invito a leer la nota publicada hoy en la sección de Investigación de esta hermosa página, Política en Jaque, que me da la libertad de contarles esta versión un poco más personal. Para saber qué significa para mí que hoy se presente nuevamente el proyecto de ley, lo que tienen que hacer es cerrar los ojos… -no, ahora no, esperen a terminar de leerme, porque las notas no tienen voz en off- e imaginar el miedo más grande que han sentido en sus vidas. Súmenle a eso el juicio de valor de hombres y mujeres de la sociedad que no van a saber nunca lo que es que les duela en el cuerpo. En este tiempo, no he conocido una sola mujer en mi situación que estuviera en contra de la ley, entonces los que opinan en contra, como mínimo no saben. O lo que es peor, saben y aún así no les importa que cada año 49.000 personas gestantes ponen en riesgo su vida en la clandestinidad. Que palabra horrible para la historia argentina: clandestinidad. Pero es eso, porque los abortos no dejan de pasar porque no se legalicen, sólo mueren más mujeres porque se hacen en condiciones infrahumanas.


Les quiero decir, en primera persona, que no soy mejor o peor persona que muchxs de ustedes que me están leyendo y que no quiero que la sociedad me victimice. Sólo quiero que me permitan decidir sobre mi cuerpo, porque yo no decido sobre el cuerpo de lxs otrxs. Agradezco que a mí me pasó a los 21 y pude decidir yo, porque dentro de todo, pude llegar a una clínica y armar mi coartada. Pero desde los 8 años tuve muchas oportunidades de que esto me pasara en otras condiciones, y de ser así, no estaría contándolo.


Si aún después de leer mi historia, sentís que tenés que opinar sin saber lo que esas miles de niñas, mujeres o personas gestantes sienten en el momento de decidir, tratá de hacerlo desde el amor y no desde el odio, pensá que tus palabras nos duelen en el cuerpo y en el alma. Si mis palabras te llegaron de algún modo, hoy vestite de verde, atate un pañuelo o una cinta, porque cada persona que hoy vea de verde, voy a sentirla como un abrazo. Porque mientras más argentinxs seamos vistiendo las calles de verde, más posibilidades hay que nuestrxs representantes nos escuchen y finalmente lograr #QUESEALEY.


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