INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Jaque doble: coronavirus y subdesarrollo

La plataforma Estado-nación ha sido la forma de responder a la pandemia. Estas entidades suelen desentenderse unas de otras y cuidar a los “suyos” con sus propios recursos. Así, el mundo revela su naturaleza egoísta. Mientras en algunos países desarrollados la pandemia agoniza y se encuentran salidas, en los países subdesarrollados el virus avanza y se beneficia de deficiencias estructurales. Es hora de pensar en respuestas colectivas.


Por Salvador Colubriale


Comercios cerrados en la Ciudad de México. Fuente: Milenio / Jesús Quintar

El presidente argentino Alberto Fernández —en modo docente— comparó el modelo sueco y noruego para justificar la continuación de la cuarentena como una respuesta efectiva a la pandemia. En palabras del presidente: “El modelo de Suecia, que es una sociedad que admiro mucho, eligió una cuarentena más liberal. En el caso de Noruega fueron muy estrictos. En un caso hubo muchos muertos y en el otro muchos menos. El que menos muertos tiene es el que fue más duro con la cuarentena. Ahora, cuando miramos la economía, a los dos les fue igual”. Los medios no tardaron en detallar cada uno de estos modelos. Sin embargo, ¿nadie se percató que el subdesarrollo nos impide compararnos con estos países?


Suecia eligió un “confinamiento inteligente” y decidió apostar a la responsabilidad social. La cuarentena fue muy flexible y se basó en meras recomendaciones. Las muertes suecas alcanzan el número de 5.000 y los contagios superan ya los 60.000 (datos de JHU). Este modelo tiene fundamento en que la destrucción de la economía traerá muchos más muertos que el COVID-19, pero no de manera tan evidente como sucedería con la pandemia. Noruega, por su lado, con una cuarentena más estricta, no tiene más de 250 fallecidos ni supera los 10.000 casos (datos de JHU). Ellos ya comenzaron un largo camino para salir progresiva y ordenadamente de la cuarentena en tres fases hasta julio.


Por ahora, según datos de la Unión Europea, las diferencias económicas entre estos modelos no son sustanciales. A simple vista, pareciera que Alberto tenía razón: la dicotomía entre quienes quieren una economía abierta y los que no sería falsa. Después de todo, parece que quienes tienen menos propensión a cuidar la vida tampoco tienen buenos resultados económicos. Esto demuestra la debilidad de las estructuras económicas para responder a la crisis por sí solas.


Estocolmo, Suecia, el 26 de marzo de 2020. Fuente: EPA-EFE / Janerik Henriksson.

Sin embargo, nos estamos saltando demasiados datos. En primera instancia, Suecia evidencia un PBI per cápita de 54.608 dólares, mientras que el de Noruega es de 81.697 dólares. Argentina tan solo tiene obtiene 11.683 dólares por habitante, ocupando el sexto puesto en latinoamérica por detrás de Uruguay y Chile, entre otros (datos del Banco Mundial). Por otro lado, podemos usar el Coeficiente de Gini para medir la distribución del ingreso, donde 0 es la perfecta igualdad y 1 representa la completa desigualdad. Argentina muestra un 0,439, Noruega un 0,270 y Suecia un 0,276. Esto nos indica que Argentina es casi el doble de desigual que los nórdicos con quienes nos comparamos.


Podríamos continuar analizando el presupuesto destinado a salud y, por qué no, el índice de desarrollo humano. Los resultados son los mismos. En ambos casos, Argentina se aleja de la eficiencia y el bienestar para sus habitantes, mientras que Suecia y Noruega son ejemplos a nivel mundial. Frenemos la comparación de números, un poco vacíos. La realidad es que estamos lejos de los modelos nórdicos y el subdesarrollo condiciona a nuestro país. Mejor observemos nuestra región, donde quizás encontremos un mejor espejo donde mirarnos.


El subdesarrollo latinoamericano parece ser el nuevo terreno de disputa de la pandemia. Aquí, la improvisación parece ser la marca distintiva. Esta falta de planificación y de respuesta pueden condenar al continente a una catástrofe social y económica. Chile, por ejemplo, amagó con salir de la cuarentena a principios de mayo. Sin embargo, actualmente los medios comenzaron a evidenciar un preocupante ascenso de muertes y casos que obligó a Piñera a volver atrás y someter algunas zonas del país a una estricta cuarentena. Por otro lado, Brasil supera el millón de casos por coronavirus y la cuarentena no parece ser una opción para Bolsonaro. Este país, incluso, ha tenido que cambiar dos veces de Ministro de Salud en menos de un mes. Perú tiene la alarmante estadística de más de un médico fallecido por día, con más de 200.000 contagios y 8.200 muertos.


Argentina, entre todo esto, no encuentra una forma planificada para salir de la cuarentena. El virus ya ha alcanzado las zonas más carenciadas del país y los contagios se disparan preocupantemente. El gobierno nacional les ha permitido a todas las provincias, menos al Área Metropolitana de Buenos Aires, definir protocolos para salir del aislamiento. Por su parte, los habitantes de la provincia y ciudad de Buenos Aires deben conformarse con salidas recreativas, que generaron bastante polémica. Sin embargo, la economía presiona y obliga a muchos a salir para conseguir alimentar a sus familias diariamente.


El continente se encuentra, sin dudas, en un momento muy delicado frente a la pandemia pero las preocupaciones no se detienen aquí. El factor esencial de esta situación es que, sumado a las catástrofes sanitarias, existe un deterioro de la economía que podría ser aún más preocupante. Debemos tomar en consideración una caída de los precios de las materias primas y un desplome de los precios del petróleo, además de la obvia caída del turismo internacional. Esto se transforma en menos ingresos para las familias y menos recursos fiscales para los gobiernos, que ven acotada su capacidad de acción.


El subdesarrollo parece ser un terreno prolífico para un virus que ya venció a sistemas sanitarios bien articulados en Europa y los Estados Unidos. Las condiciones de hacinamiento son determinantes en el aumento rápido de los contagios, poniendo en riesgo a toda la población. Es necesario mencionar que si bien la tasa de mortalidad del COVID-19 ha sido relativamente baja, en los países en vías de desarrollo esto parece ponerse en duda porque su reacción es tardía e ineficiente.


Los residentes de la favela de Santa Marta en Río de Janeiro, Brasil, trabajan en la limpieza de las áreas de la comunidad por su cuenta. Fuente: NurPhoto / PA Images / Fabio Teixeira.

Podemos destacar la rapidez para implementar las cuarentenas en América Latina, pero estas no pueden durar para siempre sin que la pobreza aumente y las economías se desplomen. La peligrosa combinación de coronavirus y subdesarrollo puede volverse en contra de quienes piensan tener controlada la situación. Por lo tanto, se necesitan respuestas multinivel que establezcan planes eficientes para salir de los confinamientos sin poner en peligro a los ciudadanos. El desafío también se encuentra en sostener la confianza de los gobernados hacia los gobernantes; una vez fragmentada la gobernabilidad, el caos será inevitable. Entonces, ¿cómo podemos lograrlo?


La cooperación debe ser una regla para que todos podamos salir de la cuarentena. La pandemia ha develado un egoísmo ilustrado, donde los Estados-nación se desentienden unos de otros y cuidan a los “suyos”. El sistema internacional develó sus falencias cooperativas y, frente a una pandemia mundial, solo tenemos respuestas nacionales. Quienes más recursos y capacidad de respuesta tienen —como Suecia o Noruega— son ejemplos inalcanzables pero que a diario se muestran en los medios de comunicación. Los flujos de ayuda internacional son vitales para que los países subdesarrollados puedan afrontar la crisis sanitaria y económica.


Más allá de la necesaria cooperación internacional, también debemos llamar la atención a que las prioridades de los países deben verse trastocadas totalmente de ahora en más. Los fondos anticíclicos, los gastos eficientes en salud, ciencia y educación deben comenzar a ser una realidad y no solo una promesa de campaña. Finalmente, vemos que el individualismo ha calado no solo en sistema internacional sino también en las poblaciones. El mandato es cuidarme a mí mismo y no atender al otro. Difícilmente la solución se encuentre pronto por este camino.


En definitiva, el coronavirus y el subdesarrollo se imbrican de una forma preocupante en nuestra región. Los modelos nórdicos y europeos poco pueden servir para países en vías de desarrollo que conviven con la marginalidad y la informalidad en cada rincón. Utilizar sus ejemplos puede ser muy útil discursivamente, pero los mandatarios latinoamericanos deben comenzar a encontrar respuestas adecuadas a sus propias realidades.


Las alertas están encendidas y no es momento de miedo o parálisis: la pandemia no puede resolverse exclusivamente desde una mirada sanitaria, se necesita también de medidas económicas que atiendan a quienes se quedan sin recursos o ya carecen de ellos de antemano. La política debe llegar efectivamente a las zonas más carenciadas. Para esto, los países necesitan de la cooperación internacional, del trabajo mancomunado de sus fuerzas políticas y de una ciudadanía que no se deje llevar por el “sálvese quien pueda”, sino que piense en el otro y lo asista. La salida individual es momentánea; lo colectivo debe tomar preponderancia en todo sentido.


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