INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Gobiernos en pandemia: el monopolio del uso de los datos

Estamos en una paradoja de nuestra época contemporánea: tenemos un amplio acceso a la información, que incluye informes y modelos casi en tiempo real, sobre una realidad que ni siquiera se acabó de entender. Lxs hacedorxs de política tienen un rol esencial en la gestión de la información. "El conocimiento es poder", así como también la habilidad de saber qué información brindar, cuál no y cómo compartirla. Decir que hay manejo de la información es decir que los Estados tienen la capacidad para decidir qué información comunicar, cuándo y cómo hacerlo. El buen manejo de una crisis (y en este contexto, un número de infectados bajo se vuelve un indicador fundamental), representa una ganancia en la reputación nacional e internacional, algo que ningún gobierno está dispuesto a perder. Por ello, el manejo de los datos se vuelve tan importante.


Por Candelaria López


Cómo decía Juan Belikow (Doctor en Ciencia Política, especialista en Seguridad y Defensa y consultor de la ONU) en una reciente charla, los órganos internacionales actuaron con tardanza frente a la crisis porque los países reportaron sus primeros casos con demora. La realidad nos ofrece varios casos que demuestran estos manejos de la información. China, por ejemplo, ocultó durante al menos un mes la aparición de los casos de COVID-19 que se presentaron en noviembre, y no solo a los órganos internacionales sino que también presionaron a sus medios de comunicación locales para que esto no saliera a la luz. Este mismo país silenció a un médico en Wuhan que intentó advertir sobre el brote de coronavirus a sus colegas los primeros días de diciembre de 2019; días más tarde, moriría al contagiarse del virus. Los países de Occidente tenemos una ventaja en este sentido: la existencia de prensa independiente al gobierno y el amarillismo, cuyo accionar muchas veces criticamos, impediría ocultar este tipo de información. Pero, aún así, los Estados, en tanto monopolios del ejercicio de la fuerza física legítima, tienen varias herramientas bajo la manga para constituirse también como monopolios de la información.


El problema de la manipulación de datos es una realidad tanto en las ciencias como en las acciones de los gobiernos. La verdad, o las verdades, están puestas en jaque todo el tiempo, y cambian de una semana a la otra. El ejemplo de la Organización Mundial de la Salud, que afirmó el 19 de marzo que toda la población debería usar barbijo y, luego, el 1 de abril desestimó su consejo al recomendar que las personas sanas no usen tapabocas (dado que estos deberían ser reservados para los trabajadores de la salud), representa tal realidad. Pero la razón de posiciones tan antagónicas por parte de la OMS en un lapso de dos semanas es simple: ante la falta de mascarillas se comunicó que no es necesario su uso. En este punto, la información se ata a la realidad: recursos limitados y demandas infinitas. De esta dependencia a los recursos tampoco escapa la política pública, que también se encuentra sujeta a conseguir un objetivo. En efecto, las medidas de distanciamiento social del mundo no escapan a esta misma lógica. Frente a esta doble presión, los gobiernos no tienen otra salida que manipular los datos para justificar las medidas que conllevan el asentamiento de legitimidad por parte de una ciudadanía que día a día pasa a un rol cada vez más pasivo.

Con respecto a las medidas tomadas por varios gobiernos del mundo, aun con pequeñas diferencias en la aplicación, poco tenemos para cuestionar con respecto a la efectividad del distanciamiento social. Las investigaciones llevadas a cabo por Nussbaumer, B., Mayr, V. et al. (2020), que son el resultado del trabajo conjunto de varias universidades de renombre de Austria y de los Estados Unidos, confirmaron la eficacia de este tipo de medidas. Como bien quedó claro tanto con los casos de los países como en la conferencia de prensa que brindó el presidente Alberto Fernández el viernes 10 de abril, la cuarentena sirve. Incluso están de acuerdo con ello quienes, a su vez, se oponen a continuar extendiéndola, en base a justificaciones económicas fundamentadas en la profunda recesión que traerá el contexto dado por el coronavirus. La respuesta frente a esta eficacia es matemática y casi tan sencilla como decir que dos más dos es cuatro: menos gente circulando equivale a menos contagios.


Si hay algo que destacar del gobierno de Alberto Fernández es el éxito comunicacional. Con un mensaje claro, una posición firme y determinación política, el gobierno de Alberto Fernández supo dirigirse a sus ciudadanxs para no solo brindarles un mensaje tranquilizador sino también para hacerlxs responsables frente a la crisis. Bajo la consigna "nos salvamos entre todxs", instauró un colectivo social moral de solidaridad que nadie está dispuesto a cuestionar, ni siquiera las derechas más obstinadas.

Pero durante la conferencia en la que el presidente anunció la extensión de la cuarentena abundó la retórica de por qué la cuarentena sirvió y por qué frente a esto seguirá al menos dos semanas más. Quienes permanecimos atentxs seguimos en cada diapositiva la comparación de Argentina frente a otros países que cuentan con un mayor número de infectados. El gobierno argentino a tenido éxito en su habilidad para saber qué información compartir y de qué manera. Pero al hablar de éxito y habilidad en la comunicación no siempre es en un sentido positivo. En este caso, nos referimos a una manipulación de la información a partir de datos que son mostrados a medias: las varias diapositivas que mostró el presidente se focalizaron en mostrar la cantidad de casos, sin mencionar cuál era la base de testeos totales sobre la que se contabilizaron.

Retomando el estudio de Nussbaumer, B., Mayr, V. et al. (2020), encontramos datos que arrojan información importante sobre el manejo del COVID-19: los testeos masivos son fundamentales para la efectividad del aislamiento y del distanciamiento social. Por lo que la información que no se brindó es tan o más importante que la que sí se decidió brindar. El gobierno argentino omitió deliberadamente hacer mención de la cantidad de testeos totales; es más, frente al interrogante de una periodista con respecto a los testeos, el presidente supo cómo concentrarse en la segunda parte de la pregunta para omitir brindar esa información. Rápidamente el gobierno de Chile salió a responder que la comparación no era justa ya que el número de testeos por millón de personas del país vecino supera al de Argentina.

Entonces, ¿cómo podemos confiar en la veracidad de los datos si al día de la fecha solo se testeó un aproximado de 0,0008% de la población argentina[1]? Desde la práctica entendemos que los recursos son limitados, pero también creemos que los datos deben mostrar la foto precisa, o lo más fiel posible a la realidad. La omisión de la cantidad de testeos no es inocente. Y, pese a que Argentina se encuentra dentro de los países con menos cantidad de casos positivos[2], nuestro país también se encuentra entre los veinte con menos testeos realizados por millón de habitantes[3] (incluso por debajo de Chile y Brasil, países con los que Alberto Fernández comparó en los gráficos).


Dirán que la información está disponible, que el gobierno no mintió dado que en los reportes diarios se puede ver el total de pruebas que se tomaron hasta la fecha (34.568 testeos), pero elegir poner el foco en el total de los casos positivos sin sobreponerlo al total de muestras es mostrar parcialmente una foto de la realidad y, por lo tanto, un modo de manipular la información con fines políticos.


La sobreinformación, que muchas veces dificulta encontrar cuáles son los datos relevantes, hoy en día juega a favor de los gobiernos. Aquello que antes era un problema hoy es una ventaja, ya que se sabe todo y nada a la vez. En este contexto, el gobierno tiene una carta magistral: los datos oficiales se convierten en certidumbre en un océano de incertidumbre. Hoy más que nunca necesitamos creer en las autoridades, sin dudar de que están haciendo las cosas bien (pese a que la incertidumbre es tan o más conflictiva para ellas). Como ciudadanxs, ingenuamente necesitamos saber que venimos bien en los números porque en el inconsciente viene la idea de que así esto terminará pronto. Sin embargo, no por eso debemos dejar de conflictuar el hecho de que la información se ajuste poco a la realidad.


Lejos estamos del fin de esta crisis, con o sin cuarentena. La solución definitiva se podría esperar recién dentro de uno y dos años (ya sea por el hallazgo de una vacuna o por haber alcanzado el umbral de inmunidad colectiva). Aún estamos muy lejos de poder evaluar si las decisiones políticas frente al manejo del COVID-19 han sido buenas o malas. No obstante, es fundamental que cada persona no pierda su responsabilidad ciudadana. Es indispensable que sigamos desarrollando la capacidad de cuestionar las decisiones de gobierno, observando más allá de la coyuntura, recurriendo a los datos y no a sus interpretaciones. De este modo, podremos llevar adelante el ejercicio pleno de la ciudadanía fundamental, que se vuelve indispensable en este escenario excepcional. No perder el ejercicio de la ciudadanía será clave para que en el mundo que se viene no haya violaciones de derechos humanos ni de libertades individuales, debidos a los resabios autoritarios que pueden ocurrir por las acciones de gobierno en tiempos de crisis (vigilancia de la población, cibercontrol, entre otros). Acciones en pandemia que tienen que quedar como la excepción y no la regla.

[1] Datos desarrollados a partir del resultado total de tests tomados en Argentina sobre la población total: 34.568 / 44.490.000 = 0,00077698. Información obtenida de los informes diarios elaborados por el Ministerio de Salud (actualizado al 20 de abril de 2020). [2] Información obtenida a partir de los datos oficiales publicados por la Organización Mundial de la Salud (actualizado al 20 de abril de 2020). [3] Ibid.


Referencias:

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