INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Ante la crisis de representatividad, Gobierno Abierto

Extremando el diagnóstico del actual status quo en Argentina, ligado a la deslegitimación de los partidos políticos, nos remite a pensar la teoría de la representación como base-fundamento en estado crítico. Entendido este principio como la delegación de autoridad en manos de unos pocos, siendo estos facultados para protagonizar los actos jurídicos, decisiones e ideales provenientes de las voces del pueblo, no obstante así se incurre en el error mejor definido como concentración del poder. Si desde épocas primitivas es que acarreamos esta idea del absolutismo en el Estado, como con el famoso monstruo del Leviatán gracias a Hobbes, podría asimilárselo a la actividad de un círculo vicioso: oligarcas de nominación, enriquecimiento de las clases con poderío, corrupción, incumplimiento de promesas electorales, excesivo internismo partidario; lo que desemboca en una baja calidad democrática, desencantamiento, pérdida de fe y apuesta por parte de los gobernados. No es en vano la alusión a la metáfora, pues esta encrucijada que pareciera ser una especie de callejón sin salida, requiere de un cambio para que los agentes involucrados allí dejen la pasividad de lado y rompan por fin con la repetición de la misma historia.


Por Pilar Ripoll García

Solemos atribuir la “libertad” como la mejor capacidad que pueden haber alcanzado las sociedades contemporáneas, pero observamos cómo eso no basta: la distancia entre la intención del individuo y la realidad se ve extenuada gracias a su presentimiento de ser incapaz de generar cambios. Permitiéndome hacer mención del gran sociólogo Bauman, creía fervientemente que la mayor preocupación de nuestras vidas radica en la manera de prevenir que las cosas queden fijas, de raigambre tan sólida al punto de no experimentar mutación alguna en un futuro. ¿Cómo iniciar entonces la revolución? La modernidad se ha hecho líquida. Somos sujetos en constante cambio y de allí nuestro temor a fijar nada para siempre. De este modo, es que se propone como leitmotiv un desapego de las antiguas estructuras y aquello ya consolidado para dar apertura a nuevos rumbos cuando sea requerido.


El problema aquí reside en la falta absoluta de agentes o instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente, liderazgos demasiado arrogantes restringidos a apertura externa alguna, populismos antidemocráticos, fallas en la comunicación cuando los medios deberían ser un buen aporte, resistencia o falta de voluntad a la transformación. Frente a tal secretismo, que si bien ya no se compara con el de siglos XV, cabe aludir al surgimiento de la doctrina política del Open Government, ligada a la innovación de los servicios traducidos en mejoras de los resultados.


El primer eje de gestión sobre el que se fundamenta dicho concepto es el de la transparencia, efectuada a partir del monitoreo de las políticas públicas y la exhibición objetiva de los datos. En segundo lugar, refiere a la co-creación o colaboración de ONGs, compañías y las autoridades públicas con la finalidad de organizar las sociedades; y por último, la preponderancia de un gobierno participativo que estimule el diseño de políticas mediante un feedback de conocimientos y experiencias de gobernantes a ciudadanos y viceversa.


La idea de un gobierno abierto consiste en hacer uso de las nuevas herramientas de administración tecnológicas como lo son las redes sociales, siempre y cuando no se descuiden la práctica de la escucha activa, demandas de la ciudadanía y entonces la capacidad de acordar conjuntamente. Gracias a este mecanismo de apertura de la información y el acceso de los ciudadanos a ella, se obtiene claridad en los procesos de decisión, prevalecen los derechos tanto de las instituciones sociales como de los civiles, proliferan los indicios de confianza en el gobierno y consiguientemente, se observa más legitimación en la acción de los gestantes.


Son vastas las salidas y respuestas constructivas frente al problema del poder político, en tanto no cabe la posibilidad de permanecer en lo tradicional, pues conduciría a la ignorancia de la existencia misma de gobernantes. La representación en democracia implica un ejercicio permanente e inconcluso, en donde la actividad de los partidos políticos consiste en la regeneración constante de su oferta teniendo en cuenta las necesidades requeridas por la sociedad del momento. Para ello, es menester la búsqueda de la medianía entre los excesos de dominación, autoridades valientes pero con sesgos de humildad y guiados por una brújula de la moral, la apuesta por una comunicación más eficiente a través del aporte de los medios, la profesionalización en la práctica misma como candidatos así como el involucrar agentes externos. Parecería utópico pensar en un presidencialismo exento de interés personal alguno atendiendo al principio legítimo de representatividad democrática para lo que fueron elegidos. Con el objetivo de acabar con este círculo, es necesario apostar por el coraje de comprometerse firmemente tanto con la propia felicidad como con la lucha por los deseos del corazón de terceros apostando por nuevas acciones.


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