INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Escuela media: entre la inclusión y la desigualdad, ¿hay salida?

La historia del nivel secundario ha tenido lógicas meritocráticas, selectivas y excluyentes. Tres valores que se deben poner en discusión a la hora de democratizar y universalizar el acceso en el marco que otorga la Ley de Obligatoriedad de la Escuela Secundaria sancionada en 2006. El mérito, la selección y la exclusión deben ser repensados en los formatos y dispositivos de esta institución.


Por Lucas Ochoa


Créditos: Mendoza Post

¿Es realmente la obligatoriedad la condición que garantiza la inclusión? ¿Cómo incluir garantizando el derecho a la educación, con lógicas y currículos que operan en sentido contrario dándole valor al mérito y seleccionando a los “virtuosos”? Hay que tener en cuenta que todo esto sucede en un contexto en el que los cambios económicos y sociales globales provocan procesos en los cuales el orden escolar desiguala al imponer reglas comunes que no son propicias para todos.


La autora Nora Gluz señala en este sentido que la inclusión debe ir más allá de la concurrencia a la escuela u obtener un título. Ella sostiene que hay una desigualdad educativa que cada día padece una mayor profundización a través de las reformas neoliberales: “La preocupación por la calidad vinculada a la competitividad ocupó el centro de la escena y las mediciones estandarizadas redujeron el problema a los logros de aprendizaje” (Gluz, 27:2016). Es decir, no se trata sólo de un problema de incorporación de conocimientos y saberes, sino de generar un conjunto de pautas y contextos tanto socioeconómicos como culturales que provean soluciones a este problema.


Desde sus inicios, a finales del siglo XIX, el sistema educativo ha cumplido una función cultural homogeneizadora que hoy se encuentra en crisis y debe ser replanteada. La educación media –denominada así sólo por lo que no es: ni inicial ni superior- provee el discurso de la igualdad de oportunidades, pero opera bajo las modalidades de perpetuación de las diferencias sociales: premiar en términos de sus talentos a estudiantes con tan distintos bagajes previos refleja la ventaja asociada a la posición social. No es lo mismo la oportunidad de acceso que “igualar”, por lo que se debe poner en discusión la capacidad inclusiva de las políticas en curso.


Gluz afirma que no se debe denominar “inclusión” y concebir como “democratización” el mero acceso a la escuela, ya que existen formas de exclusión “de” y “en” la escuela en un contexto en el cual hay dinámicas propiamente escolares que fomentan la desigualdad: “La experiencia educativa se diferencia, desde jóvenes que se forman para insertarse en el mercado mundial (…) hasta otros que transitan por escuelas donde lo más relevante es (…) configurar un ámbito para contener a estudiantes que viven en condiciones de precariedad” (Gluz, 44:2016). Es decir, si la escuela secundaria se prepara para recibir a distintos jóvenes, con distintas trayectorias previas, desiguales, y sólo los agrupa para incluirlos para que logren “terminar el secundario”, sólo lograrán una mayor segregación y potenciarán esas desigualdades.


Para describir esto, la autora introduce el término de “exclusión incluyente”, que es cuando la inclusión o inserción institucional resulta insuficiente o inocua para revertir los procesos de aislamiento: “Sufrir la exclusión es tener vedado el derecho a la educación que supone igualdad”. De este modo, proveer una educación diferencial para las víctimas del orden económico mundial puede provocar que esta desigualdad social se perpetúe bajo la modalidad de desigualdad escolar: “Son distintos públicos escolares asistiendo a escuelas similares, son distintos públicos escolares asistiendo a escuelas con cada vez más diferencias” (Gluz, 45:2016).


En este sentido, se debe tomar de manera positiva la obligatoriedad de la escuela secundaria, la garantía del derecho a la educación, la inclusión, la participación y la permanencia. Pero estos valores son de difícil concreción en un sistema escolar que forma parte de un sistema económico productivo global que potencia lógicas tan diferentes, para nada cercanas a la inclusión.


Flavia Terigi, por su parte, también señala su preocupación por este recorrido al señalar que desconocer la complejidad de transformar la escuela media “es colocarnos en el camino del voluntarismo y poner las condiciones para la producción de una nueva frustración” (Terigi, p.12). La autora manifiesta que, al reglamentarse la obligatoriedad, el desafío comprende una oportunidad histórica, que depende de si se realiza con el modelo tradicional o se impulsarán transformaciones, mientras que indica que las propuestas de diversificación de los formatos que podrían garantizar una inclusión plena “terminan convalidando la fragmentación, de suyo productora de desigualdad” (Terigi, 2008).


Asimismo, Guillermina Tiramonti también advierte las problemáticas que se plantean a partir de la diversificación para los que sufren la exclusión: “La escuela sigue conteniendo para esta población una promesa de inclusión en el mundo de los integrados, que la investigación ha mostrado que es falaz o incumplida (Tiramonti, 27:2011). Por lo que en este recorrido se debe distinguir entre la retención, la inclusión y la calidad. Ninguna garantiza el cumplimiento de las otros dos: todo lo contrario. El mero acceso, la inclusión o la retención no pueden por sí solas garantizar la igualdad, la democratización y la universalización. De no generarse condiciones necesarias para una igualdad real a nivel político, económico y social, la ilusión de un acceso democrático, inclusivo e igualitaria a la educación seguirá operando como productora de injusticia.


Por lo tanto, es importante remarcar que la escuela como dispositivo solitario y alejado de otros aparatos estatales de ninguna manera puede comprometerse a llevar a cabo soluciones de este nivel de complejidad. Para ello, la inclusión puede ser el primer paso, pero sólo el primero: si no se mejoran las condiciones de vida y se llevan a cabo estrategias articuladas con otros sectores de la población, no se podrá eliminar la exclusión, por más que lxs pibxs asistan a la Escuela Media.


BIBLIOGRAFÍA:

Gluz, Nora. Políticas y prácticas en torno a la “inclusión escolar” Capítulos 2 y 4. Buenos Aires. Mandioca. 2016.

Terigi, Flavia. “Los cambios en el formato de la escuela secundaria argentina: por qué son necesarios, por qué son tan difíciles”, en Propuesta educativa, 17 (29), dossier “Reformas de la forma escolar”, pp. 63-71. Junio de 2008.

Tiramonti, Guillermina. "Escuela media: la identidad forzada", en Guillermina Tiramonti (Dir.) Variaciones sobre la forma escolar. Límites y posibilidades de la escuela media. Rosario. Homo Sapiens. 2011.


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