INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Francisco V. Caporiccio

Es cuestión de amor propio

A partir del humor gordo-odiante que circula estos meses de aislamiento y los videos de influencers contando cómo “aprendieron a amarse”, pensamos las implicancias y peligros del mandato de amor propio.


Por Martina Ferloni


Con el aislamiento social obligatorio apareció entre otras cosas el pretexto perfecto para excusar el gordo-odio que tan a flor de piel circula. Notas como la de Sami Alonso o la de María Sol Giordani exponen claramente cómo aparece, enmascarado de humor o de preocupación por la salud, el siempre presente horror que significa un cuerpo no hegemónico. Pero este discurso no aparece solo, desde hace tiempo trae consigo la solución mágica al sufrimiento infringido por las incesantes violencias normativas: el amor propio y la positividad corporal. Discursos que invitan a querernos por lo que somos, a aceptar nuestra forma física y sentirnos lindxs y queribles.


De esta forma, nos vemos bombardeadxs de mensajes disciplinantes, como el lamentable episodio de Yanina Latorre demandándonos dejar de hacer tortas porque sino vamos a terminar “gordas cerdas asquerosas”. Mientras que, también, nos prometen la felicidad y plenitud vía el trabajo interno de aprender a querernos más allá de nuestra forma física.


Claro que no es menor lo que pueden aportar imágenes y mensajes de aceptación personal y positividad corporal, especialmente en figuras populares de la cultura masiva. Pero, sin duda, se hace necesario cuestionar la exigencia del amor propio en el contexto de odio que vivimos. A este efecto, puede servirnos para pensar la teoría sobre afectos de Sara Ahmed. La teórica británico-australiana centra sus estudios en lo que llama “economías afectivas”. Esto es la forma por la cual los sentimientos se producen como efectos de circulación y no como una propiedad del sujeto o del objeto. Con este marco teórico, pensar el amor propio es analizar cómo circula en las diferentes textualidades, a quiénes afecta y de qué forma.


Así, podemos pensar cómo los discursos que abogan por el amor propio en general van dirigidos a “las mujeres” pero por sobre todo a cuerpos que se salen de la norma física, a lxs gordxs. No es casual que estas sean las personas que más sufren el odio corporal y la violencia sistemática; es la contracara que promete la felicidad para estas personas y hasta la promesa del amor (porque recordemos que la sabiduría popular declara que si no te amas vos, no podes esperar que nadie más te ame).


Lo interesante entonces es problematizar que “la cura” al dolor en realidad parecería estar borrando o encubriendo esta historia de discriminación y disciplina sobre los cuerpos no hegemónicos. Y, en consecuencia, no generaría mayor contento con nuestra forma física, sino que muchas veces nos haría sentir más dolor y presión. Pero no es solo eso, sino que además tiene una implicancia clara: el trabajo es interno e individual.


Una perfecta ilustración de este discurso es la sección de comentarios de un video de Instagram que hizo Sami Alonso. Allí, ella cuenta, con la historia del odio vivida a flor de piel, la vergüenza que le enseñaron a tener. Aparecieron comentarios como “primero te tenes que aceptar vos para que te acepten los demás. Es muy fácil siempre echarle la culpa a otro” o “es cuestión también de amor propio dejemosnos de joder y de romantizar al gordo obeso (...)”. Los mensajes son clarísimos; no sufras, no te enojes: amate (pero ojo, tampoco te quieras tanto que ya pases a romantizar tu apariencia física fuera de la norma).



Es menester afirmar la potencialidad de las luchas del orgullo y el amor. De larga data es la teoría y el activismo queer y disidente sobre las emociones de vergüenza y odio internalizado en los sujetos discriminados y lo revolucionario que puede ser estar orgullosx de unx mismx, ser visible y amar libremente a otrxs y unx mismx por lo que es. Sin embargo, creemos que, en el caso del amor propio en relación a la apariencia física, el llamado a amarse a pesar de todo sirve para inmovilizar al sujeto en su lugar y no luchar políticamente para cambiar el estado de situación.


Entonces, no decimos que el amor propio sea malo y que internalizar el odio sea lo correcto. Sino que puede ser sumamente fructífero en una primera instancia contextualizar y polemizar la estructura, que persiste hoy en día, de gordo-odio y la obligaciónde tener un cuerpo hegemónico para ser deseadxs, queridxs y felices. Y por qué enojarnos al comprender esto.


Audre Lorde, poeta negra y lesbiana, ya en 1981 hablaba sobre la ira y lo fructífera que puede ser. Enmarcada en la lucha contra el racismo, el homoodio y el machismo, señalaba que la ira es útil en la lucha contra la opresión que la causa. Es una energía para el cambio profundo y radical de los supuestos en los que basamos la vida. La ira, afirma, se traduce en lucha por el cambio. Y está es muy diferente al odio: “El odio es la furia de aquellos que no comparten nuestros objetivos, y su fin es la muerte y destrucción. La ira es el dolor motivado por las distorsiones que nos afectan a todas y su objetivo es el cambio” (p. 143 y 144).


En conclusión, creemos que aceptarse como uno es puede ser liberador y tranquilizador. Pero que esto no puede ni volverse un mandato, ni desconocer la constante violencia que se ejerce sobre los cuerpos no hegemónicos. Y es en este sentido que creemos que la salida es política y colectiva. Seguramente sea más fácil aceptarse y quererse cuando exista ropa para todo tipo de cuerpo, cuando el sistema de salud no expulse ni violente, cuando no se patologice y patrulle los cuerpos gordos, cuando existan políticas públicas orientadas al placer y a la igualdad, entre muchas otras cosas. A este efecto nos sirve entender nuestro auto-odio, para no enmascararlo con lo inmovilizante de un mandato individual y privado de aprender a amarse, para politizar el enojo, la ira y luchar para cambiar el estado de situación.


Porque nos odiamos, porque entendemos que nos enseñaron a odiarnos y que las estructuras de sentimiento en las que nos vemos investidas son difíciles de cambiar. Mientras, tratamos de amigarnos con nuestros cuerpos, nos enojamos y buscamos una vía que sea juntas y que sea política.



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