INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

El resquebrajamiento interno del Burro y del Elefante

El sistema bipartidista tradicional de los Estados Unidos está convulsionado desde la crisis de 2008. En 2020, podemos observar el establecimiento y el fortalecimiento de dos grupos que son transversales e intrapartidarios: los moderados y los extremistas. ¿Cómo se pondrán en juego estas variantes en la disputa por la Casa Blanca en noviembre?


Por Dylan Bokler


De la cooperación a la divergencia


La estabilidad del sistema bipartidista en Estados Unidos ha sido aclamada por numerosos académicos de la Ciencia Política. Cientos de artículos en revistas especializadas puntualizan los méritos de uno de los pocos sistemas presidencialistas que –según sus reflexiones– ha alcanzado la estabilidad y el fortalecimiento de sus instituciones democráticas gracias a un aceitado sistema de checks and balances que limita, en teoría, el margen de maniobra del Poder Ejecutivo.


Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se han sucedido presidencias de ambos partidos de forma casi automática. Los partidos republicano y demócrata se convirtieron en vehículos de representación catch-all, donde votantes muy distintos se han visto representados por estas dos grandes redes que difieren en ciertas nociones. Principalmente, sus diferencias radicaban en concepciones relativas –sobre todo– a derechos civiles y el funcionamiento de la economía interna, pero tendían a coincidir en aspectos relativos a la seguridad nacional, la política exterior y el comercio internacional.


El sistema bipartidista estadounidense era de carácter centrípeto: los candidatos y representantes de los partidos coincidían en asuntos de geopolítica y macroeconomía y existía una cooperación tanto a nivel federal como estadual. Esta realidad hizo que la colaboración interpartidaria haya existido en mayor o menor medida hasta los años ‘90, cuando empezó a aparecer de forma sistemática la figura del filibusterismo (también conocido como obstruccionismo parlamentario) con el fortalecimiento del republicano Newt Gringich como presidente de la Cámara de Representantes bajo el Gobierno de Clinton en 1995.


La competencia entre ambos partidos empezó a tornarse más violenta y destructiva, así como menos colaborativa con la llegada del siglo XXI. Hasta el momento, dentro de ambos partidos la mayor parte de sus integrantes habían tenido una férrea disciplina partidaria. Pero a partir de entonces, empezaron a surgir grupos de intereses generales y particulares, con la idea de influir en las cúpulas de la jerarquía partidaria. Estos grupos particulares –en muchos casos– tuvieron una colaboración estrecha con determinados lobbies (como la National Rifle Association en la defensa del derecho a portar armas o ciertos sectores ambientalistas que intentaron impedir la construcción de gasoductos) e intentaron incorporar a la estructura partidaria a candidatos de carácter independiente que provenían tanto del mundo del espectáculo, como de los negocios, municipios y estados más alejados de las costas.


Desde la crisis económica de 2008, la relevancia de estos subgrupos intrapartidarios pasó a ser importante. Esto se vio reflejado en las elecciones de medio término de 2010, ya que muchos integrantes del Partido Republicano que resultaron electos eran miembros del movimiento conservador “Tea Party”, que bregaba por una reducción del sistema impositivo y del gasto público. Al mismo tiempo, por primera vez en 2018, miembros de la “Organización de Socialistas Democráticos de América” (DSA, por sus siglas en inglés) y del ala más progresista del Partido Demócrata como Alexandra Ocasio Cortez ganaron una banca en la Cámara de Representantes.


La irrupción de los outsiders en la arena política


A su vez, hemos visto cómo candidatos de carácter independiente han sabido trepar a los altos mandos de la jerarquía republicana y demócrata, sin una tradición de militancia partidaria o de construcción de poder al interior de los partidos tradicionales. El caso de Bernie Sanders en 2016 y 2019, así como el de Donald Trump en 2016 demuestran que los representantes del establishment han logrado disputar el control de las estructuras partidarias.


Ambos candidatos presentaron y siguen presentado muchos interrogantes para la democracia norteamericana. Por un lado, a diferencia de países como España o Francia donde el sistema bipartidista tradicional se vio resquebrajado y fragmentado por el surgimiento de nuevos partidos, en Estados Unidos esta estructura ha sobrevivido. Los outsiders se han tenido que involucrar y afiliarse a los partidos tradicionales para llegar al poder y disputar un asiento en el Capitolio o en la Casa Blanca. Esto habla tanto del enraizamiento de ambos partidos en el país como de la dificultad de conformar nuevos partidos en términos burocráticos y económicos.


Aun así, la cooperación que supo existir entre ambos durante gran parte del siglo XX ha desaparecido: el sistema de partidos estadounidense se ha convertido en centrifugo. En la actualidad, la competencia y la desconfianza es la norma en Washington y los extremos han obstaculizado los acuerdos que en su momento derivaron en la construcción y el sostenimiento de un orden internacional liberal que hoy ya no es tal. Por lo tanto, la fragmentación ha sido y es interna, más que externa. De este modo, se van preconfigurando dos variantes que serán claves en las próximas elecciones presidenciales.


La unidad en la diversidad


Los extremos se terminan tocando y –en este caso– vemos cómo tanto los votantes, como ciertas ideas y formas de Donald Trump se asemejan más a las de Bernie Sanders que a las de sus compañeros de partido. Ambos líderes se enfrentan a las elites y al establishment burocrático de las costas, al tiempo que apelan a las clases trabajadoras y empobrecidas luego de la crisis de 2008. Asimismo, ambos utilizan retóricas absolutas del uno y del otro, estableciendo un “nosotros y ellos” e identity poltics como bandera. Por el lado de Sanders, se apoyan en la inclusión de migrantes, jóvenes y latinos a la sociedad norteamericana. En cambio, por el lado de Trump, se sustentan en la población WASP (blanca, anglosajona y protestante) del Rust Belt que se vio desempleada ante el derrumbe industrial en sus pueblos debido a la deslocalización financiera que supuestamente operó en favor de los intereses de las empresas tecnológicas de California y Nueva York. Este sector también fue centro de críticas por los partidarios de Sanders; sobre todo, hacia empresas como Amazon y Facebook.


A su vez, en términos de política exterior y defensa, ambos plantean un aislamiento de los Estados Unidos a nivel mundial y un retiro del país en los conflictos globales. Paralelamente, critican a organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio y la OTAN. En lo que respecta al comercio internacional, son partidarios de la suba de aranceles para desarrollar la industria interna y fomentan los incentivos fiscales para que las empresas norteamericanas instalen sus fábricas en territorio local. Por lo tanto, son muy críticos de la globalización y del liberalismo de los años ‘90. Ambos favorecen un repliegue en consonancia con la consigna “America First” y se alejan de la posición más intervencionista que ha tenido Estados Unidos con el propósito de expandir su cultura y valores alrededor del mundo.


Crédito: Los Angeles Times

Por estas similitudes, muchos votantes de Bernie Sanders en las primarias de 2016 terminaron eligiendo a Donald Trump sobre Hilary Clinton, quien representaba ideales muy distintos a sus posiciones políticas. Este proceso centrífugo y de acercamiento entre los extremos también se vio en Francia cuando partidarios del candidato de izquierda Jean Luc-Melenchon terminaron votando a Marine Le Pen frente a Emmanuel Macron en el ballotage por las elecciones presidenciales de 2017.


Factores transversales interpartidarios


Los extremos se tocan, pero en el centro también se encuentran los moderados, que se presentan como una realidad transversal interpartidaria. Por eso mismo, en el último tiempo, hemos visto cómo miembros del Partido Republicano como Mitt Romney, Colin Powell e incluso los miembros de la familia Bush se han pronunciado en contra de las postulaciones de Donald Trump. Tanto en el Partido Republicano como en el Demócrata sobrevive el ala más tradicional, burócrata y formada en universidades de la Ivy League como Harvard y Yale. Ambos propugnan y defienden los valores de la globalización y el libre mercado, la difusión y promoción de los valores estadounidenses en el mundo, un intervencionismo basado en la responsabilidad de proteger, la importancia de la firma de acuerdos internacionales y la previsibilidad sobre la sorpresa. En esos puntos, podemos ver más similitudes entre Barack Obama y John McCain que entre este último y Donald Trump. Por eso mismo, han surgido iniciativas como los Republican Voters Against Trump que promueven la vuelta a un pasado conocido, donde el orden internacional liberal era la norma.


En estas elecciones, veremos cómo se ponen en juego estas dos alas al interior de los partidos. Por un lado, un representante del sector tradicional de la partidocracia de Washington como lo es Joe Biden, que más que promover una revolución o un movimiento articulado propone la vuelta a la “normalidad”. Y por el otro, el candidato de los extremos, Donald Trump. Está por verse si lo ocurrido en 2016 volverá a ponerse en juego, pero hemos llegado a un 2020 con un escenario más abierto, donde la crisis económica derivada de la emergencia sanitaria por el coronavirus y las protestas contra la violencia policial y la discriminación hacia los afroamericanos invitan a pensar en una disputa electoral aún más competitiva.


Bibliografía

  • Levitsky, S. y Ziblatt, D. (2018), “How Democracies Die”, EE.UU., Editorial Crown.


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