INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Barbie Castoldi

El orgullo es político: la lucha no terminó

A 51 años de las represiones ocurridas en Stonewall, repasamos el devenir del movimiento LGBTIQ+ a lo largo de las últimas décadas, analizamos algunos de los logros obtenidos y nos preguntamos acerca de los desafíos que aún quedan por delante. ¿Qué simboliza el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+? ¿Por qué marchamos? ¿Cuáles son los nuevos debates al interior del colectivo?


Por Bárbara Castoldi


Desde 1969 hasta el día de hoy, las Marchas del Orgullo fueron creciendo a nivel internacional, con cada vez más personas que se manifestaban a favor de los derechos de las minorías (¿minorías?) sexuales e identitarias en cada vez más lugares. Con el alcance de la masividad, se logró alcanzar cada vez más objetivos.


Si el feminismo contemporáneo le debe el voto femenino a las olas anteriores, el colectivo LGBTIQ+ le debe la incorporación de nuevas siglas, luchas y cada derecho ganado a las generaciones que marcharon desde 1969 en Stonewall y, desde 1992, en Argentina. Desde mi lugar, les debo a Sara y María Elena la posibilidad de escribir y publicar esta nota que ilustra mi novia. Pero, sobre todo, les debo a quienes murieron antes de poder marchar la posibilidad de seguir reclamando por los derechos que aún no existen. Y, junto con ello, la posibilidad de usar los privilegios que elles me consiguieron para continuar la lucha por quienes todavía no comparten mis libertades. Esta es una deuda que me veo obligada a intentar pagar.


La evolución del movimiento

“La fiesta del orgullo es fundamentalmente una fiesta que tiene esos dos grados: es la enorme alegría que mostráis aquí y ahora, pero también es una alegría conquistada, ha habido que luchar por ella” Manuela Carmena, exalcaldesa de Madrid, 2015.

Las consignas de las Marchas han mutado a través de los años, en concordancia con la adquisición de los derechos reclamados en las movilizaciones originales y el surgimiento de nuevos espacios dentro del movimiento. Los tiempos cambian, los años pasan y cada vez se develan más necesidades insatisfechas. Dentro del amplio abanico de la diversidad sexual, siempre supe que me encontraba entre las más afortunadas. No reduzco ni minimizo la existencia de casos lesbofóbicos —el caso de Mariana Gómez y mis propias experiencias personales dan fe de su resistencia (e insistencia) a pesar de los 51 años que hoy conmemoramos—. Pero sí sería completamente hipócrita de mi parte hablar de cómo sufrimos discriminación por ser gays y lesbianas cisgénero sin nombrar las situaciones que viven las demás sexualidades y géneros que integran el colectivo. La minimización de la bisexualidad como una etapa previa a la homosexualidad, la invisibilización de la asexualidad y la falta de educación acerca de los diferentes tipos de atracción son solo algunos ejemplos.


Las nuevas problemáticas (“nuevas” no porque no existieran en 1969, sino por la novedad que implica la posibilidad de visibilizarlas y de reclamar por ellas) se ven reflejadas en las consignas y subconsignas de las marchas. En 2019, la Marcha del Orgullo LGBTIQ+ de Buenos Aires contenía más de veinte consignas que abarcaban los reclamos de las diversidades que componen al colectivo: “Les no binaries existimos”, “Basta de genocidio trans/travesti”, “Visibilidad y despatologización de las identidades asexuales y no binarias”.


La otra cara de las consignas presenta múltiples reclamos sobre asuntos paradigmáticos que hacen a la vida cotidiana del colectivo como parte de la sociedad. Reflejan las posturas políticas sobre las que se basó el movimiento y las interseccionalidades que lo integran. “Aborto legal, seguro y gratuito”, “El ajuste en salud mata” y “Separación política, económica y simbólica de la Iglesia y el Estado”, por nombrar solo tres de ellas. Ahora bien, no todas las tortas somos feministas, ni todes les no binaries son partidaries de la separación de la Iglesia y el Estado, ni tampoco es tan difícil encontrar a un pibe gay pro abortos clandestinos. Debido a la multiplicidad de posturas que existen entre quienes conformamos la comunidad, les que no están a favor de la inclusión de esta segunda categoría de consignas suelen no participar de la Marcha bajo la pretensión de que “está muy politizada”.


Una parte de mí la que fue criada en un colegio salesiano del que tiene recuerdos agridulces entiende la posición de esos reclamos. Debe ser realmente molesto quedarse afuera de una marcha tan importante para la propia identidad a causa de la inclusión de ciertas consignas, aparentemente inconexas, que no son compartidas. Ahora bien, la otra parte de mí, y por lejos la que predomina, tiene ganas de gritar “¿y qué otra marcha pretendés?”.


Me considero lesbiana, feminista y antiespecista. Pero, sobre todo, me considero interseccional. ¿Qué sentido tiene el logro del matrimonio igualitario si las discriminaciones y los crímenes de odio son incesantes? ¿Por qué no reclamaríamos una correcta implementación de la Ley de Educación Sexual Integral si se contempla que esta podría, entre otras cosas, disminuir el volumen de esas discriminaciones? ¿Cómo no pronunciarnos en contra de un ajuste que deriva en faltas presupuestarias que vulneran la correcta aplicación de derechos, en teoría, ya conquistados? ¿Por qué tenemos que considerarnos sujetos políticos de un único tema cuando somos participantes actives de nuestra sociedad? Las conquistas específicas del colectivo LGBTIQ+ no son ajenas a la realidad social. Por el contrario, nuestras libertades ganadas como personas no heteronormativas están necesariamente interconectadas con los derechos y obligaciones que cada une de nosotres posee como integrantes de la sociedad. En las marchas y en las consignas, los reclamos se unifican bajo un paraguas capaz de abarcar luchas con un mismo fin último: condiciones de vida dignas para todes, sin peros.



Los reclamos del 2020


Este junio de pride nos encuentra reflexionando —y luchando—, en particular, por uno de los sectores más vulnerados de nuestro colectivo: las personas trans. Esta focalización tiene múltiples causales. En un intento de ser concisa, solo desarrollaré tres.


En primer lugar, quisiera autorreferenciarme y volver a los planteos que propuse al comienzo de este artículo. Los gays y las lesbianas fuimos, históricamente, los sectores de la comunidad LGBTIQ+ con mayor y más rápida reivindicación social y legislativa. Un estudio llevado adelante por GLAAD (Gay and Lesbian Alliance Against Defamation) analizóla representación de personajes del colectivo LGBTIQ+ que formen parte del elenco regular de series televisivas guionadas en canales de aire estadounidenses. Los números obtenidos son bajos pero, al mismo tiempo, son los más altos de la historia. De los 857 personajes contabilizados, solo seis representan identidades no cisgénero (dos varones trans, tres mujeres trans y una persona no binaria). Ahora bien, si hablamos de representación de gays y lesbianas, los números ascienden a 72 personajes. La ficción y la realidad se imitan constantemente y nunca es fácil definir cuál representa mejor a la otra. Así como yo me encuentro más fácilmente representada en una serie que mis compañeres trans, también la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar a la homosexualidad una enfermedad mental mucho antes que a la transexualidad. En efecto, mientras que la primera descategorización sucedió en 1990, la segunda ocurrió recién en 2018. Frente a estos privilegios de los que goza solamente un sector del colectivo, la respuesta interna es clara: es tiempo de luchar por todes.


En segundo lugar, no podemos ignorar la influencia de la cultura mainstream anglosajona en esta fecha. El propio Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ fue establecido un 28 de junio en conmemoración a las represiones ocurridas en un bar de Nueva York. Las luchas del movimiento #BlackLivesMatter, en Estados Unidos, surgieron como respuesta a las históricas represiones policiales que se viven en el país. Desde su inicio, la comunidad LGBTIQ+ alzó su voz en apoyo y redobló la apuesta: #BlackTransLivesMatter. A diferencia de otras consignas que pretenden invisibilizar su versión original, como el clásico #AllLivesMatter, la inclusión de las personas trans focaliza aún más una lucha. ¿Cuál es el objetivo de esta focalización? El mismo que la inclusión de consignas paradigmáticas en las marchas: dar cuenta de la necesidad de leer cada reclamo y cada injusticia en relación con los otros factores que lo agravian o lo suavizan. No es lo mismo ser un hombre trans blanco de clase alta que ser un hombre trans blanco de clase media u hombre trans negro de clase baja. Los privilegios o las discriminaciones que cada variable agrega no pueden ser dejadas de lado a la hora de promover los reclamos.


En tercer y último lugar, cruzo el charco grande pero sin alejarme de la cultura mainstream anglosajona. Las primeras semanas del Mes del Orgullo estuvieron fuertemente marcadas por los tweets de J. K. Rowling. La autora británica se expresó, no por primera vez, en contra de los derechos de las personas transgénero y no binarias al rechazar la incorporación de la terminología “personas menstruantes” en reemplazo de “mujeres”. El debate se inició inmediatamente y J. K. fue, una vez más, calificada como TERF (según sus siglas en inglés, Feminista Radical Trans Excluyente). En un intento —ciertamente fallido— de expresar su postura de mejor manera que en un tweet, la autora publicó un ensayo en su página personal. La idea principal que presenta Rowling es que “el sexo biológico importa”, por lo que sería incorrecto reemplazar la noción de sexo por la noción, menos binaria, de género. ¿Por qué importa el sexo biológico? Según la autora, disminuir la importancia de esta distinción es un arma del patriarcado para minimizar los logros en pos de la igualdad de género obtenidos por los movimientos feministas. Es decir, al cambiar “sexo” por “género” y “mujeres” por “personas menstruantes”, las luchas por una igualdad entre hombre-mujer dejarían de ser necesarias porque no habría, en teoría, una distinción real.


En un intento propio —también fallido— de no creer que Rowling era efectivamente una TERF, leí el ensayo con un beneficio de la duda que le daría a pocas personas. De manera similar a mi postura frente a los planteos que caracterizan a la Marcha del Orgullo como “demasiado política”, mi postura frente a los planteos de J. K. se condensa en un “sí, pero no”. Sí, Joanne, por supuesto que a quienes se les asigne al nacer el género hombre tendrán privilegios que no serán igualados para quienes tengan asignado el género mujer. Por supuesto que no debemos abandonar la lucha contra esta desigualdad. Ahora bien, eso no implica que debamos basar el establecimiento de políticas públicas en determinaciones que son construcciones sociales cuestionadas a lo largo de la vida de cada persona. Sobre todo, no podemos definir políticas públicas en base a determinaciones que niegan derechos a colectivos enteros. Por este motivo, es importante instalar la noción de género por sobre el “sexo biológico”. Porque, entre otros cientos de casos, no podemos ignorar que hay varones trans, personas intersexuales y no binarias que menstrúan sin negarles políticas de salud que les faciliten el acceso a productos para controlar su sangrado. Los tiempos cambian, los años pasan y, lamentablemente, algunos íconos progresistas de 1990 pueden ser conservadores en 2020. La ironía —y casi que el duelo— se engrandece cuando estas son las personas que formaron las ideas progresistas de les progresistas de hoy.


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Me repito una y otra vez. Los reclamos, finalmente, se deben unificar bajo un paraguas capaz de abarcar luchas con un mismo fin último: condiciones de vida dignas para todes, sin peros. Frente a una sociedad que busca invisibilizarnos como colectivo en lucha y expansión, el glitter y el arcoiris son nuestras banderas para mostrarnos orgulloses de existir y resistir. Seguiré siendo Hufflepuff, porque seguiré buscando la inclusión sin peros de aquelles a quienes las otras casas rechazan.


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