INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

El gran pez y la responsabilidad subjetiva

Desde una perspectiva cinematográfica se puede abordar a la perfección el arduo camino que a veces debe recorrer un hombre al encontrarse frente a situaciones dilemáticas. La respuesta a estos dilemas a veces implica la realización de un acto ético que no corresponde a la moral implícita de la época. ¿Qué sucedería en estas situaciones con un padre y un hijo? Esta vez nos adentramos en el camino de Will Bloom.


Edward Bloom es un hombre en cuya personalidad se destaca el “crear” las más fabulosas historias acerca de su vida. Su hijo Will se encuentra siempre bajo su sombra y de hecho vive quejumbroso debido a que su padre miente constantemente en estas historias al llenarlas de detalles que en realidad no son verídicos. Además, el joven siempre albergaba la duda de si este hombre en realidad le estaba siendo infiel a su madre.

A tanto llega Edward que su hijo un buen día decide no hablarle más y se aleja de su familia para vivir una vida feliz con su esposa. Podríamos estar hablando de un hombre que no ha dado verdaderamente su lugar al hijo, que ha estado ausente en su función. Lo vemos en la escena donde Will está contrayendo matrimonio con su pareja y Edward en lugar de focalizar su discurso en él, de nuevo comienza a parlotear acerca de cómo conoció a su esposa.

Pero hay algo mucho más interesante acerca de este personaje, y es que toda su vida se sintió como un gran pez, un bagre suelto en el agua. Tal vez sea porque así como lo expresa en su discurso y en sus historias, él se siente como un gran pez en una pequeña pecera. En otras palabras podríamos estar hablando de una persona con rasgos algo narcisistas.

Pero en fin, lo que nos compete aquí es hablar un poco de algo que deja interpelado a Will Bloom y que a partir de ese momento este hijo logra cambiar la concepción que tenia de su padre.

Freud aborda una cuestión muy parecida cuando habla del trauma en dos tiempos, en donde generalmente un acontecimiento penoso para la vida de una persona cobra en realidad ese tinte luego de un segundo momento que resignifica este primero. Lo que quiero decir con esto es que a veces no encontramos motivos para entender nuestra conducta respecto a algo. Por ejemplo, en nuestro caso, Will mantenía cierto odio por su padre ya que sentía que este siempre se ponía por delante de él y mentía acerca de su historia. Pero luego de un segundo momento crucial, todo lo anterior cobra otro color.

Vamos a hablar entonces del circuito de la responsabilidad subjetiva, abordado desde la ética profesional. Cuando decimos responsabilidad, no estamos hablando expresamente de asumir ese rol, sino más bien de la acción consiguiente formulada por esa persona y en decidir si va a hacer algo con esto nuevo que se le presenta o si por el contrario, va a dejarlo así como está, imposibilitando que algo del orden de lo singular de la situación ingrese a su vida.

El circuito de la responsabilidad conlleva dos tiempos iniciales. En el primero el sujeto lleva a cabo una acción que se agota en los fines para los que fue hecha. Will en este caso, mantiene el odio por su padre y lo reitera todos los días dejando de establecer contacto con el mismo, no acercándose a su hogar para las fiestas e incluso desmintiendo los cuentos que su padre predica.

El segundo tiempo es aquel que sucede y remite a un punto de quiebre que no solo resignifica lo anterior sino que hace a la persona rever su posición como sujeto. Para hablar de este momento nos ubicaremos primero un poco en tiempo y espacio.

Edward enferma de gravedad y por este motivo Will decide regresar y vivir sus últimos días con él. Durante este tiempo, su padre le cuenta la historia de su vida nuevamente, plagada de anécdotas fantásticas, como aquella de cuando era niño y había tenido que estar en cama tres años por su rápido crecimiento, o como el hecho de haber trabajado en un circo en el que su mejor amigo resultó ser un gigante. También le contó que había desposado a su mujer luego de haberle plantado mil hectáreas de narcisos e incluso sus locas historias en el pequeño pueblo ficticio llamado Spectre, que para aquellos que no estén familiarizados con él, todos no solo vivían plenamente felices sino que también lo hacían descalzos y sus principales habitantes habían llegado al lugar luego de perderse en las penumbras del bosque y jamás habían vuelto a salir a la realidad. Allí, resaltaremos a una figura especial: Jenny, una mujer que en los relatos de su padre había caído enamorada de este mientras ayudaba a reconstruir su casa.

Suponemos que este pequeño pueblo representaría alguna especie de ideal para Edward y un lugar al que siempre podría huir cuando algo malo pasaba. Pues eso era lo que hacía, parecía que este señor vivía más allá de la realidad, en su propio mundo de fantasía. Lo vemos retraído en sus cuentos, como si permanentemente viviera en el pasado, rememorando su historia una y otra vez en lugar de avanzar y dejarlo atrás. Este creo, es uno de los motivos por los que Will se enfada tanto con él, pues parecía casi estar ausente. Hay cierta retracción de la libido de los objetos del mundo exterior hacia la fantasía, y allí permanece día tras día.

Ahora bien, volviendo a la historia, mientras Edward va rememorando su vida y la comparte con su hijo, este se va dando cuenta que tal vez lo había juzgado mal. Los relatos siguen día tras día con las anécdotas de su vida tales como el reclutamiento del ejército y haber terminado en la guerra de Corea conociendo a unas siamesas que lo ayudan a regresar a Estados Unidos, en pos de recuperar al amor de su vida que había sido abandonada por este inconveniente y que además había sido informada falsamente acerca del fallecimiento de su esposo.

¿Quién se atrevería a culpar a Will acerca de las dudas que su padre le provocaba? Decidido a saber la verdad y por las incontrolables ganas de desenmascararlo, un buen día decide revisar su oficina en donde encuentra las cartas de su aparente muerte en el ejército e incluso postales que provenían de Spectre, el pequeño pueblo Feliz. Allí conoce a Jenny que ahora era instructora de piano y ella confirma sus historias acerca de cómo la ayudó con la casa y su enamoramiento. Pero sobre todo, le explica que pese a sus intentos por conquistarlo, él solo tenía ojos para su esposa.

Ubicamos en este momento el punto que interpela a Will y lo hace volver sobre sus pasos. Se da cuenta de que en realidad su accionar era injustificado, pues su padre jamás había engañado a su esposa y en realidad sus cuentos no eran del todo falsos. Desde este momento Will toma una decisión que repercute en su propia vida y en las últimas horas de su padre ya que se hace cargo de aquello nuevo que ingresa de la situación y da una respuesta que la ubicamos en un tercer momento en el cual decide dejar su odio de lado y permitirse soñar e incluirse dentro de la fantástica historia de Edward.

En consecuencia, regresa al hospital en donde su padre había sido internado de urgencia y, a pedido de este último, le cuenta la historia de cómo huyen del hospital con su viejo auto y de que camino al río lo estaban esperando todas aquellas personas que había conocido en sus cuentos para darle la despedida y recordar lo grande que había sido Edward Bloom. Una vez en el río, este se convierte en lo que siempre había sido, un gran Pez.

Una vez finalizada la historia de su vida Edward muere feliz, pues su hijo al fin creía en él. En su funeral no solo lo esperaba su familia más cercana sino que lentamente aparecieron figuras como las de su amigo el gigante (que no era un gigante, sino una persona muy alta), las siamesas de Corea (que no eran siamesas, sino gemelas) y por supuesto también estaba Jenny.


Will nuevamente se da cuenta de que tal vez las historias de su padre mantenían un tinte fantástico, pero en su esencia solo contenían verdades. A través de todo este camino, logra rever esta posición que adoptaba casi inconsciente con su padre, manteniendo tales resentimientos y dudas, para entender porque esto era así y que estaba sostenido en suposiciones.

Este tenía un universo creado a modo de totalidad en donde mantenía el odio hacia su padre debido a las historias fantásticas que este contaba. Pero como bien sabemos, nada es universal porque siempre puede estar atravesado por casos singulares en su naturaleza. A lo largo de la historia, él mismo se da cuenta de que no solo sus historias eran reales y los detalles fantásticos eran parte de su esencia de hacer más interesante su mundo, sino que en realidad bajo ese odio solo yacía un vacío por no poder contar con su padre. Su odio solo era un grito desesperado por algo de atención, así como también el hecho de haberse mudado y no mantenido relación con ellos.

Vemos que su esposa adoraba a Edward más que cualquier otro ser humano y era porque justamente captaba eso de su personalidad que era imposible de corromper, ajustándose perfectamente a sus fantasías. Pero para un hijo nada de esto es tan sencillo y como bien sabemos el papel de un padre es imprescindible. Hay muchas formas de llamar la atención de un padre, pero en este caso fue Will quien entendió que, para Edward, su forma de amar y mostrar afecto era compartir su impresionante historia acerca de cómo fue que se convirtió en un Gran Pez.


Bibliografía:


- Lewkowicz, I. (1998). Particular, Universal, Singular. En Ética: un horizonte en quiebra. Cap. IV. Eudeba, Buenos Aires, 1998.

- Domínguez, M. E. (2006). Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006.   


- Salomone, G. Z. (2006). El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006.    


- Freud, S. (1917 [1916-1917]). 26ª conferencia. Teoría de la libido y el narcisismo. En Obras completas. Tomo XVI. Buenos Aires: Amorrortu. 


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