INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

El criadero del mundo: un camino a la reprimarización productiva

Hace algunos días, las redes sociales explotaron en contra de lo que podría ser un acuerdo comercial entre China y Argentina para instalar granjas industriales de cerdos en nuestro país. Esta noticia puso sobre la mesa, otra vez, lo que suele plantearse como la disyuntiva entre desarrollo y sustentabilidad. Sin embargo, ¿se trata verdaderamente de una tensión entre posiciones irreconciliables? ¿Estamos condenados a depender eternamente del sector primario extractivo y agropecuario?

Por Candelaria López

Crédito: Voicot

En estos momentos, Argentina se encuentra sumergida en una marcada recesión, producto no solo del impacto negativo de la pandemia de COVID-19 sino también a raíz de un fuerte proceso de endeudamiento y de un modelo productivo agotado, que solo puede exportar competitivamente soja, carne y algún que otro cereal. En este contexto aparece como trampolín una posibilidad para salir de la crisis: la venta de cerdos a la República Popular China (que poco tiene de república y mucho menos de popular). La primicia apareció tempranamente en enero del presente año y desde algunos medios se presentó como una apuesta de China por la Argentina. Con el correr de los meses, lo que hace un tiempo era solo una posibilidad fue tomando forma hasta presentarse finalmente como un acuerdo comercial en función del cual China instalaría en suelo argentino granjas industriales de cerdos. Llegado este punto, surge el siguiente interrogante: ¿qué motivaciones tendría el gigante asiático para llevar adelante esta inversión?

En primer lugar, debemos mencionar que China está sufriendo desde hace casi dos años una gran caída en la producción porcina de entre el 20% y el 50%, a causa de un fuerte brote de la denominada peste porcina africana (PPA) que llevó al gobierno chino a tener que matar entre 180 y 250 millones de cerdos. Sin embargo, no se trata únicamente del interés de China en recuperar el abastecimiento de estos produtos para el consumo interno. El país asiático también busca la movilización de los potenciales focos epidémicos ocasionados por las granjas industriales fuera de su país[i]. En efecto, la existencia de estas granjas implica un impacto negativo directo sobre el ambiente, a la vez que constituyen importantes focos de aparición de enfermedades zoonóticas. Esta última es una de las principales razones que argumentamos quienes nos oponemos a este acuerdo.

A este acuerdo comercial no se oponen solamente grupos ambientalistas, sino también aquellas personas que critican el modelo productivo basado en exportación de bienes primarios (incluso por parte de sectores que simpatizan con el gobierno actual). En este sentido, la noticia trae nuevamente la discusión en torno a la dicotomía entre desarrollo vs. sustentabilidad, un discurso un tanto anticuado y lleno de mitos según el cual la sustentabilidad parecería ser solo una posibilidad para aquellos países que ya se desarrollaron. Esta falsa dicotomía opera como justificación para aquellos gobernantes, envueltos bajo las banderas del progresismo, que repiten que es necesario “hacer las cosas mal por un tiempo para después poder hacerlas bien”.

Desde hace aproximadamente un poco más una década, el comercio interno ha pasado a depender de los impuestos a la exportación de los paquetes agropecuarios (en su mayoría, del complejo sojero). Este ejemplo, entre tantos otros, funciona bien para demostrar la necesidad de políticas económicas que no solo sean sustentables y sostenidas sino que también sean estratégicas para el desarrollo económico y social de nuestro país.

La dicotomía desarrollo vs. sustentabilidad es tan o más absurda que la de campo vs. industria; más aún, en un mundo en el que los servicios (anteriormente denominados “bienes intangibles”, es decir, bienes que no se podían exportar e importar) crecen en mayor proporción en el comercio internacional que los bienes primarios e industriales. En mi opinión, esta dicotomía forma parte de un discurso impuesto intencionalmente para seguir justificando la explotación del suelo: años atrás con el auge de Vaca Muerta, ahora con la cuestión de las granjas industriales.

Tanto para nuestra élite económica como para nuestra clase política resulta cómodo sostener la idea de que la explotación del suelo es la única forma que tenemos para desarrollarnos como país. En el primer caso, porque con este modelo siguen obteniendo grandes ganancias derivadas de esa explotación, sin ser afectados por una distribución genuina de la riqueza. En el segundo, porque exime a los gobernantes de analizar las tenendias del mundo y, mucho menos, de planificar estratégicamente cómo lograr realmente un salto al desarrollo.

Al plantear esta dicotomía (al igual que la de campo vs. industria), los dirigentes políticos pueden justificar políticas económicas que no hacen más que mantener y fortalecer la dependencia a los sectores primarios. Como consecuencia, la sociedad se vuelve a largo plazo cada vez más pobre y más desigual. Al mismo tiempo, se intensifica nuestra exclusión del sistema internacional, al quedar catalogados meramente como exportadores de materias primas y bienes primarios (en un contexto en el cual, tal como muestran diferentes tendencias comerciales, mientras más suben los precios de los bienes de alto valor agregado, más se reducen los precios de las commodities).

Felipe Solá junto a Pelota, una chancha a la que adoptó desde hace años como parte de su familia. Crédito: Infocielo

Sin dudas, al avanzar con el proyecto de granjas industriales de cerdos de inversión china (que, vale mencionar, permitiría la creación de alrededor de cien mil puestos de trabajo), el gobierno kirchnerista-albertista busca el crecimiento del país. Sin embargo, es imposible pensar en este proyecto dentro de un modelo de desarrollo. Aún contemplando la mayor distribución del ingreso derivada de los impuestos a la exportación de productos porcinos, de todos modos se trataría de un modelo basado en la profundización de la dependencia de toda la economía nacional a solamente algunos complejos agropecuarios exportadores. De esta forma, no solo se fortalecería el rol de la elite económica rural sino que el modelo se encontraría nuevamente inmerso en la dinámica del stop and go: ciclos de crecimientos cada vez más cortos y menos significativos, y ciclos de detenimiento –es decir, de recesión– cada vez más largos y con caídas cada vez más profundas. Todo esto sumado a una mayor alta de divisas para sostener el mercado interno, que daría lugar nuevamente a otra crisis anunciada. En pocas palabras, los modelos basados en la exportación primaria encuentran su agotamiento desde el inicio.

Si el año pasado criticábamos el acuerdo Mercosur-UE porque nos condenaba a seguir produciendo y exportando materias primas, esta potencial inversión china no solo se inscribe en la misma línea que aquel acuerdo sino que además promueve la contaminación del ambiente (no olvidemos que la industria ganadera es la más contaminante del mundo). Además, abriríamos la puerta a la llegada de un potencial foco epidémico. Por último, y no menos importante, estaríamos institucionalizando el poderío de una potencia económica cuyo sistema político viola las libertades individuales y los derechos humanos de manera sistemática.

El discurso ser el granero del mundo ahora toma forma de corral. Como si nuestro modelo productivo estuviera maldito, de pronto corremos el riesgo de convertirnos en el criadero del mundo (o, mejor dicho, en el criadero de cerdos de China). Si avanzamos con este proyecto, no haríamos más que condenar a nuestro país a la profundización de la primarización productiva, la cual inevitablemente daría lugar a crisis económicas cada vez más recurrentes y, año tras año, a vivir en un país cada véz más pobre y más desigual.

[i] Durante este último tiempo, China deberia estar en el foco de la opinión pública, no solo por su forma de producción de alimentos (que dio origen a la pandemia de COVID-19), sino también por la sistemática violación de derechos humanos que hoy parece profundizarse con la existencia de la Ley de Seguridad en Honk Kong. Sobre este tema, recomiendo la siguiente nota del New York Times.

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