INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

El amor en tiempos de pandemia

En esta primera entrega del especial #PandemiaEnJaque, Camila nos cuenta en primera persona cómo vivió su luna de miel en medio de la crisis global por el coronavirus.


Por Camila Luis


Camila y Nicolás, recién casados y en plena luna de miel. Foto de la autora

29 de febrero del 2020. Nos pareció una fecha muy original para casarnos. Y claro, año bisiesto y encima caía sábado.


Nuestra pareja nunca fue muy normal así que nos encantó ese día. Y desde el momento en que yo dije “sí, quiero” a la propuesta de mi novio, Nicolás, el 29 de febrero se nos grabó en la mente como nuestra meta final. ¿O sería el principio de todo?

Durante poco más de un año todo giró en torno a ese día: armamos una casa nueva, preparamos con nuestras manos la decoración de la fiesta, elegimos salón, buscamos registros civiles, y un sinfín de to do que llenaron nuestras agendas.


Dicen que cuando estás enamorado es como si el mundo a tu alrededor no existiera, pero a nosotros el mundo nos iba a cachetear de frente cuando llegara marzo.

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Se le comunica a los señores pasajeros que, según lo dispuesto por el gobierno italiano, en los siguientes tres puertos solo podrán descender del barco quienes se retiren definitivamente de la nave. Los pasajeros en tránsito y tripulación no podrán salir del crucero y todas las excursiones quedan canceladas. Para nosotros, cuidar la seguridad de nuestros pasajeros es prioridad por lo que hemos decidido tomar estas medidas. El itinerario de la embarcación no se va a alterar. Por otro lado, no podemos asegurar que aquellos que desciendan en Italia vayan a poder salir del país posteriormente.

Esa voz desconocida que salía por parlantes del techo en nuestro camarote me dio uno de los mensajes más desconcertantes en mis 25 años de vida. Nos miramos con Nico, ambos en traje de baño listos para irnos a la pileta del crucero Costa Smeralda que habíamos elegido como parte de nuestra luna de miel. ¿Qué hacemos? ¿No vamos a poder salir de Italia? Pero todavía nos quedan ocho días de viaje en Grecia.

Crucero "Costa Smeralda". El barco había zarpado una semana antes desde Roma, y allí debía regresar cuando comenzaron los problemas. Foto de la autora

Desesperación. Incertidumbre. Miedo. Nervios. Tensión. Se me pasaron tantas cosas por la cabeza que descubrí sentimientos que me atravesaron por primera vez.

El inmenso barco de 15 pisos de alto se encontraba atracado en Palma de Mallorca (Islas Baleares, España), el último puerto antes de volver a Roma, desde donde habíamos salido una semana antes cuando “coronavirus” era una palabra que solamente de escuchaba en China.


Nuestra habitación se encontraba en el piso nueve, la recepción en el siete. Bajamos lo más rápido de pudimos, aún en malla, sin saber bien qué queríamos preguntar o decir, pero buscando respuestas.

Allí presenciamos una escena digna de Titanic: cientos de personas aglomeradas alrededor del diminuto escritorio con seis empleados que a los gritos trataban de calmar a la multitud. Gente con valijas listos para escaparse del barco, familias con niños llorando, pasajeros hablando en italiano, inglés, francés, español. Lío; mucho, mucho lío.

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- Amor, ¿dónde te gustaría irnos de luna de miel?

- Podríamos ir a Grecia, me parece un lugar súper lindo para descansar y relajarnos.

- Sí, ¿pero dos semanas ahí? Puede ser medio aburrido. ¿Te parece si pensamos en alguna cosa más?

- Podría ser un crucero. Nunca hicimos uno y me parece copado para probar en la luna de miel.

- Me copa.

Creímos que era muy romántico navegar por el Mediterráneo y amanecer en el mar mientras conocíamos ciudades nuevas. Por cierto lo fue, realmente vimos paisajes hermosos y disfrutamos de momentos mágicos que son solo nuestros.

Recuerdo que en el atardecer que nos íbamos de Barcelona, decenas de gaviotas se acercaron al barco y comenzaron a revolotear alrededor mientras el sol bajaba y nosotros nos alejábamos del puerto. Con Nico salimos al balcón del camarote y nos abrazamos un rato largo, nos quedamos mirando el horizonte y pensando lo afortunados que nos sentíamos en ese momento.

Atardecer en Barcelona desde el balcón del camarote. Foto de la autora

El crucero era, hablando mal y pronto, un monstruo. Una ciudad en medio del mar. Teníamos spa, piscinas, decenas de bares, restaurantes, dos casinos, un museo, un teatro y cientos de espacios de relax. Los empleados estaban chipeados para sonreíros siempre y servirnos a cualquier hora. Nos habíamos encariñado con Walter, el mozo que nos servía la cena todas las noches, y que aprendió a hablar español por nosotros. Estábamos esperando la última noche para darle algún regalo y agradecerle su buena onda, pero esa noche nunca llegó.

***

- Hola, disculpe. Nosotros nos teníamos que bajar en Roma, pero dado este comunicado, ¿hay posibilidades de que nos bajemos acá en Palma?, le dije en un inglés atolondrado a la chica de recepción.

- Claro, solo tienen que firmar una carta y se pueden bajar acá.

- ¿Y cuánto tiempo tenemos para decidir?

- Nada, se tienen que ir ya. El barco zarpa en veinte minutos.

Corrimos, en malla, directo al ascensor que nos llevaba de nuevo al noveno piso.

Mi cerebro pensaba tan rápido que no terminaba una idea para pasar a la otra: ¿Qué hacemos? Si nos bajamos acá tenemos que cancelar nuestros vuelos a Grecia desde Roma y pagar alguna noche en un hotel, además de buscar la manera de llegar a Santorini. Pero si nos quedamos nos arriesgamos a llegar a Roma y no poder salir. No llegaríamos a nuestro lugar soñado y tendríamos que pelear para volver a la Argentina como sea.

Según las noticias que leíamos, Italia estaba blindada: nadie salía o entraba. La medida que al principio solo era para el norte, ahora aplicaba a todo el país. No se podía circular por las calles sin permisos especiales, los vuelos se cancelaban minuto a minuto, la gente que estaba de tránsito se quedaba sin saber cuándo iba a poder volver a sus países.

Llorábamos, llorábamos mientras metíamos la ropa hecha un bollo en nuestras valijas. Estábamos en piloto automático y nos movíamos lo más rápido que podíamos, sin saber si esos veinte minutos de gracia serían suficientes para bajarnos del barco. Ya no nos importaba ese traje delicado que Nico había llevado para la noche de gala, o mi vestido blanco de fibrana que no se podía arrugar. Ya no estudiábamos la mejor manera de armar el equipaje: cada prenda caía dónde podía y sin prolijidad alguna.

Mientras tanto, le escribí desesperada a mi amiga Lara, cuyo padre y hermano viven en Porreres, un pueblo que queda a cuarenta minutos de Palma de Mallorca. Si ellos nos daban alojamiento, por lo menos nos daría algo de paz ver caras conocidas.

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Julieta fue compañera mía de secundario. También la elegí como testigo de nuestro casamiento, gracias al vínculo que nos une desde hace más de diez años.


Juli es agente de viajes y turismo, así que en cuanto decidimos hacer un crucero le consulté los detalles sobre cómo se reservaba, qué costos tenía, si me recomendaba la experiencia y algunas preguntas más que nos surgieron. Si bien el costo era elevado, con tan solo el 30% del total ya se reservaba el lugar y el resto se podía ir pagando cómodamente hasta un mes antes de abordar. Obvio que el pago era en dólares. Por lo que decidimos congelar la reserva cuanto antes para poder ahorrar y no tener que pagar todo junto. Era 2019 y estábamos en año electoral, no sabíamos lo que podía pasar con nuestra economía.

Desde el día del primer pago, nos descargamos la aplicación “My Costa” y revisábamos la cuenta regresiva que allí aparecía con números celestes. La primera vez que lo abrimos faltaba más de un centenar de días para pisar el barco, pero nuestra emoción y ansiedad era inversamente proporcional a esas cifras que iban disminuyendo semana a semana.

Amanecer en el Mediterráneo, uno de los sueños de Camila y Nicolás cuando planificaron su luna de miel. Foto de la autora

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Transpirados, confundidos, apurados. Volvimos al piso séptimo, pero ahora acompañados de todas nuestras pertenencias. Dos valijas, un carry on y dos mochilas. Nuestros pasaportes, nuestra plata, nuestra ropa. Me dí cuenta que este virus le quita importancia a todo lo “mío” o “nuestro”: a mí no me importaba si me había olvidado una campera en la pieza o si tendría que gastar dinero para resguardarnos esa noche. Ante la desesperación y el peligro nada se vuelve más “mío” que la seguridad y la salud. Instinto de supervivencia, le dicen.

Buscamos a la misma empleada que nos había atendido minutos antes. Nos llevó a una mesa aparte y nos hizo firmar un formulario donde declaramos el cese de nuestro barco. En él, decía algo así como que nosotros tomábamos responsabilidad total de lo que nos pasara en tierra y que no tendríamos ninguna devolución monetaria por haber suspendido nuestra estadía a bordo. Me pareció irónico firmarlo y que la empleada pusiera en él que la causa por la que nos bajábamos eran “personal reasons”. ¿Qué tan personal o colectivo es una pandemia?

Nos aclararon que necesitaban nuestros pasaportes para hacerles fotocopias y sumarlas a nuestro formulario. Busqué entre el desorden el portadocumentos y saqué mi Passaporto Italiano junto con la libreta azul argentina de Nicolás.


La cara de la mujer enfrente nuestro se transformó:

- Pero, ¿él no es europeo? - me dijo mirando fijo a mi marido.

- No, yo soy italiana pero él tiene pasaporte argentino.

- No sé si se va a poder bajar, no tiene libre circulación por Europa. Voy a tener que llamar a la policía. Tienen que comprobar que no se baja para quedarse a vivir en España.

- ¿Es en serio? Decidí bajarme hace diez minutos por una emergencia global, ¿cómo va a querer quedarse a vivir en España?

Tic-toc, tic-toc. Era lo único que sonaba en mi cabeza mientras el caos exterior se iba apagando. No teníamos tiempo, el barco zarpaba en cualquier momento y quedarnos ahí arriba significaba que nuestro viaje más soñado se convertiría en nuestra peor pesadilla. Tic-toc, tic-toc.

Vimos llegar a la policía, a los agentes portuarios y al capitán del barco. Formaron un círculo del cual nos excluyeron. Nuestro formulario pasaba de una mano a la otra. Hablaban por handie y volvían a mirar los papeles. En un momento, sin mediar palabra, nos indicaron que bajáramos al piso tres, donde estaría la puerta para que podamos descender.


Nuestra sorpresa aumentó cuando llegamos y la puerta estaba cerrada. Ni una sola salida. Ni un solo guardia. Nada.


Movida por el nerviosismo, forcé una de las puertas e ingresamos a un pasillo interno donde vimos el “detrás de escena” del monstruo flotante. Decenas de mozos se movilizaban apurados porque comenzaba el primer turno de cena. Nos decían que ya no podríamos bajar, que las puertas se habían cerrado y la vida a bordo seguía normal.

El barco debía zarpar a las 18:00, para ese entonces ya eran las 18:15.

Volvimos a subir. Ya no recuerdo cuántas veces en media hora tomamos ese ascensor que me parecía el más lento del mundo.


Y ahí seguía esa ronda: policía, empleados, capitán, agentes portuarios. Y ahí estaban nuestras caras en las fotocopias, y ahí estaba nuestro formulario de cese. Y el tiempo seguía pasando.

- Me van a tener que mandar por WhatsApp toda la información de sus vuelos y reservas de hoteles en Grecia -nos dijo el policía. -Tienen que comprobar que no se van a quedar en España.

Me parecía irreal realmente. ¿Acaso la emergencia global no es factor suficiente para flexibilizar las burocracias?.


Enviamos todo. La discusión continuaba y ninguna de las seis personas participantes de esa ronda nos daba una respuesta. ¿Bajaríamos? ¿Nos quedaríamos varados en Italia?

Tic-toc. La cabeza me estaba matando. Tenía calor, estaba angustiada, me sentía presa. Miraba a Nico, con su paz inalterable. Eso fue algo que admiré de él desde aquel 4 de enero de 2018 cuando salimos por primera vez. Él mantiene su templanza aun en situaciones límites, y nunca se olvida de abrazarme para recordar que somos un equipo y que, de alguna manera, siempre podremos hacer frente a los desafíos.

No sabemos bien qué cambió o si desde el puerto dieron alguna orden, pero de repente la ronda se disolvió y un policía nos ordenó: "Follow me".


Nos llevó al tercer piso y volvió a abrir la puerta que yo había forzado minutos antes. Nos metimos por el pasillo del backstage y caminamos en medio de todos los preparativos para continuar la vida de crucero con normalidad: los mozos se acomodaban sus delantales, el equipo de recreación preparaba coreografías para la fiesta de la noche, el personal de limpieza ordenaba los equipos. Parecía que en esa burbuja no había lugar para la preocupación. Nuestras caras largas eran ajenas a aquel mundo de cartón pintado en el que “coronavirus” era mala palabra.

Llegamos a la puerta abierta. Una rampa de unos 15 metros nos separaba definitivamente de nuestra libertad. Nos estaban esperando. En ese momento nos enteramos que éramos los últimos pasajeros que dejarían descender. Para ese entonces el barco ya llevaba más de cuarenta minutos demorado por causa nuestra.


Escanearon nuestros documentos y nos dejaron bajar. Respiré hondo y volví a llorar. Lo habíamos logrado. Habíamos bajado. Me sentí Rose de Titanic por un momento. Una sobreviviente.

Vista desde el puerto de Palma de Mallorca (España), donde finalmente lograron bajar. Foto de la autora

***

Ya instalados en Porreres, comiendo lasagna casera y viendo caras conocidas, pudimos tranquilizarnos por completo y dejar que el cansancio se apodere de nuestros cuerpos. Al otro día nos enteraríamos que quienes no pudieron bajar del Costa Smeralda habían quedado atrapados y vagaban sin poder amarrar en puertos italianos. Por otro lado, empezábamos a escuchar testimonios de argentinos varados en Roma que no podían salir del país.


Nos convencimos de que habíamos actuado con sabiduría y España parecía refugio seguro, por lo menos en aquel momento. Era 11 de marzo.

Dos días después llegamos a Atenas. Habíamos podido salvar nuestro viaje y estar más cerca de nuestro destino soñado: Santorini. No sabíamos que horas después Alberto Fernández declararía cierre de fronteras argentinas y que nuestro regreso a casa sería otra odisea. Pero ese relato se lleva un capítulo aparte.


En aquel momento, almorzando frente a la Acrópolis, nos sentíamos equipo. Bendecidos, felices. En aquel momento nuestro descenso del crucero comenzó a convertirse en un recuerdo gracioso que algún día contaremos a nuestros hijos. Nosotros, por otro lado, creímos irónico saber que con 13 días de matrimonio ya no nos daba el corazón para tantas emociones.

Cuando alguien me pregunte cómo fue mi luna de miel responderé que tuvo todos los condimentos que pudo tener. Diré que fue mágica pero también desafiante. Diré que reímos y lloramos, que nos abrazamos y que también nos enojamos. Que tuvimos miedo, que estuvimos angustiados, que nos enamoramos de nuevo y nos redescubrimos siendo familia.


Cuando alguien me pregunte cómo fue mi luna de miel, le contaré cómo se siente amar en tiempos de pandemia.

Al momento de la publicación de esta nota, Camila y Nicolás ya se encuentran a salvo en Buenos Aires, cumpliendo el aislamiento preventivo. Foto de la autora

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