INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Donde reina la incertidumbre, ¿Alberto gestiona?

La pandemia del COVID-19 marcó desde su llegada un desafío sin precedentes para los países de Latinoamérica y sus respectivos líderes. La región se ha convertido lentamente en el escenario principal donde el virus aparece robustecido por las características previas que evidencian el subdesarrollo estructural de la región. En este contexto le tocó gobernar al recién electo presidente de Argentina: Alberto Fernández.

Por Salvador Colubriale y Julián Cordoba Pivotto

Foto: El Cronista

A mediados de marzo –con la pandemia recién llegada a la región– lo que destacó de la gestión argentina fue la rapidez con la que se declaró la situación como una crisis sanitaria, a través de una cadena nacional. De esta manera, el Poder Ejecutivo Nacional inició un vínculo con los argentinos para hacer viable un plan de gestión y una pronta respuesta por parte del Estado. Lo destacable es que este comunicado contó con el apoyo de todos los gobernantes subnacionales: los gobernadores de las 23 provincias y el jefe de gobierno porteño. Entendemos que este apoyo generó el fortalecimiento de la figura y el liderazgo del presidente, que –en tiempos de crisis– ayudó a construir y hacer más viable la gobernabilidad.

Poco tiempo después, a estas manifestaciones le siguió en formato de decreto la declaración de una cuarentena obligatoria en todo el país que limitaba la libertad de movilidad y apelaba a una consigna clara: “Quedate en casa”. Alberto decidió entonces, aprovechar su rol docente para explicar cómo se da el contagio del virus y de qué manera sirve el aislamiento para detenerlo. Ello, sumado al asesoramiento de un comité de epidemiólogos que lo acompañaba en la toma de decisiones, generó confianza y apoyo por parte de la ciudadanía que se vio reflejado en una alta imagen positiva.

Con el aval de la comunidad científica, sectores de la oposición y de la propia ciudadanía en general, el aislamiento preventivo y obligatorio continuó durante todo el mes de abril con resultados positivos, en una región que presentaba situaciones muy disímiles en lo que a números de contagios y muertes respecta.

Sin embargo, el panorama no era puramente optimista. La pandemia intensificó aún más un contexto económico que ya se presentaba como todo un desafío para el recién electo presidente: altos números de inflación (53,8% en 2019), una deuda de 57.000 millones de dólares –el mayor préstamo de la historia otorgado por el FMI y la renegociación del endeudamiento de 66.238 millones de dólares contraído con tenedores privados.

En esa combinación de desafíos, la situación económica se vio agravada por el aislamiento y su extensión en el tiempo. Aunque el Estado argentino se vio obligado a pagar sueldos de empresas privadas durante el mes de abril, la confianza comenzó a diluirse y parte de la sociedad empezó a presionar para flexibilizar las condiciones del aislamiento y así recuperar un ritmo de actividad que le permitiese volver a generar ingresos. Con este panorama, la imagen sólida y el liderazgo firme de Alberto comenzaron a verse comprometidos.

Con un discurso en el que se incluían frases como "De la muerte no se vuelve. En cambio, de los problemas económicos, sí" y "Si el dilema es la economía o la vida, yo elijo la vida", Alberto dio a entender que tenía una decisión tomada: la cuarentena seguiría en pie, aun cuando su imagen se pudiera ver afectada por este motivo. Desde entonces, apareció instalada desde distintos sectores en Argentina una falsa dicotomía entre economía y salud, que escondía la falta de planificación y revelaba un Estado cuyo plan de acción para enfrentar la pandemia empezaba a tener ciertas fallas.

Alberto Fernández (der.) junto al Ministro de Economía, Martín Guzmán (izq.). Foto: Ámbito

En este contexto, identificamos un liderazgo presidencial que al encontrarse con disensos tuvo que ceder. De este modo, en la conferencia de prensa del 8 de mayo, Alberto decidió dar mayores libertades a los gobernadores, descentralizando el manejo de la pandemia pero manteniéndose estricto con el aislamiento social, preventivo y obligatorio en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).

No menor es el desafío que se encuentra esa región, ya que allí se concentran el 90% de los casos, según datos del Ministerio de Salud de la Nación. Además, el AMBA evidencia la complicada relación que existe entre el coronavirus y el subdesarrollo, dado que antes de la pandemia, ya contaba con un índice de pobreza del 35,2%, como indica el último informe del INDEC previo a la pandemia. Las condiciones de hacinamiento y la economía informal han dado lugar a un caldo de cultivo perfecto para el avance del COVID-19. En consecuencia, es claro que aunque el virus sea el mismo, no afecta a todos los distritos de la misma manera.

Entre el falso dilema salud-economía y el cansancio que produjo la extensión de la cuarentena en la sociedad, las manifestaciones no tardaron en llegar. Las primeras, más optimistas, tuvieron lugar en los balcones de los edificios: algunos sectores de la sociedad se organizaron para dar apoyo en forma de aplausos al personal médico. Sin embargo, desde este mismo sector surgieron manifestaciones de descontento un tiempo después, por la polémica liberación de presos que tuvo lugar durante el mes de abril. En esta línea, el 20 de junio se vivió lo que creemos que fue el momento más álgido de la tensión entre este sector de la sociedad y el Poder Ejecutivo Nacional: un banderazo en respuesta al nuevo tema en agenda centrado en la intervención estatal y posible expropiación del caso "Vicentin" una empresa productora de cereales y oleaginosas que mantiene una gran deuda con el fisco.

Esta manifestación representó el descontento de una sociedad que observaba cómo –en medio de un ascenso de casos y muertes– el gobierno avanzaba en materias que no guardaban relación con la pandemia. Alberto, sin mucho margen para confrontar, decidió retroceder con el proyecto de intervención. Sin embargo, nos dejó una frase que puede echar luz sobre un asunto latente desde hace muchos años en nuestro país: la desconexión entre el gobierno y la sociedad. El presidente dijo: "Pensé que iban a salir todos a festejar". La frase esconde cierto tinte de demagogia, pero principalmente una falta de comprensión de lo que la sociedad necesitaba en tiempo y forma.

Banderazo en el municipio de Avellaneda (Santa Fe) en contra de la expropiación de Vicentín. Foto: El Litoral

El panorama es aún más conflictivo: la pandemia parece estar lejos de concluir, los casos aumentan diariamente y el descontento también. El hartazgo de la cuarentena se evidencia en lo que posiblemente esté camino a ser el “pico” de contagios. ¿Las preocupaciones? La actividad económica, pero también la capacidad hospitalaria. Esta situación presenta una combinación de desafíos a resolver, en el marco de la cual el liderazgo de Alberto y su imagen parecen entrar en jaque.

La economía argentina está atravesando una caída importante, al igual que la que padecen muchos otros países. A comienzos de julio, Alberto Fernández y el Ministro de Economía, Martín Guzmán, decidieron dar un ultimátum al anunciar que la propuesta de pago de los bonos argentinos alcanzaría los US$53,5 centavos por dólar para aquellos que aceptaran el acuerdo de reestructuración de deuda. Esta opción superaba el límite de 50 centavos de dólar que había marcado el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el mismo Gobierno para definir la "sostenibilidad de la deuda". El presidente se encargó de recalcar que “no habría otra oferta” en cada salida mediática. Sin embargo, la adhesión sólo alcanzó al 35% de los bonistas. Este panorama parecía muy oscuro, ya que de materializarse conduciría al país a caer en un nuevo default, lo cual motivaría futuras demandas judiciales en Nueva York.

A pesar de todo lo anterior, en las últimas semanas las cosas parecen cambiar y habría esperanza de un acuerdo, dado que el gobierno hizo un nuevo esfuerzo subiendo el valor de lo que estaría dispuesto a pagar por bono hasta la suma de US$ 54,8. De esta forma, se alcanzó un acuerdo con los bonistas, algo que podría fortalecer la imagen de Alberto. No obstante, insistimos en que debemos tomar esta noticia con optimismo, pero también con cautela, ya que aún hay muchos detalles que desconocemos. Lo que esperamos es que este acuerdo sea el primer paso hacia la construcción de una economía coherente con el crecimiento y el desarrollo, que se asocie más a una política de Estado que a medidas aisladas tomadas por el gobierno de turno. Mas allá del acierto de acordar con los bonistas privados la cuestión económica no está resuelta y aun se viene una larga renegociación de deuda con el Fondo Monetario Internacional.

Entre todas estas complicaciones, durante la conferencia del 31 de julio, se pudo escuchar a un Alberto enfático y preocupado por los resultados producidos por la flexibilización de la cuarentena en el AMBA a partir del 17 de julio. El presidente llegó incluso a afirmar que "si ves todos los negocios abiertos en la avenida Santa Fe, te relajás", pero parece que algo se rompió en la unidad nacional. Exactamente el día después de esta declaración, Horacio Rodríguez Larreta en conferencia de prensa habilitaba la apertura de locales en las avenidas, siguiendo la línea de lo proclamado en el plan de flexibilización presentado el 17 de julio. ¿Simbolizó este gesto una ruptura en la relación oficialismo-oposición que consolidó el éxito de Alberto en los primeros meses? Este interrogante aún constituye una pregunta sin respuesta. Las grietas políticas parecen volver a abrirse mientras la economía se desploma y la pandemia alcanza su pico. A pesar de esto el presidente Alberto Fernández sabe que la unidad con la oposición es clave para mantener la tranquilidad y la confianza en la sociedad, en base a esto se pueden observar esfuerzos claros por sostener la relación con Horacio Rodríguez Larreta e incluso en los últimos días un contacto muy fluido con el gobernador opositor de Jujuy Gerardo Morales.

Estos roces políticos no solo se dan entre la oposición y el oficialismo. El propio Frente de Todos parece mostrar tensiones preocupantes en su interior. En primer lugar, Aníbal Fernández –en un intento de defender a Alberto y su accionar en materia de comunicación– salió a confrontar a Santiago Cafiero. Fue contundente: "No me gusta calificar. El que tiene que darse cuenta si Cafiero está verde es el Presidente". El propio Jefe del Gabinete de Ministros salió rápidamente a poner “paños fríos” a la cuestión: “Siempre la palabra de Aníbal es útil porque es una persona de mucha experiencia. Pero quiero no caer en un lugar donde critiquemos cosas que por ahí no las evaluamos con total dimensión”. Y concluyó con un determinante apoyo al presidente: “En un momento de mucha angustia y mucha crisis, la Argentina necesitó de la palabra del Presidente, porque es el mayor interlocutor con la sociedad y con el pueblo”.

La mayor tensión en el Frente de Todos se vive entre la Ministra de Seguridad de la Nación, Sabina Frederic, y el Ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni. Esta situación tiene antecedentes en los primeros meses del año, cuando Berni confrontó a Alberto, diciéndole que “nadie es dueño de la verdad absoluta”. El presidente redobló la apuesta respondiendo: “No sé qué piensa ni qué quiere Berni". Actualmente, la disputa es por la presencia de las fuerzas federales en la provincia de Buenos Aires. Según Berni, “la presencia de las fuerzas federales en esta jurisdicción sin una conducción clara no solo resulta estéril, sino que agrava y complejiza la operatividad diaria de los elementos policiales provinciales”. Esto revela una heterogeneidad en el Frente de Todos que parece presentarse como una nueva dificultad con la que debe convivir el presidente Alberto Fernández en la toma de decisiones diaria.

Sergio Berni junto a Sabina Frederic. Foto: Infobae

Por lo visto, Alberto tuvo un acertado comienzo pero no pudo estabilizar la marcha en la toma de decisiones. Por este motivo, las turbulencias parecen haber comenzado a adueñarse del viaje. Cada situación planteada –hasta los aciertos que se han alcanzado en temáticas como el acuerdo de la deuda– tiene contradicciones que la sociedad percibe y, en consecuencia, su hartazgo aumenta. En esta línea, hubo una convocatoria a una nueva movilización el 17 de agosto (#17A), esta vez contra la reforma judicial presentada por el oficialismo. Este es un tema mucho más delicado que la expropiación de Vicentin, ya que Argentina necesita realmente repensar su sistema de justicia. Sin embargo, la sociedad otra vez observa cómo la pandemia es utilizada como excusa para poner en discusión cuestiones totalmente ajenas a ella. Ante esta situación, la desconfianza y el rechazo parecen automáticos. Nada de esto es positivo para el liderazgo de Alberto Fernández, que parece estar frente a un nuevo desafío.

Argentina atraviesa el peor momento de la pandemia del COVID-19 hasta la fecha, Mientras tanto, el liderazgo de Alberto Fernández se debilita. En este contexto, el miedo aparece como un agente disciplinador. Esta lógica comprende, a su vez, cierta discriminación y estigmatización del personal de salud en un panorama muy diferente del que se veía en los famosos aplausos de las 21 horas hace unos meses, en el inicio de la gestión de la pandemia. Hemos escuchado declaraciones del Ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires como: "Si sigue este ritmo, las camas de terapia intensiva pueden colapsar en la segunda quincena de agosto". Estas manifestaciones alimentan el miedo en la población sin dar resultados fructíferos, en una sociedad cansada de la cuarentena. En este contexto, si Alberto Fernández quiere volver a fortalecer su liderazgo parece más viable cambiar el miedo por la esperanza, y la coerción por la responsabilidad.

La inestabilidad descrita también se refleja en las mediciones de la imagen de Alberto Fernández. El presidente vio subir su popularidad desde el 33,7% hacia fines de febrero hasta el 67,8% en abril. Sin embargo, el capital político acumulado por las buenas decisiones comenzó a diluirse con falsos movimientos como el ya mencionado caso Vicentin. Actualmente –según Giacobbe & asociados– Alberto tiene un 43% de imagen positiva, de lo que se deriva que hemos ingresado en una lógica de polarización como la que ha reinado en los últimos años en nuestro país. Si bien observamos que el porcentaje de apoyo al Presidente sigue siendo alto, la tendencia a la baja es determinante y preocupa bastante al gobierno, que está decidido en avanzar con una posible reforma judicial.

En medio de este descenso de su imagen positiva, Alberto Fernández dio un anuncio esperanzador: Argentina, en conjunto con México, producirá la vacuna que está realizando la Universidad de Oxford para abastecer a Latinoamérica. Esta noticia muestra que hay luz al final del túnel, pero –por sobre todas las cosas– parece ser una lección de solidaridad que el mundo entendió a la perfección. La vacuna tiene que llegar a todos si queremos erradicar la crisis del coronavirus. Esto pareciera ser un evento que, a priori, podría mejorar la imagen del presidente. Sin embargo, esta solución será una realidad recién en el primer trimestre de 2021 y aún no contamos con fechas exactas.

Mientras tanto, Alberto deberá seguir gestionando una Argentina que se complica cada vez más en cuanto al aumento de casos, fallecimientos y capacidad hospitalaria ocupada. Durante la conferencia de prensa del anuncio de la vacuna, nos encontramos con un presidente contradictorio que volvió a afirmar: “que me sigan hablando de cuarentena es algo que me asombra porque la gente sale”. Sin embargo, en la última conferencia de prensa anunció que algunas zonas volverán a la fase 1. Este revés se explica, al parecer, por un intento de dejar de hablar de cuarentena y comenzar a clarificar un horizonte temporal del aislamiento, que demuestre dónde estamos y hacia dónde vamos. ¿Tendrá relación este cambio con el descenso de la popularidad del presidente? Aunque la palabra “cuarentena” posiblemente contenga una gran carga negativa, no se descarta volver a ella si las cosas siguen complicándose.


Por último debemos mencionar que la marcha del #17A aglomero gente en distintos puntos del país. La movilización se dio, como ya dijimos, en el marco de la protesta contra la reforma judicial presentada. Además se le adhirieron reclamos por la libertad que manifiestan un hartazgo en la cuarentena. El presidente había catalogado la marcha como una “invitación al contagio”, sin embargo, las distintas imágenes mostraron una gran cantidad de gente movilizándose. Esto puede ser leído como un claro desafío a la autoridad de Alberto Fernandez. A las complicaciones económicas, políticas y sanitarias se le suma entonces una disputa por el espacio público que eleva la conflictividad social. El panorama para Alberto tiene una complejidad preocupante.

Una Argentina en cuarentena, agitada políticamente y con dificultades económicas, necesita hacer del diálogo una rutina que nos lleve al consenso para realizar transformaciones necesarias que mejoren la calidad de vida de los argentinos y las argentinas. El mandato de Alberto Fernández recién comienza; sin embargo, ya empieza a mostrar contradicciones e idas y vueltas complejas que no colaboran con el momento que atraviesa la pandemia del COVID-19. Los aciertos se transforman en desaciertos y la imagen cae sin reparos. Nos preguntamos, entonces, en medio de tanta incertidumbre: ¿podrá el presidente gestionar correctamente la compleja situación salvaguardando su imagen y su liderazgo? La respuesta queda a su consideración.

El presidente, en conferencia de prensa, junto a Horacio Rodríguez Larreta (izq.) y Axel Kicillof (der.). Foto: Télam

Valoramos la pluralidad de opiniones. Las notas publicadas por Política en Jaque no necesariamente representan los valores de la organización.

© 2020 Todos los derechos reservados. Política en Jaque - Organización Política.