INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Detrás del arcoiris: la mercantilización del #Pride

53 Christopher st., NYC. Fuera de contexto, esta dirección podría no decirte nada, pero aquellxs que hemos recorrido the Village sabemos que es símbolo de una lucha. En la madrugada del 28 de junio de 1969, se iniciaron las revueltas en Stonewall, que pasarían a la historia como la primera lucha de la comunidad LGBTIQ+ contra el sistema opresor de Estados Unidos. 51 años después, Stonewall sigue siendo un símbolo de lucha. Me pregunto, 51 años después, ¿hasta qué punto el arcoiris también lo es?


Muchos años acompañé esta lucha. Me parece inconcebible que alguien pueda ser vulneradx o victimizadx por su identidad de género o preferencia sexual. Siempre pensé que el mundo estaba equivocado en segmentar a las personas de acuerdo a su identidad o cómo practican su sexualidad. Pero, como toda mujer, blanca, de clase media, criada en una escuela católica, para mí la discriminación era solo de la comunidad heterosexual hacia la comunidad homosexual, donde siempre lxs mismxs eran victimxs y lxs mismxs victimarixs. Nunca imaginé que detrás de un arcoiris de colores patentado como marca registrada pudiera esconderse la discriminación y sectorización de humanos contra humanos que comparten el mismo colectivo.


Hace un año, con esta visión romántica de lucha, me embarqué con mi mejor amigo en la visita al icónico establecimiento y a los festejos por el 50° aniversario de la revuelta. Una mezcla entre cholulismo y activismo bastante importante nos invadía, aunque no era la primera vez que visitabamos el lugar. La ciudad estaba vestida de arcoiris; en el país de la discriminación, el arcoiris es el símbolo de la diversidad (o eso queremos creer). Las grandes marcas, lxs políticxs y los medios masivos de comunicación habían patentado un logo con el arcoiris para demostrar su grado de inclusión. ¿Será que ahora está bien visto tener empleadxs diversxs? “No hay que ser bueno, hay que parecerlo”, decía mi abuela.


De repente, el arcoiris, símbolo de fiesta y alegría, se convertía en el ícono comercial de la diversidad. Ese día en NYC, se podían conseguir desde pines hasta zapatos de la 5ta avenida con la bandera del “orgullo”. Mientras descargaba una aplicación de realidad aumentada donde caían papelitos virtuales de color rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta yo solo podía pensar, ¿a quiénes incluye este arcoiris? Estos colores que cubrían la ciudad convocaron a los 50 años de #Pride a un sector de la comunidad LGBTIQ+ que respetaba los patrones hegemónicos patriarcales de cierta diversidad socialmente aceptada. Esa marcha ya no era una marcha que representaba la lucha de millones de personas que habían sufrido vulneración o discriminación. Era un desfile del tipo Día de Acción de Gracias en el cual las grandes empresas convocaban a sus empleadxs a marchar para demostrar cuán inclusivxs eran; a cambio, te daban el día libre y algo de merchandising de colores.


Ahora bien, esas mismas marcas presentes en esta “mercantilización del Orgullo” son las que hoy no tienen talles de ropa para ciertos cuerpos o que no contratan a personas con ciertas identidades. Grandes corporaciones que hacen uso del pinkwashing emulando una aceptación o empatía a la comunidad LGBTIQ+ para suavizar los efectos negativos de su propia industria. Esas marcas son las que te cobran un 50% más el par de zapatillas por tener los “colores del orgullo” o que sacan una colección especial con un arcoiris para cierta audiencia. Entonces, ¿hasta qué punto el arcoiris representa diversidad y lucha? ¿hasta qué punto representa una comercialización para un nicho de mercado?


En la DYKE March, o contra marcha, no predominaba el arcoiris. No había cuerpos hegemónicos, ni la diversidad era auspiciada por grandes marcas. Esta otra marcha representaba la lucha de las mal llamadas minorías, esta lucha representaba a aquellas identidades invisibilizadas. Esta marcha no estaba pintada de arcoiris, esta lucha representaba el orgullo de amar sin importar a quien. Esta marcha dejaba esa sensación de activismo y pertenencia de la lucha iniciada en Stonewall; lucha de aquellxs que tuvieron que sobrevivir al patriarcado hegemónico a lo largo de los años, sobrevivir a violaciones, vulneraciones y discriminación. Y claro, ¿cómo no voy a empatizar con esta causa? Si todxs, de alguna u otra manera, somos sobrevivientes del patriarcado; como decía unos meses atrás alguna nota de esta misma página.


¿Qué precio le ponemos a una marcha? ¿Quién publicita una causa política? ¿Qué medios comunican un mensaje de diversidad hegemónica? Son todas preguntas que no deberíamos hacernos en una sociedad inclusiva pero que al hacerlas nos damos cuenta que, en algún punto de los últimos 51 años de historia, un grupo desvió el camino y quiso ponerle precio al arcoiris, quiso monetizar la identidad y quiso hegemonizar la otredad. Lo personal es político y nuestros cuerpos e identidades también lo son. Entiendo la alegría y el color, pero levantémonos y recuperemos el valor de lucha social que el arcoiris tuvo alguna vez. Más que claro está: para estar orgullosa de ser quien soy y de amar a quien quiera amar, no necesito pagarle a una marca miles de dólares por una colección #Pride.



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