INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Dólar: divino tesoro

Durante los últimos días, se dieron a conocer ciertas medidas económicas tomadas por el gobierno nacional como respuesta a la caída de reservas del BCRA (Banco Central de la República Argentina), provocado por la tan conocida escasez de dólares en el país. En paralelo, los medios de comunicación difundieron y prendieron la alarma respecto de estas medidas, reviviendo ciertas heridas que nos remiten a experiencias de la población argentina y su vinculación histórica con el dólar. No sólo la carestía de la divisa como problema estructural propio de nuestra macroeconomía, sino también los efectos que esto ha dejado en el imaginario social: las expectativas, deseos y anhelos sociales también deben ser puestos en juego a la hora de tomar decisiones económicas de tales magnitudes.


por Álvaro Espejo




Ciertos interrogantes surgieron al respecto: ¿Es el peso argentino una moneda “confiable”? ¿Qué implica la profundización de este cepo cambiario? ¿Podré ahorrar en dólares? En todas estas preguntas suele desdibujarse aquello que ellas mismas encierran: lo social que, intencionalmente, es invisible a los ojos de economistas ortodoxos. Precisamente, en este artículo, el objetivo es indagar la sociogénesis de estas medidas gubernamentales, las expectativas sociales que se tienen respecto al dólar y cúal es el telón de fondo detrás de las valuaciones estrictamente monetarias.


En la literatura general de la sociología económica, recientemente ha tomado un viraje importante la “sociología del dinero”. Es decir, la investigación relacionada a indagar los mercados financieros desde adentro, la acumulación de saberes expertos que valúan y regulan el carácter institucional de las monedas. En el “Significado social del dinero”, Viviana Zelizer pone en tela de juicio las interpretaciones puramente macroeconómicas que, desligadas de fenómenos culturales, intentan matematizar cualquier esfera de la vida social. Por el contrario, la autora profundiza en las significaciones que otorgamos a las monedas en tanto construcciones simbólicas, no solo como bien de uso intercambiable, sino por el carácter “fantasmagórico” que encierran -marxismo alert-.


Frecuentemente, los discursos generados por diferentes economistas y divulgadores conciben a los problemas monetarios únicamente como elementos de cálculo, sin tener en cuenta que en esos números también se reflejan las disputas de actores de diferentes sectores de la población. Es decir, las formas de análisis macroeconómicos clásicos obvian y olvidan los conflictos sociales que en ellas se reflejan.


Es así que para ir más allá de los argumentos racionalistas del homoeconomicus, hace falta interpretar de otra forma estos fenómenos, no únicamente como fórmulas y ecuaciones para la distribución de bienes escasos, sino también como el terreno de disputas de fuerzas sociales. Foucault, en su célebre libro “Nacimiento de la biopolítica”, ya había dejado muy en claro que la economía produce “signos políticos que permiten el funcionamiento de las estructuras y justificaciones del poder” (p. 107). Es decir, la economía también significa, construye y ordena mundos simbólicos, por fuera de la mera producción de bienes materiales; y eso repercute, inevitablemente, en la interpretación que de ella se tiene en lo social. Entonces, ¿qué signos se producen alrededor del dólar, y cuales disputas sectoriales acompañan en ese proceso de significación de la moneda?


Todos los caminos conducen al dólar


En la ecuación clásica, el ahorro genera inversión. Es decir que, si las personas pueden comprar dólares para su ahorro, esto -generalmente- incentiva la inversión en el mercado para la circulación de la “rueda económica”. Sin embargo, esta teoría es al menos cuestionable en países como los nuestros, a saber: latinoamericanos, ex coloniales, dependientes de circuitos globales del capital. Ahora bien, desde la perspectiva estructuralista de las teorías económico-sociales latinoamericanas, el conflicto en la historia argentina por la falta de dólares es un fenómeno recurrente. La matriz productiva heterogénea del país, entre el sector agropecuario exportador y la industria nacional importadora, imposibilita nuevos modelos de desarrollo capaces de llegar a un “equilibrio deseado”. Esto ocurre, desde este abordaje, por la falta de dólares para comprar insumos destinados a la producción industrial no exportadora, que al demandar muchos productos extranjeros, generaría desequilibrios en la balanza de pagos y tendería a volver deficitario el ingreso de la divisa. La actividad industrial, consecuentemente, estancaría su producción al no poder importar insumos, y con ello, el modelo reprimarizado de la economía agropecuaria sería el predominante por su gran capacidad de generar dólares. Diversos autores han denominado “restricción externa” o cuellos de botella en el sector externo a este patrón de escasez de dólares, que ha sido notorio en largos periodos históricos de nuestro país. Ciertamente, esto no se debe únicamente a problemas monetarios de la economía, sino también a la centralidad significativa que otorgaban diferentes sectores productivos en torno al dólar. Más precisamente, en torno a la demanda de un tipo de cambio alto para grandes exportaciones de productos agropecuarios y, contrariamente, la demanda de un tipo de cambio bajo para importar insumos extranjeros por parte del sector industrial. El dólar, siempre en el terreno de disputa de los actores económicos y sociales, ha sido nuestro nudo problemático desde hace muchos años (obviando el período 2003-2008, con un tipo de cambio flotante y con las necesidades de dólares satisfechas).


Sin embargo, durante la década de convertibilidad (1991-2001) -y, cabe destacar, a raíz de la hiperinflación- se institucionalizó un plan monetario con tipo de cambio fijo. Esto significaba que la estabilidad del dólar era consecuente con las expectativas de grandes grupos sociales: el primer auto, la casa propia - incluso los viajes a la estratosfera. Expectativas insaciables. Aunque la historia es conocida y su caballo de Troya también: reforma del Estado relacionada a privatizaciones de empresas productoras de servicios básicos; desindustrialización y desarticulación de unidades productivas a costa de un modelo financiarizado de la economía; dependencia respecto de acreedores internacionales y la creciente e impagable deuda externa fueron los mecanismos que desestabilizaron y nublaron cualquier horizonte político del país. En el discurso predominante, era el dólar el punto nodal de nuestras carencias.


Sin embargo, como veremos, esto no atañe únicamente a entramados sectoriales productivos del país, sino también al significado social que se le otorga al dólar desde la población general. En su libro “El Dólar: historia de una moneda argentina (1930-2019)”, Luzzi y Wilkis nos invitan a reflexionar la sociogénesis de la popularización del dólar en nuestro país. Cómo y de qué forma se fueron expandiendo discursos en la población que dilucidaron la importancia que tenía el dólar, a pesar de que la gran mayoría de los sectores no pudieran adquirir esa moneda. ¿Es también el dólar una representación ficticia de lo que añoramos y no tenemos?



En este sentido, la moneda como elemento de disputa institucional y político se asemeja también a un signo social, una representación reproducida por diferentes grupos de la población, y no solamente a un puro y exclusivo mecanismo mercantil. Como muestran los autores en su libro, el dólar ha sido un termómetro del humor social, por medio del cual diferentes gobiernos han sido medidos en base a una evaluación monetaria. ¿Quiénes valúan? ¿Son los expertos del mercado financiero, los actores económicos de las diferentes unidades productivas, las propias instituciones o es tal vez la sociedad en su conjunto quien marca las barreras de lo que es legítimo y lo que no lo es? O quizás, la pregunta a formular es saber si esas formas de valorización del dólar, y por ende, sus métodos para organizar la vida social, se entrecruzan y tensionan para trazar los límites -muy difusos y en constante movimiento- de lo aceptable y lo difamado. Respectivamente, cuánto se sacraliza al dólar, cuánto se desvaloriza socialmente el peso argentino.


De profetas y habladurías


Un concepto acuñado por el sociólogo Robert K. Merton, nos otorga herramientas teóricas para pensar estos fenómenos: la “profecía autocumplida”. Es decir, cuando las expectativas -en este caso, colectivas-, en principio falsas en su origen, terminan convirtiéndose en hechos fácticos. ¿Cómo se genera esto? Posiblemente, por algo que la economía obvia: las fuerzas lingüísticas y sociales. ¿Cómo es aplicable a este caso? Cuando circula el discurso por todo el espectro social de que un cepo cambiario agudizará la fuga de divisas, y la confianza del peso argentino se devalúa, es cuando más flujos de capitales extranjeros se van del país. Ese discurso constituye significaciones en torno a la moneda, compartidas y legitimadas por múltiples sectores de la población, que repercuten y sostienen el flujo de capitales en la economía argentina. Solo hace falta que las palabras y expectativas pesen en la población, para que el carácter simbólico de las monedas determinen el valor social que encierran; y, en este caso, que la legitimidad del peso argentino caiga para que los dólares se vayan. Se acusa, por supuesto, al cepo, a las medidas del Estado, como la causa de la escasez de dólares para ahorrar, y no como un método institucional para contener ese desequilibrio monetario, esa fuga de divisas -estructural-, que implica, por supuesto, una transferencia de recursos hacia los sectores más concentrados de la economía no productiva: los especuladores financieros seriales.


La profecía autocumplida, sin embargo, es también un fenómeno visto en quiebres de bancos o bolsas de valores -tal como ha ocurrido a lo largo de la historia del capitalismo contemporáneo- donde sólo hace falta que los mercados crean que algo va a suceder para que efectivamente suceda. Le pasó en el 2008 a Lehman Brothers y le sucede a múltiples entidades financieras, pero también -y de forma más invisibilizada- los gobiernos democráticos son puestos en duda por la “falta de confianza” en ellos y su crisis de legitimidad institucional, que no sólo son profetizadas por grandes actores monetarios o los peces gordos adquisidores de divisas, sino que -en mayor o menor medida- son determinados por sectores amplios de la sociedad, los cuales pueden indicar lo que es “socialmente aceptable” y lo que no lo es. En Argentina, mientras el dólar constituye lo aceptable y lo confiable, el peso argentino, nuestra eterna moneda devaluada, no encuadra en esta categoría. Y cuando escasea la confianza, los capitales no llegan. ¿Es acaso la dolarización de la vida social una instancia significativa para que funcionen “profecías autocumplidas” en nuestro país?



La medida de profundización del cepo cambiario que ha establecido el gobierno ha revuelto ciertas capas de la memoria colectiva que nos hacen reveer diferentes lecturas e interpretaciones de la significación social del dólar. A diferencia de muchos fenómenos coyunturales, y algunas veces por azares de la historia, los múltiples discursos y sus expectativas en torno al dólar nos conducen a concebirlo como un problema estructural dentro de la sociedad argentina, lo que inevitablemente resuena en cada período. Esta popularización del dólar en nuestra cultura, sin embargo, no tiene correlato en la cantidad de personas que poseen la moneda estadounidense. Pero las aspiraciones de grandes grupos sociales pueden ser suficientes para deslegitimar cualquier institución; recordando, por supuesto, que ninguna medida económica debe dejar de ser acompañada de sus consecuentes fuerzas sociales, que dan el peso suficiente para valuar monedas y desacreditar democracias.


La pandemia nuevamente nos muestra los síntomas, las heridas o las grietas sociales que alguna vez creímos superadas y que arden aún más en tiempos de crisis globales. Pero si la historia se repite nuevamente, esperamos que sea más bien como una farsa que como una tragedia.


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