INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Cuando no ir a la escuela es más que perder clases

Las consecuencias que ha traído y traerá el COVID-19, tanto en salud como a nivel económico, parecen ser incalculables. Ahora bien, los impactos negativos a raíz de la suspensión de clases es otro factor a considerar para tomar dimensión de aquello que la pandemia nos está dejando. Tercera entrega del especial #PandemiaEnJaque.


Por Federico Marchiano


Transitamos días difíciles. La incertidumbre sobre el presente y el devenir se hacen protagonistas. Las posturas parecen dirimirse entre priorizar la salud de la población o no frenar la economía, pese a que esto implique vidas. No obstante, hay un sector harto descuidado que también sufre consecuencias y que guarda relación directa con la salud y la economía: la educación.


Los problemas en educación no son nuevos para la región en general y para nuestro país en particular, pero sin dudas esta crisis a nivel global vuelve a desnudar problemas estructurales en nuestro sistema educativo; a la vez que los impactos negativos en el mismo producto del COVID-19 comienzan a sentirse.

UNESCO, estadísticas al 25/3

Las clases han sido interrumpidas en más de 160 países, ya sea total o parcialmente. Según la UNESCO[1], se estima que hay más de un 80% de población escolar que se ve afectada actualmente por el cese de clases, programado en principio por dos semanas en la mayoría de las regiones. En caso de nuestro país el cese fue realizado el 16 de marzo programado, en un primer momento, hasta el 31 del mismo mes. La misma UNESCO ha manifestado que este cese de clases presenciales podría extenderse a nivel mundial mucho más allá de lo planeado. Las consecuencias de ello, claro está, serán sufridas principalmente por docentes y alumnos de las regiones más vulnerables.


¿Y en nuestro país cómo estamos? A nivel universitario las universidades públicas y privadas han suspendido el dictado de clases presenciales y en su mayoría ofreció actividades online. En caso de la Universidad de Buenos Aires, hubo unidades académicas que han pospuesto el inicio de clases y otras que han continuado su desarrollo de forma remota. De todos los niveles de estudio, parecería que las universidades cuentan con ciertas “ventajas” para poder paliar muchos de los problemas que esta pandemia nos trae; sin ser, de todas formas, un escenario ideal. Ahora bien, las consecuencias de esta crisis global parecerían estar afectando principalmente a las dependencias públicas en los niveles secundario, primario (en todas sus modalidades) e inicial. En promedio, son las áreas educativas con más alumnado y a las que asiste la población más vulnerable de la sociedad, principalmente los niños y adolescentes. En este sentido, el cese de actividades no hace más que sumar nuevas preocupaciones a un mar de problemas que afronta la comunidad educativa y que son moneda corriente los 365 días del año. Días de clases perdidos, incertidumbre ante el futuro, docentes suplentes sin la posibilidad de acceder a cargos, maestros y profesores haciendo malabares para poder dictar clases de manera remota, alumnos (y también docentes) que deben de a poco familiarizarse con los nuevos métodos. Reinvención y resignificación del proceso enseñanza-aprendizaje, sin dudas. Pero ¿estamos verdaderamente preparados para llevarlo adelante? El avance de la tecnología sobre la educación es una realidad y posiblemente traiga consigo muchos beneficios a futuro, pero lamentablemente ha tenido que salir masivamente a la cancha en un contexto realmente hostil y en el que, lastimosamente, hay situaciones que se dan a diario en la escuela que no pueden suplirse a través de una pantalla. Desde los alumnos que se alimentan en los comedores escolares, hasta la intervención de la escuela como institución mediadora entre alumnos, familias y otros organismos estatales. Situaciones corrientes que escapan a las soluciones que puede aportar la tecnología y que describen a grandes rasgos problemáticas diarias de los establecimientos educativos. Volvemos a las formas de paliar el cese de actividades presenciales. Desde distintos organismos se celebra que puedan desarrollarse clases a distancia a través de plataformas digitales. Incluso en nuestro país se está haciendo; no obstante, teniendo en cuenta el contexto antes mencionado, los sectores vulnerables de una sociedad como la nuestra vuelven a quedar excluidos. La brecha se agranda entre continentes, entre países e incluso entre regiones. Mientras unos anhelan volver a tener clases de forma presencial (o no) pero siguen estudiando en la comodidad de su living, hay otros, esos que han estado siempre excluidos y encuentran en la escuela un lugar que los invita a ser parte, que vuelven a quedar afuera. Otra vez, quedan afuera de su derecho a la educación. Por las enormes brechas existentes, no pueden seguir al día con sus tareas porque no tienen acceso a ellas al no gozar de una computadora o un buen sistema de conectividad; o, en el peor de los casos, porque las tareas pasan a ser una preocupación menor cuando el almuerzo que la escuela garantiza deja de estar presente.

Es imposible pensar un futuro alejado de nuevas modalidades de aprendizaje con contenidos flexibles y adaptables. Como dije, la tecnología se abre paso. Incluso, bien utilizada, puede ser el componente que logre democratizar el acceso al conocimiento y garantizar el derecho a la educación. Pero aquí está el foco, la educación inclusiva debe ser acompañada de prácticas y pedagogías que la hagan una realidad; sino la utilización de la tecnología no hará más que reforzar las desigualdades que la educación, en su esencia, se plantea borrar. En un país como el nuestro, con realidades tan diferentes a nivel nacional, la disparidad en el acceso a los recursos digitales no hace más que agrandar la lista de desigualdades que se viven a nivel regional. Alumnos y docentes tienen necesidades diferentes que son propias de la realidad de cada provincia o región. Sectorizar la asignación de recursos con políticas públicas focalizadas a las realidades regionales, con prioridad para las zonas más vulnerables, son acciones que el futuro cercano nos demanda. De lo contrario, seguiremos repitiendo errores del pasado, que año tras año salen a la luz y, ante una situación excepcional como la que vivimos, emergen con más fuerza. Los días venideros pueden llegar a ser difíciles, pero la pandemia en algún momento quedará en el olvido y llegará el momento de hacerle frente a sus consecuencias. La sociedad y todos los sectores de la política deberán trabajar conjuntamente para hacer frente a los impactos negativos que el COVID-19 deje. Salud y economía demandarán atención prioritaria, así como también lo demandará la educación.

[1] https://es.unesco.org/themes/educacion-situaciones-crisis/coronavirus-cierres-escuelas Valoramos la pluralidad de opiniones. Las notas publicadas por Política En Jaque no necesariamente representan los valores de la organización.

© 2020 Todos los derechos reservados. Política en Jaque - Organización Política.