INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Lautaro Garcia Alonso

Cuando los santos vienen marchando

El 17 de octubre de 1945 una multitud se concentró en la Plaza de Mayo como nunca en la historia se había visto, con una única finalidad: reclamar la liberación de su líder. Desde entonces, cada 17 de octubre, miles de hombres y mujeres se congregan para recordar aquella procesión que marcó el hito fundacional del principal movimiento político y popular de nuestro país.


Por Lautaro Garcia Alonso



No hay dudas de que el 17 de octubre de 1945 constituye el mito de origen del peronismo. Son cada vez menos los testigos directos que quedan de aquella jornada decisiva en la historia de nuestro país, en la que los obreros industriales abandonaron las fábricas porteñas y se unieron a la multitud de personas que venían marchando desde las afueras de la ciudad (fundamentalmente, desde el sur del Gran Buenos Aires). Aún así, aquel miércoles de octubre ya ha quedado eternizado en la memoria colectiva, no solo de los/as hijos e hijas de aquellos trabajadores que se concentraron frente a la Casa Rosada o de los militantes justicialistas de la primera hora, sino en la de todo un pueblo que hasta hoy –ya sea en la vereda de los seguidores o de los detractores– reconoce el triunfo del primer verdadero movimiento popular de masas en nuestro país.

En los primeros días de octubre de 1945, el panorama institucional era crítico. El gobierno militar enfrentaba una fuerte crisis de legitimidad, y hacia su interior había cada vez más divisiones respecto a cuál sería la salida política más conveniente. Desde un sector de las fuerzas (principalmente, de la Armada) proponían, junto a algunos de los partidos políticos tradicionales, la entrega del poder a la Corte Suprema de Justicia. Por su parte, el presidente de facto Edelmiro Farrell, con el respaldo de algunos sectores del radicalismo, le proponía al entonces Procurador General de la Nación –Juan Álvarez– que formara un gabinete de ministros para asumir un gobierno de transición. A su vez, también había sectores militares que se mantenían firmes en su posición de no entregar el poder, pese a una impopularidad que se volvía cada día más insostenible.

La inestabilidad política e institucional se agravó profundamente a partir del 12 de octubre, cuando el general Farrell –influenciado por el coronel Eduardo Ávalos, en ese entonces flamante Ministro de Guerra y de Interior– ordenó la detención de Juan Domingo Perón, quien hasta hacía pocos días atrás se había desempeñado simultáneamente como Vicepresidente de la Nación, Ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión. Previo a su detención, el 8 de octubre, Perón había renunciado a todos sus cargos, luego de que los oficiales superiores de Campo de Mayo –bajo el mando de Ávalos– habían votado en contra de su continuidad en el gobierno. De este modo, desde el 12 hasta la madrugada del 17 de octubre, Perón permaneció recluido bajo arresto en la Isla Martín García.


El coronel J. D. Perón (izq.) junto al entonces presidente de facto Edelmiro Farrell (der.).

El arresto de Perón marcó una gran escisión dentro del sindicalismo local. Por un lado, el grupo de quienes se oponían a reclamar por su liberación se conformaba por los sectores sindicales afines al comunismo y al socialismo que veían en la figura de Perón la representación del fascismo dominante en buena parte de Europa hasta hacía muy poco tiempo (sobre todo, comparándolo a figuras como las de Mussolini o Franco). Por el otro, sectores de la CGT que mantenían vínculos cercanos con la Secretaría de Trabajo y Previsión, y que reconocían los aportes cuyo ex titular había realizado en pos de los derecho laborales de sus afiliados, consideraban que era primordial la inmediata liberación del coronel Perón, y su retorno al gobierno.


Lo cierto es que, más allá de los debates internos al interior de la burocracia sindical, entre los trabajadores asalariados de los sectores populares de la capital y el Gran Buenos Aires, la imagen de Perón gozaba de una masiva aceptación. Por esta razón, ante la iniciativa de algunos dirigentes sindicales favorables a la liberación del ex Secretario de Trabajo –entre ellos, Cipriano Reyes, quien años más tarde publicaría sus memorias bajo el título “Yo inventé el 17 de octubre”–, miles de trabajadores comenzaron a movilizarse rumbo a la Plaza de Mayo en las primeras horas de la mañana de aquel miércoles histórico.


Tal como explica Daniel James, las marchas del 17 de octubre fueron totalmente diferentes a toda movilización obrera conocida hasta entonces. Según este autor, “las multitudes del 17 de octubre carecían del tono de solemnidad y dignidad característico que impresionaba como la decorosa encarnación de la razón y de los principios” (p. 455)[1]. En este sentido, se apartaron radicalmente de las tradicionales movilizaciones obreras convocadas por socialistas o anarquistas, en las que se cantaban himnos típicos de los mítines proletarios, se marchaba de forma encolumnada y se obedecían ciertas reglas tácitas de decencia y contención cívica. En su lugar, “entonaban canciones populares, bailaban en medio de la calle, silbaban y vociferaban, y eran a menudo dirigidos por hombres a caballo vestidos de gauchos” (ibíd.).


Imagen extraída de un texto escolar de fines de la década del 40, en la que se representa las movilizaciones del 17 de octubre de 1945.

Alejandro Horowicz, en el documental “Un día peronista: 17 de octubre de 1945”, resalta el simbolismo presente en la vestimenta de los manifestantes. En ese entonces, en la Ciudad regía una ordenanza municipal que impedía que los hombres circularan por la vía pública sin llevar puesto un saco. Frente a ello, fue total el estupor de los residentes porteños al ver desfilar por las calles de la capital a cientos de hombres vestidos en camisas gastadas, monos de trabajo o mangas cortas. Así, para Horowicz, del mismo modo que los sans-culottes eran la referencia francesa a lo plebeyo, los “descamisados” eran la referencia plebeya a una iconografía popular considerada “grasa” o “mersa” por aquellos “sectores educados de la Ciudad”, quienes no tuvieron más opción que tolerarla.

También resulta interesante destacar cuáles fueron los blancos principales escogidos por los manifestantes durante el primer 17 de octubre. Lejos de lo que podría suponerse, no atentaron contra las fábricas ni contra los edificios de los órganos de gobierno o de la policía. Por el contrario, sus objetivos fundamentales para ridiculizar y emprender acciones directas fueron las universidades, con sus estudiantes, y los órganos de prensa. Tal como comenta James, bajo las consignas “¡Alpargatas sí, libros no!” y “¡Menos cultura y más trabajo!”, dirigieron buena parte de sus agravios y hostilidades contra los establecimientos de enseñanza superior –incluso llegaron a saquear la residencia del rector de la Universidad de La Plata– y las oficinas de los periódicos –desde la quema de diarios delante de las redacciones hasta el arrojo de piedras y bombas “molotov”–. En este punto, cabe recordar que tanto las universidades como la prensa eran los ámbitos de mayor crítica al gobierno militar en general y a Perón en particular. A su vez, en buena medida, constituían el símbolo del poder burgués y de la iconoclastia laica, ajena a la cultura de masas de los sectores periféricos de los centros urbanos (mayormente identificados con la tradición criolla y la religión).


Tapa del diario Crítica, en su edición vespertina del 17 de octubre de 1945. Fuente: Télam.

Hacia el final de la tarde, la Plaza de Mayo estaba colmada de manifestantes que ya se habían apropiado por completo de ella (es famosa la imagen de los jóvenes sentados de espaldas con sus pies dentro de las fuentes de la Plaza). Luego de un fallido intento del teniente coronel Mercante de disuadir a la multitud para que abandonen el lugar, Eduardo Colom (entonces director del diario La Época) tomó el micrófono y se dirigió a los manifestantes para pedirles que no abandonen la plaza hasta que Perón tomara el balcón de la Casa Rosada.

Frente a este escenario, el coronel Ávalos se trasladó al Hospital Militar, donde se encontraba Perón desde la madrugada de aquel día (la noche anterior había alegado problemas de salud con el fin de estar más cerca de los sucesos que sabía que comenzarían en las horas siguientes). Allí, ambos tuvieron una breve entrevista, en la que acordaron, por un lado, que Perón hablaría a la multitud –sin hacer referencias a su detención– para tranquilizarla y lograr que abandonasen la Plaza, y, por el otro, que el gabinete renunciaría en su totalidad y Ávalos solicitaría su retiro.


Así, a las 22:30h., Perón finalmente apareció en el balcón de la Casa Rosada, y pronunció aquel histórico discurso, en el que las palabras parecían fluir de su boca como si hubiera estado ensayando cada una en ellas durante toda la vida. Sus intervenciones solo eran interrumpidas por el clamor de la multitud congregada allí abajo, embebida de euforia ante la victoria conquistada. Aquella noche, el eco de los aplausos de las miles de personas aglutinadas en la Plaza de Mayo resonó en cada rincón de la ciudad. Como sostiene Torres, el encarcelamiento de Perón no solo aumentó su poder político, sino que acabó convirtiéndolo a su regreso en un auténtico líder de masas[2].


Afiches de la época en conmemoración del Día de la Lealtad Peronista.

Siguiendo la tesis de Ostiguy[3], el peronismo quebrantó los ejes tradicionales del espectro político; en efecto, desde su irrupción, el debate ya no se limitó a la contraposición entre liberales vs. conservadores, ni izquierda vs. derecha. Por el contrario, introdujo nuevas categorías de análisis, vinculadas al estilo discursivo, la cultura política, y las formas de construcción y consolidación del poder, entre otras. Desde 1945 hasta ahora, hubo peronistas de escritorio (o “burócratas”, como los hubiera llamado Weber) y peronistas de la calle; peronistas eclesiásticos y peronistas laicos; peronistas ortodoxos y peronistas revolucionarios. En sus primeros años, en los actos del Día de la Lealtad predominaban las voces de los muchachos peronistas, quienes nunca se hubieran imaginado que poco menos de 70 años más tarde, ocupar los escenarios en las movilizaciones ya no dependería del nivel de testosterona en sangre.


El gen peronista se ha reinventado tantas veces que decirse “peronista” a secas poco sugiere respecto de la posición que se ocupa en el tablero ideológico. El peronismo ha sobrevivido a censuras, proscripciones, golpes de Estado, alianzas multipartidarias y a decenas de derrotas electorales. Así y todo, no hubo ningún 17 de octubre en el que, en algún rincón del país –sea en una plaza o en un comité clandestino, en democracia o dictadura, siendo miles o unos pocos– no se hayan levantado dos dedos en posición de victoria y se haya entonado la Marcha. El peronismo se resiste a morir y, en el fondo, no podemos negar que todos/as tenemos algún cromosoma peronista.


Movilización por el 17 de Octubre, durante la década de los 70.

El Día de la Lealtad no constituye solamente el mito de origen del movimiento peronista, ni conmemora únicamente una hazaña popular en pos de la liberación de un líder de masas. Cada 17 de octubre simboliza la visibilización de quienes hasta entonces no habían sido reconocidos como sujetos políticos: personas trabajadoras que no militaban en partidos políticos y cuyo interés en la política se reducía a exigir aquellos derechos adquiridos que mejorarían su bienestar y movilidad social. El 17 de octubre de 1945, un sector hasta entonces excluido de la vida pública se apropió de las principales calles y avenidas del país, y de los escenarios históricos de disputa política (las universidades, la Plaza de Mayo, los alrededores de la Casa de Gobierno). Aquel sujeto llamado pueblo se hizo carne, y dejó de ser un mero recurso retórico (en boca de políticos demagogos) para materializarse bajo la forma de decenas de miles de personas, con nombre y apellido, que protagonizaron un suceso sociopolítico sin precedentes.


Cierro los ojos e imagino una interminable fila de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, marchando por una avenida tan ancha que no es posible determinar cuáles son sus contornos. La multitud es encabezada por una mujer rubia, con el cabello recogido, escoltada por unos cuantos hombres vestidos con mameluco. De fondo, se escuchan los acordes de una conocida melodía y, de pronto, todos están cantando aquella canción.

Estamos siguiendo los pasos

De aquellos que han ido antes,

Y todos seremos reunidos,

En una nueva y soleada orilla.

(...)

Cómo quisiera estar dentro de ese número,

Cuando los santos vienen marchando.


Llegan a la costa, y se detienen. Del otro lado de la orilla, a lo lejos, un general los observa con una sonrisa inconfundible, y sus brazos extendidos con las manos abiertas apuntando al cielo, conmovido por la más maravillosa música: la palabra del pueblo argentino.


Crédito: Sebastián Martino.

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[1] James, D. (1987). 17 y 18 de octubre de 1945: el peronismo, la protesta de masas y la clase obrera Argentina, Desarrollo Económico, 27(107), pp. 445–461.

[2] Torre, J. C. (2002). Nueva Historia Argentina (Tomo VIII): Los años peronistas (1943–1955). Buenos Aires, Argentina: Editorial Sudamericana.

[3] Ostiguy, P. (2009). Argentina’s double political spectrum: party system, political identities, and strategies, 1944–2007; publicado en The Kellogg Institute for International Studies, working paper Nº 361.

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