INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

  • Lautaro Garcia Alonso

COVID-19, o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la cuarentena

A finales de enero de 1964, Stanley Kubrick estrenaba Dr. Strangelove Or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, presagiando qué ocurriría en caso de que una bomba atómica amenazara con destruir el planeta. No estamos frente a la posibilidad de un desastre nuclear, ni mucho menos ante el riesgo de que se acabe el mundo (aunque algunos insisten en miradas apocalípticas). Ahora bien, ¿qué desafíos nos presenta una emergencia sanitaria global? ¿Estamos preparados para la crisis económica que se avecina? ¿Qué sucederá cuando la pandemia pase y debamos abandonar la cuarentena?


Por Lautaro Garcia Alonso


Estación de tren de Shinagawa en Tokio (Japón), 28/02/2020. A partir de la expansión del COVID-19, Tokio fue una de las primeras grandes ciudades afectadas por la infección fuera del territorio chino. Crédito: Charly Triballeau (AFP)

Hace pocas semanas, el filósofo italiano Giorgio Agamben –una de las voces contemporáneas más reconocidas dentro de la filosofía continental– publicaba una nota en la que analizaba la situación actual del coronavirus en el mundo, y el rol que están desempeñando los organismos gubernamentales. Básicamente, proponía que realmente no había en Europa una epidemia del virus, y relativizaba sus consecuencias sobre la salud de la población, a la vez que cuestionaba por exageradas las medidas restrictivas adoptadas por los gobiernos durante las últimas semanas. En sus palabras, el virus no era otra cosa que una excusa para aplicar el “estado de excepción” sobre la ciudadanía, en función del cual se otorga a los gobiernos facultades extraordinarias para restringir libertades individuales y avanzar sobre la privacidad mediante controles ilimitados, que no hacen más que alimentar “estados de pánico colectivos”.


Entre quienes salieron a cuestionar las opiniones de Agamben se destaca la nota de otro filósofo, Jean-Luc Nancy –al igual que el pensador italiano, también posestructuralista y embebido del marco teórico foucaultiano–, quien recuerda que años atrás los médicos le habían indicado que debía hacerse un trasplante de corazón. En aquella oportunidad, Agamben –con quien entonces ya mantenía una relación de amistad– le sugirió que no los escuchara. “Si hubiera seguido su consejo, probablemente habría muerto tarde o temprano... uno puede equivocarse”, concluye Nancy. En fin.


Pese a las críticas de intelectuales y twitteros, hubo también quienes salieron a argumentar en una línea similar a la de Agamben. A modo de ejemplo, hace unos días se publicó un artículo en el diario español El País, en el que se aplicaba el concepto de biopolítica al escenario actual, haciendo un análisis acerca de cómo se controlan los cuerpos “en nombre de la protección colectiva” y se legitima una “política del miedo” que sirve como “pretexto de gobiernos autoritarios para mover el estado de excepción”.


De los nuestros, debemos destacar la nota escrita por Caparrós para la edición en español del New York Times, que lo volvió tendencia en Argentina durante todo el fin de semana. El famoso cronista y novelista, radicado en España y que por estos días está de visita en Argentina presentando un nuevo libro –o escapando del virus, quién sabe–, dedica varios párrafos a desacreditar y minimizar la gravedad de la situación sanitaria global a raíz de la pandemia. Compara la cantidad de muertes que hubo hasta ahora en España por coronavirus con las que hubo en la temporada 2018-2019 por gripe común, y con las que hay por malaria cada día en todo el mundo (aunque, fundamentalmente, en países pobres). Denuncia que los gobiernos promueven la paranoia con las medidas de salud pública que están tomando y que los medios de comunicación –con el apoyo de los grandes grupos económicos– enardecen el miedo. Según Caparrós, podríamos afirmar que todo lo que está ocurriendo en torno al virus no sería más que una conspiración orquestada por diferentes grupos de poder. O bien, una suerte de “apocalipsis” que inventamos como sociedad por puro morbo. “Pero influye, sin duda, el viejo gusto del apocalipsis. Nos chiflan los apocalipsis: la sensación de que todo está a punto de saltar por los aires... Y teníamos tantas ganas que nos armamos un apocalipsito con una gripe nueva y ambiciosa. Los apocalipsis son una tentación incesante de los hombres; son como las galerías del horror de los parques de diversiones y son, como ellas, inofensivos: su gran ventaja es que nunca se realizan.” Una avalancha de subestimaciones, que lo ponen del mismo lado de la vereda que figuras como Trump o Bolsonaro, quienes hasta hace muy poco tiempo restaban seriedad a lo que entonces aún era considerado una "epidemia" (en ese entonces, no sospechaban que días después serían ellos mismos quienes estarían sometiéndose a las pruebas del virus).

¿Podemos rescatar algo de opiniones como las de Agamben o Caparrós? Ambos tienen un punto en cuanto a la responsabilidad de los agentes de poder mediático en esta crisis sanitaria (aunque ellos no la consideren como tal). Algunas aclaraciones previas. El virus es real. Y también es real su rápida propagación (casi 160 mil casos en más de 140 países en menos de cuatro meses), junto con el riesgo de mortalidad que supone para poblaciones de riesgo (personas mayores de 65 años, inmunodeprimidos y quienes padecen patologías preexistentes). Pero más allá de eso, en las últimas semanas, los medios de comunicación y, en particular, los canales televisivos –posiblemente sesgados por el oportunismo de aumentar su decreciente audiencia– faltaron una vez más a su mandato ético de “informar responsablemente” y, por el contrario, se inclinaron a ofrecer contenidos con altísimas dosis de sensacionalismo en cuanto al modo de presentar la información.

Vecinos de la localidad de La Reja, en Moreno (provincia de Buenos Aires), reclaman el cierre de un supermercado chino por supuesto incumplimiento de la cuarentena de una de las encargadas. Los sucesos ocurren ante las cámaras del canal de televisión Crónica TV que banaliza el hecho. Foto tomada por el autor el 13/03/2020

Las consecuencias de tal irresponsabilidad mediática son evidentes. Una creciente ola de xenofobia y discriminación –sobre todo, hacia personas con rasgos provenientes de países asiáticos y extranjeros recién llegados al país– con el riesgo de incrementar la tensión social y profundizar la exclusión de quienes se encuentren en situación de vulnerabilidad física. Un temor casi irracional por un eventual desabastecimiento de alimentos y productos de primera necesidad, que se traduce en largas colas de supermercado (que, vale decir, aumentan el riesgo de contagios), además de escasez de mercaderías. La falta de alcohol en gel, jabones desinfectantes y mascarillas en la mayoría de las farmacias (¿toda esa gente sabrá que la mascarilla o barbijo solo es útil para quien presenta síntomas o quienes están al cuidado de ellos, pero no cumple ninguna función de prevención para el resto de la población?).

En posturas como las de Agamben o Caparrós subyace la idea de que la nueva cepa del coronavirus que tiene en vilo al mundo invisibiliza otras enfermedades e infecciones que afectan, fundamentalmente, a los sectores sociales más vulnerables. Y que la relevancia mediática de este virus se debe, en gran medida, a que se ha propagado ampliamente en los países más desarrollados del mundo occidental (aunque los casos siguen aumentando en Medio Oriente –vale recordar que Irán ha sido uno de los países más afectados–, Latinoamérica y África). Hay una cuota evidente de verdad en estos argumentos. El problema surge cuando, a raíz de esta clase de postulados, se le resta importancia a las medidas de prevención impulsadas para reducir los casos de contagios.


Como en otras epidemias e infecciones existentes desde hace años, la población más vulnerable siempre termina siendo aquella que cuenta con menos recursos económicos. Y, frente a una propagación sin control del virus, o ante el eventual colapso del sistema de salud, serán las personas de tal sector social las primeras afectadas. Del mismo modo, la inevitable recesión económica global producto de lo que está ocurriendo durante estas semanas afectará en mayor medida a los países en vías de desarrollo y con déficit fiscal y, dentro de ellos, serán los sectores de menores ingresos quienes sufran las consecuencias más duras de la crisis. Posiblemente sean hechos que Agamben o Caparrós pasan por alto, pero ellos también deben estar contemplados al momento de apelar a la conciencia de clase con el fin de ensayar críticas al poder dominante.

No existen soluciones mágicas, y ni la astrología ni Los Simpsons pueden predecir cómo va a continuar el escenario internacional. Se trata de un asunto de salud pública que, como tal, solo puede ser resuelto con la intervención del Estado a través de medidas de contención y mitigación del virus que sean rigurosas y persistentes.


En este sentido, decisiones como suspender vuelos por 30 días provenientes de países con circulación activa del virus, la reprogramación de shows y eventos masivos, la inminente suspensión de las clases de todos los niveles educativos o la cancelación de partidos de fútbol –todas ellas cuestionadas por diversos sectores– se vuelven imprescindibles en pos de lograr frenar a tiempo la potencial propagación comunitaria de la infección. Los ejemplos de Italia y España nos enseñan que no hay que esperar que ello ocurra para adoptar este tipo de políticas.


Una pandemia no se erradica en 14 días, y a nosotros –ciudadanos de a pie– se nos impone como deber cívico la paciencia y el acatamiento inexcusable de cada una de esas medidas. Frente a crisis colectivas, los privilegios del sujeto individual se disuelven en pos de lograr que permanezca el bien común. Es una derivación elemental del contrato social por el que aceptamos convivir en sociedad: participando de la distribución de sus beneficios, asumiendo equitativamente sus cargas.

Resulta interesante ver cómo, en tiempos de crisis, aquellos que otrora despotricaban contra el Estado de bienestar e interventor (atención médica gratuita, aerolíneas con capital estatal, controles migratorios) hoy dependan de sus frutos e incluso reclamen mayores acciones por parte del gobierno para frenar el avance del virus. La mano invisible, en momentos críticos, se muestra tal como es: invisible. Y es allí donde el Estado aparece para contrarrestar las deficiencias del sector privado en su fracaso por satisfacer bienes y servicios que, por naturaleza, requieren de la intervención activa de la administración pública. Como siempre, no faltan quienes, así y todo, continúan contribuyendo a perpetuar mitos acerca de los supuestos efectos corrosivos del accionar estatal, con estadísticas manipuladas a su antojo, datos cuyas fuentes nadie conoce, y argumentos falaces que se derrumban por sí solos. Ante tales postulados, se vuelve sumamente tentador imaginar el desconcierto de estos sujetos cuando, dentro de algunos meses, sean testigos de que el antiviral que se esté suministrando en todo el mundo como tratamiento para el COVID-19 haya sido producido en un país en el que los medios de producción están en manos del Estado.

El pasado viernes se conoció la noticia de que habría al menos 15 países interesados en adquirir muestras del Interferón Alfa 2B, un antiviral producido en Cuba para el tratamiento del COVID-19 y que ya ha sido usado por China para tratar a sus pacientes de coronavirus. Fuente: IPS

La emergencia sanitaria en la que nos encontramos a nivel mundial no solo demuestra la interconexión en la que vivimos producto de los efectos de la globalización y el grado de influencia que tienen ciertos actores en el panorama internacional (nunca más acertada la frase que afirma que “si China estornuda, el mundo se resfría”). También da cuenta de la fragilidad de los cimientos sobre los que se sustentan las economías de los países occidentales, y las deficiencias que enfrentan los servicios públicos a nivel global (en particular, la salud pública). Sin dudas, estamos viviendo semanas que, en el futuro, serán recordadas como parte de un período histórico que –en algún sentido, aún no sabemos cuál– habrá marcado el rumbo de este siglo. Estamos siendo testigos de una pandemia que saca a relucir la crisis que atraviesa el capitalismo –como sistema económico global– en los tiempos que corren. El fenómeno no es nuevo: desde la crisis de 2008 hasta el día de hoy, pasando por los reclamos globales frente al avance del cambio climático y la crisis de los refugiados. Todos son engranajes de una maquinaria que ya hace tiempo dejó de funcionar, y que demanda cambios sistémicos urgentes.


Quizás cuando pase la hora de la pandemia, llegue el tiempo de un nuevo paradigma, edificado sobre las bases de la justicia y el progreso social, y que nos invite a conformar comunidades políticas que sean verdaderamente sustentables en materia sanitaria, económica y ambiental.

Crédito: Angelina Bambina

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