INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

China - Estados Unidos: ¿cambios en el orden mundial?

Frente a la guerra comercial entre China y Estados Unidos -como la titulan los medios- es bueno pararnos un minuto a repensar el marco en el que estamos. Existen numerosas teorías respecto a cómo será el ascenso de China y la caída del hegemón, Estados Unidos. ¿Ocurrirá?


Por Victoria Ras


Luego de la Segunda Guerra Mundial, los actores principales del sistema internacional eran Estados Unidos y la URSS. Numerosas tensiones se vivieron durante la llamada Guerra Fría, en consecuencia del enfrentamiento no armado -directo- entre dichas potencias. Finalmente, distintos factores llevaron al colapso de la URSS, dejando a Estados Unidos en una posición muy particular: pasó a ser el único e indiscutido hegemón del sistema.


El gigante del norte tiene una singular forma de imponer sus valores democráticos y occidentales. Utiliza las instituciones transnacionales que él creó, como la ONU o el FMI, e, en caso de que un Estado se comporte en contra de sus intereses y valores, impone embargos comerciales, económicos y financieros -como a Cuba- o interviene militarmente. Es decir, tiene el poder para declarar, modificar y eliminar las reglas, tiene el poder de dirigir el sistema.


En las relaciones internacionales se dice que el sistema internacional es anárquico. Esto significa que el sistema no tiene una autoridad global. Los Estados son soberanos y no existe autoridad por encima de ellos, creando de esta manera una competencia entre los Estados para ver quién llevará las riendas del sistema. En este caso, Estados Unidos es el que va marcando el paso, aunque en el último tiempo el crecimiento de China inquieta porque podría disputarle su posición de privilegio.


Desde que Trump llegó a la Casa Blanca, la relación con China fue poniéndose cada vez más tensa. Entre las preocupaciones del presidente se encuentran: 1) la protección de la propiedad intelectual, dado que cree que cada vez son más las empresas chinas que copian sus productos tecnológicos y los venden muy por debajo del precio establecido en Estados Unidos, y 2) el gran déficit que sufre la balanza comercial de su país (diferencia entre lo que exporta y lo que importa una economía) en relación con su par asiático; año tras año crece y eso le cuesta a Estados Unidos muchísimo dinero. La guerra comercial es la excusa perfecta para reducir de forma violenta y rápida ese déficit. China es el gran líder del dumping a nivel mundial, lo cual consiste en vender productos a un precio incluso por debajo de su costo de producción, ganando competitividad desleal en los mercados. Es una práctica ilegal que tiene grandes consecuencias a nivel mundial, aunque China desestima las reglas que lo prohíben argumentando que son simple reflejo del proteccionismo occidental.


En marzo de este año, el primer mandatario norteamericano anunció que se le pondría un arancel del 25% a las importaciones de acero y un 10% a las de aluminio. Esta sanción económica dirigida no solo al gigante asiático, sino incluso hacia sus socios, representaba alrededor de U$S 60.000 millones. Varios países, como Argentina, lograron sortear este primer impuesto gracias a negociaciones diplomáticas. Dos semanas después, China respondió estableciendo un arancel del 25% a productos de Estados Unidos, el equivalente a U$S 3.000 millones. Lejos de abandonar la contienda, Trump subió la apuesta en junio, anunciando un aumento adicional del 25%. En consecuencia, Beijing advirtió que si la medida se efectivizaba, los tratados existentes dejarían de tener efecto. Ese mismo día, Trump provocó aún más a sus adversarios: fijó aranceles por un valor de U$S 34.000 millones. China no dió el brazo a torcer e implementó una medida similar.


La estrategia de China fue arancelar la importación de aquellos productos que comprometen al campo y las zonas rurales norteamericanas, lugares en donde se apoyó principalmente la campaña del ahora presidente de los Estados Unidos. Este conflicto comercial afecta a todos los mercados globales, y a pesar de que los dos gigantes son conscientes de ello, continúan en esta escalada de aranceles y restricciones.


Desde las Relaciones Internacionales podemos analizar el paradigma actual. Estados Unidos experimenta desde fines de la Guerra Fría un amesetamiento en cuanto a su acumulación de poder. A partir de ese momento, ningún otro Estado logró disputarle su posición de hegemón. No fue hasta que China comenzó a crecer a tasas por arriba del 10% anual, reduciendo sustancialmente su pobreza, que la preocupación por el surgimiento de un rising power (poder ascendente) inquietó al Estado americano.


En la actualidad, los analistas intentan vaticinar cuál será el próximo escenario al que nos deberemos enfrentar. Algunos se muestran más pesimistas, al considerar la posibilidad de una guerra entre los dos poderes principales. Por otro lado, no son menos aquellos que creen lo contrario y que el resultado será una transición pacífica del poder del hegemón actual a China.


El experto en política internacional Allison describe en su texto La trampa de Tucídides cómo fueron las transiciones de poder en la historia. Uno de los datos más impactantes es que solo 4 de las 14 transiciones fueron pacíficas. Esto parece desalentador, pero no olvidemos que hace casi un siglo el mundo vivía un cambio de paradigma en donde el hegemón, Gran Bretaña, dejaba el sistema en manos de Estados Unidos de manera no violenta. Las diferencias en la situación de hace 100 años y la actual son fácilmente detectables, empezando por el hecho evidente de que antes se trataba de dos culturas occidentales con valores muy similares, y ahora se enfrentan dos potencias con idiosincrasias que discrepan en casi todo.


A comienzos de los 90, un neorrealista llamado Friedberg resumió el paradigma de la siguiente manera: “El pasado de Europa será el futuro de Asia”. Esta visión bastante pesimista entendía que el conflicto era esperable en la región, tanto para China con sus vecinos como con el hegemón. Este autor supone que Asia carece de tres cuestiones fundamentales que favorecen la estabilidad actual en Europa. En primer lugar, las instituciones asiáticas regionales no se parecen a las europeas, en tanto que no son capaces de gestionar los conflictos, los vínculos entre los países y la información disponible. Además, no abundan las democracias en la región (en referencia a la teoría de Pax Democrática que dice que las democracias son menos propensas a pelear entre sí). Su tercer argumento es que las sociedades en oriente tienden al nacionalismo y Europa en la actualidad vive en una etapa de “post-nacionalismo”, es decir, dejan sus diferencias culturales de lado y focalizan su atención en el bienestar de la sociedad más que en el gasto en defensa. Asume, de esta manera, que las sociedades asiáticas son más agresivas con sus vecinos.


Desde una perspectiva Neorrealista


Dentro del neorrealismo, existen dos ramas: realismo defensivo y realismo ofensivo. El primero entiende que los Estados maximizan su seguridad y el segundo, en cambio, sostiene que maximizan su poder agresivo. Para el neorrealismo, los poderes regionales en Asia deberían intentar desplazar al hegemón del sistema -Estados Unidos- de su región. El hegemón regional tendría entonces el control absoluto de la región, lo cual es esencial para su bienestar. China administraría las materias primas y los mercados del sudeste asiático. El hegemón regional tiene que controlar su región para luego controlar el sistema, debe usar su región como plataforma de proyección de poder.


Hoy, el gigante rojo se encuentra cercado por la presencia de Estados Unidos en sus territorios vecinos, como Corea del Sur y Japón, lo cual amenaza su seguridad. Siguiendo lo que nos dice la teoría antes explicada, más tarde o más temprano, China va a tratar de romper el cerco y va a atacar a Estados Unidos. Los norteamericanos defienden el cerco argumentando que se trata de una intención defensiva, pero para los realistas las intenciones pueden cambiar con rapidez, no así las capacidades, que tardan en desarrollarse.


Un autor crítico con esta teoría es, por ejemplo, el politólogo David Kang. Las teorías realistas sugieren que la acumulación de poder incentiva su utilización. También entienden que los Estados para protegerse tratan de balancear el poder del hegemón. Este autor sostiene que esto no sucede en el sudeste asiático, ya que nadie está balanceando a China y no empezaron, ni van a comenzar a hacerlo. Ante esta situación, Estados Unidos pide a Japón que aumente su gasto militar, que se vuelva capaz de auto defenderse, pero no lo hace.


La religión como condimento extra


Para Kang, el problema con estas teorías es que no tiene en cuenta que los principios que rigen a China son distintos a los de occidente. Del otro lado del mundo nos regimos por el supuesto de anarquía, lo que favorece que los Estados formen alianzas y evitar que un Estado acumule poder. El sistema, para los asiáticos, es jerárquico. La religión juega un papel fundamental en esto último. El confucianismo, religión particular de China, promueve el respeto a la autoridad y se ve tanto en las relaciones familiares como en las relaciones exteriores. Es una doctrina moral donde se establece que los seres humanos superiores moralmente a otros deben ser respetados porque saben usar razonablemente el poder, lo cual es todo lo contrario a lo planteado por el realismo. En el sudeste asiático los países débiles no desafían al poderoso, se limitan a pagar tributo. Un factor que favorece esto es la falta de ambición territorial de China: no invade a sus vecinos, les da autonomía sin comprometer su soberanía. En este contexto, la convivencia es posible. El problema con esta visión es que el confucianismo no es la única doctrina moral de la región, ni China es el único poder.


Instituciones, normas y comercio


Una tercera postura, optimista respecto al futuro, es la desarrollada por Acharya, quien sostiene que la posibilidad de conflicto de China es realmente muy baja porque existen al menos tres aspectos que favorecen la paz y la estabilidad en la región: instituciones, comercio e inversiones y normas comunes. Existen instituciones regionales, algunas de unos 20 años, que son espacios de gestión de conflictos, son lugares donde se reúnen los líderes asiáticos para solucionar conflictos actuales y potenciales. Las inversiones y el comercio intrarregional le otorgan gran protagonismo a los actores internos de los diferentes Estados (sindicatos, empresarios, medios de comunicación), lo cual es esencial para mantener el status quo. Si tomamos a China en particular, su comercio en la región suele ser deficitario para sí, pero beneficioso para todos los demás. Por último, en la región existen normas comunes de no intervención y respeto por la soberanía del resto de los Estados.


Las tres posturas recién presentadas se encuentran en constante diálogo, no hay una correcta o incorrecta y es necesario ver las tres ya que cada una muestra una parte diferente de la situación en Asia. Hasta ahora hablamos de la transición de poder como algo que puede darse de manera violenta, como una guerra, o de forma pacífica, como el ejemplo mencionado de la transición Estados Unidos - Gran Bretaña. Dos autores llamados Kuger y Organski desarrollaron modelos para predecir guerras. Afirman que entre 2030 y 2050 podría tener lugar una guerra hegemónica, cuando el hegemón deje de serlo. En el momento en que el líder es superado, comienza una reconversión del poder económico y militar. Cuando se agota su poder, se abre una ventana de transición que puede dar origen a un nuevo hegemón o ponerle fin a la existencia. Según estos autores, esta ventana se abrió en 2010 y tendrá fin en 2050. Ante esto hay tres escenarios posibles: que tanto China como Estados Unidos se comprometan a hacer una transición pacífica; que China caiga por una catástrofe ambiental que colapse su sistema político o cualquier situación que frene su acumulación de poder; o, en último lugar, podría haber un ataque preventivo del hegemón a China para impedir que lo alcance y supere.


Es difícil pensar en cómo será esa guerra si tiene lugar. Lo único de lo que estamos seguros es que los países con armas nucleares las utilizan luego de un análisis exhaustivo de situación. Tener este tipo de armamento dificulta su empleo. Un claro ejemplo es el rechazo por parte de la sociedad norteamericana a su uso contra Japón en 1945. Lo que frena a los Estados es la capacidad de respuesta del otro. Hacer uso de ellas supone, hoy en día, terminar con la existencia tanto del enemigo como la propia. Este escenario puede tener lugar por desconfianza. Cada vez se desarrollan más armas y más tecnología, lo cual disuade y evita el conflicto dado que se elimina la posibilidad de un segundo ataque.


Para que haya guerra, el que asciende se tiene que convertir en revisionista. Debe cuestionar las instituciones del hegemón porque percibe que estas limitan su crecimiento. Por ahora, China está satisfecha, y continúa sacando provecho del sistema. Todavía no acumuló capacidades suficientes como para poder enfrentarse al hegemón y cuestionar su posición. Cuando llegue a ese punto va a querer instaurar su propio orden, imponiendo sus propios principios y valores y estableciendo sus propias instituciones. Todavía no sabemos cuáles van a ser los recursos y el poder que China va a tener en el futuro.


En conclusión, la guerra es solo una foto de la situación en un momento dado. La transición de poder, en cambio, es algo que se da con el paso del tiempo. Que hoy en día se desarrolle una mal llamada guerra comercial no afecta el desarrollo pacífico. La guerra hegemónica implica muchas otras cuestiones que hoy no tienen lugar. La disputa actual por aranceles y el comercio dentro de unos años va a ser solo un recuerdo. China responde por el bienestar de su sociedad, según declara, y Estados Unidos continúa su carrera por reducir el déficit en su balanza comercial.


Valoramos la pluralidad de opiniones. Las notas publicadas por Política en Jaque no necesariamente representan los valores de la organización.

© 2020 Todos los derechos reservados. Política en Jaque - Organización Política.