INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Chile despertó y lo quieren dormir con armas

Hace una semana el pueblo chileno se está manifestando por la desigualdad que se vive en el país. El presidente Sebastián Piñera respondió sacando a los militares a la calle con armas de guerra.


Por Claudia Risco Zurita


La policía chilena reprime a los manifestantes (Foto: AFP / Javier Torres)

La imagen del Chile estable se le cae a pedazos al presidente Piñera. “Nuestro país es un verdadero oasis”, dijo hace unos días en referencia a la supuesta estabilidad económica y social. En este “oasis” en el que vive Sebastián Piñera no era posible concebir que el alza del pasaje del transporte público, a un costo cercano a 1,15 USD, derrame la última gota del vaso que hace tantos años se venía llenando.


El pueblo se cansó. Chile está ardiendo literal y figurativamente. Los chilenos lo están haciendo arder; pero el fuego, sin dudas, lo inició un gobierno que fue incapaz de encontrar soluciones democráticas al desesperado grito de ayuda de un pueblo que no encuentra más estrategias para llegar a fin de mes en un país donde lo “público” ya no existe.


Hace unos días, unos estudiantes valientes decidieron hacer una evasión masiva (dejar de pagar el servicio de subterráneo) como primera medida al alza del pasaje. Tras un par de días, y en respuesta a la escucha nula del gobierno, gente de todo el país decidió salir a protestar con mayor fuerza. El alza del pasaje —que corresponde al 20 % del salario mínimo, cercano a 416 USD— es solo la punta del iceberg.


Más allá de esta punta están las vergonzosas jubilaciones que reciben los adultos mayores, por debajo del salario mínimo y aun más diferenciadas de las que reciben los uniformados; están los aranceles universitarios, entre ellos el de la carrera de Medicina en la Universidad de Chile (estatal) con una cuota mensual de casi dos veces un salario mínimo (772 USD). Estos hechos puntuales sirven para graficar, en muy pocos renglones, una parte de las injusticias del país con más millonarios en Latinoamérica y el séptimo más desigual del mundo.


El pueblo de Chile decidió, de manera espontánea y sin ningún líder que llame al levantamiento, gritar al gobierno y al mundo que no va más; que la imagen de país estable, “ejemplo” de tantos países vecinos, es una mentira y una careta creada por el neoliberalismo que se impone desde la dictadura de Pinochet. Dictadura que se creía acabada hasta hace unos días cuando, apenas después de un par de días de manifestaciones, el presidente Sebastián Piñera decidió utilizar las fuerzas militares para “controlar” lo que sucede en el país. Este “control” se ha reflejado en disparos a quemarropa, en desaparecidos, en secuestros y en mujeres violadas. Chile vive una dictadura en pleno gobierno democrático. Esta convive con un gran cerco mediático e innumerables montajes que buscan hacer sentir al pueblo miedo y enojo contra sí mismo. Mientras, en las redes sociales, circulan incontables videos que muestran incendios y barricadas provocadas por carabineros y militares, pero estos no se muestran en los medios controlados por quienes se ven afectados por el levantamiento social.


En Chile están pasando cosas graves, producto de una lucha más que necesaria y justificada. Y yo, desde el otro lado de la cordillera, como chilena de clase trabajadora e hija de una profesora que va a recibir una jubilación de 124 USD, siento tanto impotencia como orgullo; impotencia de saber que hay compatriotas a quienes se les están vulnerando sus derechos, orgullo de ver a mi país unido por una única causa. Estoy completamente segura de que el pueblo chileno no va a bajar los brazos, los tuvo abajo muchísimo tiempo, guardando fuerzas para levantarlos como nunca. Después de una gran siesta, Chile está preparado para un gran despertar en el que el miedo ya no está presente. Se robaron los recursos naturales, la educación, el agua, la jubilación, pero también el miedo.


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