INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Apuntes sobre el trabajo emocional

Es un concepto de larga data que mutó de sentido para echar luz sobre otra forma de desigualdad sexogénerica en relación a los cuidados. Y, en contexto de pandemia, se intensifica nuestra necesidad de contención volviendo más importante reconocer este trabajo emocional para desandar esa desigualdad.


Por Martina Ferloni

La crisis sanitaria actual sin duda evidenció desigualdades sociales, económicas, territoriales, raciales y de género, al mismo tiempo que puso en manifiesto la organización social desigual de las tareas de cuidado. Se volvió más claro cómo estas tareas no remuneradas recaen en su mayoría en mujeres, que se vieron obligadas a hacer malabares para continuar trabajando desde sus hogares con niñxs, adultxs mayores o personas con necesidad de atención especial a su cargo. Sin embargo, un aspecto del cuidado difícil de registrar, y que creemos que se exacerbó con la crisis, es el llamado “trabajo emocional”.


Este es un término acuñado por la socióloga Arlie Russell Hochschild en su libro The managed heart: The commercialization of human feeling (1983) y refiere al control de los sentimientos para crear o suprimir manifestaciones corporales y faciales observables públicamente que se adecuen al trabajo asalariado. Empleos como los de las enfermeras, las maestras o las azafatas (en femenino, ya que no casualmente son profesiones relacionadas al cuidado y, por lo tanto, altamente feminizadas), implican una gran capacidad de control y producción de emociones adecuadas a la situación laboral, ya sea, por ejemplo, mantener baja la ansiedad de los pasajerxs de un avión o hacer sentir contenidxs a lxs alumnxs en el aula. Así, en su origen, el concepto fue mentado para explicar una dinámica dentro del mercado laboral capitalista y por eso es muy utilizado en las empresas de servicios, así como también en los estudios actuales sobre el comportamiento organizacional.


Sin embargo, en el último tiempo, artículos en medios masivos, como The New York Times o The Guardian, expandieron el término más allá del trabajo que requieren ciertos empleos específicos y comenzaron a utilizarlo para referir a un tipo de trabajo de cuidado no remunerado. De esta forma, pasó a significar también la manipulación de las emociones propias por parte de las mujeres para contener emocionalmente a los integrantes de la familia, así como también el manejo del funcionamiento de la casa. La periodista Gemma Hartley, en un famoso artículo de Harper's Bazaar, a partir de su propia experiencia doméstica, define el trabajo emocional como el manejo de la casa, un trabajo no reconocido ni agradecido que consta en delegar tareas en la familia, recordar las actividades de lxs niñxs, armar cronogramas, recordar el orden de las cosas, etc. Para la periodista, no solo tiene que ver con la manipulación de emociones propias, sino también con la carga mental que soportan, sobretodo las mujeres, para mantener a su entorno cómodo y feliz.


En este contexto de expansión del término, Hochschild advirtió el peligro de la pérdida de poder explicativo que se sufre si cualquier tipo de trabajo de cuidado comienza a ser entendido como trabajo emocional. De esta forma, se vuelve esencial poder distinguir el trabajo emocional, que recae en las mujeres como un tipo de trabajo no remunerado, de otras labores para tener herramientas conceptuales más poderosas y funcionales para comprender y explicar la realidad.


Ahora bien, si tenemos presentes estas consideraciones sobre el trabajo emocional al momento de usar el concepto para explicar algo relacionado a las tareas de cuidado no remuneradas, nos puede ser sumamente útil para esclarecer una posible fuente de emociones negativas, como frustración, tristeza, ansiedad y estrés que cada vez más mujeres afirman sufrir. Un estudio del 2016, por ejemplo, resolvió que las mujeres tienen el doble de probabilidad que los hombres de sufrir de estrés severo y trastornos de ansiedad. Esto sin duda es un fenómeno multicausal, pero no podemos pasar por alto las consecuencias negativas que trae ser el soporte emocional del entorno, y muchas veces sin contar con uno propio. Ofrecer consejos, escuchar, guiar, afirmar, poner buena cara y suprimir lo que le pasa a una para estar ahí para lxs otrxs puede ser una gran carga para una sola persona si se vuelve una dinámica unidireccional de cuidado y atención.


Y, claramente, esto se intensifica en contexto de pandemia. Una encuesta realizada en mayo del corriente año por el Observatorio de Géneros y Políticas Públicas arrojó que las mujeres sufrieron un 13,3% más de angustia y un 10,8% más de cansancio que los varones en los primeros 50 días de cuarentena. Si bien es sumamente esperable que todxs nos veamos afectados negativamente en esta situación, vemos que posiblemente se agrava en las mujeres, entre muchas otras razones, porque son ellas las que toman el rol de contención emocional unidireccional. La crisis sanitaria como fuente de afecciones negativas puede ser circunstancial, pero la organización del cuidado emocional es estructural y está basada en la división social de los roles de género. Es así como llegamos a entender a las mujeres como más empáticas e intuitivas y, por lo tanto, naturalmente inclinadas a la contención y el cuidado afectivo y emocional, mientras que entendemos a los varones como cerrados emocionalmente.


Se hace imperioso entonces deconstruir está esencialización de los roles de género y reconocer el valor social que tiene el trabajo emocional para que no solo no sea una carga para nadie, sino para que también todxs podamos sentirnos contenidxs y lo mejor posible en las condiciones dadas.


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