INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Apunte mínimo de la participación y la sociedad civil en el funcionamiento democrático

Si hiciésemos referencia a ideas ampliamente difundidas en las sociedades políticas actuales, en tanto democráticas, claro está, saltaría a colación el concepto de participación. El término, si bien normativo e idealista, difícilmente es articulado para llevarse a cabo en la realidad. Ha sido sujeto de amplios estudios de la teoría política o, por el contrario, llevada a cabo por pragmáticos que buscan darle cabida a una democracia deliberativa a la forma de Habermas, por ejemplo.


Por Octavio Jimenez Anguiano


La participación democrática es enunciada como el cimiento y la base sobre la cual se da todo fortalecimiento del aparato institucional de un Estado. Si no es participación, ¿a quién le gustaría el reino de la apatía? De forma tal, buscaré posicionar dos discusiones que considero fundamentales en los estudios de la sociedad civil y la participación democrática. Estas dos cuestiones convergen y son interdependientes. Por un lado, la relevancia del concepto de esfera pública en las sociedades democráticas y, aunado a ello, lo que yo llamaría sentido comunitario.


La primera, está altamente ligada a la ya tan conocida sociedad civil o, más en concreto, al mundo asociativo: donde se encuentran “cara a cara” la discusión y el contraste de ideas y pensamientos. La segunda, encuentra sus ecos en las críticas hacia el liberalismo y, por tanto, la enfocaremos a la concepción que tiene el pensador liberal de la colectividad que, dada su posición, no abandona la exaltación del individuo. Más adelante quedará claro. El ensayo consta de dos momentos: repensar las dos discusiones y, finalmente, ligarlas como ejes fundamentales de la participación democrática.


Si bien el concepto de esfera pública implica una reconsideración del significado de espacio público, aún más relevante es la reconsideración de lo público. Hace redireccionar el papel del Estado en la comunidad política y, por consecuencia, su relación con la sociedad. El papel que de la comunidad política en las democracias modernas tendría un nuevo significado: el Estado se encuentra necesariamente en el ámbito del espacio público, pero lo público no se limita al Estado.


De acuerdo a las consideraciones de Habermas, es indispensable, en un primer momento, delimitar el significado de la esfera pública. El concepto hace referencia al ámbito de la vida social en el que se puede formar algo cercano a la opinión pública. Es una acción colectiva, en la cual los ciudadanos, en tanto racionales, consultan sus opiniones con la garantía de libre expresión y libertad asociativa para expresar cuestiones de interés general y no otras relativas a sus intereses personales individuales a la interferencia en la vida pública de una autoridad política. Sucede, entonces, cuando toma forma cualquier conversación de agregados individuales que, unidas, forman un cuerpo público (Habermas, 1974). El contexto histórico nos ayuda a comprender el porqué del desarrollo de la esfera pública, paralelamente, a los desarrollos de la democracia y el liberalismo en la modernidad posabsolutista.


Dicho desenlace histórico terminaría por constituir las limitaciones constitucionales del Estado absolutista y, más importante aún, el florecimiento de un nuevo orden económico que resulta determinista a la estructura política. El liberalismo plantearía un espacio público donde imperarían diversas libertades políticas condicionadas y aniquiladas anteriormente por los Estados medievales y relaciones feudales. A partir de esto, se reconsideró al Estado y, por consecuencia, al espacio público. El liberalismo, claro está, configuraría un nuevo espacio público; además de la dicotomía entre lo público y lo privado.


La sociedad organizada, que es constituida por elementos tales como la participación voluntaria, la autonomía, la conciencia colectiva, el sentido comunitario de beneficios mutuos, “el uso público de la razón” (Diego, 2014), constituye, en su seno, el caldo de cultivo perfecto para la esfera pública. Dicha esfera pública se transmite, en particular, a través de ciertos canales comunicativos; la televisión, la radio, las revistas son medios específicos para transmitir los mensajes de una esfera pública constituida (Habermas, 1974). Y, yendo más allá, en el dinamismo de las economías capitalistas, los medios masivos de comunicación le dan un grado de revolución diferente a los mensajes transmitidos: las microesferas, las mesoesferas y las macroesferas donde se moldea y toma forma la opinión pública herramienta de información de la esfera pública (Keane, 1997). Inserto el concepto en la tradición critica de Francfort, la definición de Habermas tendría que estar en consonancia con reflexiones que ponen en tela de discusión la democracia elitista liberal. Los críticos alemanes de Francfort, retomarían tradiciones marxistas para articular la discusión contraliberal que había configurado el espacio público. El concepto liberal consideraría el espacio público moderno donde se encuentran interacciones entre sujetos individuales.


El Estado es, como se planteó, un espacio distinto al Estado para discutir y reflexionar en colectividad sobre la cosa pública (Diego, 2014). En resumen, ¿qué implica el concepto de esfera pública en un contexto democrático frente al Estado? El Estado, como la autoridad pública, entra en contraposición con la tradición liberal que en el origen lo concibió como un mal necesario que, en la medida de lo posible, habría de transformarse difícilmente eliminarse y garantizar las libertades negativas de “ciudadanos” individuales. El concepto de esfera pública surge como el espacio de intermediación entre el Estado y la sociedad. En la cual, la sociedad autoorganizada poseedora de la opinión pública, ejercería un control democrático del Estado y sus actividades. Es decir, la relevancia de la esfera pública en el funcionamiento de la democracia radica en el hecho que ese espacio público, ajeno al Estado, es punto de encuentro entre las individualidades que, en el uso explícito de sus libertades políticas, transmiten y expresan opiniones de interés general.


Dicha transmisión comunicativa estimula la participación deliberativa tan anhelada por Habermas. Es, en consecuencia, un acercamiento a una democracia participativa de voluntades comprometidas, con un sentido comunitario; obviamente, en el plano normativo. A esta aseveración le hace falta despegarse de su fundamento liberal; de forma que, para la consolidación de una participación democrática auténtica, hace falta otro componente. Por otro lado, la discusión del sentido comunitario como eje articulador de la participación democrática descansa, principalmente, en una dicotomía: lo público y lo privado.


Este concepto lo estoy ligando estrechamente a la tradición republicana, por lo que el argumento estriba así: para ampliar la participación democrática de los ciudadanos es necesario pensar a la comunidad política, no como un agregado de individuos que buscan maximizar su utilidad y que consideran lo publico en función de su beneficio privado, sino, pensar a la comunidad política como un conjunto de lazos solidarios que viren hacia el mantenimiento de la unión moral y política mutua, es decir, el sentido comunitario de una sociedad. Esta reflexión encuentra ecos desde Rousseau, con el concepto de voluntad general que, básicamente, busca conciliar la libertad con el mismo sometimiento a la ley (Vallespín, 1998).


El argumento plantea una crítica al núcleo central del liberalismo: romper con la concepción de espacio público donde se encuentra la primacía y la exaltación del individuo. A esta concepción, el liberalismo lo encuentra nocivo. Además de su aberración, sino terror, por un posible estimulo colectivista que podría significar dicho argumento. Por ello, la recomposición del espacio público como el conjunto de lazos voluntarios, autónomos y asociativos están en consonancia con la verdadera participación ciudadana democrática. No obstante, el sentido comunitario planteado por el republicanismo plantea una serie de retos que requieren conciliarse con el orden democrático liberal. La esfera pública y el sentido comunitario, son espacios donde interactúan dos conceptos: el conflicto y el pluralismo.


A este respecto, Muffe es definitiva cuando desarrolla su democracia radical. La autora plantea una reivindicación del conflicto, lo político el conflicto, el poder y el antagonismo es propio de las relaciones humanas, y como tal, no puede erradicarse. Esto es consecuencia directa del pluralismo que configura las múltiples identidades y diferencias; las tendencias homogeneizadoras rechazan este determinismo natural (Mouffe, 2003). Por lo tanto, el sentido comunitario habría de valorar las diferencias que componen al cuerpo social. A este respecto no tengo respuesta definitiva, pero es relevante considerarlo como la realidad a la que se enfrenta las democracias modernas.


En conclusión, he hecho dos aseveraciones. La primera, implicaba la importancia de la esfera pública como el espacio de intermediación entre la sociedad política y Estado. Este espacio público es necesario y deseable, puesto que es el espacio donde se debaten ideas, se cuestiona al Estado, donde se formula el interés por la cosa pública, donde tenemos esperanzas de encontrar la participación, al menos, en forma comunicativa. La segunda, estriba en repensar, por lo menos normativamente, la diferencia que implica la comunidad política de agregados individuales maximizadores de utilidad y libertades negativas, de carácter liberal, claro; y, por otro lado, lo que implicaría un republicanismo, que pone el acento en los vínculos y lazos de solidaridad en el sentido comunitario republicano como prima fundamental para una auténtica participación democrática, alejada del “juego por el poder” en la cúspide, entre las elites.


Estas dos cuestiones tienen su punto de intersección en la sociedad civil, en el mundo asociativo de personas que, voluntaria y autónomamente, actúan en beneficio de una comunidad política. Permítaseme el modismo, pero se vale la esperanza de una auténtica sociedad democrática participativa, al menos en el plano normativo.


Referencias

Diego, E. O. (2 de mayo de 2014). Jürgen habermas y la esfera pública.

Habermas, J. (1974). The Public Sphere: An Encyclopedia Artic. New German Critique, 49-55.

Keane, J. (1997). Transformaciones estructurales de la esfera pública. Estudios Sociológicos, Colegio de México, 47-77.

Mouffe, C. (2003). La paradoja democrática. España: Gedisa.

Vallespín, F. (1998). El discurso de la democracia radical. En R. Aguilar, & F. Vallespín, La democracia y sus textos (págs. 157-196). España: Alianza editoral.


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