INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Amor romántico: lo que mata no es el amor, es el patriarcado


Desde pequeñas nos nutrimos de la idea del amor. Me refiero a la “idea” del amor porque lo que hacemos es respirar concepciones idealizadas, aprendemos letras de canciones que lo ponen en un pedestal y miramos películas y leemos historias shakesperianas en las que el “amor” es y debe ser todo. Principalmente para nosotras. Si no estamos dispuestas a entregarnos completas, a morir por ese amor, mejor ni lo intentemos, porque no es para nosotras.


Por Aldana Giovagnola


Se nos ha vendido la idea que el amor es entrega, dar constantemente, recibir constantemente, vivir para otrx. Insisto, sobre todo si sos mujer. Se nos ha dicho, además, que si el amor no es monogámico, entonces no es amor. Es cualquier cosa menos amor. Que si no termina en la conformación de una familia tradicional no es amor. Que si no termina en matrimonio no es amor. Que si no es heterosexual no es amor. Que si no “te nace” dar todo por la otra persona, no es amor. Que si no hay celos no es amor. Al fin y al cabo, se ha creado un entramado normativo detrás del amor. Qué es y qué no. Qué debe ser y qué no. ¿Y en favor de qué?


Pues del patriarcado. El modelo de sumisión y entrega que imparte el amor romántico, que se nos ha vendido e inculcado por siglos, es producto y a su vez productor del sistema patriarcal. De la mano de este tejido de ideas y concepciones idealizadas sobre las relaciones amorosas (o como más me gusta llamarlas, sexo-afectivas) es que se desarrolla y alimenta la estructura que oprime a las mujeres: el tan famoso patriarcado. De estas ideas es que prolifera la naturalización de la violencia de género en las relaciones.


La idea de que debemos soportar todo, que podemos (y debemos) “ayudar a cambiar” al hombre a nuestro lado, que debemos sacrificar nuestro tiempo, energía y hasta nuestras vidas para hacer funcionar a como dé lugar una relación sexo-afectiva. Si es tu “media naranja”, tenés que estar dispuesta al sacrificio y a sufrir para estar en esa relación. Porque si sos la mujer correcta para ese hombre, tiene que funcionar.


Y ser la mujer correcta implica agotamiento mental y emocional, implica problemas de autoestima, implica dependencia, implica esfuerzo para cumplir estéticamente con las expectativas que rigen sobre nosotras. Ser la mujer correcta implica adoctrinamiento, implica sumisión y sufrimiento. Y está bien visto que así sea. Está normalizado que se sufra en una relación sexo-afectiva.


La industria de la mujer correcta se nutre de las inseguridades que esa misma industria genera y reproduce, para que entremos domesticadas en el mercado del amor romántico, y los mecanismos de opresión sobre nuestros cuerpos y nuestras mentes sigan operando en masa sin cesar.


La división sexual del trabajo, principalmente, mecanismo de opresión por excelencia en connivencia con el sistema capitalista. El amor ha implicado históricamente, para la mujer, entrega a su hogar y a su familia. Entrega y devoción al hombre a su lado. A sus hijos e hijas. A las tareas domésticas. Y todo eso no significa trabajo, son simplemente las “implicancias de brindar amor”. Para una mujer, por supuesto. El hombre proveedor no demuestra amor así. El hombre en el trabajo productivo, y la mujer en el reproductivo. Haciendo girar la rueda.


Si bien en la actualidad se van desafiando leve y tímidamente estos modelos de pareja y de familia, así como el modelo de “feminidad” tradicionalmente impuesto, no debemos engañarnos. Los roles de género siguen firmemente anclados, y funcionan como dispositivos ordenadores de las instituciones sociales: la familia, los organismos estatales, la escuela, el mercado laboral, la Iglesia.


Los mecanismos del amor romántico están finamente aceitados para serle funcionales a todas estas instituciones, y éstas instituciones se encuentran diagramadas de forma que puedan serles funcionales al patriarcado y al capitalismo. La familia como la conocemos, núcleo primario ordenador de la sociedad, se sostiene en estos mecanismos. La mujer devota y entregada a su hogar, la pareja heterosexual y monogámica que se promete amor de por vida, hasta que la muerte los separe.


Hijos e hijas que, además, son propiedad de su padre y madre. Porque esta forma co-dependiente que caracteriza al amor romántico se transmite luego a la relación de los padres con sus hijos e hijas. Estxs últimxs deben ser lo más importante en la vida de sus padres y ese núcleo familiar debe ser lo más importante en la vida de todos sus miembros.


Los padres y las madres, en la mayoría de los casos, aún conservan esta idea de “Con mis hijxs no te metas”. Porque lxs consideran su propiedad privada. El amor de padres a hijxs, y viceversa, está pensado de forma incondicional. No importa qué pase, siempre debe existir. No importa si son padres abusivos, dañinos, tóxicos. No importa si existe violencia física, verbal, psicológica. Ese “amor” debe ser incondicional.


Palabras más, palabras menos, el mensaje social respecto del ideal de amor equivale a sufrimiento. No importa que duela, que mate, el “amor” es lo importante. Claro que el supuesto amor que importa es ese tóxico, co-dependiente, privado, cerrado, controlador. Se nos mete en la cabeza desde nuestra niñez que el amor en todos sus aspectos es propiedad privada, es control. Se nos enseña que el amor tiene que doler, que sino simplemente no lo es.


Nada se nos ha enseñado de amor respetuoso, honesto, responsable, solidario. Nada se nos ha enseñado de amor y libertad colectiva. Nada se nos ha enseñado de amor no ligado a la familia y a la pareja monogámica y heterosexual. Sólo se nos enseñó de algo a lo que muchxs llaman “amor” y que está íntimamente ligado al dolor, al sacrificio. Pero así como eso que llaman amor es trabajo no pago, lo que duele a fin de cuentas no es el amor, es el patriarcado y su invención nociva y violenta a la que se llama convenientemente “amor”. Y la romantización de la muerte, del dolor en pos del "amor" es un mecanismo que alimenta el sistema y mantiene la rueda girando.


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