INVESTIGACIÓN Y DIFUSIÓN

Al lector de Política en Jaque

Hablar sobre conflicto armado en Colombia implica algo más que ejercer el derecho de libre expresión. Hablar en Colombia, sobre Colombia de manera profunda y exhaustiva implica en muchos casos, correr un riesgo que va más allá de perder o ganar la credibilidad como autor, cronista o testigo de un conflicto que ha durado más de medio siglo. Hablar del conflicto de manera pública y abierta implica, para quien se arriesga, hacer un cálculo en el que lo dicho le permita expresar una voz, contar una historia, o denunciar un hecho, sin por ello terminar en una casa de pique


Por Johan Duarte



Querido lector, después de googlear qué significa una casa de pique, tal vez comprenda por qué prefiero analizar el rearme de una fracción de las FARC-EP a partir de una exégesis discursiva en perspectiva a futuro, a realizar una morbosa aproximación de la historia del conflicto armado en Colombia con su correspondiente recuento de muertos y desaparecidos. Si bien la complejidad de lo sucedido el pasado 29 de agosto no puede comprenderse sin dichos datos y sin un contexto histórico que los acompañe, considero que la guerra ha traído consigo el secuestro de la historia en Colombia la cual, en el caso colombiano, yace encerrada en una casa de pique. 


Re-tomar las armas  


El pasado jueves 29 de agosto, Iván Márquez y Jesús Santrich, ambos líderes negociadores del proceso de paz en la Habana anunciaron su regreso a la lucha armada en un manifiesto de 32 minutos titulado: “Mientras haya voluntad de lucha, hay esperanza de vencer”. En dicho video aparecen guerrilleras y guerrilleros rodeando a Márquez en rígido silencio, portando uniforme, con la cara descubierta y armados de fusiles y otros elementos de combate militar. 

Parto de las dudas que me generó el haber escuchado el manifiesto completo ya que, si algo nos enseñó el proceso de paz, es que ambos lados tienen una historia que contar. 



¿Quiénes son?


El primer elemento que me llamó la atención cuando vi colgado en Youtube el manifiesto, fue su firma. Tal vez sea un elemento de menor importancia, pero después de haber firmado los acuerdos de paz en el 2016, lo que antes se conocía como Farc-EP o -Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo- pasó a ser un partido político denominado Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. 


A partir de ese acuerdo, miles de guerrilleras y guerrilleros entregaron las armas en operaciones coordinadas por las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Aquella masa guerrillera se transformó en un pueblo que se dedicó a sostener proyectos productivos agrícolas, reconstruir el campo colombiano y a contribuir al crecimiento de su partido político. Sin embargo, una minoría desertó de aquel proceso de reinserción a la vida civil y se mantuvo en la clandestinidad hasta el pasado jueves 29 de agosto. 


Ahora ¿por qué retomar el mismo nombre? Luego del acuerdo de paz, el liderazgo de las FARC-EP, así como su dominio en territorio, capacidad militar y número de guerrilleras/os en las filas cambiaron radicalmente. El mismo Rodrigo Londoño, líder de las antigua guerrilla y firmante oficial de los acuerdos de paz, junto a otros líderes del partido dijo “proclamar la lucha armada en la Colombia de hoy, constituye una equivocación delirante”.


En mi opinión, retomar el camino de las armas bajo el mismo nombre Farc-Ep, nos devuelve a la disputa quimérica de dos bandos por imponer una versión única y parcializada de uno de los conflictos armados más largo en la historia de Latinoamérica y el mundo (no exagero; consulte en Google). En este escenario nos encontramos de un lado, a un grupo armado que desconoce al Estado colombiano como aquella institución que detenta el poder de administrar la justicia, y pretende autodenominarse Fuerza beligerante, para así imponer la versión de que el Estado no combate una guerrilla, sino que combate a sus propios ciudadanos. 


En este mismo escenario, pero del lado opuesto nos encontramos con aquellos estatistas y guerreristas que buscan denominar al contrario como grupo narcoterrorista, justificando así, los medios para desaparecer al enemigo mediante la intervención e inversión extranjera e imponer así una versión higiénica del conflicto. Fuerza beligerante y grupo narcoterrorista son sintagmas que extremo a extremo se presentan hoy nuevamente en la guerra y que dejan a la mayoría de colombianos y colombianas en el medio de un conflicto bélico absurdo, pero sobre todo irresponsable. 


¿En dónde están?


Un segundo elemento que llama la atención es el punto geográfico desde donde se produce el comunicado. Este aspecto ha tenido una controversial repercusión en las declaraciones oficiales, las cuales no dejan de abonar a la teoría de un eventual apoyo del gobierno venezolano a la guerrilla de las FARC-EP. Sin embargo, ya en los primeros minutos del comunicado, Iván Márquez dice anunciar desde el Inírida, capital del departamento de Guainía y nombre de uno de los ríos de Colombia lo siguiente: 


“Desde el Inírida, que acaricia con la ternura de sus aguas frescas la selva amazónica y del Orinoco, sitiados por la fragancia del Vaupés que es piña madura, anunciamos al mundo que ha comenzado la segunda Marquetalia, bajo el amparo del derecho universal que asiste a todos los pueblos del mundo, de levantarse en armas contra la opresión”


Si bien este es un territorio fronterizo, mayormente selvático e históricamente olvidado por el Estado, sigue estando en la jurisdicción del territorio colombiano. Por su parte, Miguel Ceballos, vocero del gobierno colombiano en Washington, parece no reconocer estas aclaraciones y en una rueda de prensa, toma la voz de Márquez para reconfigurar un nuevo mensaje: 

Periodista: ¿qué elemento del video le hace llegar a la conclusión de que fue grabado en territorio venezolano? 

Miguel Ceballos: Esa no es una conclusión, es un análisis. 

Periodista: Es una presunción. 

Miguel Ceballos: Tampoco es una presunción, es un análisis que cualquier ciudadano en el mundo puede hacer y tal vez fue generada, ese análisis o esa posible asunción, por el propio Iván Márquez. Él menciona que está aliado con el ELN, y todos sabemos que cerca del 47% del ELN está en Venezuela. Si él no lo hubiera mencionado, nosotros no hubiéramos llegado a esta posible asunción. 


¿Qué dicen?


​Por último, no se puede pasar por alto la extensa revisión histórica que propone Márquez en su manifiesto. Éste, no solo menciona hechos que marcaron los inicios de dicha guerrilla (las referencias a Marquetalia y a la masacre de la UP, entre otras) sino que retoma la histórica enemistad Bolivariana-Santanderista y la exacerba hasta el punto de endilgarle a Santander prácticas corruptas, racistas y conspirativas en el proceso fundacional de la patria. Este marco histórico le sirve de antesala para declarar la guerra, no a la totalidad de la población colombiana, sino a la que considera heredera de la traición de Bolívar, la Paz y la democracia.


En este ejercicio anacrónico, continúa hablándole a militares, empresarios, ganaderos, sindicalistas, trabajadores, jóvenes, campesinos, ambientalistas, cristianos, políticos de la oposición, comunidad LGTBI, negros, mujeres e indígenas, y los invita a combatir esta anatema que decide llamar “oligarquía santanderista”. En pocas palabras, hacen un llamado a la unidad y el diálogo, pero apoyados por la elocuencia de un fusil en la mano.


Y si bien, parte del agotamiento del proceso de paz se deba a los casi 500 líderes sociales asesinados después de firmado el acuerdo, los incumplimientos legales del acuerdo por parte del Estado colombiano, las pésimas condiciones en que se encuentran los reinsertados y sus familias, la presión por parte de sectores del poder político, militar y paramilitar por no restituir y devolverles las tierras a los campesinos en Colombia, y la escandalosa y grosera corrupción, la salida no puede ser darle la razón a quienes han necesitado la guerra para justificar una política económica propia del feudalismo terrateniente. 


La paz en la Colombia de hoy implica resistencia no armada, sino organizada. 


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